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domingo, 3 de abril de 2016

Regalar poesías II

A veces nos cuesta encontrar las mejores palabras para expresarnos o comunicarnos. Por eso, entre otras cosas, es que compartimos en las redes sociales tantos cartelitos con frases filosóficas, o de amor, o de motivación, o de humor: no son nuestras, pero dicen lo que pensamos o sentimos.
O “plagiamos” a algún poeta. Ahora ya no es común, pero en sus buenos tiempos las rimas de Becquer, o los 20 poemas de amor de Pablo Neruda, fueron plagiados hasta el cansancio por enamorados que los usaban como propios.
A veces nos cuesta encontrar las palabras exactas porque no las tenemos; otras veces nos cuesta porque no nos salen, porque se nos quedan atravesadas en la garganta por orgullo, por miedo, por timidez...
Pero cuando encontramos LAS PALABRAS, esas que nos hacían falta para expresar lo que sentimos o pensamos, se nos abre el cielo y el suspiro del alma nos sale por todos los poros.
Los que escribimos, lo sabemos porque lo vivimos cada vez que al releer transitamos el texto sin tropiezos y nos suena como una sinfonía, con cada nota en su lugar, y cada vez que nos desvelamos hasta el amanecer persiguiendo un verbo, un adjetivo, que tenga el matiz justo (ni de más, ni de menos) para engarzarlo en la frase como si fuera un diamante.  
El poder de las palabras. El compromiso y la satisfacción de que, tal vez, le sirvan a otro para expresar lo que quiere decir y no puede.
Por eso es que cada vez que alguien se para frente a mi puesto en la Feria de Microemprendedores de Río Ceballos (en el que vendo mi libro, Manual de instrucciones para recién separadas) y se anima a leer completa una de mis tarjetas artesanales, siento que se produce un pequeño milagro. Por empezar, no a todo el mundo le interesa leer poesías, aunque sean cortitas y sencillas. Hay muchos que pasan de largo sin ver. No las ven. Uno ve lo que quiere, o lo que puede ver, y hay personas que nos las registran, de la misma manera que yo no registro muchísimas cosas que veo porque no me interesan.
Entonces, el primer milagro es que las miren y las vean. Las registren. El segundo, es que se acerquen más y empiecen a leer. Ahí los saludo y los invito a levantar las tarjetas, para que las puedan leer completas.
Algunos agradecen, pero no las leen. Otros sacan una, la leen, la dejan, sacan otra, la leen, las mezclan, después dicen “muy lindas”, y se van. Otros las leen y se quedan en silencio, pensando, o dicen: “¡qué hermoso!”, hasta que eligen una (o dos, o tres) y las compran. ¡Magnífico! Encontraron las palabras que les hacían falta, o que les tocaron el corazón, y se las llevan, y yo se las vendo con todo mi amor, feliz de que se las lleven.
Pero hay otros que levantan la tarjeta con delicadeza, casi con respeto, y leen con una sonrisa o serios... y cuando terminan, se les llenan los ojos de lágrimas. Ahí, ahí, está el poder de las palabras en todo su esplendor: han llegado a lo más profundo del corazón, han tocado sentimientos, recuerdos, alegrías o dolores dormidos, o guardados celosamente, o tal vez negados, sin que la persona lo pueda evitar.  
Es muy fuerte presenciar esa emoción, porque siento como si de alguna manera yo también, junto con las palabras, me estuviera metiendo en el alma de esas personas.

Recuerdo una parejita. Muy jóvenes, unos veinte años. Él, serio; ella con cara de aburrida. Se pararon frente al puesto, él empezó a leer y ella miraba para otro lado. Él eligió una poesía: “Mañana”, me la pagó, se la entregué... y sin decir nada, ni hacer ningún gesto (un beso, una sonrisa, nada) se la dio a ella, se la tendió con esa torpeza del hombre que no sabe ser tierno. Ella la tomó con la misma expresión aburrida que tenía antes. Me conmovió tanto ese gesto del muchachito, regalar una poesía, que no pude evitar decirles: “¡Qué dulce, cuidalo, hombres así no quedan muchos!”
Por ahí, el chico no era dulce para nada. Por ahí, estaban enojados y él quiso romper el hielo regalándole una tarjeta. No sé. Sólo puedo recordar la carita seria, grave, de él, leyendo las poesías, y la cara de aburrida de ella. Y creo que un chico que se para a leer poesías, y que elige una, no puede ser tan malo.

Otra reacción, muy distinta. Eran dos parejitas: ellas se pusieron a leer las poesías y los chicos a esperar que terminaran. Una de las chicas, muy entusiasmada, le dijo a su novio: “Me gusta esta, ¿me la regalás?”, y él se hizo el desentendido. Ni siquiera miró la tarjeta. La chica no insistió, y siguieron su recorrido. Y me quedé triste por el ninguneo del muchacho; no le dijo que no tenía plata (la única razón que me parece lógica para no comprar una tarjeta que cuesta lo mismo que un alfajor), simplemente ignoró el pedido, que fue una manera de ignorarla a ella.
Parece mentira, pero atendiendo un puesto en una feria de microemprendedores uno puede llegar a hacer verdaderos estudios sociológicos sobre el comportamiento humano...

Continuará. 

lunes, 28 de marzo de 2016

Regalar poesías I

Cuando yo era adolescente (1975, 76, 77...) estaban de moda las tarjetas con poesías para regalar. Eran poemas como “Táctica y estrategia”, de Mario Benedetti, y otros por el estilo: fáciles de comprender y con un gancho directo al corazón. Poemas que ponían en palabras eso que muchos querían decir, pero no les salía tan bonito. 
El amor y la amistad se vestían de fiesta en esas tarjetas, y también en afiches con imágenes de parejas abrazadas, o paisajes, o animales, que servían de fondo para las poesías con que decorábamos las paredes de nuestro cuarto.
Éramos románticos, todavía... y todavía la poesía era sinónimo de sentimientos, y servía para expresar sentimientos.
Pero con el tiempo, las vanguardias fueron ganando terreno y la poesía cambió. Los poetas se alejaron del amor, de las formas simples que tanto le gustaban (y le siguen gustando) a la gente, y se volvieron complicados.
El soneto, la métrica, la rima, quedaron obsoletos; en la poesía moderna no hay moldes ni corsés, nada que obligue al autor al desafío de jugar con sinónimos, metáforas, imágenes, para construir versos de ocho sílabas, once, o catorce, que tengan sentido y conmuevan, o hagan pensar. El hermetismo pasó a ser la regla de oro y la poesía se encogió, hasta convertirse en un par de versos sin rima, ni ton, ni son, perdidos en medio de una página que les queda grande.
De los miles de lectores que tenía en sus buenos tiempos la poesía, hoy quedan cada vez menos y de los que quedan, la mayoría prefiere a los poetas viejos, los que hablaban de amor, de emociones, del hombre y su paso por la vida, del espíritu y sus grandezas y miserias.

Fue la nostalgia de esa época, y de aquellos poetas, lo que me llevó a darle forma a mis tarjetas artesanales “Palabras de amor”.
Primero pensé en reciclar mis poesías, pero la mayoría son largas y necesitaba algo más corto, que pudiera entrar en una tarjeta. Además, ya no dicen lo que quiero decir hoy, porque las escribí cuando la frontera entre el amor, el dolor y la tristeza era indefinida y sufría más de lo que disfrutaba. Así que decidí escribir poesías nuevas, hechas a medida para las tarjetas, que cualquiera pudiera entender a la primera lectura y que pudieran servir para expresar sentimientos en estado puro, con amor y desde el amor. 
Debían ser mensajes superadores: nada de celos, ni de dramas, ni de “sin vos mi vida no tiene sentido”, ni de “soy tuya, sos mío”. No, no y no. Quería que mis tarjetas fueran simples, sí, pero profundas, y que trasmitieran la idea de respeto por el otro, por la libertad del otro y por la propia libertad, que hablaran del perdón, de vivir el presente, del compromiso genuino.
Me enamoré de la idea, y la puse en marcha: papel Kraft grueso (color madera), flores de mi planta de lavanda, ramitas de pino de la casa de Pedro, mi vecino de enfrente, corazoncitos de lienzo o jean con un moñito de lana roja, sobres de papel madera...  Diseñar el frente y el interior de las tarjetas y la portada del sobre, marcar el papel y cortar las tarjetas con tijera, secar las flores y las ramitas de pino durante unos cuantos días, hacer las muestras, imprimir la primera tanda, decorarlas, son tareas que a cualquier persona le hubieran llevado un tiempo lógico, pero que mi perfeccionismo casi vuelve eternas. Ochocientas pruebas de tipo de letra, márgenes, que la florcita acá, no, mejor allá, y le corto un milímetro del tallo, qué está largo, y este corazoncito es medio milímetro más grande, o más chico, y esta ramita de pino se la pongo a esta, no, a esta otra... Hasta que por fin, quedé conforme y estuvieron listas para llevarlas a la feria. 
Y ahí vino lo mejor: la reacción de los que las leen, y lo que siento yo viendo la reacción de los que las leen.
Es largo, lo cuento en el próximo post.


