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sábado, 4 de febrero de 2012

Escribir... ¿y después, qué?

Hasta que publiqué mi primer libro, Manual de Instrucciones para Recién Separadas, jamás se me pasó por la cabeza que además de escribir tendría que aprender marketing, diseño gráfico, relaciones públicas, oratoria... Y que, para contrarrestar la ansiedad que me iba a producir todo eso y conservar aunque más no fuera un mínimo de inspiración, tendría que aprender también a meditar y relajarme.
Como mi percepción sobre los escritores y sus vidas era absurdamente romántica, el primer encontronazo con la realidad fue duro. Les cuento.
Ni bien salió el libro le llevé un ejemplar a la radio a Rebeca Bortoletto, una  importante locutora y periodista de Córdoba a la que admiraba, con la esperanza de que lo leyera y lo comentara en su programa; yo la escuchaba todas las mañanas desde hacía varios años, y me ilusionaba conseguir su atención y su apoyo.
La esperé a la salida para entregárselo en persona; Rebeca me trató muy cordialmente, y a los poquitos días mi sueño se hizo realidad: ¡habló del libro! ¡Y en horario central, por si fuera poco!
Yo estaba eufórica. Gracias al comentario de Rebeca las mujeres harían cola en las librerías para comprar mi libro, que se agotaría en una semana. Ni bien se agotara lo reeditarían, y se convertiría en best seller, y me vendrían a buscar de las grandes editoriales para ofrecerme contratos millonarios. Y como Rebeca había sido mi mecenas, sería invitada de honor en su programa y su audiencia tendría siempre las primicias sobre mi carrera y mi vida.
Pero resulta que pasó una semana, y después un mes, y el libro dejó de estar en las vidrieras... y mis ilusiones de ser best seller se esfumaron, dejándome sumida en el desencanto y la incertidumbre.
¿Cómo podía ser? ¿Dónde estaban las oyentes de Rebeca cuando habló del libro, qué estaban haciendo esas mujeres, por qué no anotaron el nombre para salir a comprarlo urgente? ¿Se estaban bañando? ¿Estaban charlando con la vecina, justo en ese momento? ¿Se habían ido a hacer las compras? ¿Qué m... estaban haciendo, que se perdieron el comentario?
¿Cómo se promocionaba un libro? ¿Qué había que hacer para que la gente lo registrara y decidiera comprarlo?

La duda me ha seguido acompañando hasta el presente, y por si fuera poco, se sumó a la duda la certeza de que con escribir y hacerlo bien, no alcanza.
Escribir es el principio. Después viene lo demás; algunas tareas se pueden delegar para que las haga otro, pero cuando no hay con qué pagar, hay que arremangarse y hacerlas uno mismo. A saber::
Hay que ser carismático y empático, para tener más posibilidades de atraer lectores.
Hay que socializar en Facebook y en Twitter, y escribir bocadillos brillantes y originales.
Hay que tener página web o blog y actualizarlo casi todos los días.
Hay que aprender a diagramar libros digitales y hacer videos de  presentación (book trailer, que le dicen)
Hay que aprender a cobrar por todo aquello que nos insuma tiempo: leer originales ajenos para dar una opinión, dar una charla, dar talleres de escritura.
Hay que aprender a negociar contratos.
Hay que conseguir contactos que nos ayuden a difundir lo que hacemos: periodistas, funcionarios...
Y hay que aprender a optimizar el tiempo para que después de hacer todo lo arriba enunciado nos quede  aunque sea un rato para escribir libros, que en definitiva es lo que mejor sabemos hacer, y lo que más quisiéramos hacer.

Toda esta perorata viene a cuento porque me he pasado días y días sentada frente a la computadora dándole forma al "book trailer" de mi libro, cuando todavía no me había repuesto de los días y días que me pasé sentada frente a la computadora para armar yo solita la portada y corregir detalles de diagramación y edición.
Lo mío es así: artesanal, con mi sello y firma. Cuando no sé algo pregunto, y ni bien me dan la punta del ovillo me pongo a tejer, y tejo, y destejo, hasta que consigo hacer lo que necesito. Si me sale bien, los méritos son míos; si me sale mal, no tengo a quien echarle la culpa y lo más probable es que no pare hasta hacerlo bien.
Ese afán de conseguir la mejor calidad posible cueste lo que cueste me termina llevando a postergar proyectos y acciones. Y lo que es peor, muchas veces me ha pasado que otros concretan antes, desprolijamente y sin tantos melindres, esa idea genial que yo tenía en mente desde hacia años.
Pero con el libro digital decidí terminar con esa mala costumbre y hacerlo ya, aunque no saliera perfecto, aunque no tuviera un arsenal de herramientas on line para promocionarlo.
Al book trailer, también. Y así salió: sui géneris, cien por cien Fernández, igualito a mí.
Pasen y vean...

sábado, 11 de abril de 2009

Corín Tellado y mis amores de novela

Siempre me gustó leer, desde chiquita. Empecé con la colección Robin Hood, a los trece ya lo había descubierto a Sábato, y entre los catorce y los dieciocho devoré todo lo que cayó en mis manos, desde Dickens, Víctor Hugo, las Brontë, Roberto Arlt y Dostoievsky hasta las novelas de Harold Robbins, esas que mi papá escondía en el estante más alto del placard.

