Para mí es tan natural esto de la concordancia entre sustantivos y adjetivos, y entre sujeto y predicado, que me cuesta entender que se cometan tantos errores sobre una cuestión tan simple.
Lo estudiamos en la escuela, hasta el cansancio. Todas las maestras nos lo machacaron una y otra vez:
- El adjetivo y el sustantivo deben concordar en género (femenino o masculino) y número (singular o plural): gata mala, hombre trabajador, mujeres hermosas, leones hambrientos.
A un sustantivo FEMENINO corresponde un adjetivo FEMENINO o NEUTRO.
A un sustantivo MASCULINO corresponde un adjetivo MASCULINO o NEUTRO.
¿Cuáles son los adjetivos NEUTROS? Los que no tienen género: agradable, dulce, fuerte, triste, etc.
A un sustantivo SINGULAR corresponde un adjetivo SINGULAR.
A un sustantivo PLURAL corresponde un adjetivo PLURAL.
Más claro y sencillo, imposible.
Pero cuando pasamos al sujeto y al núcleo del predicado (el verbo), pareciera que no fuera tan sencillo...
Creo que la culpa la tiene la mala predisposición que la mayoría de las personas ha desarrollado en la escuela para todo lo que tenga que ver con el lenguaje. Nos han martirizado tanto con el análisis sintáctico, los complementos del sujeto y predicado, las oraciones subordinadas o coordinadas y la gramática que lo único que han conseguido es que muchos terminen odiando la escritura. Y gracias a ese martirio, algo tan sencillo como construir correctamente una oración se ha convertido en una entelequia.
En la escuela se enseña un análisis sintáctico cada vez más complicado, pero no se le dice al alumno para qué sirve desmenuzar así una oración. Y acá entre nos, la verdad es que si no se aprende primero a construir una frase, el análisis sintáctico no sirve para nada, mal que le pese a tanto lingüista de escritorio que anda por ahí diseñando planes de estudio.
Empecemos por lo básico, y veamos un ejemplo:
Juan, mi hermano mayor, trabaja en una inmobiliaria.
Verbo: trabaja (núcleo del predicado)
¿Quién trabaja? Juan, mi hermano mayor (sujeto)
El SUJETO es el que realiza la acción. Dentro del sujeto hay un NÚCLEO, que es el sustantivo más importante. En el ejemplo tenemos dos sustantivos: Juan, y hermano. El núcleo es Juan, el nombre propio.
Juan está en SINGULAR, por lo tanto, el verbo también debe estar en SINGULAR.
¿Qué pasa si digo: Juan, Pedro y José trabajan en una inmobiliaria?
Juan, Pedro, José, están en singular, no he dicho Juanes, ni Pedros, ni Josés... pero aunque sus nombres estén en singular son tres personas distintas, entonces tenemos un sujeto PLURAL y por lo tanto, el verbo debe estar en PLURAL: trabajan
¿Y qué pasa si digo: La mayoría de las mujeres prefiere trabajar medio día?
La concordancia correcta es esa: mayoría (singular) con prefiere (singular).
Aquí podría forzarse la concordancia haciendo coincidir el verbo con el sustantivo mujeres y decir:
La mayoría de las mujeres prefieren trabajar medio día. Esta concordancia forzada es bastante común, y no suena mal al oído.
Y ahora fíjense en estas dos frases:
La mayoría de los niños llegó acalorada y cansada después del largo viaje.
La mayoría de los niños llegaron acalorados y cansados después del largo viaje.
En la primera, la concordancia es absolutamente correcta: Mayoría (femenino, singular) con llegó (singular) y acalorada y cansada (femenino, singular). ¡Pero la frase no suena bien!
En la segunda, con una concordancia forzada, tenemos niños (masculino, plural) con llegaron (plural) y acalorados y cansados (masculino, plural).
En casos como éste, hay que apelar a la manera de expresarse de cada lugar para definir cuál es la mejor opción, aunque gramaticalmente no sea la más correcta.
Todo sea por la comunicación, que en definitiva es lo que uno pretende al escribir: comunicarse, y hacerlo de la mejor manera posible.