Aquí están las tarjetas que tengo hasta ahora, a las que seguramente se irán sumando más.
De las poesías viejas conservé una sola, que todavía me estremece el alma cuando la leo. 









martes, 28 de febrero de 2012

El SEO y yo, una relación complicada

Con ustedes, ¡el SEO!
No me puse de novia ni me casé, les aclaro. No hay ningún señor con ese nombre ridículo, SEO, en mi vida, pero sí hay algo que se llama así y me está quitando el sueño.
Para los que saben menos que yo de marketing en internet y esas cosas, les cuento.
El SEO, dicho en criollo, es básicamente un conjunto de técnicas que hay que conocer y aplicar para posicionar un sitio en internet. Y posicionar un sitio en internet significa llevarlo a los primeros lugares en Google, ese que tiene un cuadrito donde ponemos nuestra consulta y él nos contesta con un montón de páginas donde podemos encontrar la información. ¿Vio que uno siempre ingresa en las primeras que aparecen? Bueno, justamente por eso hay que tratar de que nuestras páginas estén ahí, en los primeros lugares, y si es posible, en el primero: en internet, el que no está en los primeros lugares del Google no existe, no lo ve nadie, ni los parientes.
Ah, pero no es tan sencillo posicionarse... y ahí es donde aparece el villano de la película o el salvador de la chica, según cómo se lo mire: el SEO.
Que no es para cualquiera. Y menos para gente como uno, que la mayoría de las cosas que consigue hacer con la computadora es porque apretó un botón por intuición y le acertó de casualidad. Y que encima, no entiende un comino de inglés y mucho menos de código HTML, que es el idioma en que están escritas por dentro las páginas.
Porque le comento, para que se termine de horrorizar, que esto que usted está leyendo en castellano la computadora lo lee y lo procesa en otro idioma: el HTML. Y que en ese idioma hay que armar las páginas para que la computadora y papá Google las entiendan.
Si usted creía ingenuamente, como yo, que con escribir bonito en un blog alcanzaba para conseguir miles de lectores, lamento comunicarle que no, que no alcanza. Escribir mucho y bien es importante, sí, pero no alcanza. También hace falta el SEO, que le dirá qué colores utilizar, qué tipos de letra, cómo diagramar la página, qué palabras clave usar y dónde ponerlas, y otras cosas para las que hay que meter mano en el HTML. Algo que sólo sabe hacer un programador o un especialista en la materia, por lo que tarde o temprano habrá que contratar uno... o tomarse un año sabático para estudiar el tema con seriedad, haciendo cursos, por ejemplo.
Si uno tiene un blog sólo por el placer de escribir y no necesita promocionar nada, puede prescindir tranquilamente del SEO. Pero si necesita tener muchos lectores porque quiere emprender un negocio on line (en mi caso, vender mi libro o mis talleres de escritura) no le quedará más remedio que acudir a él, al SEO, para que lo ayude a posicionarse.
Y esto es sólo el principio. Porque junto con el SEO, deberá recibir con los brazos abiertos a un ejército de Aliens, perdón, de recursos: los programas para mandar mails de manera automática a una lista de contactos, las páginas de aterrizaje y las de captura (¡es casi una guerra!), las tiendas virtuales, los boletines, reportes y demás herramientas con las que debe contar todo emprendedor.
¿Adivinan quienes están poblando mis pesadillas desde hace unos cuantos meses? ¡Sí, todos ellos, con el SEO encapuchado a la cabeza! Los recursos caen sobre mí con sus instrucciones incomprensibles y con costos que van desde lo irrisorio (detalle que hace dudar de su calidad) hasta lo inalcanzable para mis flacos bolsillos. Y todos me gritan lo mismo: ¡Sin mí no existís, si mí no sos NADIE!
Y aquí estoy, comiendo a deshora, durmiendo cada vez menos y con la calavera en la mano, como Hamlet, preguntándome: ¿SEO, o no SEO? ¡Esa es la cuestión!

***************
Vaya esta humorada como agradecimiento a todos los que, generosamente, aportan gratis sus conocimientos sobre SEO y marketing en internet a través de blogs y boletines por mail. 

jueves, 19 de agosto de 2010

Abrazos

Acabo de llegar a casa. Vengo de trabajar en la biblioteca, son las 13:20 del mediodía y tendría que ponerme a cocinar y limpiar, como siempre.
Pero hoy tengo ganas de escribir, ya, ahora. Así que voy a engañar al estómago con una manzana y después veremos. Los pisos tendrán que esperar, también, y el lavarropas, y todo lo impostergable que termina matando mi inspiración porque cuando por fin puedo sentarme frente a la computadora, las ideas ya no están.
Lo que me despertó las ganas, la ansiedad, la necesidad de escribir, fue algo intrascendente, según cómo se lo mire. Hace un rato, cuando venía subiendo por la calle que pasa frente al colegio de las monjas, vi a un papá despedirse de su hijo en la vereda. El nene no tenía más de seis años, y el papá lo abrazó largo y con fuerza, palmeándole suavemente la espalda. Fue una escena muy tierna, de esas que no se ven todos los días y que me gustaría poder conservar en una foto.
La cara del papá tenía una expresión reconcentrada, profunda, que conmovió a todas mis Gracielas.
La Gra escritora imaginó historias. El nene se estaba recuperando de una larga enfermedad y su papá lo había abrazado así al recordar el miedo de perderlo. El papá se iba de viaje, y el abrazo era su despedida. El papá no vivía con él porque estaba separado de la mamá, y extrañaba mucho a su hijo. El papá estaba enfermo, se iba a morir, y le quería dejar a su hijito un legado de amor y de abrazos que le durara toda la vida. El papá...
La Gra mujer y madre siguió caminando con los ojos llenos de lágrimas ante semejante demostración de ternura masculina. ¡Eso es un hombre, eso es un padre! Tuve que contenerme para no decírselo, para no felicitarlo por el recuerdo imborrable que le quedaría a su hijo. Porque los abrazos no se olvidan, y son uno de los mejores regalos que les podemos hacer a los seres queridos.
La Gra “sicóloga que no fue” porque se acobardó en las primeras materias (algún día les contaré), pero que todavía me rasca las neuronas de vez en cuando, y la Gra ciudadana responsable, se quedaron pensando en lo bien que andaría el mundo si todos los padres demostraran físicamente su amor más seguido. Y si lo hicieran de corazón y tomándose su tiempo, y no como un acto reflejo, automático.
Ya iba llegando a casa cuando la Gra escritora me sacudió de un brazo y gritó: ¡Quiero escribir! Quiero escribir sobre las cosas como ésta, sobre lo que me emociona todos los días, o me hace pensar. ¡Quiero escribir! Quiero escribir...
Así que acá estoy, escribiendo. Con hambre porque todavía no cociné, con la puerta abierta para que entren el sol y el aire, con los pelos de mis perras metiéndose debajo de los muebles porque todavía no pasé la aspiradora y la corriente de aire los lleva y los trae. Acá estoy, escribiendo en lugar de llamarla por teléfono a mi mamá para ver cómo está, y sin haber puesto el lavarropas en marcha.
Siempre fantaseo con irme a vivir a la punta de una montaña, sin teléfono, sin televisor y lejos de todo y de todos, para poder escribir tranquila. Pero sé que no sería la solución, porque me perdería la vida que me rodea, la vida del mundo, las vidas ajenas, los rostros, las palabras, ese gran teatro de pasiones y emociones de las que se nutre el escritor.
Me perdería ver abrazos como el que vi hoy, que hizo que el cansancio, las dudas, la vocación, la lucha, tengan sentido. Si hubiera pasado por ahí un minuto antes, o uno después, tal vez hubiera visto en su lugar la despedida indiferente de una madre que parecía feliz de sacarse de encima a su hijo. Pero vi ese abrazo, y mi día se iluminó. Y mi corazón se llenó de entusiasmo, y me dieron más ganas de quedarme acá, entre la gente.

(Ilustración: Fotografía de cubierta de Padres e hijos (Ediciones El Cobre), titulada El marido de la fotógrafa y su hijo, de Eveleen Myers.)

jueves, 15 de octubre de 2009

¿Son compatibles la felicidad y el arte?

escritura autobiografica
“Cada uno tiene su propia forma de enfrentar el dolor, o la tristeza. A mí, medio siglo de vida me sirvió para saber que el tiempo lo cura todo, lo borra todo, siempre y cuando no opongamos resistencia y lo dejemos hacer lo suyo tranquilo. Y entonces no me resisto. ¿Duele? Que duela; sé que en algún momento empezará a doler menos. ¿Estoy triste? Sé que mañana, cuando me despierte con el sol, me sentiré mejor.

