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lunes, 9 de febrero de 2015

Facebook: cualquier similitud con la realidad no es mera coincidencia

Si hay un espacio virtual donde las miserias y grandezas de la vida conviven al desnudo y sin anestesia, ese espacio es Facebook.
Facebook es un gran “Cambalache” igual que el del tango, donde el chisme feroz y malicioso, la violencia verbal, la agresión gratuita, el fanatismo, la intolerancia, la discriminación, se muestran, o mejor dicho se ostentan, con una total falta de respeto por el otro, el que mira, el que lee. Ese otro que de repente, y sin comerla ni beberla, siente que le cae encima una gran montaña de mierda verbal. No se me ocurre un término más preciso, ni más gráfico, que ese: mierda verbal. Basura salida de cerebros pequeños, mezquinos, alojados en la cabeza de personas que no tienen nada mejor que hacer con sus vidas que vomitar inmundicias, maledicencias, sospechas, prejuicios.
Facebook es un gran ventanal sin cortinas desde el que se exhibe la intimidad sin pudor, y sin tener en cuenta el riesgo de mostrar todo lo que uno tiene y lo que uno hace: con quien se acuesta, con quien se emborracha, con quién se va de vacaciones, a quién odia y a quién ama.
Facebook es un gran escenario en el que se representan vidas de mentira, sentimientos de mentira: todos somos “amigos”, como si bastara con mirar cómo vive el otro y mostrarle como vive uno para ser amigos.
Facebook es un gran depósito lleno de mensajes y respuestas sin filtro, de pseudo discusiones donde la sinceridad es tan brutal que se convierte en grosería y donde es muy difícil ponerse de acuerdo.
Facebook es un enorme catálogo de banalidades y estupideces.
Facebook, o mejor dicho lo peor de Facebook, es nefasto, y hace que más de una vez me den ganas de cerrar mi cuenta y volver al anonimato.

Pero Facebook también tiene cosas buenas, como la vida.
Ahí están los amigos de siempre y los nuevos, y la familia, y vemos las fotos del cumpleaños al que no pudimos ir porque la prima vive a cientos de kilómetros, y vemos al bebé que tuvo el otro primo, que también vive lejos, y sabemos en qué andan esos parientes o amigos que viven en otros países, en otros continentes.
Ahí están los ex compañeros de curso, con los que formamos un grupo privado para compartir recuerdos, fotos, y concertar encuentros. Y los ex alumnos de nuestro colegio, con los que formamos otro grupo en el que las distintas promociones publican fotos, comentan, todos unidos por el recuerdo común de aulas, profesores, cenas de egresados…
Ahí están los grupos o páginas sobre intereses afines a los nuestros: ecología, manualidades, arte, política, espiritualidad; pequeñas o grandes comunidades en las que encontramos contención, apoyo, entretenimiento.
Ahí están las grandes causas, los aventureros que seguimos en sus viajes por el mundo, los idealistas con sus mensajes de paz y amor que siempre son bienvenidos.
Facebook es maravilloso, cuando quiere. O mejor dicho, cuando nosotros queremos y ponemos nuestro granito de arena para que así sea.
¡Cuánto se puede hacer con Facebook! Se pueden organizar marchas, manifestaciones, encuentros, debates, se pueden buscar y encontrar personas y animales perdidos, se pueden conseguir dadores de sangre, se puede ofrecer o conseguir trabajo, se puede divulgar información seria, se puede pedir y recibir ayuda, se puede concientizar a mucha gente sobre tantas cosas… que es una lástima que todo ese potencial se diluya entre la porquería y la pavada.
Hace dos años, fue gracias a Facebook que en mi cuidad logramos frenar la venta de terrenos en la Reserva Hídrica La Quebrada, un lugar donde las leyes dicen que no se puede desmontar ni construir. Un vecino publicó una foto del cartel en el que aparecían detalles del loteo y el nombre de la inmobiliaria que lo comercializaba, y en pocas horas, compartiendo esa publicación logramos que muchísimos vecinos se enteraran de lo que estaba pasando, que se enteraran los medios de prensa, y que las autoridades se vieran obligadas a dar explicaciones. Enseguida también se formó un grupo abierto para planificar actividades y difundir información. Y fuimos por más: conseguimos casi 2000 firmas para presentar ante las autoridades, presentamos un recurso de Amparo Ambiental… Todo gracias al puntapié inicial de una foto publicada y compartida en Facebook contra reloj, porque el tiempo apremiaba.
Esta movida es un claro ejemplo de lo que se puede lograr con Facebook, cuando se lo utiliza bien. Es útil, sirve, le sirve a la gente y a la sociedad. Y podría servirnos mucho más, si hubiera más usuarios de la red dispuestos a aprovechar su potencial y a separar la paja del trigo.
No digo que esté mal entretenerse en las redes sociales, todos lo hacemos. Pero sería bueno que además aprendiéramos a usarlas con responsabilidad, aprendiéramos a tener códigos, a respetar al otro, a debatir sin insultar, a dejar de lado los chismes vacíos, a divulgar la información importante en lugar de ponerle “me gusta” y nada más, como hace la mayoría.