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lunes, 20 de febrero de 2012
martes, 14 de febrero de 2012
Autocorrección: leer como un lector
Seguimos desarrollando los "7 trucos para autocorregir y revisar un texto". Vamos con el segundo:
Lee tu texto como un lector
Cuando lees un libro ajeno, no tienes ni la menor idea de lo que vendrá en la próxima frase o en la próxima página y si el autor no ha sido claro, o no ha sabido resolver situaciones de la trama, sentirás que hay huecos, que hay cosas que no entiendes. Esto es lo que tienes que aprender a detectar en tus propios textos, y para eso es indispensable que te tomes el trabajo de leerlo como lector olvidándote de que eres el autor. ¿Por qué es necesario esto? Porque los autores tenemos el libro, o el texto, en la cabeza, sabemos cómo son los personajes, dónde están, qué hacen, o sabemos exactamente qué queremos decir. Y justamente porque lo sabemos tan bien, porque tenemos la imagen mental de todo, es que al escribir se nos pueden escapar detalles que el lector necesita para entender lo que está leyendo.
Tomemos como ejemplo una escena cualquiera de una novela. El primer paso ya lo has dado: imaginarla. Sabes dónde transcurre, quiénes están en ese lugar, de qué están hablando, cómo están vestidos, qué comen, si están alegres o tristes, etc. Pues bien: todo eso que imaginas tienes que trasladarlo al papel de manera que el lector pueda a su vez visualizar esa misma escena, optimizando la información que das para que el resultado final no sea un mamarracho... y tratando de no extenderte demasiado para no cansarlo.
La primera forma que tienes de verificar esto es poniéndote en los zapatos del lector, para imaginar la escena con los elementos que tú mismo le has dado. Si lo que ves no es lo que tenías en mente, entonces tendrás que hacer retoques.
Este mismo concepto se aplica a los textos que no son literarios: el lector los tiene que entender sin cansarse, sin tener que volver atrás, sin agobiarse ante un lenguaje que le resulta desconocido o demasiado técnico para él.
Para que esta lectura "como lector" sea más efectiva, te sugiero que te hagas preguntas y apuntes todas las respuestas.
¿Entiendes lo que lees?
¿El lenguaje es adecuado para el tipo de lector que tendrá el texto?
¿Hay algún fragmento que te parezca poco creíble, que no te convenza, que sea desabrido?
¿Consigues identificar y diferenciar a los personajes por su aspecto físico, sus cualidades, su manera de hablar?
Presta mucha atención a los diálogos, si los hay. El autor sabe quién habla y quién responde, pero si el diálogo no está correctamente marcado (guiones, o comillas, o algo que separe un parlamento del otro) al lector se la hará un lío.
Apunta todo, y luego analízalo desde tu óptica de autor para ver qué puedes hacer con lo negativo que has encontrado como lector.
La prueba de fuego, la lectura hecha por un verdadero lector, la dejamos para la próxima nota.
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viernes, 3 de febrero de 2012
Autocorrección: leer como un profesional
En "7 trucos para autocorregir y revisar un texto", que publiqué hace un tiempo largo, esbocé a grandes rasgos algunas pautas elementales pero muy útiles a la hora de pulir cualquier tipo de textos, no sólo los literarios. Hoy decidí retomar el tema y desarrollar cada uno de los "7 trucos" para que los puedan comprender mejor y ponerlos en práctica eficazmente. Lo iré haciendo en entregas sucesivas, así no se hace tan largo.
Aquí va el primero:
Lee tu escrito como un profesional, sin encariñarte con tus palabras. Todo puede cambiar y mejorar.
¿Qué es eso de "leer como un profesional, sin encariñarte con las palabras"?
¿Cómo leen los profesionales?
Un profesional lee, ante todo, como si hubiera sido otro quien escribió el texto. Toma distancia, enfría las emociones y no vacila en cambiar algo cuando considera que servirá para mejorar lo que ha escrito.
Esa frase que nos parecía genial, al leerla con más atención tal vez ya no nos convenza como al principio. ¿Es original, o parece copiada? ¿Es clara? ¿Nos gusta porque evoca algo personal, íntimo, o porque de verdad está bien escrita?
Un profesional busca la mejor palabra, la más potente, la más musical, la más precisa, sin encapricharse en usar la que más le gusta. Esto se aplica, sobre todo, a los adjetivos y verbos, en los que la gama de matices para designar una misma cualidad o acción es bastante amplia.
Ejemplos:
Amar, apreciar, querer, estimar, son verbos que se pueden referir al mismo sentimiento, pero con distinto grado de intensidad. Según las circunstancias, quién lo dice, cómo y a quién se lo dice, no es lo mismo "te quiero", que "te amo", "te estimo", o "te aprecio".