Cuando era jovencita me parecía que el dolor y la tristeza eran más profundos, sublimes y trascendentes que la felicidad. ¿Sufrir por amor? ¡Magnífico! El amor verdadero era el de las novelas: la tortura de los celos, la obsesión enfermiza por el ser amado, la pasión irracional. Gracias a Dios, ya no pienso lo mismo. Y desde que dejé de pensar así, desde que abandoné la idea del martirio como pasaporte al cielo y como el mejor abono para la inspiración, necesito cada vez menos estímulos para sentirme feliz.

Pero nuestra mochila cultural, esa que recibimos armadita de fábrica, tiene mucho que ver en esto de darle a la tristeza o al dolor más importancia que al bienestar y la alegría. Y la única forma de sacársela de encima, me parece, es reconocer que ya no tenemos ganas de cargarla. Eso sí; cuando la humanidad decida renunciar al sufrimiento como fuente de inspiración, el arte entrará en crisis, de eso no cabe duda, porque el arte nace de las carencias, de la disconformidad, del desconcierto, y gracias a ellos crece y persiste”.


Eso se lo escribí ayer en un mail a Alejandra, una de mis talleristas. Porque desde hace un mes tengo un taller de Escritura Autobiográfica; lo que pasa es que soy tan, tan... perfil bajo, o pavota, que no comenté nada acá en el blog.

Y después de escribirle a Alejandra seguí pensando en la relación entre el sufrimiento y el arte, en el dolor como fuente de inspiración y en el desprecio que a muchos lectores “serios” les producen los textos humorísticos, los finales felices y las escenas tiernas, inocentes o emotivas.
Desde las canciones de Palito Ortega hasta las comedias de enredos, hoy casi toda creación que no surja de las pasiones tortuosas, las experiencias trágicas, las realidades sórdidas, los heroísmos extremos, es considerada frívola, menor. Entre una comedia y una tragedia, puede que la comedia tenga muchos espectadores pero los críticos seguramente le darán los créditos a la tragedia.

La alegría, la contemplación, la serenidad y otros estados plácidos del alma, son garantía casi segura para el fracaso de una novela o una poesía. Y de la misma manera que la sangre le asegura audiencia a los medios “amarillos”, los espíritus y cuerpos heridos, silenciados, torturados o maltratados ayudan a sumar lectores, oyentes, espectadores, y sobre todo, fama de profundo y comprometido a quien se basa en ellos para crear.

Allá en mi adolescencia, época en que todo lo idealizaba, me había formado una imagen de lo que debía ser un escritor que con el correr del tiempo, gracias a Dios, fue perdiendo entidad. Los escritores tomaban mucho café, fumaban todo el día, escribían en los bares, se amanecían hablando de literatura, polemizaban con todo el mundo y tenían la capacidad y los conocimientos necesarios para opinar sobre cualquier tema. Para ser escritor había que sufrir mucho y todo el tiempo: por uno mismo, por los demás, por la humanidad. O estar medio chiflado, como Dostoievski. O terminar suicidándose, como Lugones y Alfonsina Storni. O ser obsesivos como Sábato, excéntricos como Manucho, menospreciados como Roberto Arlt, el que escribía mal. O haber tenido una infancia infeliz, como Kafka. El escritor tenía que ser tan personaje como los personajes de sus cuentos y novelas. Y si era perseguido, víctima de un complot, incomprendido o defenestrado por sus colegas, mucho mejor.

Y resulta que no, que uno puede escribir sin ser nada de eso. Uno puede escribir sin ganarse una úlcera por culpa del café, sin fumar y sin trasnochar. Puede escribir en su casa, en silencio y a horas decentes. Puede escribir, y hasta llegar a hacerlo muy bien, sin ser especialista en literatura. Puede negarse a opinar sobre lo que no conoce, puede contestar “no tengo la menor idea” cuando no sabe algo. Para ser escritor no es necesario psicoanalizarse, o tener fobias y obsesiones, o ser alcohólico o drogadicto. Y tampoco es indispensable el sufrimiento como estado permanente del espíritu.

Porque una cosa es ser sensible a lo que pasa a nuestro alrededor, y dentro de nosotros mismos, y otra muy distinta es sacralizar el sufrimiento como estilo de vida. Todos sufrimos, y el sufrimiento, como el resto de las emociones, puede ser fuente de inspiración, pero no debería ser la única. La alegría, la felicidad, el placer, también pueden servir para hacer arte. Reconozco sin vergüenza, mal que le pese a los licenciados recalcitrantes y a los detractores de ciertas literaturas, que disfruto escribiendo textos satíricos, y que entre hacer llorar y hacer reír, preferiría lo último. Y me he ganado, a fuerza de evolucionar y madurar, el derecho a escribir lo que me de la gana, lo que me haga feliz y lo que siento que le sirve a mis lectores para tener esperanzas, para sentirse comprendidos, acompañados. Me he ganado el derecho a ser escritora a mi manera, sólo a mi manera, sin paradigmas, sin ídolos a los que imitar, sin tutores, sin ideas preconcebidas de lo que debe ser un escritor.

Uno escribe como es y como vive. Eso es inevitable. Y si en mi corazón, en mi alma, ocupan más espacio la paz, la gratitud, los recuerdos tiernos y la felicidad que el dolor, la angustia o el sufrimiento, deberé enfrentar el desafío de construir, cimentada en un material tan etéreo, tan insulso para algunos, toda mi obra futura.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Mis queridos lectores

lectores escritores literatura
En estos días reflotaron en internet, desde www.enplenitud.com, un artículo mío que publicaron hace un buen tiempo y que también está aquí en el blog: “Los efectos terapéuticos del piropo”.

Me enteré de casualidad por los mails de lectores que me hicieron llegar su opinión, y como cada vez que alguien me escribe para comentar un texto mío, volví a sentir la felicidad de saber que las botellas arrojadas al mar a veces llegan a destino.

Y cómo llegan, y qué bien se entiende el mensaje. Fíjense lo que opinan los muchachos (va por estricto orden de aparición):

Jairo, desde Nicaragua: “...Siempre he pensado lo mismo y por ello siempre expreso los mejor de mis pensamientos a las féminas de mi vida”.

Alfredo, desde Guatemala: “...Déjeme contarle que es muy interesante lo que dice sobre los piropos, en sicología es darle vida a la otra persona, es decirle que existe”.

Rodrigo, desde Méjico: “...Comparto tu idea, yo soy un hombre que suelo piropear a las chicas, y tienes mucha razón: un buen piropo te abre las puertas a conocer a una excelente chica”.

Matías, también desde Méjico, arranca diciéndome “Mamacita, que bello escribes” y después, en sucesivos mails, me cuenta que es de Querétaro, una ciudad muy bonita y limpia, y que por esos pagos suelen decir este piropo, que me pareció muy original: "¡Estás como Querétaro, mamacita!". La frase tiene dos significados: Como piropo: "Estás como yo quiero". Como albur: "Eres vieja y colonial, como la ciudad de Querétaro". Y aclara, por si las moscas, refiriéndose a mí: “Desde luego la acepción que le di es la primera”. ¡Bien por Matías!

Walter, desde El Salvador, me trata de piba porque sabe que “...algo así les dicen a las chicas en Argentina”, y confiesa que “...Me gustó la forma en que abordaste el tema de los piropos. No soy muy piropero que se diga, pero desde la óptica que lo planteas es interesante y gracioso a la vez. La verdad que la autoestima es bueno alimentarla día con día y si como decís, se logra a través de un piropo, entonces, manos a la obra”. Y al final de su mail se despacha con tres piropos al mejor estilo Jardín Florido, pero más actuales. (Jardín Florido fue un gran piropeador cordobés, ya les contaré más sobre él).

Alejo, un especialista en la materia, se explaya desde España: “Efectivamente llevas mucha razón en lo que dices y buena prueba de ello es lo bien que se conserva mi amada esposa a quien prodigo diariamente piropos en todos los tonos que podamos imaginar: suaves, templados, calientes, ardientes... Los recibe de buen agrado y se conserva de maravilla y seguirá conservándose de maravilla porque cada día me tiene más enamorado. Es más, incluso a mis compañeras de trabajo suelo comentarles lo bien que les puede sentar una falda ó blusa, o corte de pelo... Observo el efecto que el comentario tiene sobre sus estados anímicos y lo reciben de buen agrado, trabajando incluso más a gusto. Muy importante, hay que saber mantener las distancias "afectivas" vaya a ser que se confundan las emociones y los sentimientos cuando lo que se pretende es realzar la gracia ó el salero ó el buen gusto ó buen parecer de una persona”.