Y entre todo eso la leí a ella, Corín Tellado, la autora de cientos de novelitas rosas que hicieron suspirar a millones de mujeres en todo el planeta, y que se acaba de morir sin haberme pedido perdón por los daños ocasionados a mi persona. libros corin tellado

Ella tiene la culpa de que todavía espere un príncipe azul parecido a Liam Hamilton, uno de sus personajes: rudo pero delicado, apasionado pero caballero, de pocas palabras pero con una mirada que habla por él, capaz de renunciar a mí pero todavía más capaz de darse cuenta del momento preciso en que le daré el sí, capaz de besarme apasionadamente hasta dejarme sin aire aunque yo me niegue, y sobre todo, millonario, pero de esos millonarios que no le deben nada a nadie porque hicieron fortuna con sus propias manos.

Ella tiene la culpa de que a los catorce me haya enamorado de un amigo de mi papá, casado y con dos hijitas, y de que soñara que se quedaba viudo y me elegía a mí para terminar de criar las nenas y consolarse de la irreparable pérdida.

Ella tiene la culpa de que mi vida amorosa haya sido una tragicomedia en la que sospeché demasiado, lloré demasiado, revisé demasiados bolsillos, escuché demasiadas mentiras y cumplí con todas y cada una de las premisas de una “pasión arrolladora”, a la que conseguí sobrevivir de milagro.

Ella tiene la culpa de las decenas de cartas que escribí pero no me animé a mandar, en las que le decía a mi amado que lo nuestro no podía seguir así y le daba todas las razones por las que ya no podíamos estar juntos, haciéndole saber también que a pesar de todo lo seguía amando y lo amaría toda mi vida. Misivas que, de haberlas recibido el susodicho, nos hubieran ahorrado a ambos unos cuantos malentendidos y amarguras.

Ella tiene la culpa de que haya preferido, hasta no hace mucho, el llanto a la risa, porque llorar era más romántico que reírse.

Ella tiene la culpa de que probablemente se me hayan pasado por alto unos cuantos hombres reales, convencida como estaba de tener al lado al hombre ideal... salvo por un detalle: él no tenía el más mínimo interés en ser el hombre ideal de nadie.

Ella tiene la culpa de que todavía sueñe con mirar la luna mientras me susurran al oído que me aman. Sueño que, gracias a la hipoacusia que avanza lento pero seguro, a estas alturas es inútil, porque no entendería lo que me dicen.

Ella, y nadie más que ella, tiene la culpa de que a veces me cueste resignarme a que tengo un corazón adolescente dentro de un cuerpo que envejece, y ya no podré correr al encuentro de un enamorado porque lo más probable es que tropiece con un escalón que no vi, me quiebre unos cuantos huesos y termine en la guardia de un hospital.

Pero no importa; si volviera a nacer, la leería igual. Las chicas de mi edad seguro que me entienden.

lunes, 14 de enero de 2008

Cómo sobrellevar un clítoris corrector

Cuando digo que soy correctora de textos suelen mirarme con cara de no entender, porque sacando a los que estamos en esto la mayoría de la gente no sabe nada sobre cómo se escribe y se edita un libro. Para los que asocian mi trabajo con lo que hacen las maestras en los cuadernos de los chicos, vaya esta explicación.
Hay correctores y correctores. De un lado está el déspota cruel que tacha con tinta roja, ebrio de sangre, dispuesto a hacer del libro ajeno algo lo más parecido posible a lo que él, el corrector, escribiría: si no le gustan los adjetivos, no deja ninguno, ni para muestra; si le disgustan los diálogos con modismos, los transcribe en castellano neutro. Del otro lado estoy yo, que corrijo con lápiz para que el autor pueda borrar las correcciones con las que no está de acuerdo, y que sólo busco realzar o mejorar un libro que no me pertenece.
Lo primero que tengo en cuenta cada vez que recibo un original es que no lo escribí yo sino otra persona, alguien con sueños y expectativas propios, y que yo no soy quien para matarle la ilusión, ni para menospreciar su obra. Lo segundo que tengo en cuenta es que esa persona tuvo la suficiente humildad como para reconocer que su trabajo puede tener errores, y que me está confiando algo muy preciado: su creación, el fruto de su esfuerzo.
Partiendo de esas dos premisas, hago un diagnóstico para saber si el libro ya está terminado o sólo es un borrador. Esto es complejo. Cuando la historia está cerrada, los personajes bien delineados, coherentes consigo mismos, y la trama permite una lectura de corrido, entonces el libro ya está listo, por más que tenga muchos errores. Pero cuando hay situaciones y personajes que no son convincentes, diálogos que más bien parecen discursos de directora de escuela y acciones contadas como una cronología de enciclopedia, entonces más que corregir hay que re – escribir. El problema, en este caso, es decírselo al autor… No me gusta ofender, ni lastimar, así que primero busco lo bueno, lo positivo (siempre hay algo: un personaje rescatable, algo de la trama) y empiezo por ahí; después paso a lo que no funciona y doy sugerencias de reescritura, como para que el autor vea una lucecita al final del túnel, algo que le haga sentir que no todo está perdido.
Si el libro está terminado y asumo el compromiso de corregirlo, trabajo con un enorme respeto por lo que el autor ha querido decir, y sólo corrijo para mejorar la forma, el estilo; nunca trato de darle a un escrito ajeno mi sello personal, algo que para muchos es tentador porque no conciben que se pueda escribir de otra manera que no sea la que ellos eligieron.
Cuando uno respeta al otro, es imposible no involucrarse porque libro y autor son las dos caras de la moneda. Para hacer un buen trabajo de corrección necesito entablar un vínculo personal con el autor, saber cómo fue el proceso de escritura, qué le costó más, qué disfrutó más, cuáles son sus modelos, y también qué espera de su libro. Esto me ayuda mucho no sólo para corregir, sino para lograr que acepte mis correcciones, algo que no es sencillo porque cuando uno escribe suele enamorarse de sus palabras y cuesta entender que al otro, al lector o al corrector, no le llegan con la intensidad, o con la claridad, con que uno piensa que deberían llegarle.