Un amante puede ser ardiente, apasionado, fogoso, febril, impetuoso, desmesurado, implacable, exigente, incansable, arrollador, obsesivo, y unos cuantos adjetivos más de significado parecido. ¿Cómo elegimos el mejor? Viendo como funciona en el contexto, como se combina con las demás palabras: que no se repitan las terminaciones, que la frase se lea con fluidez, y que suene categórico al decirlo junto al sustantivo, que no quede insulso. Y por supuesto, y esto es lo principal, que le agregue peso al sustantivo, que lo complete.
No es lo mismo un viento ligero, suave o juguetón, que uno huracanado o furioso; no es lo mismo un viento frío, helado, gélido o húmedo que uno cálido, o seco. Cualquiera de esos adjetivos nos da una idea precisa de cómo es el viento.
Pero si decimos "un viento molesto", el adjetivo no lo está definiendo, no agrega nada. ¿Por qué es molesto? ¿ Porque es frío, porque es cálido, porque es huracanado? En realidad, el viento en sí mismo es molesto, incomoda: nos despeina, arrastra papeles, hojas de los árboles...
Otro ejemplo: el adjetivo "lindo". Una casa "linda". ¿Linda para quién? ¿Qué es ser "lindo"? No hay como medir la "lindura" de algo, porque lo que es lindo para mí puede no serlo para otros. Entonces lo mejor que podemos hacer es usar algún adjetivo que nos dé una idea más clara de cómo es la casa: grande, imponente, ostentosa, modesta, de dos plantas, colonial, moderna, ruinosa, del siglo XVIII, de estilo inglés, etc.
Leer como un profesional requiere práctica, pero como todo en esta vida, se puede aprender.
¡A practicar, entonces!
domingo, 18 de abril de 2010
El uso correcto del gerundio
Muchos escritores y correctores defenestran al pobre gerundio como si fuera una aberración de la lengua, o casi, y aseguran que es vulgar y poco elegante.
Pero resulta que cuando queremos conseguir un tono coloquial, el gerundio puede ser insustituible.
No es lo mismo decir “la más chica anda noviando” que “la más chica tiene novio”. Ese “anda noviando”, más ligado a lo afectivo que a lo formal, nos remite a la nostalgia del padre que se da cuenta de cómo han crecido sus hijos, o a las primeras experiencias amorosas vistas desde la perspectiva del adulto, mientras que “la más chica tiene novio” es apenas un dato informativo. Sutilezas de sentido como ésta son las que puede ayudarnos a conseguir el gerundio, siempre y cuando sepamos cómo usarlo y dosificarlo.
Para los que tengan dudas sobre cómo y cuándo se puede “gerundiar” sin pasar vergüenza, aquí va la regla de oro:
Cuando menciono dos acciones que se pueden realizar al mismo tiempo, usar gerundios es correcto.
Es tan simple... que hay quienes no lo entienden. Vamos a los ejemplos.
* Caminaba cantando. ¿Se puede caminar y cantar al mismo tiempo? Sí.
* Iba pensando. ¿Se puede ir hacia algún lugar y pensar al mismo tiempo? Sí.
* Entró llorando.
* Pasó volando.
En todos estos casos, el gerundio está usado correctamente.
* Se promulgó una ley regulando la caza de palomas.
¿Se puede promulgar una ley y regular una actividad al mismo tiempo? No.
Expresión correcta: Se promulgó una ley QUE REGULA la caza de palomas.
* Se agachó atándose los cordones.
¿Puede uno agacharse y atarse los cordones al mismo tiempo? No.
Expresión correcta: Se agachó y SE ATÓ los cordones.
* Suspiró bebiendo un trago de vodka.
¿Puede alguien suspirar y beber al mismo tiempo? ¡Pruebe y después me cuenta!
Expresión correcta: Suspiró y BEBIÓ un trago de vodka.
Someta a todos sus gerundios a esta prueba, y difícilmente se equivoque al usarlos.
En cuanto a la cantidad aceptable, bastará con fijarse en el cantito rimado que producen en el texto muchas palabras terminadas en ando – endo. Esto se aplica, en general, a todas las terminaciones: mente, ción, cida, etc., así que ante la duda, lea en voz alta.
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Pero resulta que cuando queremos conseguir un tono coloquial, el gerundio puede ser insustituible.
No es lo mismo decir “la más chica anda noviando” que “la más chica tiene novio”. Ese “anda noviando”, más ligado a lo afectivo que a lo formal, nos remite a la nostalgia del padre que se da cuenta de cómo han crecido sus hijos, o a las primeras experiencias amorosas vistas desde la perspectiva del adulto, mientras que “la más chica tiene novio” es apenas un dato informativo. Sutilezas de sentido como ésta son las que puede ayudarnos a conseguir el gerundio, siempre y cuando sepamos cómo usarlo y dosificarlo.Para los que tengan dudas sobre cómo y cuándo se puede “gerundiar” sin pasar vergüenza, aquí va la regla de oro:
Cuando menciono dos acciones que se pueden realizar al mismo tiempo, usar gerundios es correcto.
