Mostrando entradas con la etiqueta Mis textos publicados. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mis textos publicados. Mostrar todas las entradas

miércoles, 12 de agosto de 2009

El novio de la nena

suegro yerno hija
Tarde o temprano, las hijas consiguen un novio. La reacción de las madres es bastante previsible: la mayoría adoptamos al susodicho y lo tratamos como un hijo más, y esto incluye pedirle que saque la basura, retarlo si entra con los pies sucios, intentar cortarle las rastas y mandarlo a bañarse cuando huele mal. Nuestro instinto maternal nos lleva a eso, a tener otro pollo bajo el ala y a no hacer diferencia entre propios y entenados.

Pero los padres... son insufribles. Sea que una los tenga que aguantar como hija o como esposa, “el padre de la novia” es todo un lastre: hasta el galán más dicharachero se convierte, ante el hecho consumado del noviazgo de su hija, en un ente primitivo que habla entre dientes, masculla insultos velados y descarga su impotencia contra quien, de ahí en más, será la causa fundacional de su desazón: la madre que parió a la nena.

Y como no es cuestión de oponerse porque sí, ni de parecer arcaico, un padre que se precie debe tener a mano unas cuantas frases sabias, profundas y categóricas con las que defender su posición. Y esas frases suelen ser:

1) “Ese tipo no me gusta”: Tenga la edad que tenga la nena y sea cual sea el estado de su carrocería física y mental, el pretendiente siempre será demasiado: demasiado alto, demasiado bajo, demasiado blanco, demasiado negro, demasiado vago, demasiado pobre, demasiado caradura, demasiado tímido... Cuando más atorrante haya sido papá, más “demasiado” será el candidato. ¡Y ni que hablar si papá fue picaflor! Imaginarse a SU nena con cuernos lo desquiciará, y verá en cada hombre que se le arrime a un Casanova insaciable. Esta regla se cumple en el 95 % de los casos, si el padre de la novia es un argentino estándar clase media, de cuarentón para arriba y con ancestros españoles, italianos, turcos, árabes o judíos. Saque cuentas, y dígame cuántos varones argentinos se salvan.

2) “No es para vos”: Claro, habría que responderle, nadie es como los demás porque todos somos únicos. Pero a esta altura de los acontecimientos, el padre de la novia no está para meterse en honduras filosóficas porque lo que él quiere decir es que ese tipo no es TAN inteligente como la nena, ni tan simpático, ni tan saludable, ni tan nada. Que no le llega ni a los talones, en buen criollo. Claro que habrá otros padres bienintencionados que al decir “no es para vos” se referirán a diferencias de fondo, de las que hacen difícil o imposible la convivencia, pero serán los menos. Para la mayoría, el aspirante a yerno es una especie de cucaracha que pretende la mano de su princesa, y se lo harán notar cada vez que puedan.

3) “Ni se te ocurra dejar la facultad”: en su desesperación, un buen padre apela a todo. La facu, en este caso, más pareciera un método anticonceptivo que otra cosa, a juzgar por la vehemencia con que papá se apoya en esta frase para poner palos en la rueda. El supone (y no está muy errado, acá entre nos) que a más horas de estudio menos horas de sexo, y empeñará hasta la camiseta para pagarle a la nena un doctorado en Harvard y todos los cursos y congresos a los que quiera asistir. De rebote, con esto se refuerza el “no es para vos”, así que mata dos pájaros de un solo tiro: mientras más se cultive la nena, más se alejará física e intelectualmente del novio. Y si la nena no va a la facultad, papá le pedirá que no deje el voley, o el ajedrez, o la danza, o cualquier cosa que la mantenga ocupada y le aplaque las hormonas.

4) “Yo en la vida de mi hija no me meto, por mí que haga lo que quiera”: Nada peor que un padre para hacerse el superado. El no se mete, que quede claro. Y como no se mete, no saluda al pretendiente, no le abre la puerta, no le convida ni un vaso de agua, y cuando lo tiene cerca lo ignora olímpicamente. A la nena no le dice una palabra, ni a favor ni en contra, o a lo sumo le tira insinuaciones veladas. Ella que haga lo que quiera. Pero a la madre la vuelve loca con sus comentarios machacones sobre los pelos, los modales, la dentadura o cualquier otra cosa que se le pueda criticar al novio. Y con preguntas del tipo ¿Vos no pensás hacer nada? ¿A qué hora viene? ¿Dónde fue? ¿Le enseñaste como tiene que cuidarse? Claro que también hay padres que, sin meterse en la vida de su hija, hacen comentarios impersonales sobre “la gente que tiene trabajos de cuarta”, “la gente que no tiene título”, “la gente mal vestida”, “la gente que pretende vivir del arte”, “la gente” que, curiosamente, tiene las mismas características que el fulano en cuestión. Pura casualidad que él hable de “esa gente” justo ahora...

5) “Lo único que quiero es que mi hija sea feliz...” a MI manera, debería agregar. Esto es realmente complicado porque hay tantas maneras como padres. La manera de algunos será el contigo pan y cebolla, la de otros será la pizza con champagne, en fin, que el padre quiere para la nena alguien con sus mismas virtudes (o las que él cree que son virtudes) pero en el colmo de la incoherencia, no le perdonará al candidato que tenga ninguno de sus defectos. Algunos, en el afán de probar al pobre diablo, le propondrán correr una picada, calzarse los guantes y subirse a un ring, domar un potro, tirarse de cabeza del paredón de un dique, saltar en paracaídas... con el secreto y perverso afán de que se quiebre el cuello y se deje de joder. Otros le propondrán asaltar juntos un banco, o hacer saltar la banca de un casino, o salir de juerga. La eterna competencia masculina puede significar, en el duelo novio – padre, un pasaporte seguro a la infelicidad de alguno de los contendientes, porque el que pierda, seguro no se lo banca. La nena, en tanto, se verá tironeada entre dos amores, con lo cual será feliz, inmensamente feliz, tal como quiere papá.

Y así anda por la vida el padre de la novia: carcomido por los celos, ciego de amor por esa mujercita que creció rápido, que mira a otro tan embobada como antes lo miraba a él, que se le escapa de las manos y que, encima, en cualquier momento lo hace abuelo. Si hasta me parece oír su última frase, la más ridícula de todas, y la más desesperada: ¡Que lo parió, al coso ese, el apellido de miércole que van a tener mis nietos!

domingo, 12 de julio de 2009

Estrellas fugaces

estrellas fugaces
A veces, como si mi cerebro se poblara de estrellas fugaces, suaves e imperceptibles como mariposas, tengo breves momentos casi de inspiración total (o de locura, todavía no logro distinguirlo). Siento como el presagio de una sabiduría que está ahí, en las profundidades, esperando que yo logre descubrirla, liberarla. Es el presentimiento indescifrable de algo que me trasciende; algo que debo perseguir por los caminos de regreso, los más arduos, los menos transitados. Esos que se convierten en senderos inciertos y se pierden hacia adentro sin retorno posible.

Son momentos brevísimos, que no duran ni el tiempo que tarda en caer al suelo una gota de lluvia pero que me pasean de una punta a la otra de mi historia. Por un instante, menos que un parpadeo, llego donde se mueren las razones; donde no hay ni principios ni palabras ni prejuicios ni ideas ni recuerdos. Donde el tiempo es apenas un puñado de risas, de arrugas, de cartas, de adioses y de muertos. Donde no existen las necesidades, ni la duda, ni el ayer, ni el mañana, y a veces ni siquiera el presente. En ese instante claro, iluminado, sé que soy mucho más que esto que arrastro por la vida; que hay en mí algo que vuela libre de todo peso, lejos de toda angustia; algo que todo lo comprende, que todo lo conoce y que todo lo acepta.

Y en ese instante amo sin medida, sin recelos, amo completamente, incondicionalmente, irremediablemente. AMO. Con la imaginación, con la mirada, con las manos, con los pies; con un deseo casi sensual de poseer, de saciarme, y de dar hasta el agotamiento. Amo en abstracto, amo concretamente a alguien, amo el sol, amo al mundo. Me da igual. Lo único importante es descubrir que esa soy yo, que soy todo ese amor y mucho más, sin límites.

Pero es sólo un instante. Inasible, impalpable como una procesión de sombras. Apenas me doy cuenta y ya pasó, sin darme tiempo de entender lo imprescindible, lo esencial. Yo sé que hay algo más. Pero a veces la razón es más fuerte que todo y asfixia mi mente, me amordaza, me ata de pies y manos, me juzga, me condena y me lee en voz alta la sentencia: esto se debe, aquello no se puede; esto es inmoral, aquello es justo; esto es ridículo, aquello escandaloso. Y después me ejecuta. Me corta la lengua, me arranca los ojos, me quema las manos y los pies hasta deformarlos, y para terminar me mete en una bolsa y me deja tirada en un lugar cualquiera, a cualquier hora. Ahí estoy, insensible a lo que me rodea, sin poder disfrutarlo, sin poder criticarlo.

