lunes, 21 de julio de 2008

Julio Cobos, mi mamá, el enano golpista y el ser nacional

Eran las 9 de la mañana del jueves 17 de julio, y yo estaba a punto de desayunar luego de una larga noche en la que no pegué un ojo: primero por quedarme a ver el debate en el Senado hasta el final y después porque no podía dejar de pensar en lo que había pasado. Madre, que vive enfrente, salió de su casa, cruzó la calle, subió la escalera y golpeó mi puerta. No había terminado de entrar, cuando me preguntó:

—¿Y ahora a quien van a poner de presidente?
—A nadie —le contesté.
—Pero perdió, se tiene que ir...

Madre es golpista: quiere que Cristina Kirchner se vaya, y no había manera de hacerle entender que no se iba a ir, que sólo le habían votado en contra una ley en el Congreso, que eso pasa en todo el mundo, todos los días, y los gobiernos siguen y no se va nadie. Y que hasta el 2011 ella va a ser nuestra presidenta, y que no es cuestión de andar sacando y poniendo presidentes, que a los presidentes se los elige votando. Cuando al fin lo entendió, respiré aliviada: ¡un golpista menos, en este país tan lleno de gente que quiere voltear gobiernos! Y sí, somos muchos. Los del Monumento a la Bandera el 20 de junio, los del acto en Palermo el 15 de julio, los diputados y senadores que votaron en contra el 17 a la madrugada y el lord desestabilizador mayor, el “más pior” de todos: el vicepresidente Julio Cobos. Somos demasiados, y por su fuéramos pocos se nos han sumado algunos oportunistas, de esos que nunca faltan cuando de conseguir réditos políticos se trata...

Fiel a su costumbre de tener la última palabra, madre insistió con que los que habían perdido tenían que irse y yo me quedé pensando que, salvando las distancias, ella estaba haciendo lo mismo que muchos analistas políticos y periodistas: reducir la cuestión a una contienda con vencedores y vencidos. Se habla de la “derrota” del gobierno como si la presidenta y su gabinete volvieran de perder en Vilcapugio y Ayohuma, cuando en realidad tuvieron un traspié legislativo que, dadas las circunstancias, era totalmente previsible. Pero el gobierno todavía está a tiempo de rehabilitarse frente a la sociedad: sólo tiene que hacer una autocrítica profunda y honesta, y escuchar las voces de los que intentan hacerle ver en qué está fallando.

También debe entender, el gobierno, que nuestra democracia está creciendo y ya no queremos líderes omnipotentes que nos traten como a chicos y nos marquen el rumbo con el índice en alto. Queremos ser partícipes, queremos empezar a hacer notar lo que nos gusta y lo que nos disgusta, queremos, los del interior, que los funcionarios nacionales no tomen decisiones desde allá sin conocer lo que pasa acá.

El enfrentamiento entre el gobierno y el campo, o como se quiera llamar lo que pasó durante los últimos cuatro meses, nos ha venido muy bien a los argentinos para aprender unas cuántas cosas. Hoy sabemos qué son las retenciones y cómo se aplican, que son los pools de siembra, qué se produce en las distintas regiones del país, qué diferencias hay entre un productor de la pampa húmeda y uno del noroeste, y hasta cuánto rinde la hectárea de soja en cada región. Sabemos, porque lo hemos visto funcionando a pleno, que el Congreso existe, es importante y tiene facultades que no debería delegar nunca más, porque es allí donde están representadas las provincias. Sabemos que, así como se les ha negado a los militares, con toda razón, el recurso de ampararse en la obediencia debida, no se les puede pedir a los senadores oficialistas que voten por obediencia partidaria en cuestiones que involucran a las provincias que representan. Y sabemos, también, para qué sirve un vicepresidente, porque convengamos que la mayoría teníamos la impresión de que era sólo el suplente del presidente, un adorno, casi.

Pero Julio Cobos pateó el tablero y nos demostró que a veces uno puede, y debe, disentir desde adentro, y que eso no es el fin del mundo. Si la presidenta lo piensa bien, su vicepresidente hizo por ella mucho más que todo su gabinete, y que su marido: le tranquilizó el país; los ánimos se distendieron como por arte de magia, y a casi todos nos invadió la sensación de que alguien, o algo, había recuperado el control de una situación que amenazaba con desbocarse.

