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jueves, 19 de mayo de 2016

Sábanas viejas

            Me gustan las sábanas viejas, esas que se amoldan suavemente al cuerpo sin deslizarse y sin arrugas. Las que están casi transparentes o a punto de romperse, pero todavía no se han roto. Las que han conocido durante años mis sueños, mis pesadillas, mis ganas de seguir durmiendo un rato más, mis enfermedades y mis noches de amor. Las que han ido perdiendo el color poco a poco tendidas al sol, desplegadas al viento como velas sin mar.
            Me gustan las sábanas nuevas, con su apresto insolente y su textura apretada. Me gusta el pliegue como trazado con regla que se marca al doblarlas hacia afuera, por sobre la frazada. Me gusta sentirlas sobre la piel, son como una caricia masculina, firme, que no quiere pasar desapercibida. Las sábanas nuevas tienen un aura de opulencia, de buena vida, de placer recién estrenado.
            Todavía no he probado la experiencia mayúscula, esa que según dicen es la síntesis perfecta entre lujo y sensualidad. Las sábanas de raso. Me imagino resbalando en la fría suavidad de unas sábanas de raso y se me pone la piel de gallina, y se me alborotan las hormonas. Las tendría de todos los colores: azules para soñar sueños mansos, verdes para sentir que ruedo sobre el pasto, amarillas para atesorar el calor del sol, rojas para las noches de invierno, blancas para sentirme una reina y violetas o negras para hacer el amor.
            Me gustaban las sábanas de la Tata, de algodón y con olor a naftalina. Llegar a Rosario y acostarse en la cama de plaza y media con elástico de metal y colchón de lana que se hundía en el medio, arropada por las sábanas y las colchas pesadas que la abuela sacaba de lo más profundo del ropero, es uno de los recuerdos más queridos de mi infancia.
            El resto de las sábanas, las ajenas, las de los hoteles, no me gustan, porque entre sus hilos guardan restos de sueño, suspiros y lágrimas de vaya a saber quién. No me inspiran confianza y no se amoldan a mi cuerpo como mis sábanas viejas, ni tienen el encanto de las sábanas nuevas aunque a veces lo parezcan. Debajo del perfume a suavizante se les adivina el olor a otras pieles, y es como dormir acompañado por extraños.
            No es que tenga nada contra los extraños, aclaro. Pero a la hora de dormir, prefiero elegir quien me acompañe, ya se trate de un ser vivo o un recuerdo.

            Debe ser por eso que me gustan las sábanas viejas: porque entre sus hilos gastados todavía conservan el aroma de alguien que, aunque ya no se lo añora ni se lo desea, es grato recordar que alguna vez estuvo ahí, en mi cama, entre mis sábanas.

lunes, 28 de marzo de 2016

Regalar poesías I

Cuando yo era adolescente (1975, 76, 77...) estaban de moda las tarjetas con poesías para regalar. Eran poemas como “Táctica y estrategia”, de Mario Benedetti, y otros por el estilo: fáciles de comprender y con un gancho directo al corazón. Poemas que ponían en palabras eso que muchos querían decir, pero no les salía tan bonito. 
El amor y la amistad se vestían de fiesta en esas tarjetas, y también en afiches con imágenes de parejas abrazadas, o paisajes, o animales, que servían de fondo para las poesías con que decorábamos las paredes de nuestro cuarto.
Éramos románticos, todavía... y todavía la poesía era sinónimo de sentimientos, y servía para expresar sentimientos.
Pero con el tiempo, las vanguardias fueron ganando terreno y la poesía cambió. Los poetas se alejaron del amor, de las formas simples que tanto le gustaban (y le siguen gustando) a la gente, y se volvieron complicados.
El soneto, la métrica, la rima, quedaron obsoletos; en la poesía moderna no hay moldes ni corsés, nada que obligue al autor al desafío de jugar con sinónimos, metáforas, imágenes, para construir versos de ocho sílabas, once, o catorce, que tengan sentido y conmuevan, o hagan pensar. El hermetismo pasó a ser la regla de oro y la poesía se encogió, hasta convertirse en un par de versos sin rima, ni ton, ni son, perdidos en medio de una página que les queda grande.
De los miles de lectores que tenía en sus buenos tiempos la poesía, hoy quedan cada vez menos y de los que quedan, la mayoría prefiere a los poetas viejos, los que hablaban de amor, de emociones, del hombre y su paso por la vida, del espíritu y sus grandezas y miserias.

Fue la nostalgia de esa época, y de aquellos poetas, lo que me llevó a darle forma a mis tarjetas artesanales “Palabras de amor”.
Primero pensé en reciclar mis poesías, pero la mayoría son largas y necesitaba algo más corto, que pudiera entrar en una tarjeta. Además, ya no dicen lo que quiero decir hoy, porque las escribí cuando la frontera entre el amor, el dolor y la tristeza era indefinida y sufría más de lo que disfrutaba. Así que decidí escribir poesías nuevas, hechas a medida para las tarjetas, que cualquiera pudiera entender a la primera lectura y que pudieran servir para expresar sentimientos en estado puro, con amor y desde el amor. 
Debían ser mensajes superadores: nada de celos, ni de dramas, ni de “sin vos mi vida no tiene sentido”, ni de “soy tuya, sos mío”. No, no y no. Quería que mis tarjetas fueran simples, sí, pero profundas, y que trasmitieran la idea de respeto por el otro, por la libertad del otro y por la propia libertad, que hablaran del perdón, de vivir el presente, del compromiso genuino.
Me enamoré de la idea, y la puse en marcha: papel Kraft grueso (color madera), flores de mi planta de lavanda, ramitas de pino de la casa de Pedro, mi vecino de enfrente, corazoncitos de lienzo o jean con un moñito de lana roja, sobres de papel madera...  Diseñar el frente y el interior de las tarjetas y la portada del sobre, marcar el papel y cortar las tarjetas con tijera, secar las flores y las ramitas de pino durante unos cuantos días, hacer las muestras, imprimir la primera tanda, decorarlas, son tareas que a cualquier persona le hubieran llevado un tiempo lógico, pero que mi perfeccionismo casi vuelve eternas. Ochocientas pruebas de tipo de letra, márgenes, que la florcita acá, no, mejor allá, y le corto un milímetro del tallo, qué está largo, y este corazoncito es medio milímetro más grande, o más chico, y esta ramita de pino se la pongo a esta, no, a esta otra... Hasta que por fin, quedé conforme y estuvieron listas para llevarlas a la feria. 
Y ahí vino lo mejor: la reacción de los que las leen, y lo que siento yo viendo la reacción de los que las leen.
Es largo, lo cuento en el próximo post.


Aquí están las tarjetas que tengo hasta ahora, a las que seguramente se irán sumando más.
De las poesías viejas conservé una sola, que todavía me estremece el alma cuando la leo. 









jueves, 10 de marzo de 2016

¡Bienvenido a mi vida, Coaching ontológico!