Es por eso que, a pesar de que a veces me saque de quicio, sigo dándole un voto de confianza a Facebook: porque comprobé su poder de convocatoria en favor de las grandes o pequeñas causas. Ya sea para encontrar al dueño de un perro perdido o luchar contra la trata de personas, Facebook es una buena herramienta, sencilla de usar y con un efecto multiplicador que puede ser impresionante. Y darle un uso más consciente, más comprometido, vale la pena. 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

¿Jugar a ser feliz, o ser feliz?

No soy de engancharme con los juegos y propuestas de Facebook, pero cuando hace un tiempo una amiga me invitó al desafío de pensamientos positivos me sumé sin pensarlo dos veces.
La consigna era sencilla: durante siete días, había que publicar tres pensamientos positivos relacionados con las cosas lindas o buenas que hicimos o que nos pasaron cada día.
El primer día, cuesta un poco. Generalmente, uno está más pendiente de lo negativo, de lo que no funciona como debería, del entorno, del país, de la política, de las carencias, y hasta considera superficial o egoísta conformarse con sus pequeñas felicidades cuando en el mundo pasan tantas cosas tristes, dolorosas, aberrantes: injusticias, guerras, miserias.   
El segundo, cuesta un poco menos. Un empieza a entender de qué se trata y está más perceptivo, más abierto a descubrir esa experiencia agradable que le alegró el día.
Para el séptimo y último día del desafío, uno se sorprende al ver cuántas cosas buenas le pasan todos los días sin que se dé cuenta, y a veces sin registrarlas como tales. Cosas que consideramos naturales, previsibles, merecidas, pero que de pronto, vistas desde otra óptica, vemos que son dignas de festejar.
Cosas tan simples como el sol, la lluvia, el aire fresco de la noche después de un calor agobiante, el canto de los pájaros, un encuentro con amigos, una satisfacción en el trabajo, el haber podido ayudar a alguien, la sonrisa de un hijo, recuperan gracias a un simple juego su verdadera dimensión y descubrimos, o comprendemos, que el mundo sigue ahí con sus miserias, sus guerras, sus injusticias, pero en medio de ese caos hay un universo personal en el que podemos elegir cómo vivir, cómo sentirnos, a qué darle importancia y a qué no…
Y es un descubrimiento grandioso, maravilloso, que nos empodera y nos vuelve más sensibles, más abiertos, más plenos.
Me levanto y voy al baño a ducharme. Abro la canilla, sale agua caliente, me enjabono, me seco. ¿Puedo considerar mi ducha matinal algo tan grandioso como para celebrarlo? Sé que muchos responderán que no, que así debe ser, que cuando uno abre la canilla DEBE salir agua, que es un derecho, que pagamos por ella y que así funcionan las cosas. Pero hay tanta gente que no tiene agua, que esa ducha matinal con agua caliente es un lujo. Y la celebro como tal, y siento el agua, y agradezco tener un baño con azulejos en las paredes, y tener jabones perfumados, y shampú, y toallas, aunque no sean nuevas y estén algo ásperas de tanto usarlas. Lo agradezco; es valioso, mucha gente no lo tiene.
Salgo de casa y camino hasta mi trabajo. Son pocas cuadras, hay sol, cantan los pájaros, y me siento feliz de estar aquí, en este pueblo — ciudad tan bello y querido para mí. Para otros habitantes es apenas una ciudad dormitorio, e incluso, como dicen algunos, “un pueblo de mierda” en el que nada funciona bien, en el que hay calles de tierra intransitables, obras públicas mal hechas y funcionarios inútiles. Algo de eso hay, no lo niego. Bastante. Pero es mi lugar en el mundo, y lo amo, y valoro todo lo bueno que tiene, que para mí es mucho más que lo negativo.
Cuando comencé el desafío de pensamientos positivos me sentía desanimada y triste: hacía poco que habíamos llevado a mamá al geriátrico y ese había sido un golpe muy duro, difícil de asimilar, y había otras cosas dentro mío que tampoco estaban bien, dudas, miedos, culpas, ansiedad, desmotivación, desvalorización… Yo soy optimista por naturaleza, soy de ver el lado positivo de la vida, pero cuando caigo en un bajón siento que se me cierran todas las puertas de golpe, y me encierro en mí misma. En ese estado, no era fácil encontrar “felicidades” como para publicar. Las tuve que buscar con lupa. Pero aparecieron, y una vez que encontré la primera, chiquita, modesta, el resto vino solo y mi ánimo cambió como por arte de magia.

No jugué a ser feliz, no me inventé felicidades que no tengo. Simplemente volví a redescubrir y valorar, una vez más (y van tantas…) las pequeñas grandes cosas buenas que tiene la vida. Que son muchas y que están ahí, al alcance de la mano, esperando que las sepamos ver y las disfrutemos.