Y Guillermo, el único argentino, se suma desde Buenos Aires: “Me pareció muy sentida tu apreciación sobre los piropos masculinos, a la vez que la comparto y acuerdo contigo que los hombres hemos dejado de piropear a nuestras mujeres. Ahora bien, si es cierto como decís en la nota, el sentimiento que este hecho produce en las mujeres, sería importante recomenzar a practicarlo... Por mi parte, con personas del ámbito laboral bien, piropos tiernos y lindos, a veces son mal interpretados por muchas mujeres jóvenes, pero bue... las más grandes lo toman de mucho mejor modo. Lo que me hizo dejar de piropear a mujeres desconocidas en la calle, por ej., fue la ingratitud con que muchas veces eran devueltos los mismos, a veces con desprecio... De todas formas a veces en imprescindible decirle algo a alguna diosa que lo merezca en cualquier lado, y eso hace que valga la pena continuar piropeando”.

Jairo, desde República Dominicana, me cuenta que el artículo le gustó mucho y agrega que se ha prometido ponerlo en práctica con su esposa “...para poder ser beneficiado con todos los efectos que usted describe se pueden obtener al aplicarlos; le comento que pertenezco a un grupo de parejas acá en Republica Dominicana y siempre será bueno encontrar temas como estos que contribuyan al fortalecimiento de las relaciones de parejas y como no, familiares”. Y me pide que cada vez que publique un artículo le avise, para que él pueda compartirlo con su grupo.

Y Fidel reflexiona desde El Salvador: “Leí tu artículo sobre los piropos…que mentes más pequeñas las nuestras. Después de un divorcio te das cuenta de cuántas cosas dejaste de hacer y lo peor es que otro las hace en tu lugar; esto es como todo en la vida, las oportunidades nunca se pierden, sencillamente alguien más la toma. Bien dicen que a los hombres se les llega por el estómago y la vista, mientras que a la mujer se le llega por el oído...” Fíjense en el piropo que le dijo a una amiga, que cuando lo escuchó se rió a sus anchas: “Estás como la crisis… IMPARABLE!!!!” Según él no estuvo muy ingenioso, pero a mí me pareció de lo más creativo. En otro mail, Fidel me cuenta: “Es curioso que un hombre lea artículos para mujeres, pero es la única forma de enterarme que es lo que pasa por sus cabezas… es un deber, más con una hija preadolescente”.

No sé a ustedes, pero a mí las opiniones de lectores (de cualquier lector, no sólo los míos) me hacen pensar en cosas que van mucho más allá del comentario en sí mismo. Me hacen pensar, por ejemplo, en todo lo que nos une, en las afinidades que tenemos en materia de afectos, de costumbres, de valores, de creencias, en lo universal de nuestra “humanidad”, nuestra condición de humanos, que no sabe (o no debería saber) de fronteras ni credos. Me hace pensar que tenemos muchas más afinidades que diferencias, y que si tuviéramos esto en cuenta y comenzáramos a mirar al otro como a un igual, el mundo andaría distinto. Me hace pensar en una verdadera hermandad, una hermandad plagada de matices individuales, regionales, plagada de palabras distintas en su forma pero que dicen lo mismo.

Vuelvo a leer los mails de “mis muchachos” y me siento feliz de que todavía queden hombres sensibles, dispuestos a sacar de nosotras lo mejor usando esa herramienta infalible y económica que está al alcance de todos: el piropo, la palabra gentil dicha en el momento menos pensado, que nos toma por sorpresa y nos hace sonreír y sentirnos especiales.

En estos varones, cuyas opiniones me tomé la licencia de incluir acá, va mi agradecimiento a quienes en los últimos años me han escrito para comentar mis textos, y a los que me seguirán escribiendo.

Gracias a cada lector, conocido o desconocido, por dejarse emocionar, por tomarse un ratito para pensar o reírse conmigo. Gracias por darme la oportunidad de sentirme útil, de sentir que lo que escribo sirve y es bienvenido. Gracias por darme alas para seguir volando.
Gracias.

jueves, 15 de mayo de 2008

De mudanzas, carretillas y palabras

escritores mudanza literatura

Si hay algo incompatible con la escritura, es una mudanza. Esta vez no me tocó trasladar mis pertenencias sino las de mi madre, y la verdad, no sé si no fue peor, porque una cosa es lidiar con los bienes propios y otra con los ajenos.

Empecemos por los preparativos previos. Dejarla a madre embalar sus cosas significaba que en una misma caja convivirían bombachas, tazas, la azucarera llena, un paquete de fideos, carreteles de hilo y el jabón en polvo; cuando la vi en acción respiré hondo, traté de que no me diera un ataque de caspa y le dije que se quedara tranquila, que yo le acomodaba todo.

Y le acomodé todo. Comencé prolijamente, en cajas chicas con rótulos que decían “cocina”, “baño”, “dormitorio”, etc., como para que se pudiera saber dónde irían a parar. Eso fue al principio; después empecé a dejar las cajas abiertas, para que a simple vista pudiéramos ver qué había en cada una. Mientras madre miraba postales viejas y me contaba la historia de quienes las habían enviado, yo le iba preguntando “¿Esto te sirve?”, como para no meter la pata y tirar lo que no debía. Cuando llegamos a la cocina la cosa se complicó. Mi vieja es de las que abren un paquete sin haber terminado el que está en uso, así que había restos de yerba de varias marcas, puchitos de fideos, harina o polenta vencidos en el 2005 o antes, decenas (sí, decenas) de envases vacíos de todo tipo, tamaño y material, y utensilios cuya existencia y forma de usar ella había olvidado, de tan escondidos que estaban.

Y así con cada habitación. Fueron días de labor paciente y prolija, de esforzarme en recordar dónde, en qué caja, había quedado tal o cual cosa, de hacerle compañía para que le afectara menos el despojo de las paredes y los armarios, de ir y venir de mi casa a la suya (vivía a una cuadra) trayendo cada vez alguna cajita para aligerar el viaje final y que nos saliera más barato el flete.

Y tan literalmente nos tomamos lo de aligerar el viaje final, que hicimos la mitad de la mudanza en carretilla. Fue desopilante. Parecíamos cirujas, mi hermana, mi hija y yo, acarreando cajas, sillas, almohadones y cuando objeto chico o mediano pudiéramos cargar en la carretilla. Las chusmas del barrio se habrán hecho un picnic, supongo, y todo el mundo nos miraba como diciendo: “¡miserables!”

¡Pero qué libre se siente uno cuando le pierde el miedo al ridículo! ¡Qué poderoso! ¡Qué invencible! Allá íbamos nosotras la frente en alto, mujeres solas, sin novios, sin maridos ni vecinos que nos dieran una mano, llevando los bártulos de nuestra madre primero cuesta arriba y después cuesta abajo y entrándolos con amor a la casita nueva, que está justo enfrente de la mía. La sangre de nuestros ancestros inmigrantes nos bullía en las venas y nos daba fuerzas físicas y morales; “la están mudando a mamá, a la abuela, y andar escaso de fondos no es ninguna deshonra”, parecían decirnos desde el más allá.

Cuando llegó el día D, para el flete habían quedado nada más que los muebles pesados y para nosotras, los dos perros. El salchicha no opuso resistencia, pero llevarlo al Roqui no fue sencillo. El Roqui es igualito a Alf, nunca usó collar ni estuvo atado. Le abrimos la puerta y lo llamamos desde la calle, y nada. Hicimos ademán de irnos y ahí se quedó, mirándonos desde el jardín. Terminamos enlazándolo como a un ternero, y mi hija lo arrastró corriendo hasta la casa nueva mientras el pobre Roco clavaba las patas traseras en el asfalto y trataba de morder la soga que lo aprisionaba.

Quedamos agotadas, pero felices.

Ahora que todo pasó, que estoy retomando mi vida de a poco, que puedo sentarme a escribir otra vez (hace como un mes que no escribo nada), tomo conciencia de que hay momentos en los que postergar lo propio tiene sentido. Mis novelas pueden esperar, tengo el resto de mi vida para escribirlas y si no las escribo, poco pierde el mundo. Pero mamá, mi hija, mi hermana, mis amigos… ellos están ahora, me necesitan y los necesito hoy, y aunque a veces me gane la impaciencia, y quiera encerrarme, desconectar el teléfono, aislarme del mundo y ponerme a escribir, algo muy dentro mío sólo me deja hacerlo de a ratos, cuando nadie reclama mi presencia.