¿Cobos es un traidor, un desestabilizador? ¿El país está lleno de golpistas? Mejor sería que en el Ejecutivo se dejaran de buscarle el pelo al huevo y de ver fantasmas donde no los hay: los que pensamos distintos no somos golpistas, sólo pensamos distinto, nomás.

Nos debemos una mirada crítica, los argentinos, y no sólo respecto a este conflicto sino a todo lo que pasa y ha pasado en el país.

¿Qué nos molesta de los Kirchner: que sean “zurdos”, o que gobiernen mal? A mí, poco me importa sin son zurdos, derechos o ambidiestros: quiero que hagan bien las cosas y espero que a su gobierno le vaya muy bien, porque entonces a mí también me irá bien. No me molesta, como a algunos, su defensa de los derechos humanos, ni la reivindicación de la memoria, ni que juzguen a los militares: la barbarie debe ser castigada. Pero también me hubiera gustado que estuvieran presos los jefes guerrilleros, que llevaron a tantos jóvenes a empuñar las armas por una “patria socialista” que la mayoría de los argentinos no quería. La generación de los 70 estaba llena de ideales: yo viví en esa época, y si bien era chica (nací en 1960) pude ver a muchos de los que tenían cinco, seis años más que yo, involucrarse con la gente y sus necesidades en las villas, en las escuelas, en el gremio. Se hablaba de política en las universidades, en las fábricas, en la calle, a tono con lo que pasaba en el resto del mundo. Pero algunos decidieron ir más allá, tomaron las armas y lo que vino después, en ese momento y en ese contexto social y político, era previsible: teníamos militares acostumbrados a cumplir órdenes y cuando se les ordenó aniquilar a la subversión, no escatimaron ningún recurso a su alcance, por ilegal o monstruoso que fuera; teníamos militares adoctrinados para ver comunistas hasta en la sopa, y a los que no vieron, los inventaron; teníamos militares acostumbrados a desalojar gobiernos, y bastante gente acostumbrada a pedirles que lo hicieran. Eso hemos sido, nos guste o no: los golpes militares no salen de un repollo, los gesta y los alumbra la sociedad, o una parte de ella. Creo que si la guerrilla hubiera tenido el suficiente apoyo popular podría haber triunfado, pero el argentino medio prefería que los fusiles los tuviera el ejército, que le merecía más confianza. No lo digo yo, lo dice nuestra historia: el comunismo, acá, no tuvo ni tendrá terreno fértil para echar raíces. Desde el más pobre al más rico, todos queremos tener lo nuestro, todos somos partidarios de la propiedad privada y de las libertades individuales.

Hasta 1982, fuimos un país con tradición golpista. Desde 1983, somos un país democrático: la letra entró con sangre, y hoy no hay ninguna posibilidad de que renunciemos a la democracia para dejar el gobierno en manos de los militares, ni de un dictador. Pero que seamos democráticos no significa que no podamos disentir con el gobierno; es más, lo saludable sería que controláramos mucho más a nuestros gobernantes, recordándoles constantemente que tienen la obligación de manejarse dentro de la ley y poniendo el bien común (común quiere decir “de todos”) por encima de sus postulados ideológicos.

Para que la democracia funcione bien debe haber independencia de poderes. ¿Por qué no creemos en la justicia? ¿No será que la justicia no está dando las respuestas que la gente necesita? ¿Por qué tenemos la sensación de que el Congreso no funciona bien, de que los legisladores no trabajan como deberían?

Para que la democracia funcione bien, los partidos políticos deben funcionar bien. Y no lo hacen: nuestros partidos políticos se atomizan por el exceso de personalismo, pero por sobre todo porque no hay internas y el que no está de acuerdo con las conducciones elegidas a dedo, tiene que armar su lista por afuera. ¿Quién lo eligió a Néstor Kirchner presidente del Partido Justicialista? ¿Qué interna ganó nuestra presidenta para ser candidata? ¿Cómo es posible que en cada elección tengamos varios candidatos del mismo partido, pero en listas distintas?