Es tan simple... que hay quienes no lo entienden. Vamos a los ejemplos.
* Caminaba cantando. ¿Se puede caminar y cantar al mismo tiempo? Sí.
* Iba pensando. ¿Se puede ir hacia algún lugar y pensar al mismo tiempo? Sí.
* Entró llorando.
* Pasó volando.
En todos estos casos, el gerundio está usado correctamente.
* Se promulgó una ley regulando la caza de palomas.
¿Se puede promulgar una ley y regular una actividad al mismo tiempo? No.
Expresión correcta: Se promulgó una ley QUE REGULA la caza de palomas.
* Se agachó atándose los cordones.
¿Puede uno agacharse y atarse los cordones al mismo tiempo? No.
Expresión correcta: Se agachó y SE ATÓ los cordones.
* Suspiró bebiendo un trago de vodka.
¿Puede alguien suspirar y beber al mismo tiempo? ¡Pruebe y después me cuenta!
Expresión correcta: Suspiró y BEBIÓ un trago de vodka.
Someta a todos sus gerundios a esta prueba, y difícilmente se equivoque al usarlos.
En cuanto a la cantidad aceptable, bastará con fijarse en el cantito rimado que producen en el texto muchas palabras terminadas en ando – endo. Esto se aplica, en general, a todas las terminaciones: mente, ción, cida, etc., así que ante la duda, lea en voz alta.
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jueves, 14 de enero de 2010
7 trucos para autocorregir y revisar un texto
Muchas veces me preguntan si uno mismo puede revisar o corregir sus textos. La verdad es que sí, pero hay que tener conocimientos medios de gramática, sintaxis, ortografía, y por sobre todo, mucha autocrítica y ganas de trabajar hasta conseguir el mejor resultado posible.
Acá van siete pautas básicas para la revisión y autocorrección:
1 - Lee tu escrito como un profesional, sin encariñarte con tus palabras. Todo puede cambiar y mejorar.
2 - Después léelo como lector. ¿Qué piensas? ¿Lo entiendes? ¿Estás de acuerdo? ¿Cómo rebatirías lo que dice el texto? Apunta todas tus respuestas y luego analízalas desde tu óptica de autor, viendo que puedes hacer con lo negativo que has encontrado
como lector.
3 - Pídele a un amigo, un colega o cualquier otra persona que lea el escrito y que te diga cuáles son, según su opinión, el objetivo fundamental del texto y sus ideas principales. Escucha con atención lo que te dice, y no te justifiques si este lector no encuentra en el texto lo que pretendías. Piensa, en cambio, cómo puedes aprovechar sus opiniones para mejorar tu mensaje.
4 - Relee el texto con espíritu crítico. Después, recupera el tono racional y valora si tus críticas tienen algún fundamento; si es así, rectifica.
5 - El oído puede descubrir lo que no ha detectado el ojo. Lee el texto en voz alta como si estuvieras frente a una audiencia y escucha como suena. ¿Queda bien, te gusta? ¿Hay algún cantito, algo parecido a la rima de una poesía?
6 - Si escribes con computadora, aprovecha los programas automáticos para verificar la ortografía, la gramática o la legibilidad pero no confíes ciegamente en ellos. En caso de duda, recurre al diccionario.
7 - Cuando menor sea la cantidad de palabras que utilices para expresar tus ideas, mayor será la claridad y la concreción del texto.
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Acá van siete pautas básicas para la revisión y autocorrección:
1 - Lee tu escrito como un profesional, sin encariñarte con tus palabras. Todo puede cambiar y mejorar.
2 - Después léelo como lector. ¿Qué piensas? ¿Lo entiendes? ¿Estás de acuerdo? ¿Cómo rebatirías lo que dice el texto? Apunta todas tus respuestas y luego analízalas desde tu óptica de autor, viendo que puedes hacer con lo negativo que has encontrado
como lector.3 - Pídele a un amigo, un colega o cualquier otra persona que lea el escrito y que te diga cuáles son, según su opinión, el objetivo fundamental del texto y sus ideas principales. Escucha con atención lo que te dice, y no te justifiques si este lector no encuentra en el texto lo que pretendías. Piensa, en cambio, cómo puedes aprovechar sus opiniones para mejorar tu mensaje.