El año pasado no escribí casi nada, a pesar de que me pasaron cosas importantes.
Es que a veces me ataca el complejo del escritor anómino y pienso: ¿a quién le importa lo que escribo? ¿A quién le sirve, quién lo lee? Y esas dos preguntas me quitan las ganas de escribir, me condicionan, porque lo que tengo para contar no me parece lo suficientemente emocionante o genial como para despertar el interés ajeno.  
El complejo del escritor anónimo. Se me acaba de ocurrir ahora esa definición, y creo que describe muy bien esa sensación de estar hablando o escribiendo para nadie que me agobia cuando me comparo con escritores famosos, esos que tienen blogs que leen miles de lectores. Bien hecho, eso me pasa por andar comparándome con los demás.
Sea como sea, lo cierto es que el año pasado, el 2015, fue un año intenso, que hubiera merecido muchos post en este blog. Pero no escribí casi nada, y ahora me encuentro con que sí quiero escribir y no veo cómo condensar en unas pocas líneas todo lo que viví, sentí y pensé, porque si me explayo el resultado será un texto demasiado largo para un blog, por más que sea el blog de una escritora.
Creo que voy a dividir todo lo que tengo para contar en varias entradas, así los que lean no se duermen ni se cansan y yo no termino con una tendinitis o una contractura en el cuello.
Primero lo primero. Desde abril a diciembre, cursé mi primer año de capacitación en Coaching ontológico. Dicho así, suena solemne pero da pie para que casi todo el mundo me pregunte: ¿coaching qué? ¿Odontológico? ¿Oncológico? ¿Qué es eso?
El entusiasmo me lleva a responder que es algo que le hace mucha falta al mundo, algo que te abre la cabeza, el alma, el corazón, que te hace descubrir cosas tuyas que no querías ver o no podías ver; es una disciplina con un potencial impresionante para mejorar la calidad de vida de la gente en todos los ámbitos, la familia, el trabajo, para ayudarla a concretar sus sueños, lograr sus objetivos, comunicarse mejor con los demás y construir vínculos más sanos; es una herramienta sensacional para mejorar el aprendizaje y potenciar la creatividad y la curiosidad...
El coaching es eso y  más, mucho más. Durante el primer año de capacitación, hay que ponerle el cuerpo para vivenciarlo y que se haga carne. No es fácil, porque implica salir de la “zona de confort”, ese espacio personal que a veces no tiene nada de confortable pero que nos resulta conocido y previsible. Cuesta abandonar la orilla, el terreno seguro, para meterse en aguas profundas y a veces oscuras. Pero vale la pena, porque después de atravesar tormentas uno puede llegar a encontrar una playa paradisíaca, con arenas blancas y suaves y un mar increíblemente azul.
Eso es lo que estuve haciendo en el 2015: navegando en aguas profundas, metiéndome adentro de mi propio ser, sorprendiéndome, asustándome o maravillándome con lo que encontraba en el fondo.  
Pero no estaba sola. Durante todo el tiempo estuve acompañada por otros navegantes tan inexpertos y temerarios como yo, y guiada por un equipo de profesores-coaches que nos contuvieron con amor y firmeza.
Fue el inicio de un viaje extraordinario que me cambió la vida, un viaje que recién empieza y que terminará cuando me muera. Un viaje de ida, siempre de ida, un viaje imprescindible para ser la mejor versión de mí misma y entregarle lo mejor de mí a quienes lo quieran recibir.
Durante el primer año incorporamos conceptos que nos llevaron al autoconocimiento y la transformación personal. Temas como el poder, el control, los enemigos del aprendizaje, el ego y sus trampas, el uso que hacemos del lenguaje y cómo influye en la comunicación, en las relaciones interpersonales y en los resultados que obtenemos (por citar sólo algunos, son muchos más), fueron desmenuzados con la mente y asimilados con el cuerpo, los sentidos, las emociones.
En el segundo año, aprenderemos a asistir a otros en su transformación y en el logro de sus metas, y reforzaremos el marco ético y filosófico dentro del que trabaja y vive el coach. Porque el coaching, más allá de ser una disciplina o una profesión, es también un estilo de vida.
Será un año intenso, de eso no hay dudas... Pero cuando uno le toma el gusto a la intensidad quiere más, quiere más desafíos, más preguntas, más respuestas, más oportunidades de ser útil y de contribuir a crear un mundo mejor.
¡Con mis compañeros vamos por todo, este año!  

Por hoy, suficiente. Después sigo contando qué más hice en el 2015, un año en el que escribí poco pero aprendí mucho...
Les dejo un video muy clarito de Elena Espinal, master coach, para que se entienda mejor que es el coaching y que hace un coach.


sábado, 3 de octubre de 2015

Mamá

    Mi relación con ella no fue sencilla. Más allá del amor que nos tenemos mutuamente, somos muy distintas y eso hizo que más de una vez no nos comprendiéramos ni pudiéramos ponernos en el lugar de la otra.
    Para una madre taurina, con los pies fijos sobre la tierra y pocos pajaritos en la cabeza, una hija pisciana soñadora, dispersa, medio hippie y sentimental es como un rompecabezas al que le faltan piezas. Y a la mía no le alcanzó la vida entera para comprender (porque no lo comprendió) que esa figura inconclusa, con espacios vacíos pero llenos de algo que ella no podía ver, era sin embargo un ser completo: yo, su hija, hecha no a su imagen y semejanza, sino a la mía, a lo que yo quería y podía ser.
    Un día, no hace mucho, me lo dijo: “yo nunca te entendí”. Fue fuerte escuchar eso. Y me dio pena por ella, más que por mí. No puedo imaginarme “no entender” a mi hija. Porque una cosa es no estar de acuerdo, o no compartir una forma de vida o de pensar, y otra muy distinta es no entender qué quiere el otro, qué busca, qué sueña.
   Yo fui entendiendo, con los años, sus acciones, sus aciertos, su manera de pensar, sus circunstancias. Pero me costó asimilar que siguiera aferrada a rencores viejos, a ideas o prejuicios que le hacían mal, que le iban cerrando puertas a medida que le ensanchaban heridas. Ella no sé si pudo comprender mi capacidad y mi voluntad de perdonar, de olvidar lo malo y recordar lo bueno, de amar sin condiciones. Creo que no, que no lo comprendió.
    A las dos nos costaba comunicarnos; sin peleas, sin discutir, simplemente nos costaba, a mí me costaba bajar la guardia con ella y contarle mis cosas, a ella le costaba escuchar sin opinar, sin manifestar su desacuerdo. 
     Hasta que la vida nos enfrentó a las dos con su vejez, con la enfermedad, con el deterioro del cuerpo y la mente.  
     Y empezamos a hablar. Cuando ella quiso, y pudo, hablamos del pasado, de sus miedos, sus dolores, sus rencores. Hablamos de la muerte. De la propia, de la ajena, de los que ya no estaban. De cómo quisiéramos morir. De su cansancio, de sus ganas de morirse. Es muy duro escucharle decir a la madre de uno que no quiere vivir, que se quiere morir. Uno se siente tan impotente ante eso… Me costaba aceptar que sus hijas, su nieta, no fueran motivos para vivir, que no le alcanzara con nuestro amor, con tenernos vivas y sanas, cerca.
    Los síntomas del inicio de la demencia senil se fueron presentando de a poco, al principio el médico decía que nos estaba manipulando, que “se hacía la loca”, pero después nos dimos cuenta de que no se estaba “haciendo la loca” y la enfermedad era real, y había que buscar cómo hacerle frente.
     Llevar a la madre a un geriátrico es duro, pero a veces es necesario. No todos tenemos los mismos límites, las mismas capacidades, y hay que saber reconocerlo y aceptarlo. Por uno, para evitar la culpa, y por el otro, para no verlo o sentirlo como una carga cuando su cuidado se complica. Los geriátricos no son “depósitos de viejos”; si la familia está presente, son un buen lugar para que un anciano enfermo esté atendido según sus necesidades, supervisado y medicado correctamente. Me llevó más de un año entenderlo y confiar en sus cuidadores, hasta que entendí que si no confiaba, no tendría paz. Y entonces, decidí confiar. Confiar no es desentenderse. Confiar es creer en la buena fe del otro, aunque como hija siga supervisando la higiene, las comidas, la habitación, la ropa, y si algo no me gusta, lo diga.   
     El geriátrico de mamá es como una casa grande. Es un lugar hermoso, con ventanales que dan a un jardín que siempre está verde. En el invierno, prenden el hogar y las salamandras y da gusto llegar; en verano, nos sentamos afuera a disfrutar el aire y el canto de los pájaros. Los horarios de visita son flexibles, y las visitas siempre son bienvenidas. A la hora de comer hay olor a comida, como en todas las casas. Los viernes a la tarde va Luis con su guitarra y se arma la peña, y los abuelos acompañan con palmas y cantan. A la hora del mate, toman mate. Llevan una vida tranquila, sin sobresaltos.
     Casi todos ellos están cruzando la barrera entre vivir en el mundo y vivir en su mundo. O ya la cruzaron.
    Mamá también. A veces no habla cuando la visito, o cierra los ojos como si durmiera, aunque está despierta. ¿Qué estará pensando, qué sentirá? Parece encerrada en un laberinto del que ya no puede salir; si le pregunto algo dice que no quiere pensar, que se le hace lío en la cabeza. Y se queda mirando por la ventana. Sólo puedo tratar de que sienta mi amor, de alguna manera. Y le agarro la mano, y se la acaricio, y hago fuerza para que mi tristeza no se note, no le llegue.
    Porque es triste verla así, no sé si sufre, si se siente sola, y quisiera saberlo, y también me da miedo saberlo y no poder hacer nada para que esté mejor.
    Es triste, y da miedo: uno piensa en su propia vejez, y da miedo. Da miedo pensar que así como no elegimos nacer, tampoco podemos elegir cómo morir, de qué morir, en qué momento. Salvo que uno decida matarse, claro. Pero si uno elige seguir viviendo, el final de la vida está fuera de control, es impredecible, a uno puede tocarle morirse con la cabeza entera y el cuerpo destruido o al revés, con el cuerpo entero y la cabeza, la mente, perdidas en el delirio
    ¿Dónde estará el espíritu cuando la persona se queda sin recuerdos y no reconoce afectos? ¿Dónde estará el espíritu cuando la mente está poblada de fantasmas, voces, imágenes irreales?
    Dicen que la enfermedad, o la locura, son parte del karma, son caminos que debe recorrer el alma para purificarse, para terminar de aprender lo que vino a aprender. Si esto es cierto, entonces mamá está aprendiendo algo que debía aprender, y hasta que no lo aprenda no se irá. No sé si es un consuelo pensar esto, pero de alguna manera le da sentido al dolor, a la impotencia de no poder hacer nada para que vuelva a ser la que era antes.
    A veces, yo tampoco quiero pensar, mamá. A mí también se me hace un lío en la cabeza. 