Última reflexión. Todos necesitamos que al país le vaya bien. Todos queremos lo mejor para el país. Todos queremos justicia. El que piensa distinto no es malo ni bueno por eso; está en la vereda de enfrente, nomás, pero mientras no empuñe un arma contra otro argentino, mientras cumpla con sus obligaciones, mientras sea honesto, mientras respete la ley, todo lo demás se puede discutir.

Sí, nos debemos una mirada crítica, los argentinos.

Este artículo también fue publicado en el blog "Democracia directa"

martes, 8 de julio de 2008

Flores de papel

Se llaman zinias, pero las descubrí como "flores de papel". Fue hace casi cuarenta años, cuando llegamos a vivir a Unquillo, a una casa que nos quedaba enorme sin serlo, sólo porque no estábamos acostumbrados a tanto espacio y mucho menos, a tener un jardín con árboles y flores.
Mi casa de Rosario era un viejo departamento de esos que ya casi no queda ninguno, y que estaban al final de un largo pasillo, larguísimo para mis seis, siete años. Uno de esos departamentos en los que el cielorraso se desprendía en trozos considerables, que al pegar contra el piso levantaban una nube de polvillo blanco que demoraba en asentarse. Uno de esos departamentos en los que las piezas no tenían ventanas sino puertas que daban a un patio de dimensiones mínimas, y que, para compensar la falta de sol, tenían altillo y terraza. Dos piezas, cocina, baño, patio, altillo y terraza, con un poco de buena voluntad, pueden albergar a un matrimonio joven con dos hijas pequeñas y una incipiente fábrica de zapatos, a saber: el aparado y cortado en el altillo, la máquina de rebajar cortes en el comedor/dormitorio infantil, la máquina de asentar, que hacía un ruido terrible, en la cocina, el armado en un mínimo lavadero que había junto a la cocina y que mi papá techó con chapas, y la "Paulina", la máquina de raspar suela y cepillar, que era la más sucia, en el patio, protegida en el hueco de la escalera. La terminación final y la puesta en caja de los zapatos la hacía mamá en el comedor, cuando ya no se usaba más la mesa y mi hermana y yo estábamos dormidas.
En esa casa había calor de hogar: estábamos todo el día juntos, y con semejante amontonamiento no había espacio ni para que se colara el frío. Cómo habremos vivido de bien, con ese bienestar que no lo da el dinero sino el amor, que hasta teníamos mascotas: nuestra terraza supo albergar un tero, dos patos, tortugas, y al Mishi.
El Mishi se vino con nosotros a Córdoba, prolijamente embalado en un cajón de verdulería. Después de unos meses en barrio Pueyrredón, en una casa más grande y nueva pero sin jardín, nos mudamos a Unquillo: tres dormitorios, garage, etc. etc., más 1400 metros de terreno, cuatro pinos, cuatro paraísos, dos aljibes, dalias, rosales, ¡pasto, muchísimo pasto! y flores de papel. ¡Todo eso era nuestro, y del Mishi! Y poco después de los perros de turno, y de las gallinas, y cuando se murió el Mishi de los gatos que siguieron.
Pronto descubrimos que tanta "opulencia" tenía su precio, y que para tener flores hay que regar plantas. Las dalias, que eran el desvelo de mi mamá, no podían pasársela sin agua. Menos mal que ahí estaban las flores de papel, para compensar. Eran de una belleza modesta y digna, con sus tallos y hojas ásperos; cuando se secaban se les caían los pétalos y quedaban todas las semillas juntas en el medio, y entonces las arrancábamos y las desparramábamos por los canteros para que siguieran naciendo plantitas nuevas. Había de todos colores: naranja, fucsia, rojo, rosa, lila...
A papá le fue muy bien, tanto que decidió remodelar la casa y con la desmesura que a veces lo caracterizaba, faltó poco para que la tirara abajo completa. Los cuatro paraísos cedieron su lugar a una cochera doble, y los cuatro pinos, a la pileta. Y nos quedamos sin árboles, y lloré por ellos; fue cruel verlos morir con las ramas tronchadas, indefensos como mártires. Las flores de papel, las arvejillas, las espuelas de caballero, los alelíes, las violetas, todas nuestras plantas casi silvestres, que se apretujaban a su antojo con las dalias y las rosas, dieron paso a plantas de vivero: petunias, pensamientos, un sauce de hojas enredadas muy presuntuoso, unas yucas pinchudas y mal llevadas y tres jacarandás escuálidos que se helaban todos los inviernos y no alcanzaban nunca a brotar con fuerza.
Mientras se hacían las reformas, habíamos vivido enfrente; cuando todo estuvo listo y pudimos mudarnos papá no volvió con nosotras (otra mujer...) y a la casa, que ya no era la misma, le costó seguir teniendo calor de hogar.
Después nació mi hija, y me trajo el sol. Y fue otro el camino, otro el desafío, otras las batallas, otros los premios; míos, sólo míos.
Entre adioses, desencuentros y responsabilidades, aprendí que cada vez que uno gana ciertas cosas pierde algo que en el fondo es más valioso, porque no tiene precio. Cuando se alcanza la fama, se pierde paz. Cuando se gana mucho dinero, o prestigio, se pierde libertad, porque el tener lleva implícito el miedo a perder lo que se tiene y eso condiciona. Cuando se está en la cima del poder, se pierde la perspectiva de dónde se está parado: sobre la misma tierra que los demás.
Nuestra casa de Unquillo llegó a ser una de las más codiciadas del pueblo, pero lo que para algunos era motivo de envidia para mí tuvo un precio demasiado alto: ya no estaban mi familia, ni mis pinos ni mis flores de papel, que se quedaron allá lejos, en la infancia, en esa época en que para ser feliz basta con sentirse dueño del pasto, de un árbol, del agua del aljibe, de la luz que entra por las ventanas.