4 - Relee el texto con espíritu crítico. Después, recupera el tono racional y valora si tus críticas tienen algún fundamento; si es así, rectifica.
5 - El oído puede descubrir lo que no ha detectado el ojo. Lee el texto en voz alta como si estuvieras frente a una audiencia y escucha como suena. ¿Queda bien, te gusta? ¿Hay algún cantito, algo parecido a la rima de una poesía?
6 - Si escribes con computadora, aprovecha los programas automáticos para verificar la ortografía, la gramática o la legibilidad pero no confíes ciegamente en ellos. En caso de duda, recurre al diccionario.
7 - Cuando menor sea la cantidad de palabras que utilices para expresar tus ideas, mayor será la claridad y la concreción del texto.
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sábado, 14 de febrero de 2009
¿Qué debería hacer un corrector literario?
¿Alguna vez, lector, autor, te has puesto a pensar en cómo, por qué, para qué, se corrigen los libros?
Corregir un libro no es para cualquiera, no tanto por los conocimientos necesarios para hacerlo, que se pueden conseguir estudiando gramática, sintaxis, ortografía y demás, sino por la paciencia y tiempo que se necesitan para pulir un texto.
Hay quienes piensan que los diplomas son garantía de conocimientos. Craso error: no todos los licenciados en Letras, los profesores de Literatura o los maestros escriben bien; es más, hay muchos que escriben pésimo. No todos los correctores diplomados tienen la sensibilidad necesaria para conseguir que un texto ajeno diga lo que el autor -no el corrector- quiere decir.
Respeto profundamente a quienes han estudiado una carrera universitaria. Pero a veces con eso no alcanza; si no tienes "piel" con las palabras, si no te llega su música, el conocimiento académico no te servirá de mucho, y hasta es posible que si te apegas demasiado a él termines convirtiéndote en alguien dogmático e inflexible.
Un corrector no debería ser nunca un inquisidor, alguien que dictamina sin discusión posible lo que está bien y lo que está mal. Hay textos muy bien escritos, en los que se respetan todas las normas habidas y por haber de gramática y sintaxis pero que no dicen nada, no producen ninguna emoción. Y hay otros que, incluso con errores, nos movilizan, nos inquietan, nos asombran, nos conmueven. El texto debe tener vida... ¡y qué mejor señal de vida que una pequeña imperfección de vez en cuando! Nadie notará la falta de una coma, dos o tres adjetivos de más o un gerundio incorrecto si la historia lo atrapa.
La prueba está en que autores como Roberto Artl, de quien se llegó a decir que escribía mal, han sabido ganarse el respeto y cariño de sus lectores.
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Corregir un libro no es para cualquiera, no tanto por los conocimientos necesarios para hacerlo, que se pueden conseguir estudiando gramática, sintaxis, ortografía y demás, sino por la paciencia y tiempo que se necesitan para pulir un texto.
Hay quienes piensan que los diplomas son garantía de conocimientos. Craso error: no todos los licenciados en Letras, los profesores de Literatura o los maestros escriben bien; es más, hay muchos que escriben pésimo. No todos los correctores diplomados tienen la sensibilidad necesaria para conseguir que un texto ajeno diga lo que el autor -no el corrector- quiere decir.

Respeto profundamente a quienes han estudiado una carrera universitaria. Pero a veces con eso no alcanza; si no tienes "piel" con las palabras, si no te llega su música, el conocimiento académico no te servirá de mucho, y hasta es posible que si te apegas demasiado a él termines convirtiéndote en alguien dogmático e inflexible.
Un corrector no debería ser nunca un inquisidor, alguien que dictamina sin discusión posible lo que está bien y lo que está mal. Hay textos muy bien escritos, en los que se respetan todas las normas habidas y por haber de gramática y sintaxis pero que no dicen nada, no producen ninguna emoción. Y hay otros que, incluso con errores, nos movilizan, nos inquietan, nos asombran, nos conmueven. El texto debe tener vida... ¡y qué mejor señal de vida que una pequeña imperfección de vez en cuando! Nadie notará la falta de una coma, dos o tres adjetivos de más o un gerundio incorrecto si la historia lo atrapa.
La prueba está en que autores como Roberto Artl, de quien se llegó a decir que escribía mal, han sabido ganarse el respeto y cariño de sus lectores.