domingo, 19 de abril de 2015

El miedo manda

El hambre desayuna miedo
y el miedo al silencio aturde las calles.
El miedo amenaza.
Si usted ama tendrá sida.
Si fuma tendrá cáncer.
Si respira tendrá contaminación.
Si bebe tendrá accidentes.
Si come tendrá colesterol.
Si habla tendrá desempleo.
Si camina tendrá violencia.
Si piensa tendrá angustia.
Si duda tendrá locura.
Si siente tendrá soledad.
(Eduardo Galeano)


Cuando iba al colegio secundario, como teníamos clases en edificio prestado entrábamos  después que terminaba el turno de la tarde de la primaria y salíamos a las diez y media de la noche. Mis compañeros se volvían a su casa el colectivo, pero a mí me fueron a buscar en auto hasta que terminé quinto año. A mí, y a tres compañeras más; nuestros papás se turnaban para ir un día a la semana cada uno. No sé si lo hacían por miedo, o para que llegáramos más rápido a casa. Nunca lo pregunté, nunca me lo dijeron. Supongo que era por comodidad de ellos y nuestra. Papá y mamá trataban de darnos a mí y a mi hermana lo que no habían tenido de chicos: no querían que pasáramos frío, que nos cansáramos en exceso, ni que corriéramos riesgos.
Pero a mí no me gustaba sentirme tan protegida, y me daba algo así como vergüenza eso de volverme en auto cuando los demás volvían en colectivo.
En cambio Miriam, una de mis compañeras que también vivía en Unquillo, no sólo se volvía en colectivo sino que para llegar a su casa tenía que caminar muchísimas cuadras a las 11 de la noche, una hora en la que no se cruzaba ni un perro. Para cortar camino, se metía por un senderito que atravesaba lo que por ese entonces era puro monte. Con lluvia, con frío, iluminada sólo por la luz de la luna Miriam caminaba hasta su casa sin ningún temor, como si fuera pleno día.
Las dos éramos asmáticas. De chica yo nunca hice gimnasia, y en la secundaria me llevé a rendir Educación Física en primer año porque falté un trimestre entero a las clases. Como justificativo, papá me había hecho hacer un certificado médico que decía: “Se muestra agitada y taquicárdica al menor esfuerzo”. Miriam, en cambio, jugaba vóley, handball y se destacaba en atletismo. Y mientras yo en invierno era un atado de mocos, ella tenía una salud envidiable.
Yo no viajo casi nunca, y viajar me estresa. Miriam se calza la mochila y se va a Machu Pichu, a la selva, a lugares salvajes, como si se tomara el colectivo para ir a Córdoba.
Mirian no tiene miedo. Yo lucho contra el miedo, pero casi siempre, como bien lo dijo Eduardo Galeano, el miedo manda, y gana.

El miedo de los padres es el peor de los miedos, porque condiciona a los hijos.
Como lo viví en carne propia, decidí no trasmitirle a mi hija ninguno de mis miedos y dejarla crecer libre, y jugar, y trepar, y correr, y andar en bicicleta, y hacer todo lo que debe hacer un niño normal.
Sólo yo sé lo que me costó, pero valió la pena: hoy tengo una maestra que me da todos los días cátedra de confianza en sí misma y en los demás, de audacia, de vida.
El mundo visto con sus ojos es ese lugar maravilloso y amigable en el que todos deberíamos vivir. En el que todos podríamos vivir, si no tuviéramos miedo a la inseguridad, a las alturas, a las tormentas, a los bichos, a la gente, a las crisis.  
Mi hija ama los rayos, los truenos, la lluvia, el viento, la nieve, el mar, la montaña y todo lo que tenga olor a riesgo y aventura. Yo veo todo eso a través de sus ojos y lo amo también… pero de lejos, porque de cerca me sigue dando miedo.
Mi hija ama viajar, conocer culturas y personas diferentes, tomarse una copa de vino en una ciudad desconocida, entre gente desconocida, y ponerse a charlar con los mozos del bar. Vive aquí, o allá, hoy y ahora, sin miedo al futuro ni al presente, sin miedo a la escasez ni a la abundancia, sin miedo al qué dirán ni a lo que hacen los demás.
Confía plenamente en su capacidad para hacerle frente a lo que el destino le traiga, y triunfar. Confía en su capacidad para generar dinero, concretar proyectos o cambiar de rumbo si ya no se siente cómoda donde está.
Y creo que el secreto para vencer los miedos es ese: la confianza. En uno, en los otros, en la vida.
Confiar como confía el paracaidista en que su paracaídas se abrirá y lo sostendrá en el aire hasta que toque el suelo. Como confía el trapecista en su compañero de rutina. Como confía el médico en su instrumentista, el niño en sus padres, el creyente en su Dios.
Confiar en que somos de verdad los artífices de nuestro propio destino, aunque haya pruebas y dolores que no podamos evitar.  
Entonces, no se trata de dejar de tener miedo, sino de empezar a confiar. 

domingo, 21 de diciembre de 2014

Pisar el pasado

Lo pasado, pisado.
¿Quién no escuchó esa frase alguna vez, mucho tiempo antes de que la autoayuda, el coaching ontológico y otras disciplinas que hoy están de moda nos empezaran a machacar que la vida es hoy, que lo único que tenemos es el presente y que el pasado no se puede cambiar?
Pero cómo cuesta, a veces, pisar el pasado… Cómo cuesta a veces dejar ir lo que se terminó, y también lo que no fue, lo que sólo existió en nuestra imaginación, en nuestras ganas de que hubiera sido así. Lo que podría haber sido. Lo que sigue teniendo el gusto amargo de las cuentas pendientes, o el sabor agridulce de la nostalgia por lo que nunca más volveremos a ser.
No volveré a tener la piel ni el cuerpo de los veinte años. A veces, me cuesta aceptarlo.
Otras veces, me pregunto si era más feliz entonces que ahora y me respondo que no, porque a los veinte años sufría más de lo que disfrutaba. Sufría por amor, como casi todos a esa edad. Y como espero no volver a sufrir nunca, nunca más. Sufría porque era dramática o estúpida, o las dos cosas juntas. Hoy, creo, soy algo menos estúpida, y al dramatismo le escapo como a la peste porque sé que no vale la pena y que no lleva a nada bueno.
Me fui por las ramas. De lo que quería hablar era de pisar el pasado y pisarlo ahora, en este final de 2014, que como todos los finales, es el momento propicio para dejar ir dolores y penas, preservar los buenos recuerdos y concentrarse en la esperanza de un mañana feliz que debemos construir ladrillo a ladrillo, sin aflojar.
Quiero pisar, en primer lugar, la culpa. Esa culpa impiadosa que me mortificó desde que mamá empezó a depender cada vez más de nosotras, sus hijas, y que casi me destruye cuando decidimos llevarla a un geriátrico. Esa culpa que me hizo llorar a mares, que no me dejó dormir, que me hizo sentir la peor de las hijas por no haber tenido fuerzas para dedicarme las 24 horas a atender a mamá. La culpa que sentí por haberme fastidiado con ella, por no haberme dado cuenta a tiempo de lo que le estaba pasando, por no haber buscado un médico mejor, por no haber sido más amorosa, por lo que no supe hacer. Quiero pisar fuerte, muy fuerte, a esa culpa, hasta pulverizarla, hasta que se mezcle con la tierra y desaparezca para siempre de mi vida.
Quiero pisar muchas cosas que he sido y no quiero seguir siendo.
Quiero pisar mi afán de conformar a todo el mundo, mi costumbre nefasta de decir que sí porque es lo primero que me sale, y que me lleva a hacer cosas que me fastidian, o me aburren, o no van conmigo, o me roban tiempo y energías.  
Quiero pisar los miedos y las preocupaciones que tantas veces me han atormentado o paralizado, que me han dejado a oscuras, que me han cerrado puertas, que me impidieron disfrutar más y mejor todo lo bueno que he tenido.
Quiero pisar el pesimismo ajeno que, aun contra mi voluntad, se me terminó pegando como si fuera propio.
Quiero pisar ese sentimiento de último orejón del tarro que tantas veces me embargó desde que tengo uso de razón. Es un sentimiento malsano, que me lleva a privarme hasta de pequeñas cosas por un espíritu de sacrificio absurdo y patético que no le sirve a nadie, y a mí menos que a nadie.
Quiero pisar la desmotivación, que me llevó tantas veces a dejar de escribir porque sentía que no tenía nada importante que decir, porque sentía que no valía la pena.
Quiero pisar las emociones y pensamientos negativos que no me dejaron dar lo mejor de mí, que no me dejaron sentir alegría, placer, gratitud, serenidad.
Quiero pisar tantas cosas, pisando el pasado…
Pero también quiero guardar las enseñanzas que el pasado me dejó.
La enseñanza más grande de este año es que no soy omnipotente. No soy Dios, no tengo en mis manos el destino, la salud, la felicidad ni el bienestar de nadie. Soy apenas un manojo de contradicciones, genialidades, buenas intenciones y voluntad, como todos.
Este año fui más débil de lo que hubiera querido ser, pero tal vez más fuerte de lo que creo. Estuve a punto de quebrarme, pero finalmente conseguí doblarme sin quebrarme y comprendí que doblarme o quebrarme depende de mí, de cómo me cuide y me preserve. De cuánto me quiera y me valore yo, no de cuánto me quieran y me valoren los demás.
Mi desafío para hoy, para mañana, para el 2015 y para el resto de mi vida es grande: tengo que aprender a quererme más, a cuidarme más, a tomar distancia de lo que me enferma el cuerpo y la cabeza… o conseguir que no me afecte. Tengo que tenerme fe, confiar en mí, darme el lugar que me merezco en mi propia vida porque si no me lo doy yo, no me lo va a dar nadie.
Tengo que aprender a bailar con mi sombra, si es necesario, pero bailar, y dejar que la música me traspase y libere.
Y tengo que aprender a pisar el pasado y dejar atrás sueños muertos, esperanzas rotas, ilusiones apolilladas, para hacerle lugar a lo que vendrá.