Pero igual sé que hay algo más. Aunque no sepa donde está, donde buscarlo, sé bien que hay algo más. Y me resigno a ser paciente; yo que no sé esperar, espero, conteniendo el aliento, muy abiertos los ojos, aguzando el oído, el cuerpo tenso. Espero. Presintiendo que la sabiduría, o la locura, o las dos juntas, van a llegar de a poco, imperceptibles como mariposas, efímeras y azules como estrellas fugaces.

Van a llegar para quedarse hasta que no haya nada ni haya todo ni haya dudas ni haya sombras. Sólo amor. Sólo un amor tan grande como millones de alas volando al mismo tiempo, llevándome tan lejos del principio y del fin como les sea posible. Sólo el amor, tan fuerte y tan violento como miles y miles de huracanes que destruyan la torre en que estoy prisionera cuando no amo.

Un amor nuevo y libre para nacer sin dudas. Sin razones. Sin principios. Sin tiempo. Sin palabras.


(Publicado en Revista Ayllu, Río Ceballos)

***

Este es un texto muy viejo, pero yo sigo siendo la misma de cuando lo escribí. Sólo que aquellos instantes iluminados se han transformado en horas, y hasta en días, en los que el amor logra estar por encima de todo y la razón ya no me marca el rumbo. Y es una gran liberación que haya sido así. Las estrellas fugaces de entonces, hoy son enormes soles que me alumbran por dentro y por fuera. Y soy la misma, pero también soy otra, más poderosa, más plena, y tal vez, más sabia.

lunes, 20 de octubre de 2008

Tribulaciones de una madre abandonada


Carlita, mi cachorra, HIJA UNICA, 21 años, metro setenta y tres, 62 kilos distribuidos como sólo a su edad pueden estar, estudiante universitaria, madura para algunas cosas y demasiado verde para otras, se fue de casa. Aclaremos: se instaló por un mes en el departamento de una amiga que vive en Córdoba, con retorno a nuestro hogar en Río Ceballos los fines de semana.

Más que irse, puso
35 km de distancia provisoria entre su independencia y mis vanos intentos de controlar su vida... si es que se puede llamar control al hecho de preguntarle donde está, a que hora vuelve y algunas otras pequeñeces que pretendemos saber las madres. El pretexto de la huida fue impecable: estudiar para rendir tres materias, cosa que en casa no puede hacer porque se entretiene demasiado con sus perras, con los vecinos y con cada mosca que pasa volando.

Lo primero que cruzó por mi cabeza fue aquel tema de Serrat, “...que va a ser de ti, lejos de casa, nena, que va a ser de tíiiiii...” Se me escaparon algunas lágrimas, pero enseguida me recompuse y enfrenté la realidad: el que se va sin que lo echen, vuelve sin que lo llamen. Mientras tanto, me dije... ¡a disfrutar! Les cuento mi primera semana de orfandad:

El lunes a las once de la mañana, en lugar de estar gritando cada cinco segundos ¡Levantáteeee! estaba muy tranquila... ¡en la peluquería!. Corte, lavado y brushing mediante, salí completamente relajada y con varios años menos. Con la cabeza ligera por dentro y por fuera, tomé el colectivo y me fui a trabajar. Volví a casa a las diez de la noche: todo en orden, todo limpio, ni una taza en la pileta de la cocina... Con la intención de no alterar ese perfecto ecosistema, cené mandarinas y té con tostadas.

El martes fui a llevarle a la “niña independiente” algunas cosas que se había olvidado en casa, y de paso a conocer el departamento y su entorno. Carla me recibió como si hiciera un mes que no nos viéramos, me convidó café y me presentó al Pompón, el perro de su amiga.

Verifiqué sin mucho disimulo que la vivienda, el edificio y la cuadra tuvieran un aspecto normal, hice algunos comentarios atinados al respecto, llegó la dueña de casa con el novio, charlé un rato con ellos y con Carla mientras preparaban la comida, y viendo que almorzarían algo saludable me fui a trabajar tranquila. Cuando volví a Río Ceballos eran más de las diez de la noche, hacía un frío feroz, y llovía. Río Ceballos, en esas condiciones, parece un pueblo olvidado del Lejano Oeste: ni un alma en las calles, apenas dos o tres audaces en los bares.

Decidí darme un gusto que hacía varias semanas me roía las entrañas, y sintiéndome Graciela Kid en Río Ceballos City entré al Saloon... digo a la heladería, desafié la mirada mortificada del empleado, me compré medio kilo de helado, tomé el único taxi que recorría el pueblo, me instalé frente al televisor a ver la novela de los gitanos y durante una hora me dediqué a comerme, solita y sola, TODO el helado. Juro que lo disfruté, aunque me tiritaban hasta las uñas. Sin dejar de temblar, me metí en la cama vestida con mi uniforme de ir a dormir (piyama frisado con medias de lana) más gorro, bufanda, guantes y la gata sobre los pies. Entre chuchos de frío y estornudos leí como hasta las tres de la mañana, no por insomnio sino porque lo hago siempre. ¡No vayan a pensar que la ausencia de Carla me desvelaba!

Los miércoles, aclaro, no voy a Córdoba, trabajo en casa. Me levanté más tarde que de costumbre porque no tendría que perder tiempo en despertar a mi hija; sólo una madre sabe el tiempo que se pierde en despertar a alguien que no quiere despertarse... o que no puede, porque se acostó hace apenas una hora. En fin, me levanté, como decía, un poco más tarde. Mi casa seguía en orden, mi vida seguía en orden, mi hija seguía lejos y me sentía desorientada sin tener a quien retar. El día transcurrió con total normalidad, salvo por un detalle: no cociné.

Comí alfajores, yoghurt, criollos con manteca, mandarinas, chocolate, berenjenas en escabeche y hasta pan con kepchup. A hija transgresora, madre transgresora y media: esto es vida, pensé mientras tomaba té de boldo a las once de la noche para bajar las porquerías que, con absoluto descontrol, había engullido durante la jornada. Antes de acostarme la llamé a la infiel, y después de escuchar su vocecita y verificar que estaba donde debía estar, me dormí tranquila.

El jueves siguió la calma, siguió el orden y siguió la ingesta desordenada de víveres varios. Fui a trabajar, volví, leí hasta tarde...

Los viernes también estoy en casa. Lavé ropa, limpié pisos, lustré muebles, comí de todo menos comida lógica, escribí un rato, visité a mi madre, tomé café con una amiga... lo de siempre; mi vida es poco glamorosa, acá entre nos. Ni limusinas en la puerta, ni pretendientes haciendo cola para invitarme a salir. Después de cenar liviano (café y bombones de menta) me quedé trabajando hasta muy tarde, corrigiendo unos escritos. Casi a las cuatro de la mañana, con el último bostezo y justo antes de apagar el velador, se me ocurrió pensar donde andaría mi niña. Estudiando no, seguro. Durmiendo, difícil. Lo más probable es que estuviera en “El Cuervo”, o en “El Ojo Bizarro”, o en “Pétalos”, o en “Jamaica”, o en alguno de esos antros que suele frecuentar con su pandilla: la Naye, la Dani, la Emi, la Flaca, la Mary, la Vale, la Negra... a todas las conozco desde chiquitas y son confiables, así que mientras anden juntas estoy tranquila. Todo lo tranquila que una madre puede estar con las cosas que pasan últimamente... confieso que me desvelé como si fuera la primera vez que mi hija salía de noche, y me pasé dos horas a puro té de boldo y antiácidos.

El sábado a las nueve de la mañana la llamé por teléfono para ver si ya venía. Una voz de ultratumba me contestó que sí, que al mediodía. Con enorme alegría reconocí la voz: ¡era Carla, mi Carlita!, que hacía apenas un rato se había acostado. Finalmente llegó para almorzar... a las cuatro de la tarde.

Ya pasaron tres semanas, falta una, y vuelve. La ausencia de mi hija me sirvió para darme cuenta de muchas cosas, a saber:

1) Que la soledad no mata, lo que mata es no saber que hacer con ella.

2) Que a pesar de mi desorden gastronómico y mis rebeldías domésticas, estoy madura para vivir sola.

3) Que mi vida es absolutamente mía, y que sólo depende de mí que sea una vida plena o un suplicio. Amo a mi hija, la extraño como se extraña todo lo bueno que uno atesora, extraño su abrazo, extraño la seguridad de saberla durmiendo en su cama, en su casa. Pero hay que sobreponerse a ese extrañar, para que no se vuelva una costumbre y uno quede clavado en la añoranza.

4) Que mi hija es importante para mí por ella misma y por ser quien es, no por los huecos que llena en mi vida. Hace ya muchos años que me hice responsable de todos mis agujeros, sobre todo los del alma. Algunos están llenos, otros siguen vacíos a la espera del contenido que les corresponda; mi hija fluye, mientras tanto, en absoluta libertad, sin la condena de hacerse cargo de las carencias de su madre.