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lunes, 14 de enero de 2008
Cómo sobrellevar un clítoris corrector
Cuando digo que soy correctora de textos suelen mirarme con cara de no entender, porque sacando a los que estamos en esto la mayoría de la gente no sabe nada sobre cómo se escribe y se edita un libro. Para los que asocian mi trabajo con lo que hacen las maestras en los cuadernos de los chicos, vaya esta explicación.
Hay correctores y correctores. De un lado está el déspota cruel que tacha con tinta roja, ebrio de sangre, dispuesto a hacer del libro ajeno algo lo más parecido posible a lo que él, el corrector, escribiría: si no le gustan los adjetivos, no deja ninguno, ni para muestra; si le disgustan los diálogos con modismos, los transcribe en castellano neutro. Del otro lado estoy yo, que corrijo con lápiz para que el autor pueda borrar las correcciones con las que no está de acuerdo, y que sólo busco realzar o mejorar un libro que no me pertenece.
Lo primero que tengo en cuenta cada vez que recibo un original es que no lo escribí yo sino otra persona, alguien con sueños y expectativas propios, y que yo no soy quien para matarle la ilusión, ni para menospreciar su obra. Lo segundo que tengo en cuenta es que esa persona tuvo la suficiente humildad como para reconocer que su trabajo puede tener errores, y que me está confiando algo muy preciado: su creación, el fruto de su esfuerzo.
Partiendo de esas dos premisas, hago un diagnóstico para saber si el libro ya está terminado o sólo es un borrador. Esto es complejo. Cuando la historia está cerrada, los personajes bien delineados, coherentes consigo mismos, y la trama permite una lectura de corrido, entonces el libro ya está listo, por más que tenga muchos errores. Pero cuando hay situaciones y personajes que no son convincentes, diálogos que más bien parecen discursos de directora de escuela y acciones contadas como una cronología de enciclopedia, entonces más que corregir hay que re – escribir. El problema, en este caso, es decírselo al autor… No me gusta ofender, ni lastimar, así que primero busco lo bueno, lo positivo (siempre hay algo: un personaje rescatable, algo de la trama) y empiezo por ahí; después paso a lo que no funciona y doy sugerencias de reescritura, como para que el autor vea una lucecita al final del túnel, algo que le haga sentir que no todo está perdido.
Si el libro está terminado y asumo el compromiso de corregirlo, trabajo con un enorme respeto por lo que el autor ha querido decir, y sólo corrijo para mejorar la forma, el estilo; nunca trato de darle a un escrito ajeno mi sello personal, algo que para muchos es tentador porque no conciben que se pueda escribir de otra manera que no sea la que ellos eligieron.
Cuando uno respeta al otro, es imposible no involucrarse porque libro y autor son las dos caras de la moneda. Para hacer un buen trabajo de corrección necesito entablar un vínculo personal con el autor, saber cómo fue el proceso de escritura, qué le costó más, qué disfrutó más, cuáles son sus modelos, y también qué espera de su libro. Esto me ayuda mucho no sólo para corregir, sino para lograr que acepte mis correcciones, algo que no es sencillo porque cuando uno escribe suele enamorarse de sus palabras y cuesta entender que al otro, al lector o al corrector, no le llegan con la intensidad, o con la claridad, con que uno piensa que deberían llegarle.
Mi oficio me ha dado muchas satisfacciones, precisamente por los vínculos que supe establecer con quienes me confían sus originales, pero tiene una contra: a veces me cuesta disfrutar un libro, o emocionarme, porque incluso cuando leo por placer le busco el pelo al huevo.
Para que vean hasta dónde llega esta deformación profesional, les cuento una anécdota. Una noche estábamos conversando por teléfono con Cristina Loza (además de amiga, soy su correctora) y me comentaba sobre un libro en el que había algunas escenas eróticas tan flojas que, según ella, su clítoris no se había inmutado. Así me dijo, textual, “mi clítoris no se inmutó”, porque ella tiene esos dichos, y yo le contesté: “Entonces el mío, menos, porque es más duro que el tuyo”. Supongo que la Cris habrá dado un respingo en la silla al preguntarme: “¿Cóoomo? ¿Por qué es más duro?”, a lo que yo respondí muy seria: “Es que el mío es un clítoris corrector…”
La carcajada al otro lado de la línea duró como diez minutos, y lo del clítoris corrector quedó para la posteridad.
Y es que es así. Uno no sólo lee con los ojos y la mente; también lee con el corazón, con la memoria del cuerpo, que siempre están marcados por las emociones, y hasta con los prejuicios. Todo lo que leemos nos produce, o debería producirnos, una reacción, una sensación, que puede ir desde la alegría, la nostalgia o la tristeza hasta el goce puramente intelectual. Si leemos una escena romántica, nuestro corazón debería latir al compás del de los amantes; si leemos una escena de terror, se nos debería erizar la piel, y si leemos una escena erótica, lo más lógico sería sentir algún escozor “ahí abajo”, como diría mi mamá.