viernes, 31 de octubre de 2014

Cada día que comienza es un día más

Cada día que comienza es un día más
para amar, para ser felices, para perdonar y ser perdonados,
para sembrar y para cosechar.
Cada día que termina es un día menos
para amar, para ser felices, para perdonar y ser perdonados,
para sembrar y para cosechar.
Esa es la única verdad que todos tenemos en común,
la única certeza que no necesita comprobación
que no necesita leyes que la regulen
ni palabras certeras para nombrarla
porque la sabemos todos
y aunque nos empeñemos en negarla
en creernos inmortales
en creer que lo bueno durará para siempre
o en pensar que lo malo no se acabará nunca
sabemos
sentimos
con la piel, con las entrañas, con el alma,
que no,
que nada es eterno
salvo nuestro miedo a no ser eternos
a morir, a que mueran los seres que amamos.
Ese miedo es lo más parecido a la eternidad que tenemos.
Ese miedo, y la idea de que todo se puede hacer mañana,
cuando terminemos el trabajo pendiente,
cuando hayamos cumplido con ese compromiso impostergable,
cuando hayamos ganado suficiente dinero,
cuando ya no tengamos más nada para hacer por los demás,
por la comunidad, por la patria,
y podamos, por fin,
empezar a hacer algo por nosotros.
Tal vez el mañana siga esperándonos,
y tal vez lo alcancemos
y como quien llega a la cima de una montaña
podamos detener la marcha
y sentarnos a contemplar el paisaje desde allá arriba,
desde ese "mañana" al que nos ha costado tanto llegar.
Pero ya no seremos los mismos que soñamos con él.
No tendremos las fuerzas, la alegría ni la inocencia
de cuando soñamos nuestros sueños más locos.
Y desde allá arriba veremos el camino recorrido,
y lo que ha quedado en el camino
sin que nos diéramos cuenta de que lo dejábamos atrás.
Terrible paisaje, ese que veremos al llegar al "mañana"
después de perdernos el hoy día tras día.
Porque cada día que comienza es un día más...
pero cada día que termina es un día menos.


***

Hace mucho que no escribía poesía, pero me salió de una sentada. Ayudó el día gris, seguramente, sumado a lo que pasa y nos pasa... La vida. Y esa sensación que a veces, como hoy, se hace más consciente, de que estamos colgando de un hilo finito, finito, que en cualquier momento se puede cortar...



miércoles, 3 de septiembre de 2014

¿Jugar a ser feliz, o ser feliz?

No soy de engancharme con los juegos y propuestas de Facebook, pero cuando hace un tiempo una amiga me invitó al desafío de pensamientos positivos me sumé sin pensarlo dos veces.
La consigna era sencilla: durante siete días, había que publicar tres pensamientos positivos relacionados con las cosas lindas o buenas que hicimos o que nos pasaron cada día.
El primer día, cuesta un poco. Generalmente, uno está más pendiente de lo negativo, de lo que no funciona como debería, del entorno, del país, de la política, de las carencias, y hasta considera superficial o egoísta conformarse con sus pequeñas felicidades cuando en el mundo pasan tantas cosas tristes, dolorosas, aberrantes: injusticias, guerras, miserias.   
El segundo, cuesta un poco menos. Un empieza a entender de qué se trata y está más perceptivo, más abierto a descubrir esa experiencia agradable que le alegró el día.
Para el séptimo y último día del desafío, uno se sorprende al ver cuántas cosas buenas le pasan todos los días sin que se dé cuenta, y a veces sin registrarlas como tales. Cosas que consideramos naturales, previsibles, merecidas, pero que de pronto, vistas desde otra óptica, vemos que son dignas de festejar.
Cosas tan simples como el sol, la lluvia, el aire fresco de la noche después de un calor agobiante, el canto de los pájaros, un encuentro con amigos, una satisfacción en el trabajo, el haber podido ayudar a alguien, la sonrisa de un hijo, recuperan gracias a un simple juego su verdadera dimensión y descubrimos, o comprendemos, que el mundo sigue ahí con sus miserias, sus guerras, sus injusticias, pero en medio de ese caos hay un universo personal en el que podemos elegir cómo vivir, cómo sentirnos, a qué darle importancia y a qué no…
Y es un descubrimiento grandioso, maravilloso, que nos empodera y nos vuelve más sensibles, más abiertos, más plenos.
Me levanto y voy al baño a ducharme. Abro la canilla, sale agua caliente, me enjabono, me seco. ¿Puedo considerar mi ducha matinal algo tan grandioso como para celebrarlo? Sé que muchos responderán que no, que así debe ser, que cuando uno abre la canilla DEBE salir agua, que es un derecho, que pagamos por ella y que así funcionan las cosas. Pero hay tanta gente que no tiene agua, que esa ducha matinal con agua caliente es un lujo. Y la celebro como tal, y siento el agua, y agradezco tener un baño con azulejos en las paredes, y tener jabones perfumados, y shampú, y toallas, aunque no sean nuevas y estén algo ásperas de tanto usarlas. Lo agradezco; es valioso, mucha gente no lo tiene.
Salgo de casa y camino hasta mi trabajo. Son pocas cuadras, hay sol, cantan los pájaros, y me siento feliz de estar aquí, en este pueblo — ciudad tan bello y querido para mí. Para otros habitantes es apenas una ciudad dormitorio, e incluso, como dicen algunos, “un pueblo de mierda” en el que nada funciona bien, en el que hay calles de tierra intransitables, obras públicas mal hechas y funcionarios inútiles. Algo de eso hay, no lo niego. Bastante. Pero es mi lugar en el mundo, y lo amo, y valoro todo lo bueno que tiene, que para mí es mucho más que lo negativo.
Cuando comencé el desafío de pensamientos positivos me sentía desanimada y triste: hacía poco que habíamos llevado a mamá al geriátrico y ese había sido un golpe muy duro, difícil de asimilar, y había otras cosas dentro mío que tampoco estaban bien, dudas, miedos, culpas, ansiedad, desmotivación, desvalorización… Yo soy optimista por naturaleza, soy de ver el lado positivo de la vida, pero cuando caigo en un bajón siento que se me cierran todas las puertas de golpe, y me encierro en mí misma. En ese estado, no era fácil encontrar “felicidades” como para publicar. Las tuve que buscar con lupa. Pero aparecieron, y una vez que encontré la primera, chiquita, modesta, el resto vino solo y mi ánimo cambió como por arte de magia.

No jugué a ser feliz, no me inventé felicidades que no tengo. Simplemente volví a redescubrir y valorar, una vez más (y van tantas…) las pequeñas grandes cosas buenas que tiene la vida. Que son muchas y que están ahí, al alcance de la mano, esperando que las sepamos ver y las disfrutemos.  

domingo, 31 de marzo de 2013

El que anduvo en la mar...