No sé si eso está bien o si está mal, si debería ser más egoísta y poner límites o si debería ser más organizada, o más perseverante, o más voluntariosa, o soñar menos y producir más. Tal vez aún no sea tiempo, no sea MI tiempo de cosechar. O tal vez deba ser así, tal vez mis mejores páginas sean las que nunca escriba, las que no alcanzan a llegar hasta el papel porque en el medio siempre hay algo que hacer, las que se me esfuman de la memoria mientras intento acomodar las palabras de otros cuando corrijo, las que se quiebran dentro mío como hojas secas mientras tomo café con una amiga que está triste, las que dejo morir de inanición mientras escucho, hablo, comprendo y tiendo mi mano.

martes, 19 de febrero de 2008

Maderas de Oriente (¿cuento?)


Imagine el lector la escena del crimen: viernes, reunión de amigas, once de la noche, los hombres de la casa deportados, diecisiete cuarentonas de diversos tamaños y en diversos estados de deterioro físico y mental... disfrazadas de odaliscas.

Metros y metros de gasa cayendo impúdicamente sobre estrías y flaccideces, baratijas tintineando en tobillos y muñecas, todo, todo colgando, telas, cadenas y carnes... y el humo de por lo menos veinte sahumerios dando el toque final a la parodia. Mucha comida árabe: kepe crudo y cocido, niños envueltos en hojas de parra, puré de garbanzos, y otras rarezas más de nombre impronunciable. Según la dueña de casa, nos tenía reservada una sorpresa para la medianoche.

“Mientras no sea un eunuco...”, dijo alguien, en medio de las risas de todas las demás.

A las doce y cuarto llegó la “sorpresa”. Una odalisca auténtica, con un traje de verdad, no un rejunte de trapos como los nuestros. El corpiño bordado con canutillos y lentejuelas sostenía como dos manos avaras el busto altivo, moreno y palpitante, tapizado por una piel de pétalo.

Del corpiño colgaban cientos de moneditas doradas. El vientre al aire, la cintura de raso, tersa y alerta, el ombligo perfecto como la boca de un mínimo embudo. En la cadera, una faja, también con lentejuelas y canutillos y moneditas, y de la faja hacia abajo paños de gasa multicolores, como pañuelos tomados de una punta y cosidos uno pegado al otro, dejando entrever dos piernas de estatua griega. Una diosa. Entró al living bailando como un demonio, oscilando hasta el último centímetro de su cuerpo en un ir y venir de ola, sonriendo y relajada como si zarandearse de esa manera infernal fuera lo más sencillo del mundo y ella lo hiciera desde la cuna.

Hizo un show de media hora. Para no morir de envidia, me concentré en tratar de descubrir que parte de su cuerpo intervenía en cada movimiento. Mi conclusión final fue la siguiente: si lo que mueve son músculos, una de dos, o a mí me faltan cien, o a ella le sobran doscientos. En cuanto al resto de las mujeres, la mayoría, como yo, se había parapetado avergonzada detrás de un almohadón o de un sillón, y no creo equivocarme al afirmar que si hubiéramos tenido a mano una pala, nos hubiéramos enterrado en ese mismo lugar, amortajadas con nuestros burdos trajes.

Y todavía faltaba lo peor. Al finalizar su danza, y levemente agitada, insistió en que bailáramos nosotras. Nos dio unas indicaciones, que la cadera viene para acá mientras la pierna gira para allá, y que las manos siempre como batiendo crema, y los hombros sueltos, y que los brazos para acá pero la cintura para allá, y que la sonrisa, y que los ojos hacia adelante, siempre mirando... ¡y la que te reparió! pensé al quedarme dura en una posición inverosímil, porque una articulación que yo ni sabía que existía se negó a obedecerme. Sobreponiéndome al dolor, volví a intentarlo. Eramos diecisiete entusiastas “Maderas de Oriente” (léase troncos, nomás) oscilando como amorfos secarropas mal cargados al compás de una música gangosa. Odio todo lo árabe, pensé, odio el pachuli,, el sándalo, las Mil y una noches, los odio a Alí Babá y a los cuarenta ladrones, odio a Simbad y Aladino, a los Tres Reyes Magos, a los camellos, odio el yoghurt, odio a Lawrence de Arabia, odio a toda la gente narigona del planeta. La odio a esta guacha que me hizo descubrir que me faltan músculos, me sobran años, y nunca voy a poder conquistar a nadie bailándole la danza de los siete velos.

Pero después de todo, una es una dama. Pasado el papelón de nuestra danza comunitaria, nos sentamos a seguir degustando los manjares y a brindar con un champagne nada oriental. Me acerqué a la odalisca decidida a entablar conversación, aunque debo reconocer que mi perverso objetivo no era otro que comprobar si tenía neuronas. Le pregunté, entre otras cosas, cuantas centurias calculaba ella que me harían falta para bailar como ella. Me miró como pensando “cuantos milenios, querrás decir” pero en cambio dijo con falsa modestia “... apenas unos añitos, no es para tanto, tené en cuenta que yo bailo desde los dieciséis y tengo veintiocho... además, soy profesional.”. Que guanaca, pensé. Son doce años. Dentro de doce años, yo tendría exactamente... cincuenta y tres, y nada en buen estado para mostrar ni para mover.

La impotencia tiene cara de mujer disfrazada de odalisca. La ruin envidia también.

Llegué a casa a las tres de la mañana. Tiré en un rincón el traperío infame con el que había hecho el ridículo toda la noche, con el único consuelo de saber que ni bien me levantara lo quemaría. Mi marido roncaba plácidamente. Me acosté sin hacer ruido, pero igual se despertó.

—¿Cómo te fue...? me bostezó en la oreja.
—Lindo, gordo... no sabés, había una odalisca...
—¿Mmmmsi?- me contestó, besándome el cuello. Es de los que se despiertan mimosos, el gordo.
—Bailó y todo, no sabés como bailaba...
—¿Mmmmmmmsiii? – me contestó, deslizando su beso por mi espalda – ¿bailaba lindo, che?
—Una diosa... – contesté, con un nudo en la garganta.

Y el gordo, mi gordo hermoso, que me conoce de cuerpo entero y hasta los puntos corridos del alma, que me intuye las miserias y me adivina las frustraciones, me tomó entre sus brazos, me besó los párpados, me acarició la nuca y me ronroneó al oído:

—Capaz que ella sea una diosa, no te lo niego. Pero vos sos MI diosa. ¿No te alcanza...?

Me dejó llorar un rato y después me hizo el amor. Con el cuerpo y con el alma, como él sabe, como aprendió conmigo. Me hizo el amor a mí, a mis cien músculos de menos, a todo lo que soy. Y porqué no, a todo aquello que no soy y que nunca podré ser.

(Octubre 2001)


Me gusta mucho este cuento, porque es una prueba irrefutable de cómo uno sublima cosas con la escritura.

Me explico. La reunión existió, la odalisca también, y mi envidia, ni hablar. Pero le cambié el final: mientras yo me fui a dormir solita mi alma y rumiando la bronca de ser menos sexi que un palo borracho, a la protagonista del cuento la recibe un marido querendón y comprensivo. Y aunque no lo crean, con pequeños detalles como ése el escritor puede llegar a ahorrarse unas cuantas sesiones de psicoanalista, de parapsicólogo o de lo que acostumbre visitar cuando anda deprimido.

La semana que viene cumplo 48, "il morto que parla", diría mi mamá. ¿Será demasiado tarde para aprender? Cuando estoy sola en casa y nadie me mira, pongo música árabe y revoleo las caderas, trato de mover los brazos con gracia, y algo sale, medio tosco, pero sale. ¿Y si me animo y voy? No para convertirme en odalisca, sino para sentir el placer de mover el cuerpo y descansar la mente, nomás. Ye me veo, llena de moneditas... o acribillada a monedazos, cuando se me ocurra bailar en público. Mejor no voy nada.

sábado, 26 de enero de 2008

El amor, ese eterno desencuentro

Paula se muere por Juan, pero él le dedica apenas unas tres horas semanales porque está casado con Marcela, quien a su vez lo engaña con el profesor de yoga, ese que está de novio con Juanita, la ex mujer de Aníbal, el amante de Julia, que es la segunda esposa de Manuel, que viene a ser el quinto ex de Clara, la actual novia de Carlos, el que hace un año se separó de Cyntia, que ahora está felizmente casada con Mauro... o al menos eso cree ella, porque en el fondo su marido se muere por Paula, ¿cómo qué Paula? la que se muere por Juan al principio de esta historia...

Y así andamos por la vida como ciegos, como sordos,
desfalleciendo de amor por quien no nos corresponde,
ignorando sin querer (o queriendo) a quien nos quiere,
desperdiciando suspiros, atardeceres y...