En fin, que mi pichona puede irse cuando quiera y volver cuando le dé la gana. No voy a estar esperándola con los brazos abiertos, como suele decirse; además de cansador, me parece poco práctico. Sería como quedarme sin hacer nada, brazos abiertos, brazos vacíos, sólo esperando... prefiero recibirla con algo entre los brazos, sean frutos o semillas, para que nunca se sienta en la obligación de llenar mis huecos.


* * *

Esto también es de Peperina Exprés, mi columna de El Zonda de San Juan. Pasaron 5 años, muchas noches con Carla lejos de casa corrieron bajo el puente, y aquí estoy, como si nada. Todavía me cuesta un poco dormirme sin escuchar su voz, pero cada vez menos. Ahora puedo pasarme, digamos, tres o cuatro días sin saber nada de ella. Para cuando la nena cumpla 40, puede que si se va a vivir a otro país no me muera de angustia.

Hablando en serio, ¿cómo hacían nuestros ancestros para impulsar a sus hijos a abandonar el nido a edades tempranas, de ser necesario con un puntapié en el tujes? Ahora protestamos todo el día porque dejan tirado el toallón mojado en el baño, no se lavan ni un calzón, llegan tarde a todas partes si no los despertamos a horario, no desayunan si no les hacemos las tostadas y antes de lavar un plato son capaces de comer con los dedos... pero a la hora de poner las cartas sobre la mesa, en lugar de impulsarlos a ser independientes les decimos que lo piensen bien, que los alquileres están caros y es plata tirada, que en casa hay lugar (en la mía no, pero no importa), en fin, ponemos, y nos ponemos, todo tipo de excusas para que sigan junto a nosotros. ¿Será por miedo al nido vacío, o porque somos masoquistas? ¿Será porque todavía los vemos chicos, o será porque verlos grandes significa asumir nuestra verdadera edad, la del documento? ¿Será por miedo a que les pase algo y no estemos ahí para ayudarlos, o porque necesitamos que dependan de nosotros para que nuestra vida tenga sentido?

Ellos, claro, no ayudan para nada, porque están comodísimos. Y ahí está la madre del borrego, en que están demasiado cómodos. Para los maduritos como yo, la casa de nuestros padres era nuestra casa, sí, pero con reservas: era nuestra porque vivíamos ahí, pero los que decidían de qué color se pintaban las paredes, dónde iban los muebles y qué se compraba en el supermercado eran papá y mamá; cuanto mucho, nos dejaban decorar nuestra habitación, pero a ninguno de nosotros se le hubiera ocurrido poner en el living un poster de Alain Delón o de Charly García. Ahora, en cambio, si los dejamos se apropian de todo el espacio disponible, deciden qué música se escucha, a qué hora se come o se duerme, y si nos descuidamos, nos desalojan de nuestra habitación cada vez que se queda a pasar la noche su novio/a. El "mi casa" de las nuevas generaciones es casi una declaración de guerra: "esta también es mi casa", dicen cuando nos resistimos a que nos llenen los estantes y paredes de adefesios; "esta también es mi casa", dicen cuando intentamos recibir nosotros un novio/a, "esta también es mi casa", dicen cuando nuestros amigos no les gustan.

El "mi casa" de mi época hablaba de amparo, del lugar donde nos sentíamos protegidos. El "mi casa" de ahora, me parece, tiene la arrogancia de quien clava una pica en tierra y dice "acá mando yo".

Y es una pena, porque cuando el adulto de hoy sigue viviendo entre las mismas paredes que el niño que fue, se está perdiendo el desafío de construir un espacio propio, único, personal, y el placer de volver de vez en cuando a la casita de los viejos, allí donde quedaron sus recuerdos.

viernes, 10 de octubre de 2008

Globali...¿qué?

Esto de estar sin trabajo es como un parto en cámara lenta. Es más, alguien tomó el control remoto, apuntó hacia mi imagen, puso la pausa y me dejó congelada justo en medio de un pujo, con el jadeo atragantado y un grito a medio brotar. Así me siento, le juro. Paralizada en plena agonía.

Como ya no me queda ni media neurona sana, busco ideas de prestado para reconvertirme y transformarme en mi propia empresa, que es lo que debemos hacer los desempleados, según dicen los que saben. En esa búsqueda a ciegas, cayó en mis manos una revista femenina editada, por supuesto, en Buenos Aires. Y ¡Aleluya!, nota de tapa: “Mil ideas para crear su propia empresa”. Ávida de efectivo y de soluciones, me aboqué a la tarea de leer las cinco páginas con toda la apertura mental que mi desesperación me permitía. Les cuento lo que encontré:


1) Peluquería canina a domicilio: “Sólo” se necesita una trafic equipada para bañar perros, o sea con instalación de agua caliente, secadores de pelo, ¡y nada más!. Claro, eso puede andar si uno vive en Buenos Aires. Acá donde YO vivo, en Río Ceballos, cada quien baña su perro... cuando lo baña. O el perro se va al río y se baña solo.


2) Viandas para frizar de comida naturista. ¡Que negocio! En Barrio Norte, porque lo que es acá, donde yo vivo... debe haber uno o dos freezer en todo el pueblo, y la comida es naturista, eso sí, nada envasado: mate y criollos mañana, tarde y noche.


3) Servicio a domicilio de... ¡ ordenamiento de placares! Una paquetería: por la módica suma de $ 200, una persona viene a ordenarle su placard y le vende un montón de cajitas primorosas y de bolsitas perfumadas. Justo para mi pueblo ese negocio, placares desordenados debe haber a montones, pensé primero... pero gente dispuesta a pagar esa fortuna, dudo que haya, pensé después.


4) Servicio de lunch para cumpleaños infantiles: que quiere que le diga, en los últimos diez cumpleaños a los que asistí el menú autóctono estuvo compuesto por papitas, saladitos, panchos, pizza, jugo y torta. Al margen del poder adquisitivo de los anfitriones, acá el menú fijo es ese. ¿Lunch? ¿Qué es eso?


5) Reciclado y venta de muebles antiguos: y claro, allá “reciclan”, pensé al borde del llanto. Porque lo que es acá... rejuntamos, nomás, amontonamos cachivaches.


6) Digitopuntura a domicilio: si, y reiqui, y masajes con aceites esenciales, y toda una gama de opciones antiestrés que los porteños deben estar acostumbrados a pagar con gusto, pensé. Porque lo que es acá, cuando estamos algo locos nos vamos a caminar por la orilla del río y si no se nos pasan los nervios, paciencia.


En fin, que ni una sola de las ideas me sirvió. Porque es como que hay dos mundos, el mundo globalizado, el mundo de allá, donde se editan las revistas, donde uno puede reconvertirse en su propia empresa... y el mundo de acá a la vuelta, el de tierra adentro, donde ya no nos queda a quien venderle pastelitos, empanadas, dulces caseros ni pastafrolas. Ni hablar de bañar al perro ni de ordenar los placares, que para darse esos gustos hay que tener mucha plata.

* * *

Cuatro años pasaron desde que escribí esto para mi columna del Zonda, y acá estamos de nuevo al borde de la inflación, la recesión y la devaluación. Y a mí esto de la crisis global me da pavura, me agarra como un ataque de delirio apocalíptico y empiezo a hacer ridiculeces como economizar fósforos, comer cosas crudas para ahorrar gas y barrer menos para no gastar la escoba. Mi amigo JT, que sabe de estas cosas porque ha vivido mucho, intenta tranquilizarme por mail diciéndome que no me preocupe por el futuro porque en el largo plazo todos vamos a estar muertos, frase que me desespera porque a mí lo que me importa es el corto plazo y lo que tendré que hacer para llegar a fin de mes. JT insiste, dice que la vida es una sucesión de imprevistos, que hoy estamos arriba y mañana abajo, que la economía es cíclica y que siempre que llovió paró, y yo coincido con él hasta que enciendo el televisor y veo que las bolsas del mundo se desplomaron; ahí me vuelve a atacar el delirio apocalíptico y corro a comprar fideos, arroz, latas de arveja, jabón en polvo y papel higiénico antes de que dólar se vaya a las nubes.

Después, claro, me pongo a pensar en cómo puede ser que algo tan intangible como la bolsa de Tokio pueda hacer tambalear la economía de alguien que vive en Río Ceballos y nunca en su vida compró o vendió acciones de nada. O cómo puede ser que en Estados Unidos quiebren los bancos y sin embargo el dólar siga subiendo. O cómo puede ser que los gremios pidan aumento tras aumento mientras las empresas empiezan a pensar en reducir su personal. O cómo puede ser que...

Y cuando la cabeza no me dá más, porque no entiendo nada, salgo al jardín, reviso mis plantitas de tomate y de pimiento, me fijo si ha brotado alguna semilla de calabaza, le doy ánimo a la lavanda que trasplanté para ver si resucita, y me siento en un tronco a mirar las sierras. A mis pies, las hormigas pasan como una caravana de veleros acarreando trocitos de hojas y flores, algunos varias veces más grandes que sus cuerpos. En el cielo, un jote vuela en círculos morosos mientras una pequeña bandada de palomas se posa en los cables de la luz y un colibrí va y viene en mi madreselva. Y ahí entiendo que sí, que como dice JT, no hay que preocuparse por el futuro. Hay que vivir, nomás; el resto, Dios dirá.