Pero como yo tengo el clítoris corrector, no hay escena erótica LITERARIA (aclaro) que me venga bien: o sobran velas, o faltan almohadones, o es tan explícita que resulta burda, o es tan ambigua que no se sabe qué están haciendo, con quién, ni dónde ni por dónde… en fin, gajes del oficio. Hay cosas peores.
Hablando de escenas eróticas, la próxima novela de Cristina Loza, "La Hora del Lobo", tendrá unas cuantas de antología, en las que mi clítoris corrector no ha podido objetar siquiera una coma de tan bien logradas que están. Si no me creen, esperen que salga el libro y después me cuentan.
Podríamos estar horas discutiendo sobre cuándo una escena erótica está bien lograda. A mi humilde entender, lo está cuando el que hace el amor (o viola, o tiene sexo en el baño de un bar, o lo que sea) es el personaje, no el autor; cuando es el personaje, desde su idiosincracia, sus circunstancias y su cultura el que pone el cuerpo, mostrándonos a través de su sexualidad una faceta más de su personalidad. Si se dan esas condiciones, la escena, por brutal o desagradable que sea, estará bien lograda. Para conseguirlo, el autor debe despojarse de su propia manera de ejercer la sexualidad, ponerse en la piel del personaje y desde ahí sentir lo que sentiría él o ella, y después describirlo de la mejor manera posible, para que suene creíble. Y no es fácil. Y Cristina Loza lo consigue.
Confieso que mi clítoris corrector funciona muy bien con las obras ajenas, en las que permite todo, pero cuando se trata de mis escritos, la cosa cambia: nada de escenas de sexo explícito, de esas con todas las letras; prefiero sugerir con cierta sutileza, con metáforas, con imágenes, y que el lector imagine el resto. En realidad, me ocupo más de lo que pasa por dentro del personaje, de sus emociones ante una caricia, un beso, que de las sensaciones físicas; si alguna vez se me aparece en mis novelas un violador, o un sádico, alguien que me obligue a ocuparme más de lo que pasa con su cuerpo, de lo que hace con su cuerpo, veremos cómo me las arreglo...
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Hay correctores y correctores. De un lado está el déspota cruel que tacha con tinta roja, ebrio de sangre, dispuesto a hacer del libro ajeno algo lo más parecido posible a lo que él, el corrector, escribiría: si no le gustan los adjetivos, no deja ninguno, ni para muestra; si le disgustan los diálogos con modismos, los transcribe en castellano neutro. Del otro lado estoy yo, que corrijo con lápiz para que el autor pueda borrar las correcciones con las que no está de acuerdo, y que sólo busco realzar o mejorar un libro que no me pertenece.
Lo primero que tengo en cuenta cada vez que recibo un original es que no lo escribí yo sino otra persona, alguien con sueños y expectativas propios, y que yo no soy quien para matarle la ilusión, ni para menospreciar su obra. Lo segundo que tengo en cuenta es que esa persona tuvo la suficiente humildad como para reconocer que su trabajo puede tener errores, y que me está confiando algo muy preciado: su creación, el fruto de su esfuerzo.
Partiendo de esas dos premisas, hago un diagnóstico para saber si el libro ya está terminado o sólo es un borrador. Esto es complejo. Cuando la historia está cerrada, los personajes bien delineados, coherentes consigo mismos, y la trama permite una lectura de corrido, entonces el libro ya está listo, por más que tenga muchos errores. Pero cuando hay situaciones y personajes que no son convincentes, diálogos que más bien parecen discursos de directora de escuela y acciones contadas como una cronología de enciclopedia, entonces más que corregir hay que re – escribir. El problema, en este caso, es decírselo al autor… No me gusta ofender, ni lastimar, así que primero busco lo bueno, lo positivo (siempre hay algo: un personaje rescatable, algo de la trama) y empiezo por ahí; después paso a lo que no funciona y doy sugerencias de reescritura, como para que el autor vea una lucecita al final del túnel, algo que le haga sentir que no todo está perdido.
Si el libro está terminado y asumo el compromiso de corregirlo, trabajo con un enorme respeto por lo que el autor ha querido decir, y sólo corrijo para mejorar la forma, el estilo; nunca trato de darle a un escrito ajeno mi sello personal, algo que para muchos es tentador porque no conciben que se pueda escribir de otra manera que no sea la que ellos eligieron.