Acá tenía que poner algo que rime con sordos, y confieso que la primera palabra que se me pasó por la mente hubiera convertido mi poema en una chanchada; lástima, tan bien que venía. ¿Me estaré volviendo escéptica, estaré perdiendo el romanticismo?
Empecemos de nuevo, ahora en serio. El otro día me puse melancólica y se me dio por pensar en EL AMOR, o los amores, o ese eterno desencuentro en que suele convertirse lo que empieza como búsqueda y termina como desesperación.

Cosa mágica, el amor. Cosa de brujos el encuentro de dos cuerpos o dos almas entre miles, coincidiendo en el tiempo y el espacio con precisión astronómica mientras un coro de querubines les canta al oído... haga memoria, ¿Cuándo fue la última vez que le pasó? Yo ni me acuerdo. Ya casi me he resignado a no coincidir con nadie, me siento como un planeta solo en su órbita y no diviso siquiera un meteorito de medio kilo viniendo hacia mí.

Cosa sublime, el amor. Nos transporta por el aire como si fuéramos plumas, nos estira las arrugas, nos alumbra la mirada, nos dulcifica el carácter, nos redobla la energía, nos resucita el entusiasmo, nos vuelve a la adolescencia... mientras dura, todo es bello, brilla el sol, cantan los pájaros...

Cosa frágil, el amor. ¡Dura tan poco! Si en un principio flotábamos por el aire livianos como una pluma, de golpe nos convertimos en una bolsa de papas y allá vamos, en rauda caída libre, sin nada que nos ataje ni nos amortigüe el golpe. Una vez despachurrados contra el piso, lloramos como chico que ha perdido el chupete y cuando se nos pasan el dolor y la bronca, nos ponemos en pie con la mirada opaca, más arrugas, sin fuerzas para nada, avinagrados, con cien años encima. ¿Y todo esto porqué? Por el fatal descubrimiento de que el otro es tan humano como uno, y tiene mañas, defectos y hasta olores. Y por si esto fuera poco, el otro siente lo mismo. Y el idilio se convierte en amistad incestuosa, o en cariño, o en camaradería, o en depresión compartida, o en pegoteo neurótico, o en cualquiera de esas iniquidades en que suele terminar la convivencia.

Cosa inasible, el amor. Se nos escapa sin que nos demos cuenta, es pura ilusión, tal vez sea un invento nuestro para no sentirnos solos, para creer que nos eligen y elegimos, para sentir que somos parte del milagro del encuentro, de la coincidencia mágica. Sea lo que sea, llega cuando menos lo esperamos y se escabulle cuando más nos hace falta, dejándonos la piel en carne viva, las hormonas desconcertadas y el alma huérfana.

Cosa difícil de definir, el amor. ¿Es pasión, es ternura, es cariño profundo? ¿Son las tres cosas juntas, no es ninguna? ¿Cómo vamos a encontrar al amor de nuestras vidas, si no estamos de acuerdo en qué es el amor? Si yo creo que es amor pero él cree que es pasión, ¿cómo podremos llegar a la ternura? Si él cree que es cariño y yo creo que es ternura, ¿con quien compartiremos la pasión? Y si los dos creemos que es pasión, ¿no estaremos perdiéndonos todo lo demás, que también es hermoso?

Cosa difícil de hallar, el amor. Flota en el aire, como los virus, pero engriparse es más fácil que enamorarse. Arde en los labios, quema en la mente, duele en el alma, y cuando al fin parece que ahí está, que lo encontramos, que ahora sí, que esta noche es para siempre... uno despierta, a veces, con la cruel sensación de haber dormido abrazado a una estatua de sal, o a un fantasma.

Cosa trágica, el amor. Pocos finales felices, nos comemos las perdices y el resto es cuento. Tarde o temprano, se muere, el amor. Si se murieran juntos los amores de ambos enamorados no sería nada, lo malo es que se mueren a destiempo y entonces uno sufre mientras el otro no sabe que hacer para sacarse de encima el cadáver. Tendría que existir la eutanasia, en estos casos, para poder matar al amor que queda suelto. No tendría que haber amores sueltos, son incómodos, provocan escozor en los demás y en uno mismo, nadie sabe que hacer con un amor que se ha quedado viudo, solitario y estéril, y termina arrastrándolo como un estigma.

Cosa múltiple, el amor. Hay amores desdichados, desahuciados, no correspondidos, equivocados, complicados, finados, perversos, macabros, inútiles, sacrificados. También, claro, los hay puros, felices, ardientes, heroicos y francos. Pocos, pero hay...

Los amores puros, felices, ardientes, heroicos y francos son un don divino, y hay que dar gracias por ellos todos los días, de rodillas.

Los amores desdichados, desahuciados, no correspondidos, finados, equivocados... se curan con el tiempo, pero tienen, mientras tanto, un antídoto eficaz: otros amores. Porque un amor se olvida con otro amor, y el amor a los hijos, a los amigos, a la vocación, al perro, al gato, o a lo que se le antoje, son la mejor manera de sobrellevar ese AMOR que nos falta, el AMOR de pareja, ese amor que nos desvela y que se añora, como me pasa a mí, con los últimos fríos del invierno.

Pero a no equivocarse: no se trata de esconder nuestra carencia, usando a esos amores para mantenernos a flote hasta que llegue el otro, el AMOR. Se trata de aprender a disfrutar lo que tenemos y de amar hacia fuera, en círculos más amplios, poniendo en juego toda nuestra capacidad de dar y de recibir. El amor no se divide, se multiplica. Si lo hacemos crecer en todas direcciones, cuando llegue por fin ese otro AMOR tendremos un corazón fuerte, grande y acogedor, que no se arrugará como una pasa con el primer desengaño.

No hay caso, yo quería escribir algo especial sobre el amor, algo profundo, sangrante y lacrimógeno, algo acorde con mi melancolía, y me salió un engendro entre ácido y didáctico.

Sólo me faltó poner que las nalgas rosadas de Cupido tienen celulitis, que sus flechas son made in China y por eso el efecto del flechazo dura tan poco, que las naranjas transgénicas tienen los gajos impares y partirlas justo al medio es imposible, y que la pareja es la más despareja de las sociedades humanas. ¡Me estoy volviendo escéptica, nomás! Voy a tener que enamorarme, urgente...

* * *

Esto es de mi columna Peperina Exprés, la que tenía en El Zonda de San Juan.
Me gusta escribir este tipo de textos, en los que uno se expone pero al mismo tiempo juega con la imagen que encontrará el otro: es como mostrarse a través de un vidrio traslúcido, dejando ver apenas una mancha indefinida que tomará la forma de un cuerpo completo en la imaginación de quien nos mira, y según lo que éste quiera ver.

Pero lo más interesante es la respuesta que generan: cuando publiqué este artículo, me llegaron mails dándome ánimo, diciéndome que pronto llegaría el hombre de mi vida y cosas por el estilo; a nadie se le ocurrió pensar que detrás de mis palabras pudiera haber sólo un ejercicio estético, en el que la primera persona del narrador era apenas un recurso para conseguir que los lectores se identificaran, se sintieran de alguna manera representados.

Ahora bien, ¿habría podido escribir ese texto mintiendo, inventando lo que no siento? Tal vez otros puedan pero yo, no. ¿Puede el autor sacarse lo que escribe como si fuera un abrigo, algo que no tiene nada que ver con él, y dejarlo al alcance de quien se lo quiera llevar? ¿O está dejando, a veces sin saberlo y sin quererlo, girones de su propia piel?

Yo creo que sí, que se nos va la piel, que vamos deshojándonos en un largo, interminable otoño, y que nos hace bien porque con cada hoja que cae brota una nueva. Aunque haya quienes lo nieguen, incluso en las ficciones el escritor se expone: puede que sea apenas en los miedos, recuerdos o gestos de algún personaje, en los temas que aborda (algo que dice mucho de la persona)o en las descripciones, pero siempre habrá algo que lo descubra ahí, detrás de las palabras, pretendiendo esconderse de sí mismo y del mundo.