sábado, 14 de junio de 2008

Papá Gordo


Yo tuve un papá gordo. Y un papá gordo es un señor papá, una no piensa en él como en un hombre que puede andar por ahí seduciendo mujeres con su pinta porque es todo papá, nació para papá, ya era gordito de antes de casarse como si presintiera su destino de papá. Tener un papá gordo es un premio de la vida, que sólo disfrutamos algunos elegidos.
Sabía hacer muchas cosas mi papá. Tallarines y ravioles, por ejemplo. Pero lo que hacía mejor era fabricar zapatos. Sabía elegir el cuero, cortarlo, unir las piezas, darle forma de pie y ponerle la suela. Y al final los guardaba en sus cajitas de cartón, separados por un papel de seda.
Quería a sus zapatos, mi papá. Eran su orgullo. Y cuando descubría en los pies de alguien un par de SUS zapatos se volvía más redondo, como uno de esos globos de piñata, esos grandes... su cara mofletuda sonreía, su espalda se estiraba, su panza se hundía un poco... y hasta era capaz de parar al caminante y preguntarle si le resultaban cómodos, donde los había comprado, y contarle que los había hecho él en su fábrica. Papá tenía clientes por toda la Argentina, y cada vez que pienso en los miles y miles de pares que fabricó en su vida, en los miles y miles de pies que caminaron por todo mi país con sus zapatos, hago mío su orgullo y me emociono. Y los extraño, a él y a sus zapatos, y al olorcito a cuero, y a la fábrica...
Yo tuve un papá gordo y una infancia feliz. Y zapatos. Si algo no me faltó, fueron zapatos. Y hechos por mi papá, con esmero y amor. Él inventaba máquinas sencillas, a veces sólo un trozo de madera de una forma especial, que hacían rápida y fácil una tarea tediosa o engorrosa. Era casi un artista, siempre puliendo su obra, buscando la manera de hacerla más perfecta. Mamá lo acompañaba "desde el llano", con un perseverante ir y venir de hormiga que hacía realidad la producción constante, los cien pares por día, o los mil, día tras día. Me críe entre zapatos, oliéndolos, mirándolos, tocándolos... Y viéndolos partir hacia Mendoza, Entre Ríos, Buenos Aires, Jujuy... a caminar la patria.
A caminar la patria.
Yo tuve un papá gordo que hizo muchos, muchísimos zapatos. Y con eso me alcanza para que su recuerdo sea humildemente grande. Como dicen los chicos: hasta el cielo de grande. Y con olor a cuero. Y plantilla con arco anatómico, y talón con refuerzo. Un recuerdo bien hecho.
* * *
Este es uno de mis textos más queridos. Lo escribí hace varios años, salió publicado primero en la revista Nueva y después en El Zonda de San Juan, y la respuesta de los lectores fue inmediata: gente de todas partes, de todas las edades, contándome sobre sus "papás gordos" y la bendición que significaba haberlos tenido.
Es que cuando uno escribe con el corazón, pasan esas cosas: el otro se anima a contar lo suyo, se siente apuntalado en sus convicciones, en sus afectos, siente que es parte de esa gran historia que se construye con la suma de las pequeñas historias, la tuya, la mía...
Hace 22 años que mi viejo ya no está; después de dos bypass, su corazón dijo basta antes de cumplir los cincuenta, en la madrugada de un 9 de junio. Durante mucho tiempo tuve miedo de olvidarme de su voz, de su mirada, de todo lo intangible, que no puede guardarse en una foto.
Pero los que han vivido más que yo dicen que no, que es al revés, que con los años los recuerdos se potencian y nos llegan cada vez más nítidos, más vívidos. Ojalá sea así; hoy, ahora, su voz, cuando la pienso, me llega desde lejos y muy débil, como si no bastara con mi esfuerzo para hacerla regresar. Y tengo miedo, sigo teniendo miedo de olvidarla.