Cuando uno respeta al otro, es imposible no involucrarse porque libro y autor son las dos caras de la moneda. Para hacer un buen trabajo de corrección necesito entablar un vínculo personal con el autor, saber cómo fue el proceso de escritura, qué le costó más, qué disfrutó más, cuáles son sus modelos, y también qué espera de su libro. Esto me ayuda mucho no sólo para corregir, sino para lograr que acepte mis correcciones, algo que no es sencillo porque cuando uno escribe suele enamorarse de sus palabras y cuesta entender que al otro, al lector o al corrector, no le llegan con la intensidad, o con la claridad, con que uno piensa que deberían llegarle.
Mi oficio me ha dado muchas satisfacciones, precisamente por los vínculos que supe establecer con quienes me confían sus originales, pero tiene una contra: a veces me cuesta disfrutar un libro, o emocionarme, porque incluso cuando leo por placer le busco el pelo al huevo.
Para que vean hasta dónde llega esta deformación profesional, les cuento una anécdota. Una noche estábamos conversando por teléfono con Cristina Loza (además de amiga, soy su correctora) y me comentaba sobre un libro en el que había algunas escenas eróticas tan flojas que, según ella, su clítoris no se había inmutado. Así me dijo, textual, “mi clítoris no se inmutó”, porque ella tiene esos dichos, y yo le contesté: “Entonces el mío, menos, porque es más duro que el tuyo”. Supongo que la Cris habrá dado un respingo en la silla al preguntarme: “¿Cóoomo? ¿Por qué es más duro?”, a lo que yo respondí muy seria: “Es que el mío es un clítoris corrector…”
La carcajada al otro lado de la línea duró como diez minutos, y lo del clítoris corrector quedó para la posteridad.
Y es que es así. Uno no sólo lee con los ojos y la mente; también lee con el corazón, con la memoria del cuerpo, que siempre están marcados por las emociones, y hasta con los prejuicios. Todo lo que leemos nos produce, o debería producirnos, una reacción, una sensación, que puede ir desde la alegría, la nostalgia o la tristeza hasta el goce puramente intelectual. Si leemos una escena romántica, nuestro corazón debería latir al compás del de los amantes; si leemos una escena de terror, se nos debería erizar la piel, y si leemos una escena erótica, lo más lógico sería sentir algún escozor “ahí abajo”, como diría mi mamá.
Pero como yo tengo el clítoris corrector, no hay escena erótica LITERARIA (aclaro) que me venga bien: o sobran velas, o faltan almohadones, o es tan explícita que resulta burda, o es tan ambigua que no se sabe qué están haciendo, con quién, ni dónde ni por dónde… en fin, gajes del oficio. Hay cosas peores.
Hablando de escenas eróticas, la próxima novela de Cristina Loza, "La Hora del Lobo", tendrá unas cuantas de antología, en las que mi clítoris corrector no ha podido objetar siquiera una coma de tan bien logradas que están. Si no me creen, esperen que salga el libro y después me cuentan.
Podríamos estar horas discutiendo sobre cuándo una escena erótica está bien lograda. A mi humilde entender, lo está cuando el que hace el amor (o viola, o tiene sexo en el baño de un bar, o lo que sea) es el personaje, no el autor; cuando es el personaje, desde su idiosincracia, sus circunstancias y su cultura el que pone el cuerpo, mostrándonos a través de su sexualidad una faceta más de su personalidad. Si se dan esas condiciones, la escena, por brutal o desagradable que sea, estará bien lograda. Para conseguirlo, el autor debe despojarse de su propia manera de ejercer la sexualidad, ponerse en la piel del personaje y desde ahí sentir lo que sentiría él o ella, y después describirlo de la mejor manera posible, para que suene creíble. Y no es fácil. Y Cristina Loza lo consigue.
Confieso que mi clítoris corrector funciona muy bien con las obras ajenas, en las que permite todo, pero cuando se trata de mis escritos, la cosa cambia: nada de escenas de sexo explícito, de esas con todas las letras; prefiero sugerir con cierta sutileza, con metáforas, con imágenes, y que el lector imagine el resto. En realidad, me ocupo más de lo que pasa por dentro del personaje, de sus emociones ante una caricia, un beso, que de las sensaciones físicas; si alguna vez se me aparece en mis novelas un violador, o un sádico, alguien que me obligue a ocuparme más de lo que pasa con su cuerpo, de lo que hace con su cuerpo, veremos cómo me las arreglo...
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