Además, no hay que preocuparse por el futuro ¡porque es igualito al pasado! Como dice el tango, veinte años no es nada... y treinta, cuarenta o cincuenta, tampoco!




sábado, 20 de septiembre de 2008

Primaveras que no volverán

Llega septiembre y me ataca la nostalgia. Es comprensible: con cuarenta y pico largos, todavía tengo memoria, y con las primeras flores y las primeras alergias me acuerdo del día del estudiante, de los picnic, de los campeonatos entre colegios...

Recuerdo especialmente un 21 de septiembre: el de 1976. Cuarto año, Escuela Superior de Comercio Mariano Moreno de Río Ceballos, el dique La Quebrada casi a estrenar, las siete de la mañana y nosotros, de remera, gorrito estilo “Piluso” y zapatillas de lona, rumbo a la cascada de Los Hornillos. La caminata fue inolvidable, principalmente para mí: “¡Seguí la huella!”, me gritaban los que iban adelante, que eran todos menos yo. Como buena rosarina criada en asfalto no veía nada a mi alrededor parecido a un sendero, ni siquiera un mísero caminito de hormigas. Cuando ya no sabía para donde agarrar, me sentaba en el suelo como chico empacado a esperar que alguien notara mi ausencia y se volviera a buscarme, cosa que hicieron unas ocho veces, más o menos.

Luego de atravesar media provincia (o así me pareció), de clavarnos espinas ponzoñosas, de avistar un par de víboras y tres iguanas y de cruzar cincuenta veces el mismo río, resbalándose la que suscribe en cada piedra húmeda que pisaba, llegamos a la cascada, tomamos un rato de sol y nos dispusimos a almorzar. De bolsos varios (las mochilas no eran moda todavía) brotaron, amorfos y/o despanchurrados, los “sánguches” de milanesa de rigor, varios pebetes de jamón y queso, alguna que otra empanada, porciones de pascualina, bollos de pan francés, rodajas de bondiola, salame y mortadela, y la estrella de todo picnic que se preciara: ¡los huevos duros! De postre, frutas; nada de vino, gaseosa en botella de vidrio que después teníamos que acarrear de vuelta, no porque fuéramos ecologistas sino porque al envase lo cobraban caro.

La sobremesa larga y fiacuda, adormecidos como lagartos sobre las piedras calientes, y un pequeño percance cuando uno de los chicos, por querer hacerle una broma a una de nosotras (cuyo nombre me llevaré a la tumba pero que empieza con C), le tiró de la toalla que tenía enroscada alrededor del cuerpo y junto con la toalla vino el corpiño de la bikini. El Negro se puso blanco de la vergüenza, literalmente; un “¡bol.....o! masculino hirió el aire desde un costado y cayó un sopapo ídem desde el otro, porque eso sí: los varones nos defendían como si fueran nuestros hermanos, aun entre ellos.

Nos pegamos la vuelta como a las cuatro porque queríamos ir a una fiesta en un colegio de Unquillo, donde había concursos de baile y elegían reina de los estudiantes. Para esa hora, ya se empezaron a sentir los primeros efectos de un mediodía al sol: los más claritos teníamos la cara ardida, y los vaqueros nos raspaban sin piedad las piernas chamuscadas.

Ya en Río Ceballos, la candidata a reina fue a su casa a bañarse y “producirse”, como se dice ahora. El resto, tal como estábamos, oliendo a Sapolán Ferrini, tierra, agua de río e anche algo más, seguimos viaje hacia Unquillo, donde ganamos el concurso de rock y nuestra reina salió princesa, nomás.

Y eso fue todo. Ni Carlos Paz, ni megarecitales, ni caravanas de autos y colectivos, ni cientos de litros de vino y cerveza confiscados por la policía. Nos divertíamos con poco en Río Ceballos, allá por 1976: nos alcanzaba con estar juntos, compartir un rato al sol, contarnos los sueños, cantar a coro un tema de Sui Géneris... y comer huevos duros porque en mis tiempos, para que sepan, la gente comía esas cosas porque eran alimenticias, la bulimia y la anorexia no existían, y si existían no nos habíamos enterado, y mamá tenía derecho a meter mano donde quisiera para velar por nuestra salud, hasta en la vianda para el picnic.

(Publicado en mi columna Peperina Exprés, del diario El Zonda de San Juan, y en La Voz del Interior)

En memoria de aquellos buenos tiempos...

domingo, 14 de septiembre de 2008

Lo que cuesta un amante en Río Ceballos


“Está duro el mercado del usado” es lo que dicen las mujeres de mi edad cuando se les pregunta por su vida sentimental. Si pasados los cuarenta no se tiene la dicha (o la desgracia, depende) de tener un marido cama adentro, no quedan más opciones que asumir la soledad y tratar de pasarla lo mejor posible en compañía de una misma, el gato, los libros y el potus... o tener un amante, esto es, un señor que es casi un novio, pero a escondidas.

Lo que nadie sospecha son los costos de una y otra opción. La soledad pareciera más barata, económicamente hablando. Una puede salirse del presupuesto con unos bombones, un par de zapatos, una ida al teatro, una plantita nueva. Salvo que, como algunas, sea compradora compulsiva. Pero tener un amante... puede costarnos “más caro que una francesa”, como decía mi tío Diego.

Y ni le cuento si una vive en Río Ceballos, y es invierno. Para muestra, aquí va la transcripción casi textual, letra más letra menos, de las andanzas de una de mis amigas:

“Después de dos meses sin poder vernos porque tenía roto el auto, porque se le enfermaron los chicos, porque estaba tapado de trabajo y demás porqués, quedamos en que venía el sábado a las cinco de la tarde. Yo, por supuesto, no tenía un centavo, ni leña ni querosén, y la casa era un iglú. Durante la semana ni me doy cuenta porque llego tarde y me acuesto enseguida; pero cuando viene gente tengo que prender la estufa, mejor dicho las estufas, porque con el hogar solo no hago nada. Le tuve que pedir plata a mi viejo, y anotá: cincuenta pesos entre leña y querosén, más unas empanadas por las dudas se quedara hasta la noche, y un vinito, más las facturas para el mate, más un desodorante para el baño, más un par de lamparitas para el living, que se me habían quemado... cien pesos, me gasté.

Al mediodía prendí las dos estufas, así que para las cinco el living estaba cálido y el dormitorio también. Acomodé la alfombra frente al hogar y cambié las sábanas, prendí varios sahumerios, puse música... Como a las seis me llama para avisarme que vendría después de las ocho porque recién a esa hora le iban a entregar el auto, que estaba en el taller. De las cinco a las ocho son tres horas derrochando combustible. Llegó a las diez con una torta helada, una botella de champán y toda la buena onda del mundo. Yo llevaba cinco horas quemando plata, literalmente, pero no le dije nada porque para escuchar quejas con su mujer tiene bastante. La bruja es ella, no yo.


Claro que valió la pena... nos pudimos sacar toda la ropa, y nos pasamos la noche como en la canción de Charly: ¡yendo de la cama al living!”


Gracias a las confidencias de mi amiga, descubrí que tener un amante en Río Ceballos y en invierno cuesta la módica suma de ¡cien pesos cada vez que viene!, más o menos. Si a esto le sumamos la inversión inicial que nos demanda la primera visita del susodicho (ropa interior nueva, sábanas y toallas nuevas, etc.) y los gastos de mantenimiento (tintura, depilación, provisiones surtidas en la heladera, etc.) la cifra se incrementa notablemente. Si el caballero en cuestión es cumplidor y viene todos los fines de semana, o todos los lunes, o cuatro veces al mes el día que a él le quede cómodo, necesitamos un sueldo extra para conservarlo.

Se acabaron las épocas gloriosas en que los novios y amantes nos llevaban a cenar, a bailar y a terminar la noche en “un lugar más íntimo”, como solía decirse. Ahora, somos nosotras las que tenemos que demostrar solvencia: tener casa propia o alquilada donde no viva nadie más que una, y además un buen trabajo, nos permite darnos el lujo de tener un amante a domicilio. No dependemos del hombre para ir a ninguna parte: el escenario y el menú lo ponemos nosotras... ¡y lo pagamos nosotras, también, que tanto!.

El orgullo femenino gana adeptas día a día. Si antes se tenía un amante para que aporte lo suyo y la mujer se consideraba a sí misma como una mercadería que debía venderse cara, ahora nos fuimos al otro extremo, y algunas ya ni aceptan que les paguen un café. Personalmente prefiero el término medio, y no comparto ni la absurda pretensión de que nos mantengan ni la insalubre costumbre de mantenerlos nosotras. A la hora de consensuar, si él trae el vino yo pongo el postre, y si él pasa por la rotisería y trae la cena, no me opongo, y si me invita a comer afuera, menos que menos, y si me quiere pagar la luz, los impuestos y el teléfono, bienvenido sea.