viernes, 6 de junio de 2008

Los efectos terapéuticos del piropo

La semana pasada, o la anterior, se me ocurrió mandar uno de mis artículos de Peperina Exprés a EnPlenitud, una página de temas varios relacionados con la salud, la autoayuda, el humor, el turismo, y otros más, de la que suelo recibir un boletín en mi casilla de mails. No sólo lo publicaron (lo cual no es ninguna hazaña, porque publican todas las colaboraciones) sino que me escribieron, hasta el momento, tres mejicanos diciéndome que les había gustado mucho. ¡Oh maravilla!, me dije, ¡llegué hasta Méjico! ¡Albricias!

Ya sé que eso no quiere decir que yo sea popular como la Mastretta, o la Isabel Allende, pero me hizo feliz que me escribieran desde otro país. Ya sé que el texto salió en un espacio poco intelectual, pero salió, y es lo que de momento me importa: estar en alguna parte, además del blog, que la gente me lea, que me conozca. Estoy tan contenta con mis tres nuevos lectores, que acá va el artículo en cuestión:


Los efectos terapéuticos del piropomujeres piropos amor

Hace unos días caminaba rumiando mis pensamientos como quien mastica vidrio y buscando algo parecido a un centímetro de sombra, cuando al doblar una esquina me crucé con un hombre que me dijo un piropo. Primero desfruncí el ceño, que chirrió como una bisagra oxidada porque hacía un largo rato que lo tenía fruncido. Después estiré la espalda, sonreí, y dándome vuelta busqué al gentil caballero para darle las gracias, cosa que suelo hacer, indefectiblemente, cuando me dicen un piropo. Pero hete aquí que no lo había mirado, y si lo había mirado no lo había visto, y por lo tanto no pude identificarlo. Menos mal, porque de la gratitud hubiera sido capaz de abalanzarme sobre él, colgármele del cuello, hacer de cuenta que era Antonio Banderas y arrancarle la ropa a mordiscos en plena calle.
Con el ceño desfruncido y una sonrisa que llamaba la atención entre tantas caras largas, seguí mi camino meditando sobre los efectos terapéuticos del piropo y sus posibles aplicaciones contra el bajón psicofísico que está diezmando a los argentinos. Llegué a la conclusión de que, en el caso de las mujeres, este mal podría curarse de raíz con una dosis diaria de piropos, que nos ayudaría a recuperar la autoestima, nos levantaría las defensas y nos haría más resistentes a virus, bacterias, aumentos de precios, reducciones de salarios y otros males nacionales.
¡Y que sencillo sería! Cuando mucho, cada hombre debería decir por día unos diez piropos, y ni siquiera haría falta que fueran elaborados: un simple ¡DIOOSSSSA! dicho en tono admirativo, inclinando la cabeza y soplándolo cerca de la oreja de la bruja más horrible, obraría milagros.
Ni que hablar de esos dos clásicos cordobeses, el “MAMASSSA” y el “IEEEGUA” con que suelen castigar nuestros oídos los hombres de estos pagos, y que pasado el bochorno inicial, nos producen un pico de adrenalina que nos alcanzaría para brincar por los campos toda una tarde. Lo único indispensable es que todos los piropos fueran indiscriminados; esto es, dichos al voleo; no un tributo a la belleza sino más bien un acto de grandeza masculina, destinado a hacer brotar esa hermosura interior que, se supone, todas llevamos dentro.
Observen los resultados que se podrían obtener, según las dosis:
Con sólo un piropo diario, tendríamos la mirada más brillante durante el resto del día, el busto erguido por dos o tres horas y el andar majestuoso por varias cuadras.
Con dos piropos diarios tendríamos menos arrugas, soportaríamos las inclemencias del tiempo sin quejarnos, trabajaríamos cantando y volveríamos a casa con la energía necesaria para preparar la cena, postre incluido.
Con tres piropos diarios consumiríamos menos ansiolíticos y antidepresivos, gastaríamos menos en cosméticos, nuestro humor mejoraría notablemente y nos pondríamos mimosas cuatro noches por semana.
Con cinco piropos diarios dejarían de dolernos para siempre la cabeza y los ovarios, se nos borrarían las patas de gallo, se nos disolvería la celulitis y bajaríamos diez centímetros de cintura.
Y con una sobredosis de diez piropos diarios, seríamos capaces de levantarle la líbido de por vida hasta al más alicaído de los varones argentinos, lo cual ya es mucho decir. Rugiríamos como leonas, caminaríamos como panteras, tendríamos piel de pétalo, transpiraríamos con olor a sándalo y nuestro aliento sería fresco y perfumando como si masticáramos menta por toneladas. Nos convertiríamos en verdaderas mujeres maravilla, de esas que revolean camiones por los aires y destripan malhechores sin que se les despeine el flequillo ni se les corra el maquillaje, y todavía nos quedarían energías para bailar todas las noches la danza de los siete velos, como preludio a lo que vendría después.
Piensen, muchachos, piensen… con la mínima inversión de unos pocos minutos diarios y algunas palabras floridas dichas al azar, todos podrían tener esposas, amantes, novias, madres, hermanas, amigas e hijas maravillosas, alegres, sumisas y querendonas. Y por si esto fuera poco, piensen en los beneficios para el bolsillo masculino: si todas las mujeres recibiéramos nuestra dosis de piropos, no habría más compradoras compulsivas, ni sicoanalizadas crónicas, ni maniáticas de la limpieza, ni hipocondríacas. Las familias argentinas ahorrarían miles de pesos que podrían invertir luego en vacaciones, arreglos y reformas en la casa…
En fin, ¡si no me creen, hagan la prueba! Lo más que puede pasar es que algunas celosas se pongan locas, pero al hacer tan felices al resto de las mujeres, eso no cuenta. Además, ellas también recibirían sus dosis diarias así que andarían mansitas.
Señores, háganme caso, porque lo digo por experiencia: las puertas que abre un piropo en el corazón de la mujer, rara vez se cierran. Bombones, flores, diamantes, son bienvenidos, también. Pero un piropo… les juro que nos desarma, y que hasta la más arisca, aunque por fuera se haga la recia, al escuchar un “requiebro” siente cosquillas en el estómago y cascabeles en el alma.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Más falso que billete de 7 pesos

Todos sabemos lo que es una traición. ¿A quién no le ha tocado alguna vez que lo apuñalen malamente por la espalda? ¿Quién no vivió en carne propia la agachada de alguien en quien confiaba? Pero lo peor de todo es que esa actitud que en su momento nos descolocó, que nos dejó con el corazón partido y el alma alerta, casi nunca sucede sin previo aviso: las más de las veces hubo señales que nos daban la pista de que esa persona podía llegar a calumniarnos, o a dejarnos pagando, indicios que no supimos o no quisimos ver, sea por exceso de ingenuidad… o de amor.