lunes, 14 de enero de 2008

Cómo sobrellevar un clítoris corrector

Cuando digo que soy correctora de textos suelen mirarme con cara de no entender, porque sacando a los que estamos en esto la mayoría de la gente no sabe nada sobre cómo se escribe y se edita un libro. Para los que asocian mi trabajo con lo que hacen las maestras en los cuadernos de los chicos, vaya esta explicación.
Hay correctores y correctores. De un lado está el déspota cruel que tacha con tinta roja, ebrio de sangre, dispuesto a hacer del libro ajeno algo lo más parecido posible a lo que él, el corrector, escribiría: si no le gustan los adjetivos, no deja ninguno, ni para muestra; si le disgustan los diálogos con modismos, los transcribe en castellano neutro. Del otro lado estoy yo, que corrijo con lápiz para que el autor pueda borrar las correcciones con las que no está de acuerdo, y que sólo busco realzar o mejorar un libro que no me pertenece.
Lo primero que tengo en cuenta cada vez que recibo un original es que no lo escribí yo sino otra persona, alguien con sueños y expectativas propios, y que yo no soy quien para matarle la ilusión, ni para menospreciar su obra. Lo segundo que tengo en cuenta es que esa persona tuvo la suficiente humildad como para reconocer que su trabajo puede tener errores, y que me está confiando algo muy preciado: su creación, el fruto de su esfuerzo.
Partiendo de esas dos premisas, hago un diagnóstico para saber si el libro ya está terminado o sólo es un borrador. Esto es complejo. Cuando la historia está cerrada, los personajes bien delineados, coherentes consigo mismos, y la trama permite una lectura de corrido, entonces el libro ya está listo, por más que tenga muchos errores. Pero cuando hay situaciones y personajes que no son convincentes, diálogos que más bien parecen discursos de directora de escuela y acciones contadas como una cronología de enciclopedia, entonces más que corregir hay que re – escribir. El problema, en este caso, es decírselo al autor… No me gusta ofender, ni lastimar, así que primero busco lo bueno, lo positivo (siempre hay algo: un personaje rescatable, algo de la trama) y empiezo por ahí; después paso a lo que no funciona y doy sugerencias de reescritura, como para que el autor vea una lucecita al final del túnel, algo que le haga sentir que no todo está perdido.
Si el libro está terminado y asumo el compromiso de corregirlo, trabajo con un enorme respeto por lo que el autor ha querido decir, y sólo corrijo para mejorar la forma, el estilo; nunca trato de darle a un escrito ajeno mi sello personal, algo que para muchos es tentador porque no conciben que se pueda escribir de otra manera que no sea la que ellos eligieron.
Cuando uno respeta al otro, es imposible no involucrarse porque libro y autor son las dos caras de la moneda. Para hacer un buen trabajo de corrección necesito entablar un vínculo personal con el autor, saber cómo fue el proceso de escritura, qué le costó más, qué disfrutó más, cuáles son sus modelos, y también qué espera de su libro. Esto me ayuda mucho no sólo para corregir, sino para lograr que acepte mis correcciones, algo que no es sencillo porque cuando uno escribe suele enamorarse de sus palabras y cuesta entender que al otro, al lector o al corrector, no le llegan con la intensidad, o con la claridad, con que uno piensa que deberían llegarle.

Mi oficio me ha dado muchas satisfacciones, precisamente por los vínculos que supe establecer con quienes me confían sus originales, pero tiene una contra: a veces me cuesta disfrutar un libro, o emocionarme, porque incluso cuando leo por placer le busco el pelo al huevo.
Para que vean hasta dónde llega esta deformación profesional, les cuento una anécdota. Una noche estábamos conversando por teléfono con Cristina Loza (además de amiga, soy su correctora) y me comentaba sobre un libro en el que había algunas escenas eróticas tan flojas que, según ella, su clítoris no se había inmutado. Así me dijo, textual, “mi clítoris no se inmutó”, porque ella tiene esos dichos, y yo le contesté: “Entonces el mío, menos, porque es más duro que el tuyo”. Supongo que la Cris habrá dado un respingo en la silla al preguntarme: “¿Cóoomo? ¿Por qué es más duro?”, a lo que yo respondí muy seria: “Es que el mío es un clítoris corrector…”
La carcajada al otro lado de la línea duró como diez minutos, y lo del clítoris corrector quedó para la posteridad.
Y es que es así. Uno no sólo lee con los ojos y la mente; también lee con el corazón, con la memoria del cuerpo, que siempre están marcados por las emociones, y hasta con los prejuicios. Todo lo que leemos nos produce, o debería producirnos, una reacción, una sensación, que puede ir desde la alegría, la nostalgia o la tristeza hasta el goce puramente intelectual. Si leemos una escena romántica, nuestro corazón debería latir al compás del de los amantes; si leemos una escena de terror, se nos debería erizar la piel, y si leemos una escena erótica, lo más lógico sería sentir algún escozor “ahí abajo”, como diría mi mamá.
Pero como yo tengo el clítoris corrector, no hay escena erótica LITERARIA (aclaro) que me venga bien: o sobran velas, o faltan almohadones, o es tan explícita que resulta burda, o es tan ambigua que no se sabe qué están haciendo, con quién, ni dónde ni por dónde… en fin, gajes del oficio. Hay cosas peores.

Hablando de escenas eróticas, la próxima novela de Cristina Loza, "La Hora del Lobo", tendrá unas cuantas de antología, en las que mi clítoris corrector no ha podido objetar siquiera una coma de tan bien logradas que están. Si no me creen, esperen que salga el libro y después me cuentan.
Podríamos estar horas discutiendo sobre cuándo una escena erótica está bien lograda. A mi humilde entender, lo está cuando el que hace el amor (o viola, o tiene sexo en el baño de un bar, o lo que sea) es el personaje, no el autor; cuando es el personaje, desde su idiosincracia, sus circunstancias y su cultura el que pone el cuerpo, mostrándonos a través de su sexualidad una faceta más de su personalidad. Si se dan esas condiciones, la escena, por brutal o desagradable que sea, estará bien lograda. Para conseguirlo, el autor debe despojarse de su propia manera de ejercer la sexualidad, ponerse en la piel del personaje y desde ahí sentir lo que sentiría él o ella, y después describirlo de la mejor manera posible, para que suene creíble. Y no es fácil. Y Cristina Loza lo consigue.
Confieso que mi clítoris corrector funciona muy bien con las obras ajenas, en las que permite todo, pero cuando se trata de mis escritos, la cosa cambia: nada de escenas de sexo explícito, de esas con todas las letras; prefiero sugerir con cierta sutileza, con metáforas, con imágenes, y que el lector imagine el resto. En realidad, me ocupo más de lo que pasa por dentro del personaje, de sus emociones ante una caricia, un beso, que de las sensaciones físicas; si alguna vez se me aparece en mis novelas un violador, o un sádico, alguien que me obligue a ocuparme más de lo que pasa con su cuerpo, de lo que hace con su cuerpo, veremos cómo me las arreglo...

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miércoles, 19 de diciembre de 2007

El aviso que nunca publicaré


“Talentosa escritora por descubrir solicita editor. Le importa un pito que tenga buena presencia, que sea caballero, culto y universitario; es más, puede tener mal aliento, si quiere, ser ordinario y no saber nada de literatura, pero debe reunir tres condiciones fundamentales: capital para arriesgar, olfato para conocer el gusto de la gente común, sobre todo de las mujeres, y la más importante: saber cómo vender al autor y al libro.

La búsqueda está orientada hacia un verdadero visionario, agresivo, innovador, dispuesto a implementar técnicas de persuasión novedosas para convencer a los lectores de que sus libros son tan imprescindibles como la saga de Harry Potter. Licenciados en Letras, abstenerse; tienen sangre de horchata, como decía mi abuela”.


Hablando en serio, desde lo más profundo de mi idealismo pisciano me gustaría saber por qué las grandes editoriales gastan fortunas en publicitar libros que se venden solos y ni un mísero peso en autores como una. Convengamos en que difícilmente pueda sostenerse un libro cuya venta nunca arranca porque ni lo promocionan ni lo recomiendan ni lo ofrecen. Me ha pasado, a quien no, clavarme con libros malos de autores reconocidos sólo porque se los promociona como la octava maravilla. Pero podría, o debería, ser al revés: que gracias a la publicidad descubriéramos buenos libros, y buenos autores desconocidos.

Otro punto álgido es la distribución: Los libros se venden sólo en librerías, cuando mucho en un kiosco de revistas, uno que otro bar temático, algún supermercado. Pero deberían venderse en todas partes: en las peluquerías, los almacenes de barrio, los minishop, las regalerías, en fin, en cualquier comercio en el que su dueño se interesara por ofrecerle a su clientela algo distinto. Y los autores tendríamos que tener un contacto más directo con el que vende nuestros libros, y con el que los compra. Claro que esto no es sencillo, porque no todo el mundo puede tener el don de gentes y el carisma necesarios para meterse en el bolsillo a los lectores, los periodistas y los libreros. Si uno es sociable y amistoso le saldrá con naturalidad, pero si no, mejor ni intentarlo porque cuando algo es impostado, la gente se da cuenta y es peor.