Digamos que: no pido, con lo que mi orgullo queda a salvo, pero acepto con gusto lo que me ofrezcan, con lo que mi presupuesto también queda a salvo.

Y no es que sea interesada, sino que no podría negarle a un hombre la posibilidad de sentirse masculino mediante el ancestral (y mágico) recurso de esgrimir la billetera. Si durante cientos de años el hombre fue el “proveedor” y se sintió cómodo en ese rol, ¿con qué derecho le cambiamos los papeles, sumiéndolo en una crisis de identidad de la que no sabe cómo salir? Con su nefasta consigna de compartir gastos, lo único que han logrado las feministas es que los hombres se vuelvan flojos, calculadores y mercenarios y que no nos conviden ni un mísero helado.

En cuestiones de dar y recibir, cada uno es dueño de hacer lo que más le guste. Pero eso sí, queridas compañeras de infortunio: los números hay que hacerlos con la cabeza. Las que prefieren hacer el amor a lo grande, sauna y yacuzi incluido, no se entusiasmen con la tarjeta. No vaya a ser que empeñen hasta el aguinaldo del 2010 para darse un gustito de vez en cuando. Eso no. Porque una cosa es ser independiente y otra es tener un amante a cualquier precio, poniendo en riesgo la economía doméstica o renunciando al arreglo del techo, a los anteojos para ver de cerca, a la mamografía, al dentista o a una cocina nueva.

¡Recuerden, chicas, que los amantes pasan pero una queda, y la casa también! Y que el tiempo hará estragos en ambas, tarde o temprano, así que mejor guardar para el futuro ese dinero que hoy, sin darse cuenta, algunas dilapidan en nombre del placer. Al César lo que es del César... y al amante lo que se gane con el sudor de su frente, ustedes me entienden.

* * *

Esto también es de Peperina Exprés, mi columna de cuando escribía en El Zonda de San Juan. Tuve que actualizarle los números, porque para desgracia de las mujeres de Río Ceballos, a valores de hoy... ¡tener un amante nos cuesta el doble que hace dos años! ¡Hasta en eso se nota que el INDEC miente!


sábado, 30 de agosto de 2008

Apología de los pelados


Hoy tomo la palabra en defensa de esos nobles caballeros que, aceptando su destino, caminan por la vida sin nada que decore sus cabezas. Me refiero a los pelados que se asumen como tales.
Un pelado asumido es como un himno a la virilidad. Fíjese usted, si no, como camina. Tiene el porte soberbio de un noble de rancia estirpe, la mirada desafiante de un gladiador romano y la belleza adusta de una estatua griega.
“El pelado” es un hombre de armas tomar. Un tipo que va al frente, que no oculta sus miserias.
Un superhéroe capaz de las hazañas más inverosímiles: hay que ser muy valiente para enfrentarse a un madrugón de cinco grados bajo cero con las orejas al aire y el cerebro casi, casi, al descubierto. O para calcinarse bajo el tórrido sol del mediodía , sintiendo el crepitar desesperado de los sesos bajo el cráneo al rojo vivo. “El pelado” está limpio de pecados capilares. Su aura brilla, al igual que su cabeza, como la de un infante recién bautizado. Nada de quinchos, jopos truchos ni pelos acomodados con sustancias pegaminosas. “El pelado” es un rey, y como tal, no acepta más corona que su propia dignidad... o un gorrito de lana, a lo sumo.
Cuando “el pelado” se lanza a la conquista no anda mariconeando haciéndose reflejos, baños de crema ni rastas. Lanza en ristre y calva al viento, arremete como heroico Quijote sin más casco ni plumaje que su masculinidad. ¡Y siempre gana!
Mujeres argentinas: un ejército imbatible de pelados nos espera. No conocen la histeria, son mimosos, masculinos, y no gastan en shampú ni nos disputan el cepillo para brushing. Y con sólo dejar que una de nuestras manos resbale por su testa mientras le mordisqueamos una oreja, sabremos lo que es tener a nuestras plantas rendido un león. Sin melena, el león, pero ¿a quien le interesa ese detalle?.
(Permítame una recomendación: si usted jamás acarició a un pelado, para que no se note esa falencia ensaye desde ahora. Para ello, flexione la pierna izquierda a 45 grados y frótese la rodilla hasta sentir un cosquilleo sensual en la palma de la mano. Cuando encuentre al “pelado” de su vida, este aprendizaje previo le puede resultar de mucha utilidad para vencer ese escozor que nos produce lo desconocido.)
Pelados argentinos: no se dejen tentar por charlatanes que les prometen el oro y el pelo: manténgase impasibles y ecológicos, sin conservantes y sin entretejidos. Y recuerden que el hombre es como el oso, cuando más feo más hermoso...
Que el oso sea peludo, es otra historia. Y no viene al caso.

Internet es de todos, pero los textos son del autor. Citemos las fuentes.

martes, 19 de agosto de 2008

La madurez


Hace unos meses hice un descubrimiento: eso que habitualmente llamamos “madurez” es como un hongo pegajoso y gris que va aflorando a medida que nos descascaramos por dentro y por fuera. El flagelo en cuestión está al acecho día y noche, esperando la ocasión para dominar nuestra voluntad, anquilosar nuestras ilusiones y convertir nuestras neuronas en fósiles. Decidida a no darle la más mínima ventaja revisé mis revoques internos y externos, y luego de comprobar que la “madurez” no tenía por donde atacarme, continué con mi plácida existencia.

Bastó un simple descuido y de repente el monstruo estaba frente a mí, amenazante, intentando convencerme de que debía ser “madura”, dejarme de embromar con la literatura y dedicarme a cosas más rentables.

-¡Vade retro! -le dije, esgrimiendo una lapicera- si para madurar tengo que renunciar a lo que más me gusta ¡pues seré una inmadura toda mi vida.

El perfil de persona "madura", para nuestra cultura occidental, es el de alguien aburrido, absolutamente sensato, imparcial, sosegado, que ha llegado al punto más alto de sus capacidades físicas e intelectuales, y que en cualquier momento empieza a declinar y se echa a perder. Como una fruta. Madurá, le decimos al hijo amante de la aventura que se olvidó de anotarse en la facultad porque se fue de campamento con sus amigos. Madurá, le volvemos a decir cuando se pelea con su novia de la adolescencia, se engancha con una ecologista y se va a despetrolar pingüinos en lugar de rendir las tres materias que le faltan. ¡Madurá! le insistimos cuando cambia de trabajo, no por un mejor sueldo sino por más tiempo libre.

¡Madurá! le gritamos con desesperación, cuando decide abandonar su promisorio futuro como abogado y se va al sur a cultivar frutillas.

Y de tanto insistir, nos la creemos: una persona madura no hace esas cosas. Una persona madura siempre razona, siempre hace lo que conviene, no se rebela, no hace locuras. ¿Es eso la madurez? ¿El último peldaño, y de ahí en más un salto hacia la nada eterna? ¿Un espacio donde está todo dicho y todo concluido, algo así como el "final de obra" que dan los arquitectos, y si a uno le quedaron unos cuantos cerámicos torcidos a joderse, que ya no tiene arreglo? Y después de la madurez, ¿qué? ¿Los gusanos?

Todavía estoy verde para eso. Mi mente aún retoza entre miles de utopías y mi cuerpo me acompaña con la misma pasión, aunque no con la misma resistencia de años ha, por desgracia. Confieso que después de una jornada de sano esparcimiento (piense lo que se le antoje…) ahora me duelen músculos y huesos que yo ni sospechaba que existían. Y que antes no dolían. Y confieso también que empiezan a preocuparme temas como la vejez, el deterioro inevitable de mi humanidad, el futuro incierto y la jubilación. Y que me produce un molesto escozor el andar por el mundo así de incógnito, sin haber hecho aún nada notorio, trascendente... o escandaloso, al menos.

Si no es la madurez esa especie de momificación en vida que suponen algunos, ¿qué es, entonces? Luego de haber leído una buena cantidad de libros de autoayuda, de haber charlado largo y tendido con mis amigas, de haber desmenuzado y confrontado las opiniones de Osho, Bucay, y otros guías espirituales, y de haber meditado en soledad acariciando el lomo de mi perra, puedo afirmar sin temor a equivocarme que: “La madurez es la capacidad de asimilar nuestra existencia como parte del cosmos sin sentirnos el ombligo del universo.” Frase de mi invención, no se gaste buscándola en ningún libro de filosofía porque no la va a encontrar. Los filósofos no tienen tanto poder de síntesis.

Entre acumular años y saber madurar hay la misma distancia que entre juntar tierra debajo de la cama y tener un campo de 2000 hectáreas. No son las experiencias ni la edad, por sí mismas, las que otorgan madurez: es la intuición, la percepción de lo que nos rodea, de los otros y de nosotros mismos. La mirada implacable hacia adentro, hasta que duela, hasta sentir que aún hay cosas por hacer y por cambiar. La mirada hacia fuera, pura y maravillada como debió haber sido la primera mirada del primer hombre. El alma en paz, y al mismo tiempo abierta a todas las emociones; la mente abierta a todas las ideas, pero buscando el equilibrio; el espíritu dispuesto al dolor y a la alegría en idéntica medida. Y la piel palpitando debajo de la ropa, pronta siempre al abrazo, al consuelo, al frío y al calor.