El que es falso con los demás, probablemente también lo sea con nosotros. El que saluda con aspavientos a todo el mundo en una reunión social mientras, para hacernos creer que confía en nosotros, nos dice por lo bajo: “este es un tarado”, “a este no lo banco”; el que tiene por norma de vida estafar afectivamente a los demás, burlarse de los sentimientos ajenos, prometer y no cumplir… tarde o temprano mostrará la hilacha y hará lo mismo con nosotros, por más que se empeñe en demostrarnos que eso nunca sucederá.

Ahora está muy de moda ser “políticamente correcto”… de la boca para afuera, claro. Entonces nadie dice lo que de verdad piensa, sino que estamos inmersos en un mar de relaciones melifluas, obsecuentes, insulsas y lo que es peor, absolutamente mentirosas. Llega el día del amigo y le mandamos mails a toda la libreta de direcciones, como si fuera posible ser amigo del imbécil que nos llena la casilla de spam y al que nunca conoceremos personalmente; nos sumamos a campañas de lo que sea sin estar convencidos y saber de qué se trata, sólo para no quedar como trogloditas; festejamos la trasgresión o la banalidad más tilingas en aras de una supuesta tolerancia, que no es otra cosa que la incapacidad de pensar por nosotros mismos.

La falsedad, entonces, se ha convertido en sinónimo de una “corrección política” malentendida, y mal aplicada. En el ambiente literario, ambiente que frecuento poco porque como diría Cristina Loza hay que hacerlo con una buena dosis de suero antiofídico a mano, es habitual que alguien le diga a uno “me encantó tu libro” aunque lo considere un bodrio de cuarta. No estoy a favor, ni en este caso ni en ninguno, de la verdad brutal, porque en definitiva la opinión sobre un libro (o sobre casi cualquier cosa) es apenas un juicio de valor, algo subjetivo, y si ese “me encantó tu libro” fuera sólo una mentira piadosa no sería tan grave. Lo malo, a mi entender, es que esa misma persona que con tonito entusiasta pretende hacernos creer que somos la reencarnación de Borges, ni bien le damos la espalda le dice al que tiene al lado: “El libro es malísimo, no lo van a leer ni los perros”. Ahí sí se pudre todo.

Cambiemos de escenarios y personajes, y veremos como la falsedad nunca descansa: el jefe que trata a un empleado como su mano derecha dándole en halagos lo que no le da en dinero, pero a sus espaldas dice que es un inútil, un ventajero o un indiscreto; la amiga que al hablar con otros echa tierra sobre nuestras virtudes y agranda nuestros defectos; el amigo que sale abrazándonos en todas las fotos cuando tenemos para fiestas y salidas, pero que ni bien estamos en la mala se borra; el que asegura que nos dará una mano para crecer en nuestro trabajo o profesión y de verdad lo puede hacer, y cuando llega el momento mira para otro lado...

Traiciones chiquitas o grandes, premeditadas o fruto de la estupidez, pero siempre mezquinas, siempre teñidas de envidia, siempre buscando menospreciar al otro como una manera de revalorizarse a sí mismo.

Gracias a Dios, como todo en esta vida tiene un lado positivo la traición, o mejor dicho enterarnos de una traición, en el fondo nos beneficia, porque nos libera de sentir gratitud o culpa por quienes no lo merecen.

Adivinaron, sangro por la herida. ¿Y qué? Estoy haciendo catarsis, ¿y qué? He sido, yo también, víctima de la falsedad de alguien a quien sabía falso, alguien a quien defendí hasta en lo indefendible, alguien a quien pagué con mi lealtad cada enseñanza, cada muestra de confianza. Y duele. Déjenme patalear tranquila en mi blog, al menos…