En estos días, algunos cristianos recuerdan el martirio, la muerte y la resurrección de Cristo peregrinando por las iglesias mientras otros hacen turismo y se atiborran de chocolate sin siquiera un mísero padrenuestro, una mínima reflexión sobre el sentido espiritual de la pascua.
Cada uno aprovecha el feriado pascual como quiere, como puede o como más le gusta, y está bien, porque la fe no es algo que se impone: es algo
que se siente.
Y yo la siento a mi manera. Igual que en "La Saeta", el poema de Antonio Machado que hizo popular Juan Manuel Serrat y que me sigue poniendo la piel de gallina cada vez que lo escucho, yo tampoco le quiero cantar al Jesús del madero sino al que anduvo en la mar. Ese, el que anduvo en la mar, nos dejó enseñanzas de amor, de ética, que más de 2000 años después siguen teniendo tanta o más vigencia que cuando el vivía porque se las sigue trasgrediendo: seguimos tirando la primera piedra, seguimos siendo injustos, egoístas, vanidosos, seguimos sin comprometernos seriamente con la vida, con la humanidad, con la naturaleza y con nosotros mismos. 
No le quiero cantar al Jesús de la cruz porque creo que a él no le sirven nuestros ritos, nuestros falsos mea culpas, nuestras procesiones. Puede que nos sirvan a nosotros para cobijarnos, para sentirnos acompañados en la lucha diaria o en el sostén de una fe que a veces tambalea, pero a él no, a él no le sirven, porque él, cuando necesitó fortalecer su fe, se fue al desierto solo, y oró, y se encontró consigo mismo en el silencio. Todo lo demás, es invento humano: para acercarse a Dios, para comunicarse con él, no hace falta más que un poco de silencio en cualquier parte, un bosque, un rincón de la casa. Y para sentirlo cerca alcanza con mirar el cielo, los árboles, maravillarnos con cada cosa que nos rodea, sea grande o pequeña, vibrar con sus creaciones y con nuestras creaciones humanas: la música, la poesía, la alegría de estar, o de haber estado alguna vez, con los que amamos. La alegría de estar vivos.
Navidad y Pascua, nacimiento, muerte y resurrección de Jesús, son para mí fechas de introspección, de intimidad conmigo misma y con mi Dios. Son fechas "fuertes", que me hacen  pensar y me conmueven. Fechas en las que, además de saborear con pecaminosa gula los huevos de pascua que hace mi amiga Elsa, disfrutar alguna comida especial y brindar con los seres queridos, renuevo la esperanza de un mundo mejor para todos, un mundo sin guerras donde el amor y el respeto se propaguen con la misma rapidez y eficacia que los virus informáticos, un mundo en el que sea más importante SER que TENER. Fechas en las que renuevo la utopía y mi derecho a creer en lo que creo y a sentir lo que siento.
Desde este lugar, desde este creer esperanzado y convencido, es que les deseo a todos unas FELICES PASCUAS y les dejo como obsequio esta reflexión que no es mía, que anda dando vueltas desde hace mucho por internet, pero que refleja las enseñanzas de Jesús, mi querido Jesús, el que anduvo en la mar.  

1. Dios no te preguntará qué modelo de auto usabas…Te preguntará a cuántas personas llevaste.
2. Dios no te preguntará los metros cuadrados de tu casa…Te preguntará a cuántos recibiste en ella.
 3. Dios no te preguntará la marca de la ropa que usas…Te preguntará, a cuántos ayudaste a vestirse.
4. Dios no te preguntará cuál era tu sueldo…Te preguntará si vendiste tu conciencia para obtenerlo.
5. Dios no te preguntará cuál era tu título…Te preguntará si hiciste tu trabajo dando lo mejor de tus capacidades.
6. Dios no te preguntará cuántos amigos tenías…Te preguntará cuántos te consideraban su amigo.
7. Dios no te preguntará en qué lugar vivías…Te preguntará cómo tratabas a tus vecinos.
8. Dios no te preguntará el color de tu piel…Te preguntará si te importó el color de la de los demás.
9. Dios no te preguntará por qué tardaste tanto en buscarle…Te dirá lo feliz que está de que lo hayas hecho.
10. Dios no te preguntará que religión profesabas…Te preguntará Por qué no le abriste tu corazón.

martes, 1 de enero de 2013

Bienvenido, 2013...

Hoy, 1 de enero de 2013, somos los mismos que ayer, 31 de diciembre de 2012. El país es el mismo. El mundo es el mismo. No hay varita mágica que pueda cambiar la realidad a nuestro alrededor, ni dentro nuestro.
Y  sin embargo... el año tiene olor a recién nacido, de alguna manera, y las esperanzas se han renovado también, junto con las intenciones.
"Año nuevo, vida nueva". Qué utopía. Lo único que cambia abruptamente al pasar de un año al otro es el calendario que cuelga en la pared, y eso porque ya no sirve; lo demás, sigue su curso imperturbable.
Y sin embargo... hay euforia en los saludos, en los deseos de amor, paz, salud y prosperidad que intercambiamos con los amigos, parientes, vecinos, y con todo el que se nos cruza, porque para estas fechas hasta el más arisco se reblandece y le suelta un "feliz año nuevo" a esos mismos a los que normalmente les gruñe. Hay unas ganas más imperativas de mirar hacia el futuro con ilusión, como quien se compra un billete de lotería y sueña con todo lo que hará si se gana el premio mayor.
El primer día del año nunca es extraordinario; casi siempre pasa sin pena ni gloria, porque entre la modorra del feriado, que nos ataca a todos, y las consecuencias de los excesos que sufren algunos, no le podemos pedir gran cosa. Mañana, 2 de enero, y el 3, y el 4, los más rezagados seguirán saludando pero cada vez con menos énfasis, después del 6 desarmaremos el arbolito de Navidad y el pesebre... y de ahí en más, ya estaremos inmersos de lleno en el nuevo año, confundiéndonos al poner la fecha y volviendo a mirar la realidad con ojos maravillados, ingenuos, escépticos o apocalípticos.
Y sin embargo... qué bien nos hace hacer de cuenta de que sí, de que hay varitas mágicas, y amarnos los unos a los otros aunque sea por media hora, y llenarnos de buenas intenciones, de promesas, de ilusiones. Nos hace mucho bien. Y nos haría todavía mejor si a medida que van transcurriendo los días, y el año nuevo deja de ser tan nuevo y empieza a envejecer, siguiéramos con la misma buena intención con que levantamos la copa para brindar, con que le enviamos mensajes de texto a nuestros amigos, con que nos saludamos en Facebook y Twitter, y pusiéramos el hombro para que, entre todos, pudiéramos hacer de este mundo, el mismo del año pasado, un mundo nuevo de verdad, en el que no necesitemos esperar el 1 de enero para reciclar las esperanzas.
Trabajemos juntos este 2013 para que aquello de "año nuevo, vida nueva" no sea una frase hecha, sino un compromiso con nosotros mismos, la familia, los amigos  y la sociedad. No nos va a salir de un día para el otro, pero tenemos por delante 365 días completos para intentarlo...

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Nochebuena al horno con ensalada Waldorf