La madurez, la verdadera madurez, es un estar “a punto”, listo para empezar, en el mejor momento para lo que uno esté dispuesto a permitirse. Y para eso, no hay edad.

Esto también es de Peperina Exprés, mi columna de "El Zonda" de San Juan de hace unos años. Y viene a colación porque a veces siento que estoy involucionando, que estoy cada vez más lejos de convertirme en esa persona "madura" que se supone uno debe ser cuando está pisando los 50. No es sencillo esto de andar todavía sin rumbo definido, sin un curriculum lleno de logros, viviendo al día y dejando que el tiempo pase como si no se fuera a terminar más, como si todo fuera eterno. No se lo aconsejo a nadie. Pero no puedo evitarlo: algo muy dentro mío me dice que lo que deba ser, será a su tiempo, y que de nada nos sirve apresurar el paso porque nuestra huella es apenas un rastro efímero, que se borrará ni bien sople el viento. Que la vida es apenas un puñado de sueños propios y ajenos, sueños que hay que defender con toda el alma. Que para tener más, tenemos que aprender a vivir con menos.

Sólo algunos predestinados dejan para la posteridad algo grande de verdad; el resto somos sombras en la noche, arena en el desierto, gotas saladas en el mar, o cuanto mucho, una flor colorida a un lado del camino. Nada más.

Y nada menos.

sábado, 14 de junio de 2008

Papá Gordo


Yo tuve un papá gordo. Y un papá gordo es un señor papá, una no piensa en él como en un hombre que puede andar por ahí seduciendo mujeres con su pinta porque es todo papá, nació para papá, ya era gordito de antes de casarse como si presintiera su destino de papá. Tener un papá gordo es un premio de la vida, que sólo disfrutamos algunos elegidos.
Sabía hacer muchas cosas mi papá. Tallarines y ravioles, por ejemplo. Pero lo que hacía mejor era fabricar zapatos. Sabía elegir el cuero, cortarlo, unir las piezas, darle forma de pie y ponerle la suela. Y al final los guardaba en sus cajitas de cartón, separados por un papel de seda.
Quería a sus zapatos, mi papá. Eran su orgullo. Y cuando descubría en los pies de alguien un par de SUS zapatos se volvía más redondo, como uno de esos globos de piñata, esos grandes... su cara mofletuda sonreía, su espalda se estiraba, su panza se hundía un poco... y hasta era capaz de parar al caminante y preguntarle si le resultaban cómodos, donde los había comprado, y contarle que los había hecho él en su fábrica. Papá tenía clientes por toda la Argentina, y cada vez que pienso en los miles y miles de pares que fabricó en su vida, en los miles y miles de pies que caminaron por todo mi país con sus zapatos, hago mío su orgullo y me emociono. Y los extraño, a él y a sus zapatos, y al olorcito a cuero, y a la fábrica...
Yo tuve un papá gordo y una infancia feliz. Y zapatos. Si algo no me faltó, fueron zapatos. Y hechos por mi papá, con esmero y amor. Él inventaba máquinas sencillas, a veces sólo un trozo de madera de una forma especial, que hacían rápida y fácil una tarea tediosa o engorrosa. Era casi un artista, siempre puliendo su obra, buscando la manera de hacerla más perfecta. Mamá lo acompañaba "desde el llano", con un perseverante ir y venir de hormiga que hacía realidad la producción constante, los cien pares por día, o los mil, día tras día. Me críe entre zapatos, oliéndolos, mirándolos, tocándolos... Y viéndolos partir hacia Mendoza, Entre Ríos, Buenos Aires, Jujuy... a caminar la patria.
A caminar la patria.
Yo tuve un papá gordo que hizo muchos, muchísimos zapatos. Y con eso me alcanza para que su recuerdo sea humildemente grande. Como dicen los chicos: hasta el cielo de grande. Y con olor a cuero. Y plantilla con arco anatómico, y talón con refuerzo. Un recuerdo bien hecho.
* * *
Este es uno de mis textos más queridos. Lo escribí hace varios años, salió publicado primero en la revista Nueva y después en El Zonda de San Juan, y la respuesta de los lectores fue inmediata: gente de todas partes, de todas las edades, contándome sobre sus "papás gordos" y la bendición que significaba haberlos tenido.
Es que cuando uno escribe con el corazón, pasan esas cosas: el otro se anima a contar lo suyo, se siente apuntalado en sus convicciones, en sus afectos, siente que es parte de esa gran historia que se construye con la suma de las pequeñas historias, la tuya, la mía...
Hace 22 años que mi viejo ya no está; después de dos bypass, su corazón dijo basta antes de cumplir los cincuenta, en la madrugada de un 9 de junio. Durante mucho tiempo tuve miedo de olvidarme de su voz, de su mirada, de todo lo intangible, que no puede guardarse en una foto.
Pero los que han vivido más que yo dicen que no, que es al revés, que con los años los recuerdos se potencian y nos llegan cada vez más nítidos, más vívidos. Ojalá sea así; hoy, ahora, su voz, cuando la pienso, me llega desde lejos y muy débil, como si no bastara con mi esfuerzo para hacerla regresar. Y tengo miedo, sigo teniendo miedo de olvidarla.

viernes, 6 de junio de 2008

Los efectos terapéuticos del piropo

La semana pasada, o la anterior, se me ocurrió mandar uno de mis artículos de Peperina Exprés a EnPlenitud, una página de temas varios relacionados con la salud, la autoayuda, el humor, el turismo, y otros más, de la que suelo recibir un boletín en mi casilla de mails. No sólo lo publicaron (lo cual no es ninguna hazaña, porque publican todas las colaboraciones) sino que me escribieron, hasta el momento, tres mejicanos diciéndome que les había gustado mucho. ¡Oh maravilla!, me dije, ¡llegué hasta Méjico! ¡Albricias!

Ya sé que eso no quiere decir que yo sea popular como la Mastretta, o la Isabel Allende, pero me hizo feliz que me escribieran desde otro país. Ya sé que el texto salió en un espacio poco intelectual, pero salió, y es lo que de momento me importa: estar en alguna parte, además del blog, que la gente me lea, que me conozca. Estoy tan contenta con mis tres nuevos lectores, que acá va el artículo en cuestión:


Los efectos terapéuticos del piropomujeres piropos amor

Hace unos días caminaba rumiando mis pensamientos como quien mastica vidrio y buscando algo parecido a un centímetro de sombra, cuando al doblar una esquina me crucé con un hombre que me dijo un piropo. Primero desfruncí el ceño, que chirrió como una bisagra oxidada porque hacía un largo rato que lo tenía fruncido. Después estiré la espalda, sonreí, y dándome vuelta busqué al gentil caballero para darle las gracias, cosa que suelo hacer, indefectiblemente, cuando me dicen un piropo. Pero hete aquí que no lo había mirado, y si lo había mirado no lo había visto, y por lo tanto no pude identificarlo. Menos mal, porque de la gratitud hubiera sido capaz de abalanzarme sobre él, colgármele del cuello, hacer de cuenta que era Antonio Banderas y arrancarle la ropa a mordiscos en plena calle.
Con el ceño desfruncido y una sonrisa que llamaba la atención entre tantas caras largas, seguí mi camino meditando sobre los efectos terapéuticos del piropo y sus posibles aplicaciones contra el bajón psicofísico que está diezmando a los argentinos. Llegué a la conclusión de que, en el caso de las mujeres, este mal podría curarse de raíz con una dosis diaria de piropos, que nos ayudaría a recuperar la autoestima, nos levantaría las defensas y nos haría más resistentes a virus, bacterias, aumentos de precios, reducciones de salarios y otros males nacionales.
¡Y que sencillo sería! Cuando mucho, cada hombre debería decir por día unos diez piropos, y ni siquiera haría falta que fueran elaborados: un simple ¡DIOOSSSSA! dicho en tono admirativo, inclinando la cabeza y soplándolo cerca de la oreja de la bruja más horrible, obraría milagros.
Ni que hablar de esos dos clásicos cordobeses, el “MAMASSSA” y el “IEEEGUA” con que suelen castigar nuestros oídos los hombres de estos pagos, y que pasado el bochorno inicial, nos producen un pico de adrenalina que nos alcanzaría para brincar por los campos toda una tarde. Lo único indispensable es que todos los piropos fueran indiscriminados; esto es, dichos al voleo; no un tributo a la belleza sino más bien un acto de grandeza masculina, destinado a hacer brotar esa hermosura interior que, se supone, todas llevamos dentro.
Observen los resultados que se podrían obtener, según las dosis:
Con sólo un piropo diario, tendríamos la mirada más brillante durante el resto del día, el busto erguido por dos o tres horas y el andar majestuoso por varias cuadras.
Con dos piropos diarios tendríamos menos arrugas, soportaríamos las inclemencias del tiempo sin quejarnos, trabajaríamos cantando y volveríamos a casa con la energía necesaria para preparar la cena, postre incluido.
Con tres piropos diarios consumiríamos menos ansiolíticos y antidepresivos, gastaríamos menos en cosméticos, nuestro humor mejoraría notablemente y nos pondríamos mimosas cuatro noches por semana.
Con cinco piropos diarios dejarían de dolernos para siempre la cabeza y los ovarios, se nos borrarían las patas de gallo, se nos disolvería la celulitis y bajaríamos diez centímetros de cintura.
Y con una sobredosis de diez piropos diarios, seríamos capaces de levantarle la líbido de por vida hasta al más alicaído de los varones argentinos, lo cual ya es mucho decir. Rugiríamos como leonas, caminaríamos como panteras, tendríamos piel de pétalo, transpiraríamos con olor a sándalo y nuestro aliento sería fresco y perfumando como si masticáramos menta por toneladas. Nos convertiríamos en verdaderas mujeres maravilla, de esas que revolean camiones por los aires y destripan malhechores sin que se les despeine el flequillo ni se les corra el maquillaje, y todavía nos quedarían energías para bailar todas las noches la danza de los siete velos, como preludio a lo que vendría después.
Piensen, muchachos, piensen… con la mínima inversión de unos pocos minutos diarios y algunas palabras floridas dichas al azar, todos podrían tener esposas, amantes, novias, madres, hermanas, amigas e hijas maravillosas, alegres, sumisas y querendonas. Y por si esto fuera poco, piensen en los beneficios para el bolsillo masculino: si todas las mujeres recibiéramos nuestra dosis de piropos, no habría más compradoras compulsivas, ni sicoanalizadas crónicas, ni maniáticas de la limpieza, ni hipocondríacas. Las familias argentinas ahorrarían miles de pesos que podrían invertir luego en vacaciones, arreglos y reformas en la casa…
En fin, ¡si no me creen, hagan la prueba! Lo más que puede pasar es que algunas celosas se pongan locas, pero al hacer tan felices al resto de las mujeres, eso no cuenta. Además, ellas también recibirían sus dosis diarias así que andarían mansitas.
Señores, háganme caso, porque lo digo por experiencia: las puertas que abre un piropo en el corazón de la mujer, rara vez se cierran. Bombones, flores, diamantes, son bienvenidos, también. Pero un piropo… les juro que nos desarma, y que hasta la más arisca, aunque por fuera se haga la recia, al escuchar un “requiebro” siente cosquillas en el estómago y cascabeles en el alma.

miércoles, 16 de abril de 2008

Despacio, perros y niños sueltos


Casi todos los días hay que lamentar algún accidente protagonizado por un “perro asesino”.

Muchos años atrás, eran los doberman; hoy, son los dogos, mastines, pittbull o rottweiler los que pagan los platos rotos de una situación que tiene un solo responsable: el hombre y su afán enfermizo de convertir a otro ser vivo en una máquina de matar.

Siempre he tenido perros, y salvo una ovejero alemán pura el resto han sigo callejeros. Animales nobles, unos más obedientes que otros, pero nunca lo suficientemente agresivos como para atacar a nadie a mansalva, y lo bastante guardianes como para disuadir a quien intente entrar sin mi permiso. Confieso que mis perras han estado en la calle más de lo aconsejable, que han corrido motos y bicicletas y le han pegado un susto (sin mordisco) a más de uno, cosa que no está bien, que no debería ser, y que trato de evitar. Confieso también que aquí, como en tantos lugares, es normal que los perros estén sueltos en la calle, y que esto trae problemas como peleas entre ellos, bolsas de basura rotas, y de vez en cuando alguna persona tarasconeada. Son hábitos que debemos cambiar, y que cambiarían mucho más rápido si las autoridades se decidieran a intervenir, ya sea cobrando multas, educando a la población (sobre todo a los chicos en las escuelas), haciendo campañas de esterilización gratuitas, o donando rollos de alambre tejido para que quienes no pueden comprarlo cierren sus terrenos y mantengan adentro a sus animales.

Pero lo cierto es que esta vida chúcara nuestra, en la que las cosas son como no deben ser, de a ratos tiene su encanto, como todo lo prohibido. Es lindo ver, a la mañana temprano, cómo los perros van y vienen corriendo por la cuadra, jugando unos con otros, alegres de encontrarse.

Porque los perros necesitan eso, estar con otros perros, olerse, hacer como que pelean, correr.

Hasta eso de las nueve, es la hora de hacer sociales. Después, ya más tranquilos, se tienden al sol, y salvo que alguna moto interrumpa la paz serrana o su dueña enfile hacia el almacén y decidan seguirla, no se levantan por un buen rato. Dormir al sol, y que sea lo que Dios quiera. Quién pudiera…

Cuando mi calle era de tierra no pasaba casi nadie, y nuestros hijos y perros vivían en paz yendo de casa en casa, andando en bicicleta, jugando a la pelota. Ahora pasa gente desconocida, y muchas motitos conducidas (mal) por chicos y chicas que van y vienen de día y de noche, y la perrada se insubordina. Y nosotros también; el pueblo va queriendo convertirse en ciudad, algo que, gracias a su trazado defectuoso, nunca llegará a mayores, pero con lo que ha crecido ya es suficiente, el cambio se nota. Cómo será, que hace unos años estuve a punto de pintar un gran cartel para poner en la esquina: ENTRE DESPACIO, PERROS Y NIÑOS SUELTOS. Ya que van a transitar, que no molesten y lo hagan con prudencia…

En recuerdo de esa época en la que perros y dueños éramos los amos de nuestra cuadra, en el 2003 escribí para mi columna Peperina Exprés, del diario El Zonda de San Juan:

Brigada de lujo

En estos tiempos violentos, cada uno se defiende como puede. Algunos compran armas, instalan alarmas o refuerzan las cerraduras, otros contratan guardias privados, hay barrios organizados con silbatos y llamadas telefónicas... a la hora de enfrentar al enemigo de lo ajeno, todo vale, o casi todo.

Yo vivo en Río Ceballos, a 35 km. de Córdoba capital, y aunque el índice delictivo es menor que en las grandes ciudades aquí también nos preocupamos por la seguridad. En mi cuadra, como en casi todo el pueblo, contamos con la presencia preventiva y disuasiva de una brigada de lujo. Nuestros custodios son un hallazgo: naturalmente equipados para todo terreno, trabajan 24 horas corridas y al momento de cobrar no tienen pretensiones: les pagamos en especie, cualquier sancocho les viene bien.

Comanda la brigada el legendario Batuque, héroe sobreviviente de numerosos enfrentamientos con invasores de todo tipo: nafteros, diesel, equinos, caninos y felinos. Tiene más cicatrices que pelos, pero todavía aguanta. Lo secundan dos muchachas bien fornidas y de garrones tomar: la Angelita y la Caty, quienes a la hora de intimidar y poner en fuga a los sospechosos no se andan con chiquitas. La Negra aporta lo suyo, esa es más tranqui pero disuade por presencia. También debemos contar al benjamín de la patrulla: el único hijo reconocido del Batuque, el Laqui, que como parece dálmata pasa por inofensivo pero tiene su carácter, aunque está en la edad del pavo. Y otra joven promesa, el Panchito, que tiene apenas tres meses pero ya enseña los dientes.

Todos estos efectivos patrullan día y noche la vía pública sin ningún tipo de restricciones, para tranquilidad de los habitantes de la cuadra y para desgracia de quien deba transitar por nuestra calle, venga a pie, en bicicleta, en moto o a caballo. La más añosa de la brigada, la intrépida Belka, nuestra campeona olímpica de salto en alto y escalada de alambrados, ha sido relegada a tareas administrativas por su propia seguridad (con 15 años, ya no está para andar arriesgando el pellejo), y observa con nostalgia al resto de la tropa, ladrando cuando hace falta.

Y por supuesto, está la reserva, que atrincherada en los fondos cumple una tarea limitada y anónima pero igualmente efectiva. Al menor movimiento de hombre, bestia o espectro nuestros perros hacen oír sus voces, de oeste a este y de sur a norte, con un exceso de celo que ni la más sofisticada alarma podría igualar.

No encontraremos nunca mejores guardaespaldas para nuestros hijos, porque donde están ellos allí están los perros. Confiamos vidas y bienes a una fuerza policial heterogénea y abnegada, cariñosa y valiente. Tal vez seamos algo ingenuos, pero vivimos tranquilos. No tenemos un peso para móviles ni para comprar balas, pero con semejante provisión de colmillos... ¿Quién se nos va a animar?