Tuve y tengo la suerte de estar cerca de dos mujeres que saben mucho de esto, Cristina Bajo y Cristina Loza, que si bien son muy distintas consiguieron, cada una a su manera, llegar a la gente. De ellas aprendo todos los días lo que se debe y no se debe hacer, y si bien tengo que adaptar sus experiencias a mi personalidad, el saldo siempre es positivo. También conozco otros escritores que odian la exposición, las presentaciones de libros, las notas en radio y televisión; respeto su postura, pero no puedo dejar de ver que tal como están las cosas, el que no está en los medios, no existe. Y si se queda sentado esperando que lo descubran, lo más probable es que se muera siendo un ilustre desconocido. Si a uno le alcanza con escribir y no le importa que lo lean o no, perfecto; pero si quiere ser popular, si quiere tener lectores, hay que tratar de hacerse conocer.

Cristina Loza, que a la hora de hacer realidad sus sueños no tiene quien le pise el poncho, tuvo la brillante idea de festejar las diez ediciones de El revés de las lágrimas con una edición de bolsillo, y de hacerlo nada más y nada menos que en los kioscos, auspiciada por La Voz del Interior. Fue una jugada magistral, que no le reportó un peso pero le generó lectores fieles y agradecidos por la posibilidad de conseguir su libro a un precio más que accesible. Gracias a eso, y a tantos otros aciertos suyos, cada vez que aparece en un programa de radio sus lectores la llaman de toda la provincia.

Estaba escribiendo esto en borrador cuando Miryam, una amiga de la infancia, me sorprendió con una idea que me dejó en el libro de visitas y que viniendo de una ingeniera agrónoma, alguien que no tiene nada que ver con libros y editoriales, me pareció sensacional. Miryam me propuso organizar una reunión con sus amigas separadas para que puedan charlar conmigo sobre mi primer libro, el Manual; la que lo compre, se lo lleva autografiado. Onda reunión de Tupper, digamos, o de Essen, bien de mujeres. Ya me veo departiendo alegremente entre mis pares sobre las vicisitudes de matrimonios y concubinatos finados o a punto de fallecer, haciendo una catarsis comunitaria y ahorrándonos el siquiatra. Me gusta, ni bien hagamos la prueba, les cuento.
Porque no es cuestión de quedarse en la queja estéril, algo hay que hacer, y quién mejor que el propio autor para promocionar su libro. Opinen, mándenme ideas, que me hacen falta.


sábado, 15 de diciembre de 2007

No llores por mí, Argentina...

Ahora sigamos con el striptease espiritual. Lo escribo como se debe porque Gabriel, desde Miami, me dijo que el spanglish no queda bien, que no diga "estriptís" porque a mi blog lo van a leer millones de personas y tiene que estar bien hecho. ¡Dios te oiga, hombre!

Apaguen las luces así no me ven, relájense y pongan "Puedes dejarte el sombrero puesto" a todo volumen, que acá va la tanguita alma - less con lentejuelas. Agárrense, que es fuerte, es algo tan íntimo que para no contárselo a cualquiera se lo cuento a todos, así de una, y me lo saco de encima de una buena vez.

Tengo una novela terminada (ver fragmento en La Voz del Interior), ya me la rechazaron dos editores y para qué negarlo, el bajón es terrible. Uno sabe que son las reglas del juego, que difícilmente un editor arriesgue su propio capital para editar el libro de una casi desconocida como yo, pero bueno, igual duele. Duele, y cuesta asimilarlo, si amigos escritores como Cristina Bajo y Julio Torres, cuyas opiniones respeto muchísimo, me dieron el visto bueno cuando estuvo terminada, porque no son personas fáciles de conformar; es más, los dos hicieron críticas feroces en su momento, al leer los primeros borradores. Duele, y sigue costando asimilarlo, si otra amigaza como Cristina Loza no sólo consideró que la novela era buena sino que la defendió a capa y espada de los ataques del primero que la rechazó, un aprendiz de inquisidor que la defenestró con una saña digna de mejor causa. Y duele, sobre todo, si unas veinte mujeres de distintas edades y condiciones sociales y económicas la disfrutaron y me marcaron punto por punto todo lo que les había gustado, contra dos o tres a las que no las terminó de conformar. Porque me tomé el trabajo de chequearla con lectores comunes y corrientes, que son los que compran libros, y no con licenciados ni colegas, que leen de prestado, nomás. ¿O no?

Pero los editores son otra cosa. Vaya uno a saber qué quieren.

El segundo rechazo fue más puntual: buscaban una Danielle Steel, o nada. Lo mío sencillamente no encajaba en la línea editorial que habían elegido para debutar (sí, todavía no habían editado nada) y para que encajara tendría que haberle hecho tantos cambios que ya no iba a ser mi libro, ni siquiera la sombra de mi libro, y no valía la pena. Como dijo San Martín: "Serás lo que debas ser, y si no, no serás nada". Y yo elijo ser esta que soy, esta que ustedes ven en el blog, y escribir como escribo.

Ojo, eh, que no sangro por la herida; que me duela el rechazo no significa que me crea un genio incomprendido, ni nada parecido. Es infantil pretender que alguien tenga la obligación de editar un libro sólo porque al autor se le ocurrió escribirlo. Faltaba más. Nadie me pidió que me pasara siete años trabajando en mi novela, fue algo que yo elegí, y por lo tanto no tengo derecho a pretender que me la editen ya. No soy tan ridícula.

Uno lo sabe, sabe que el arte no es imprescindible, que no todo el mundo puede triunfar, y que el triunfo depende no sólo de la calidad de lo que uno escribe sino de, mal que nos pese, la suerte, la buena estrella de cada uno. Pero en el fondo no se resigna a dejar morir en un cajón al fruto de sus desvelos, a esa obra que pulió, reescribió con tanto amor, tanta paciencia... y tanta ilusión. Y entonces, ¿qué hacemos?


domingo, 25 de noviembre de 2007

Nadie es profeta en su tierra, por eso probé en San Juan

Dejemos el glamour para quien pueda gastar en peluquería, y vayamos a lo nuestro.

¿Puede uno desnudar su alma en un blog? Quien sabe. Hay escritores que no quieren verse involucrados con el lector, que quieren ser conocidos sólo por sus obras, ja, como si éstas nacieran por generación espontánea… Yo estoy en el otro extremo y cuando escribo me expongo, a veces más de lo aconsejable, y quiera o no termino haciendo un estriptís mental y emocional en el que me olvido del miedo al ridículo y disfruto, algo que con el cuerpo, reconozco, me sería un poco más difícil.

Me di cuenta de hasta dónde llega mi exposición cuando alguien que leyó un cuento mío publicado en La Voz del Interior hizo todo un análisis de mi persona bastante exacto a partir de esas páginas, y me sorprendió ver cuánto encontró en un texto que yo suponía inofensivo.

Muchas personas, cuando leen, hacen eso: buscan las semejanzas entre el autor y sus personajes, y a partir de ahí suponen que todo es autobiográfico. Como yo no lo hago, me olvido de esconderme un poco más, de poner pistas falsas, y cada dos por tres me encuentran pintada de cuerpo entero.

Bueno, más o menos: confieso que suelo poner pistas falsas como si fueran verdaderas, y ahí me divierto a lo grande viendo como el lector se las cree. La Gra de carne y hueso, entonces, se mezcla con la que inventan los demás a partir de los datos que voy tirando, y pasa a ser un personaje más. Lo malo es que hasta yo me confundo, a veces, y eso hace que me crea más inteligente, genial, buena, fuerte, linda y JOVEN de lo que soy, o más desamparada, pobre y menospreciada de lo que estoy. O al revés.

Donde me expuse mucho, pese a las pistas falsas, fue en los artículos de opinión que escribí hace tres o cuatro años para el diario El Zonda de San Juan, cuando todavía no tenía edición de papel y sólo era un diario digital. Hasta hace poco, podían leerse en una página web que ellos me habían hecho, pero ya no. Lástima. Me hubiera gustado mucho compartirla con ustedes.

Antes que me olvide: ¡Gracias, Marcello, por dejar el primer comentario que tiene este blog! (ver entrada anterior) Digamos que con vos perdí mi virginidad blogística: yo creí que todavía no estaba visible mi Terín Collado pero resultó que sí, y encima debuté con un lector del Zonda. Buenísimo. ¿Y si les escribís para que restauren mi página?

Volviendo al Zonda, me gustó mucho hacer esa columna, que no me reportó ni medio centavo porque me ofrecieron todo el espacio que quisiera pero eso sí, sin cobrar. No importa, igual me sentaba a escribir y corregía un montón de veces, y trataba de hacer lo mejor posible porque era una buena oportunidad para hacerme conocer. De esa época me quedaron unos cuantos mails de lectores que, conmovidos por mis desventuras cotidianas o agradecidos por mi buen humor, me escribían dándome consejos sobre como conseguir un marido o felicitándome por la lucidez de mis razonamientos políticos. ¡Qué me cuentan!

Con la columna del Zonda, que se llamaba Peperina Exprés, terminé de convencerme de algo que siempre tuve muy en claro: sin lector, no hay escritor.