La de anoche, creo, fue la nochebuena más tórrida de mi vida, y no precisamente por una pasión incendiaria -algo que ya no existe ni en mi imaginación-, ni por los calores menopáusicos que me desquiciaban. No señor. Hacía calor en serio, demasiado calor, incluso para mí, que ante la más mínima brisa corro a buscar un saquito. Un calor invalidante, desmayante, que me hizo desistir de ponerme algo especial y fue una buena excusa para quedarme en ojotas, con la malla y una pollera hindú livianita que llegado el caso hasta podía usar para apantallarme.  
Con mi hija lejos, trabajando en Brasil, mi familia cercana se reduce notablemente: sólo quedan mi hermana y mamá, que vive enfrente. Bien enfrente. Íbamos a comer en casa de Madre, pero cuando estaba a punto de cruzarme sonó el teléfono: era mi hermana, para decirme que mejor comiéramos en mi casa.
Su propuesta me solucionó la vida. Explico. Desde hace tres días tengo en casa, además de mi perra, dos cachorras callejeras que están en celo y que deambulaban por la calle con un cortejo canino de todos los tamaños y colores posibles. Como la jauría alzada ponía en riesgo la vida de mi gata y no me dejaba dormir con sus peleas y corridas, opté por “desaparecer” a las causantes para que sus efluvios no se desparramaran por todo el pueblo: las encerré en mi baño, y las saco al jardín sólo para que hagan sus necesidades y tomen un poco de aire. Con tres perras a cargo, que había que mantener separadas y vigiladas para que no me destruyeran lo poco que tengo, irme a pasar las fiestas a otra parte, aunque fuera enfrente, me resultaba un incordio.  
Así que vestí la mesa con el mantel navideño que uso dos veces al año desde hace siglos, mi hermana trajo el cuarto de lechón al horno adobado con salvia, romero y ajo que había cocinado durante tres horas y que todavía estaba tibio, cortamos el pionono de palmitos que habíamos hecho a la siesta, preparamos la ensalada Waldorf y los pinchecitos con queso y cerezas, con jamón y ananá, y después la fuimos a buscar a Madre, que se había quedado mirando televisión. Como no había luz en la calle, alumbré la entrada y la escalera con la linternita del celular al mejor estilo acomodador de cine, y sujetándola de los dos brazos conseguimos que llegara sana y salva.
Cenamos temprano, disfrutando el menú especial, nos quedamos con la intriga de lo que había pasado con las pastillas para la diabetes de Madre, si se las había tomado sin que la viéramos o se las había olvidado, y al rato ya estábamos instaladas en el jardín para esperar la medianoche y ver los fuegos artificiales. El aire parecía provenir de un calefactor gigantesco. Madre quería volverse a su casa y mi hermana le dijo que si no se quedaba hasta las 12 no había regalos. Para ver si Madre se conmovía y decidía adoptarlas, liberé a las callejeras: sus monerías lograron distraerla un rato, pero cuando empezaron a ponerse cargosas y a saltarnos encima y lamernos las volví a llevar al baño. Mi perra ni se enteró; estaba en la pieza de mi hija, con la puerta y la ventana cerradas para que los ruidos no la afectaran tanto.
A las 12 en punto empezó la función, que fue más pobre que otros años no sólo en cantidad, sino en calidad: hubo menos fuegos artificiales, y veinte minutos después el ruido comenzó a ralear. Una de dos: o estamos tomando conciencia, o la pirotecnia estaba muy cara...
El brindis, los regalos, Madre que se cansó de estar sentada y quiere irse, y allá vamos, otra vez alumbrando con la linternita del celular, intentando coordinar nuestros movimientos y los de ella,  y rogando que sus piernas no le jueguen una mala pasada y que no terminemos las tres rodando por la escalera.
Ya de vuelta en casa, me serví la sidra que había quedado en un vaso grande con varios cubitos de hielo, salí al jardín, y solita mi alma brindé con los que ya no están. Después brindé con los que sí están y me hubiera gustado tenerlos más cerca, compartiendo esta noche conmigo, y pedí que haya paz en la tierra para todos los hombres de buena voluntad y para el resto también, así no joroban con sus fechorías. Y dándole gracias a Dios por una Navidad más, por todo lo bueno que tengo y por haber podido quedarme en mi casa en ojotas, me tomé la sidra aguada y fresquita mientras miraba los últimos fuegos artificiales que, a lo lejos, todavía se empeñaban en mostrar su efímera belleza... y la ostentosa inutilidad de sus cinco segundos de fama.  
Mi último pensamiento fue para los que, por la causa que fuera, estaban sufriendo, y en lo bienvenido que hubiera sido para ellos un silencio respetuoso, contenedor, que no los hiciera sentir excluidos ni avasallados. Un silencio que nos ayudara a comprender el verdadero sentido de la navidad, que está más allá de esa algarabía, muchas veces ficticia, con que nos empeñamos en mostrarle al mundo que es obligación festejar, aunque no sepamos qué festejamos.

martes, 14 de agosto de 2012

Los placeres de mi vida



Todos hemos leído alguna vez sobre “los placeres de la vida”, presentados como las sensaciones o experiencias que debemos tener para ser felices. Y seguramente, también nos hemos identificado con algunos más que con otros, porque no a todos nos gustan las mismas cosas.
Hablar sobre “los placeres de la vida” es imposible: no hay una sola “vida”, hay muchísimas, y todas son distintas. Así que, después de leer una de esas listas donde figuraban placeres que a mí no me causan ni me causarían ningún placer, como por ejemplo bañarme con champagne, comprarme una cartera de Louis Buitton o hacer un crucero por el Caribe, decidí hacer mi propia lista de placeres. Que si bien son menos glamorosos, tienen que ver conmigo y con lo que de verdad disfruto.
Porque el placer es algo serio, es importante, y tiene que estar hecho a nuestra medida como la buena ropa de confección, la que hacían antes las modistas y los sastres.
Aquí va mi lista, incompleta pero representativa. Te invito a hacer la tuya,  para que no te vendan placeres ajenos con los que después no sepas qué hacer.

Los placeres de MI vida

Conversar con mi hija té o café de por medio, largo, sin que nos importe la hora, como si el tiempo no existiera.
Abrazar a mi hija cuando se va de viaje, y abrazarla todavía más fuerte cuando vuelve.
Acostarme con sueño, bostezando, entregarme a la cama como si fuera un amante.
Dormir con la gata hecha una bolita en los pies de la cama.
            Desayunar sin apuro, como si no tuviera nada que hacer durante el resto del día.
Apagar el despertador y seguir durmiendo un rato más.
Leer o escribir de noche, cuando todo está en silencio y no me interrumpen ni me interrumpo para hacer otras cosas.
Tener la casa toda, toda limpia, reluciente y con olor a limpio. (A este placer no lo disfruto tan seguido como debería, de puro masoquista que soy, nomás...)
Comprar cortes de tela, aunque sepa que después me tendré que poner a coser.
Tener ropa cómoda y abrigada para enfrentar el frío.  
Juntarme con amigos, pocos y buenos, y de ser posible en una casa, no en un bar o restaurante.
Llegar de visita en invierno a una casa que esté calentita y donde haya olor a café, o a comida.
Releer algo que escribí hace mucho y sorprenderme por lo bien escrito que está.
Conmoverme con lo que escribo, y descubrir que los demás también se conmueven.
Caminar en otoño sobre un colchón de hojas secas. Preferentemente de plátano, enormes y crujientes.
El olor de los troncos de pino al arder.
El olor a sahumerio. Pachuli, maderas de oriente, cuanto más pesado, mejor.
El olor a sopa de verduras, la sopa de verduras.
El olor a tostadas, las tostadas.
Medio kilo de helado para mí sola.
Navegar por internet sin un orden establecido, dejándome sorprender por lo que voy encontrando.
Tener amigos fieles de toda la vida, que me quieren y valoran como soy, a los que no necesito explicarles nada.
Conocer personas amigables, inteligentes y dispuestas a compartir experiencias positivas y enriquecedoras.
            Mi taller de escritura, sobre todo cuando cada uno lee lo que escribió para compartirlo con los demás y nos descubrimos mutuamente.
            Leer un libro que me atrape y soltarlo sólo para comer o ir al baño.
            Emocionarme con un libro o una película.
            Estar entre gente sencilla, educada, sin vueltas, sin vicios y sin traumas.
            Caminar por Río Ceballos en invierno a la siesta, cuando no hay gente en la calle.
            El ocio creativo; estar sin hacer nada me produce ansiedad, necesito usar las manos o la mente para explorar o crear algo, por mínimo que sea.          
            Sentirme protegida por mis perras.
             Aquietar mi mente meditando, o escuchando música.
            Sentarme en un sillón cómodo, del que no me den ganas de levantarme.
            Tomar agua pura cuando tengo sed.
            Comer chocolate dejando que los pedacitos se disuelvan solos en la boca.
            Recordar tiempos idos y sentir que tuve una buena vida, rodeada de afectos y sin más pérdidas que las previsibles, las que tarde o temprano nos tocan a todos: abuelos, padres, tíos...
            Tener víveres en la alacena y papel higiénico de repuesto.
            Entusiasmarme con un proyecto.
Hacer planitos en papel cuadriculado para reformar la casa, buscar ideas originales para decorar la casa y el jardín.
            Saber que escribí un buen libro, que me lo editaron y que a todos los que lo leyeron les gustó, aunque eso no me haya alcanzado para convertirme en famosa.
            Discutir por mail con mi amigo escritor, Julio Torres, sobre política o literatura y hacerlo enojar.
            Encontrarme con mis compañeros de colegio y ver que más allá de las arrugas, y las canas, en el fondo seguimos siendo los mismos.
            Los momentos tranquilos, sin discusiones ni malos humores, compartidos con la familia. 
            Comer pan caliente, si es casero, mejor.
            Que valoren mi trabajo, y que me paguen lo que considero justo por él.
            Usar un buen perfume. Y si no hay perfume, tener olor a limpio.
             