Vaya este humilde homenaje para Belka, Batuque, Laqui, Negra, Panchito, Angelita, Caty, y para los que ya no están entre nosotros pero que estarán siempre en nuestros corazones: el Colita, la Cindy, y todos los demás. Y un saludo especial para Víctor bebé y Roqui, de la otra cuadra...

sábado, 26 de enero de 2008

El amor, ese eterno desencuentro

Paula se muere por Juan, pero él le dedica apenas unas tres horas semanales porque está casado con Marcela, quien a su vez lo engaña con el profesor de yoga, ese que está de novio con Juanita, la ex mujer de Aníbal, el amante de Julia, que es la segunda esposa de Manuel, que viene a ser el quinto ex de Clara, la actual novia de Carlos, el que hace un año se separó de Cyntia, que ahora está felizmente casada con Mauro... o al menos eso cree ella, porque en el fondo su marido se muere por Paula, ¿cómo qué Paula? la que se muere por Juan al principio de esta historia...

Y así andamos por la vida como ciegos, como sordos,
desfalleciendo de amor por quien no nos corresponde,
ignorando sin querer (o queriendo) a quien nos quiere,
desperdiciando suspiros, atardeceres y...

Acá tenía que poner algo que rime con sordos, y confieso que la primera palabra que se me pasó por la mente hubiera convertido mi poema en una chanchada; lástima, tan bien que venía. ¿Me estaré volviendo escéptica, estaré perdiendo el romanticismo?
Empecemos de nuevo, ahora en serio. El otro día me puse melancólica y se me dio por pensar en EL AMOR, o los amores, o ese eterno desencuentro en que suele convertirse lo que empieza como búsqueda y termina como desesperación.

Cosa mágica, el amor. Cosa de brujos el encuentro de dos cuerpos o dos almas entre miles, coincidiendo en el tiempo y el espacio con precisión astronómica mientras un coro de querubines les canta al oído... haga memoria, ¿Cuándo fue la última vez que le pasó? Yo ni me acuerdo. Ya casi me he resignado a no coincidir con nadie, me siento como un planeta solo en su órbita y no diviso siquiera un meteorito de medio kilo viniendo hacia mí.

Cosa sublime, el amor. Nos transporta por el aire como si fuéramos plumas, nos estira las arrugas, nos alumbra la mirada, nos dulcifica el carácter, nos redobla la energía, nos resucita el entusiasmo, nos vuelve a la adolescencia... mientras dura, todo es bello, brilla el sol, cantan los pájaros...

Cosa frágil, el amor. ¡Dura tan poco! Si en un principio flotábamos por el aire livianos como una pluma, de golpe nos convertimos en una bolsa de papas y allá vamos, en rauda caída libre, sin nada que nos ataje ni nos amortigüe el golpe. Una vez despachurrados contra el piso, lloramos como chico que ha perdido el chupete y cuando se nos pasan el dolor y la bronca, nos ponemos en pie con la mirada opaca, más arrugas, sin fuerzas para nada, avinagrados, con cien años encima. ¿Y todo esto porqué? Por el fatal descubrimiento de que el otro es tan humano como uno, y tiene mañas, defectos y hasta olores. Y por si esto fuera poco, el otro siente lo mismo. Y el idilio se convierte en amistad incestuosa, o en cariño, o en camaradería, o en depresión compartida, o en pegoteo neurótico, o en cualquiera de esas iniquidades en que suele terminar la convivencia.

Cosa inasible, el amor. Se nos escapa sin que nos demos cuenta, es pura ilusión, tal vez sea un invento nuestro para no sentirnos solos, para creer que nos eligen y elegimos, para sentir que somos parte del milagro del encuentro, de la coincidencia mágica. Sea lo que sea, llega cuando menos lo esperamos y se escabulle cuando más nos hace falta, dejándonos la piel en carne viva, las hormonas desconcertadas y el alma huérfana.

Cosa difícil de definir, el amor. ¿Es pasión, es ternura, es cariño profundo? ¿Son las tres cosas juntas, no es ninguna? ¿Cómo vamos a encontrar al amor de nuestras vidas, si no estamos de acuerdo en qué es el amor? Si yo creo que es amor pero él cree que es pasión, ¿cómo podremos llegar a la ternura? Si él cree que es cariño y yo creo que es ternura, ¿con quien compartiremos la pasión? Y si los dos creemos que es pasión, ¿no estaremos perdiéndonos todo lo demás, que también es hermoso?

Cosa difícil de hallar, el amor. Flota en el aire, como los virus, pero engriparse es más fácil que enamorarse. Arde en los labios, quema en la mente, duele en el alma, y cuando al fin parece que ahí está, que lo encontramos, que ahora sí, que esta noche es para siempre... uno despierta, a veces, con la cruel sensación de haber dormido abrazado a una estatua de sal, o a un fantasma.

Cosa trágica, el amor. Pocos finales felices, nos comemos las perdices y el resto es cuento. Tarde o temprano, se muere, el amor. Si se murieran juntos los amores de ambos enamorados no sería nada, lo malo es que se mueren a destiempo y entonces uno sufre mientras el otro no sabe que hacer para sacarse de encima el cadáver. Tendría que existir la eutanasia, en estos casos, para poder matar al amor que queda suelto. No tendría que haber amores sueltos, son incómodos, provocan escozor en los demás y en uno mismo, nadie sabe que hacer con un amor que se ha quedado viudo, solitario y estéril, y termina arrastrándolo como un estigma.

Cosa múltiple, el amor. Hay amores desdichados, desahuciados, no correspondidos, equivocados, complicados, finados, perversos, macabros, inútiles, sacrificados. También, claro, los hay puros, felices, ardientes, heroicos y francos. Pocos, pero hay...

Los amores puros, felices, ardientes, heroicos y francos son un don divino, y hay que dar gracias por ellos todos los días, de rodillas.

Los amores desdichados, desahuciados, no correspondidos, finados, equivocados... se curan con el tiempo, pero tienen, mientras tanto, un antídoto eficaz: otros amores. Porque un amor se olvida con otro amor, y el amor a los hijos, a los amigos, a la vocación, al perro, al gato, o a lo que se le antoje, son la mejor manera de sobrellevar ese AMOR que nos falta, el AMOR de pareja, ese amor que nos desvela y que se añora, como me pasa a mí, con los últimos fríos del invierno.

Pero a no equivocarse: no se trata de esconder nuestra carencia, usando a esos amores para mantenernos a flote hasta que llegue el otro, el AMOR. Se trata de aprender a disfrutar lo que tenemos y de amar hacia fuera, en círculos más amplios, poniendo en juego toda nuestra capacidad de dar y de recibir. El amor no se divide, se multiplica. Si lo hacemos crecer en todas direcciones, cuando llegue por fin ese otro AMOR tendremos un corazón fuerte, grande y acogedor, que no se arrugará como una pasa con el primer desengaño.

No hay caso, yo quería escribir algo especial sobre el amor, algo profundo, sangrante y lacrimógeno, algo acorde con mi melancolía, y me salió un engendro entre ácido y didáctico.

Sólo me faltó poner que las nalgas rosadas de Cupido tienen celulitis, que sus flechas son made in China y por eso el efecto del flechazo dura tan poco, que las naranjas transgénicas tienen los gajos impares y partirlas justo al medio es imposible, y que la pareja es la más despareja de las sociedades humanas. ¡Me estoy volviendo escéptica, nomás! Voy a tener que enamorarme, urgente...

* * *

Esto es de mi columna Peperina Exprés, la que tenía en El Zonda de San Juan.
Me gusta escribir este tipo de textos, en los que uno se expone pero al mismo tiempo juega con la imagen que encontrará el otro: es como mostrarse a través de un vidrio traslúcido, dejando ver apenas una mancha indefinida que tomará la forma de un cuerpo completo en la imaginación de quien nos mira, y según lo que éste quiera ver.

Pero lo más interesante es la respuesta que generan: cuando publiqué este artículo, me llegaron mails dándome ánimo, diciéndome que pronto llegaría el hombre de mi vida y cosas por el estilo; a nadie se le ocurrió pensar que detrás de mis palabras pudiera haber sólo un ejercicio estético, en el que la primera persona del narrador era apenas un recurso para conseguir que los lectores se identificaran, se sintieran de alguna manera representados.

Ahora bien, ¿habría podido escribir ese texto mintiendo, inventando lo que no siento? Tal vez otros puedan pero yo, no. ¿Puede el autor sacarse lo que escribe como si fuera un abrigo, algo que no tiene nada que ver con él, y dejarlo al alcance de quien se lo quiera llevar? ¿O está dejando, a veces sin saberlo y sin quererlo, girones de su propia piel?

Yo creo que sí, que se nos va la piel, que vamos deshojándonos en un largo, interminable otoño, y que nos hace bien porque con cada hoja que cae brota una nueva. Aunque haya quienes lo nieguen, incluso en las ficciones el escritor se expone: puede que sea apenas en los miedos, recuerdos o gestos de algún personaje, en los temas que aborda (algo que dice mucho de la persona)o en las descripciones, pero siempre habrá algo que lo descubra ahí, detrás de las palabras, pretendiendo esconderse de sí mismo y del mundo.