Mi oficio me ha dado muchas satisfacciones, precisamente por los vínculos que supe establecer con quienes me confían sus originales, pero tiene una contra: a veces me cuesta disfrutar un libro, o emocionarme, porque incluso cuando leo por placer le busco el pelo al huevo.
Para que vean hasta dónde llega esta deformación profesional, les cuento una anécdota. Una noche estábamos conversando por teléfono con Cristina Loza (además de amiga, soy su correctora) y me comentaba sobre un libro en el que había algunas escenas eróticas tan flojas que, según ella, su clítoris no se había inmutado. Así me dijo, textual, “mi clítoris no se inmutó”, porque ella tiene esos dichos, y yo le contesté: “Entonces el mío, menos, porque es más duro que el tuyo”. Supongo que la Cris habrá dado un respingo en la silla al preguntarme: “¿Cóoomo? ¿Por qué es más duro?”, a lo que yo respondí muy seria: “Es que el mío es un clítoris corrector…”
La carcajada al otro lado de la línea duró como diez minutos, y lo del clítoris corrector quedó para la posteridad.
Y es que es así. Uno no sólo lee con los ojos y la mente; también lee con el corazón, con la memoria del cuerpo, que siempre están marcados por las emociones, y hasta con los prejuicios. Todo lo que leemos nos produce, o debería producirnos, una reacción, una sensación, que puede ir desde la alegría, la nostalgia o la tristeza hasta el goce puramente intelectual. Si leemos una escena romántica, nuestro corazón debería latir al compás del de los amantes; si leemos una escena de terror, se nos debería erizar la piel, y si leemos una escena erótica, lo más lógico sería sentir algún escozor “ahí abajo”, como diría mi mamá.
Pero como yo tengo el clítoris corrector, no hay escena erótica LITERARIA (aclaro) que me venga bien: o sobran velas, o faltan almohadones, o es tan explícita que resulta burda, o es tan ambigua que no se sabe qué están haciendo, con quién, ni dónde ni por dónde… en fin, gajes del oficio. Hay cosas peores.

Hablando de escenas eróticas, la próxima novela de Cristina Loza, "La Hora del Lobo", tendrá unas cuantas de antología, en las que mi clítoris corrector no ha podido objetar siquiera una coma de tan bien logradas que están. Si no me creen, esperen que salga el libro y después me cuentan.
Podríamos estar horas discutiendo sobre cuándo una escena erótica está bien lograda. A mi humilde entender, lo está cuando el que hace el amor (o viola, o tiene sexo en el baño de un bar, o lo que sea) es el personaje, no el autor; cuando es el personaje, desde su idiosincracia, sus circunstancias y su cultura el que pone el cuerpo, mostrándonos a través de su sexualidad una faceta más de su personalidad. Si se dan esas condiciones, la escena, por brutal o desagradable que sea, estará bien lograda. Para conseguirlo, el autor debe despojarse de su propia manera de ejercer la sexualidad, ponerse en la piel del personaje y desde ahí sentir lo que sentiría él o ella, y después describirlo de la mejor manera posible, para que suene creíble. Y no es fácil. Y Cristina Loza lo consigue.
Confieso que mi clítoris corrector funciona muy bien con las obras ajenas, en las que permite todo, pero cuando se trata de mis escritos, la cosa cambia: nada de escenas de sexo explícito, de esas con todas las letras; prefiero sugerir con cierta sutileza, con metáforas, con imágenes, y que el lector imagine el resto. En realidad, me ocupo más de lo que pasa por dentro del personaje, de sus emociones ante una caricia, un beso, que de las sensaciones físicas; si alguna vez se me aparece en mis novelas un violador, o un sádico, alguien que me obligue a ocuparme más de lo que pasa con su cuerpo, de lo que hace con su cuerpo, veremos cómo me las arreglo...

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