             Como verán, son placeres de entrecasa. Nada de diamantes, vestidos de Versace ni paseos en limusina. Nada de cosas sofisticadas o inalcanzables que me quiten en sueño.   
Soy feliz con poco. O con mucho, según cómo se lo mire, porque soy consciente de que esas “pequeñas cosas” que casi siempre ignoramos, o que consideramos como algo natural, para muchos son casi inalcanzables.  

martes, 27 de diciembre de 2011

Cerrando círculos

Un año más que se termina.
Pero este, a diferencia de los anteriores, vino con un logro largamente esperado: la re-edición de mi libro. Reeditar Manual de Instrucciones para Recién Separadas era un sueño que me quitaba el sueño. Necesitaba que ese libro volviera a estar al alcance de los lectores, que tuviera la posibilidad de seguir haciéndole bien a la gente; especialmente a las mujeres separadas, para las que fue escrito. Lo necesitaba porque la edición, o la re-edición, es lo que queremos todos los escritores, pero también porque sé que es un libro con sustancia, bien escrito y por si fuera poco, útil.
El formato elegido no fue el habitual: en lugar de la tinta y el papel me incliné por la magia y el misterio de la edición digital. Digo magia, y misterio, porque sé que muchísima gente todavía no entiende qué es un libro electrónico, cómo se compra, cómo se lee, y porque este tipo de edición todavía no es del todo común aquí en Argentina, donde autores y editores siguen pensando en cómo conseguir que un libro permanezca una semana en la vidriera de las librerías en lugar de animarse a hacer algo distinto.
Yo me animé, el libro ya está a la venta y ahora hay que dedicarse a promocionarlo, una tarea que emprenderé con entusiasmo y que espero comience a dar pronto sus frutos.
Por si con la re-edición no me alcanzara, tuve la enorme satisfacción de que cuatro actrices de Río Ceballos se juntaran y le dieran forma a la versión teatral de Manual de Instrucciones para Recién Separadas. El debut  me emocionó: me sé casi de memoria cada párrafo que escribí, pero escuchar a las actrices declamar, ver sus trajes, sus gestos, le dio un significado impactante a mis palabras y me terminó de convencer de que mi libro merecía ser conocido, y leído.
Les dejo un pedacito de la obra, para que vean de qué se trata. Las protagonistas son Andrea Eder, Beatriz Kelch, Amalia Medina y Fanny Stock, todas de mi pueblo, talentosas, creativas, que hacen teatro a pulmón y robándole tiempo al descanso.

Más allá de lo literario, tuve otras dos grandes satisfacciones.

Una fue la segunda temporada del Taller de Escritura Autobiográfica, que este año funcionó en la Biblioteca Popular Sarmiento de Río Ceballos. No terminaron todas las que empezaron, pero el balance fue más que positivo por todo lo que compartimos, lo que salió a la luz en cada una de nosotras. El taller nos enriqueció y nos ayudó a mirar nuestra propia historia, nuestro pasado, nuestra familia, desde otras perspectivas, menos traumáticas y más amplias. Como siempre, fui una alumna más, y no precisamente la más brillante: los textos de las chicas superaron largamente a los míos, tal era su entusiasmo y su entrega. A todas, las que llegaron hasta la última clase y las que por razones personales no pudieron terminarlo, les doy las gracias por haber confiado en mí y en mi propuesta.

 La otra satisfacción, enorme, fue haber conseguido que tres de mis alumnos aprobaran el examen de ingreso a la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano. Cada "Belgranito" que se prepara conmigo y aprueba el examen se convierte en un triunfo personal, porque para lograrlo trabajamos codo a codo durante varios meses: ellos poniendo su voluntad, su tiempo, y yo entregándoles lo mejor de lo que soy capaz, explicando cada tema todas las veces que haga falta, buscando la manera de llegar a sus cabecitas y al mismo tiempo conteniéndolos afectivamente como si fueran mis propios hijos.
Los que no ingresaron hicieron el esfuerzo que pudieron hacer, que su madurez les permitía. El examen no es sencillo, y no todos consiguen concentrarse lo suficiente durante el año para fijar los conocimientos, interpretar las consignas y aprender a razonar con rapidez. Pero todos tienen la posibilidad de volver a intentar el ingreso el año que viene.

Y también está lo que este año disfruté en lo personal, y por lo que cada noche le agradezco a Dios. A saber:
Mi segundo año de trabajo en la biblioteca.
Los amigos de toda la vida, a los que no he podido ver tanto como hubiera querido pero que siempre están, y para los que siempre estoy.
Los nuevos amigos, y las personas especiales que sin ser amigas me han enriquecido y alegrado la vida y a las que espero haber enriquecido también en algo.
La familia, con sus dichas y pequeños pesares, pero siempre presente dentro mío.
La relación profunda, sincera y maravillosa que seguimos construyendo con mi hija.
Mi casa, mis animales, mi pequeño mundo que visto desde afuera parece inmutable pero que para mí tiene tantas sorpresas.
Lo que leo, lo que aprendo, lo que espero aprender.
Las respuestas, o herramientas, que llegan como por casualidad cuando las necesito.
La salud: puedo ver, oír, moverme. No del todo bien... ¡pero puedo!
El orgullo de bastarme a mí misma económicamente con lo que gano, y no depender de nadie.
La práctica, día tras día, de un estilo de vida austero y sereno.
La fe en la humanidad y en los que están buscando caminos pacíficos y amorosos para cultivar la mente y el espíritu.
Este fue un buen año. Crecí, amé, soñé, entregué lo más que pude, trabajé con responsabilidad y honestidad,  disfruté lo que tengo y me quejé lo menos posible por lo que no tengo. Estoy en paz, con Dios y con el mundo.
Al próximo año lo espero confiada, con la certeza de que en lo que de mí dependa será tan bueno o más que éste que se va.


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miércoles, 6 de abril de 2011

Libros "manoseados"

Mi querido amigo Ricardo Bada me hace notar que hace mucho que no alimento el blog. Las excusas sobran: el trabajo, el cerebro agotado, los amigos, la familia, las tareas domésticas, impostergables porque las hago cuando ya no las puedo postergar más. Pero como le escribí a Ricardo en un mail, si espero que la inspiración me visite estoy frita, así que aquí vamos y que salga lo que Dios quiera.
Este verano estuve corrigiendo la nueva novela de Cristina Loza, El oso de Karantania, que ya está en la editorial (Emecé). Ya les contaré sobre esa experiencia; hoy prefiero algo más de entrecasa, como para aflojar las neuronas.

Desde que empecé a leer, nunca se me hubiera ocurrido dejar de disfrutar de un libro porque estuviera ajado, o polvoriento. Y como buena rata de biblioteca, no le hago asco a nada: soy capaz de revisar hasta el último rincón de una estantería, el más lleno de telarañas, hasta encontrar algo que llame mi atención.
Imagínense entonces mi sorpresa, y más que sorpresa, mi casi indignación, cuando una mujer que vino a la biblioteca, y que según ella había sido socia hacía bastante tiempo, nos preguntó si teníamos libros nuevos, y enseguida aclaró que había dejado de venir porque los libros “estaban muy manoseados” (textual) y eso era muy desagradable. No fue solamente lo que dijo, sino cómo lo dijo: con cara de oler mierda, no encuentro una imagen más gráfica.
Me vinieron ganas de contestarle que sí, que nuestros libros eran viejos, estaban llenos de tierra y ácaros, virus y bacterias, que vaya a saber qué peste inmunda habría tenido su propietario anterior, y que efectivamente, habían pasado por demasiadas manos, manos que contenían vaya a saber qué gérmenes, que habían tocado vaya a saber qué partes impuras del cuerpo propio o ajeno. Y como para rematarla, podría haberle inventado que manipulando esos libros me había contagiado lepra, o sarna, o psitacosis.
Me frené a tiempo: no le haría ningún bien a la biblioteca que la mujer saliera a desparramar por ahí tantas barbaridades. Mi compañera, que es muy diplomática, le dijo con la serenidad de un monje budista que las bibliotecas están para prestar libros; fue una manera indirecta de hacerle ver que, para que no estuvieran manoseados, deberíamos renunciar a nuestro objetivo, encerrarlos en una vitrina y que los lectores los miraran “desde afuera y con la ñata contra el vidrio”, como en el tango.
Seguramente la mujer se fue sin haber entendido el mensaje; alguien que deplora como hizo ella la calidad de los libros de una biblioteca pública, dudo que tenga la sensibilidad para entender ciertas sutilezas del lenguaje.
Llevo más de un año llenándome las manos de tierra, disfrutando el olor exquisito del papel viejo, abriendo ejemplares deteriorados con delicadeza para no romperlos más de lo que están, y apenándome cuando encuentro alguno irrecuperable. Hoy, sin ir muy lejos, cuando una socia quiso abrir uno sobre pintura de Velázquez descubrimos que las páginas se habían pegado y que al querer despegarlas se rompían. El libro había estado húmedo, y se secó cerrado. Una de las tantas goteras que tuvimos, seguramente. Las bibliotecarias no tienen tiempo para revisar en qué condiciones están todos los libros y detectar problemas antes de que, como en este caso, sea demasiado tarde.
Cuesta mucho mantener en pie una biblioteca pública. Las horas que no alcanzan para todo lo que habría que hacer, la falta de presupuesto y de voluntarios, y por si fuera poco, la burocracia oficial, que desalienta y agobia a las comisiones directivas, hacen que sea difícil sostenerla. Menos mal que los socios comprensivos son mayoría, y que sólo muy de vez en cuando aparece alguno que pretende que tengamos las estanterías llenas de libros nuevos, que no estén “manoseados”.
Los nuestros sí lo están. Y a mucha honra, porque eso significa que los han leído, y no son letra muerta.

martes, 16 de noviembre de 2010

Mi hombre ideal

Hace más de un año leí una nota de Ana Cecilia Vera sobre cómo reconocer a nuestra pareja ideal, en la que entendí por qué muchas veces no la encontramos: porque no tenemos claro qué queremos de la vida.
La mayoría de las mujeres vemos y vivimos el amor, o lo hemos hecho en algún momento, de una manera novelesca, ya se trate de una novelita rosa o de un melodrama como Lo que el viento se llevó, o Cumbres Borrascosas. Y mientras malgastamos tiempo y energías intentando domesticar al ingobernable, avivar al gil, convertir en superhéroe al pusilánime (o viceversa) o robarle el novio a la vecina, no vemos pasar, porque no estamos preparadas para verlo, al hombre ideal, ese que sería capaz de acunar nuestro corazón entre sus brazos y de hacernos sentir felices para siempre.
Cuando leí el artículo de Ana y me puse a pensar en mi propia vida amorosa, llegué a la conclusión de que me había limitado a dejarme llevar por el destino como si este fuera una fuerza sobrenatural a la que no podía oponerle ningún tipo de resistencia.
Les cuento. Siempre me gustó, por decirlo de alguna manera, el peor del grado. Donde había un muchachito despeinado, mal alumno, revoltoso y seductor, ahí caía la Fernández muerta de amor por el engendro, que la mayoría de las veces ni siquiera se enteró de mi existencia.
Hasta que llegó ÉL, el emperador de los atorrantes y de los rebeldes sin causa, que no sólo me vio (es un decir, era miope y no usaba anteojos) sino que ipso facto decidió seducirme, previo hacer una apuesta con sus amigos. Yo tenía 18 años recién estrenados, él también, y durante 25 años me tuvo a sus pies con un solo chasquido de sus dedos, pronta a cumplir sus deseos confesables o inconfesables y a disculpar hasta la última de sus tropelías.
Después del adiós final, y de haberme gastado la lengua de tanto lamerme las heridas, me prometí que hasta que no estuviera preparada para enamorarme de otro tipo de hombre... ¡no habría más hombres en mi vida!, promesa que vengo cumpliendo prolijamente desde hace seis años, más o menos.
No más hombres para mí hasta que no me guste otro tipo de hombre, eso fue lo que me dije. Pero en ningún momento me puse a pensar qué tipo de hombre sería el mejor para mí, así que, aprovechando las preguntas sugeridas por Ana para definir a nuestra pareja ideal, lo voy a hacer ahora mismo, en vivo y en directo, para regocijo o espanto de mis lectores:

1. ¿Cuáles son las características negativas que NO quieres en una pareja?

Mentiroso, vago (de vagancia), sucio, maleducado, agresivo, racista, fumador, alcohólico, jugador, amanerado, egocéntrico, adicto al trabajo, adicto a cualquier cosa, irresponsable, deshonesto, corrupto, mal ciudadano, cazador (de cazar, matar animales), tacaño, físicamente débil, psicológicamente débil, depresivo, pesimista, mala onda, quisquilloso, histérico, maníaco, ansioso, melancólico, huraño, inseguro, sexópata, bisexual, impotente, eyaculador precoz, gritón, mujeriego, solterón, amante de la velocidad, hipocondríaco, celoso, mafioso, narcotraficante, policía, ladrón, político, abogado, que le guste el heavy metal, que le guste el cuarteto, que sea de extrema izquierda o de extrema derecha, que sea ateo, que sea demasiado religioso, que sea hijo único y sostén de padres añosos, que tenga dentadura postiza, que sea lo bastante viejo como para ser mi papá, que sea lo bastante joven como para ser mi hijo.

2. ¿Cuáles son las características negativas tuyas que quieres erradicar en tu próxima relación de pareja?

Celosa, dependiente, sumisa, desconfiada.

¿Cuáles son las características positivas que quieres que tenga tu pareja?

Alegre, inteligente, trabajador, limpio, educado, tranquilo, generoso, buen ciudadano, responsable, honesto, idealista, optimista, físicamente fuerte y saludable, buen amante, psicológicamente estable, comunicativo, positivo, seguro de sí mismo, fiel, grandote pero no gordo, piel trigueña, alto, caballero, buen conversador, lector, que le guste cocinar, adinerado, culto pero no demasiado (los intelectuales suelen ser pedantes), altruista, que le guste la ecología, intelectualmente curioso, que le guste aprender cosas nuevas, que quiera incursionar en el sexo tántrico, entusiasta, que maneje despacio y sea prudente, hábil con el taladro, el destornillador y demás herramientas, hábil con el pico y la pala, que tenga conocimientos de albañilería, plomería y electricidad, que sepa hacer masajes descontracturantes, que tenga una casa rodante para llevarme de viaje por todo el país, que no ronque, que le gusten los animales, que me haga regalos útiles y pague mis cuentas, viudo o separado desde hace mucho, sin hijos o con hijos grandes, y en lo posible, huérfano. Y que no fume, no beba y no se drogue.

3. ¿Cuáles son las características positivas que te falta incorporar en tu persona que sumarían en tu próxima relación de pareja?

Ser más abierta para comunicar mis sentimientos, no encerrarme en el mutismo cuando me siento herida o molesta por algo esperando que el otro adivine qué me pasa. Mejorar mi estado físico para estar más ágil y flexible, así la propuesta deshonesta no me agarra desprevenida.

4. ¿Qué quiero de una relación de pareja?

Quiero una relación en la que me pueda sentir relajada, alegre y confiada, en la que se respeten mis espacios y tiempos personales y no me invadan ni me demanden demasiada atención, y en la que los dos seamos independientes y podamos cultivar nuestros propios intereses, aunque no los compartamos. Quiero apoyo moral y económico, porque a veces me canso de vivir al día. Quiero compartir experiencias físicas y emocionales enriquecedoras y saludables. Quiero enamorarme, entusiasmarme como una adolescente pero por alguien que valga la pena y me haga sentir feliz, y a quien yo haga sentir feliz. Quiero poder acostarme en invierno con un piyama grueso y un buen libro, y leer con la cabeza apoyada en un hombro masculino sin sentirme obligada a mostrarme sexy todo el tiempo.

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Posiblemente me han quedado cosas en el tintero, pero creo que con esto alcanza para esbozar a mi hombre ideal.
Y si de verdad la ley de atracción funciona, después de lanzar al universo semejante pedido lo menos que se me tiene que aparecer en la puerta es un minibus convertido en casa rodante del que descienda, con un queso gruyere entero en una mano y una notebook en la otra, ambos envueltos para regalo, un candidato con la pinta de Facundo Arana pero un poquitín más fornido, con el humor y la ternura de Robin Williams (el actor de Patch Adams, no el cantante), la solidez moral de Charles Ingalls, las habilidades culinarias de Carlos Arguiñano, el altruismo del Dr. Favaloro, el amor por los animales del Dr. Tracy de la serie Daktari, la inteligencia de mi papá, la fortaleza física y emocional de mi ex, y la billetera y la generosidad con sus mujeres de Franco Macri.
Con menos de eso, no me conformo.
Porque si he llegado a los cincuenta arreglando enchufes, cerraduras que se traban y canillas que pierden, hachando leña, cortando el pasto, pintando paredes, ganándome el pan mío y el balanceado de mis perras con el sudor de mi frente, y aquí estoy, viva, feliz y entera, y si aprendí a fuerza de caídas que hay zapatos que no sirven para caminar, puedo dar fe de que aquello de “más vale solo que mal acompañado” es muy, muy cierto.

PD: Ani Vera, te dedico este post con amor y humor...