miércoles, 6 de abril de 2011

Libros "manoseados"

Mi querido amigo Ricardo Bada me hace notar que hace mucho que no alimento el blog. Las excusas sobran: el trabajo, el cerebro agotado, los amigos, la familia, las tareas domésticas, impostergables porque las hago cuando ya no las puedo postergar más. Pero como le escribí a Ricardo en un mail, si espero que la inspiración me visite estoy frita, así que aquí vamos y que salga lo que Dios quiera.
Este verano estuve corrigiendo la nueva novela de Cristina Loza, El oso de Karantania, que ya está en la editorial (Emecé). Ya les contaré sobre esa experiencia; hoy prefiero algo más de entrecasa, como para aflojar las neuronas.

Desde que empecé a leer, nunca se me hubiera ocurrido dejar de disfrutar de un libro porque estuviera ajado, o polvoriento. Y como buena rata de biblioteca, no le hago asco a nada: soy capaz de revisar hasta el último rincón de una estantería, el más lleno de telarañas, hasta encontrar algo que llame mi atención.
Imagínense entonces mi sorpresa, y más que sorpresa, mi casi indignación, cuando una mujer que vino a la biblioteca, y que según ella había sido socia hacía bastante tiempo, nos preguntó si teníamos libros nuevos, y enseguida aclaró que había dejado de venir porque los libros “estaban muy manoseados” (textual) y eso era muy desagradable. No fue solamente lo que dijo, sino cómo lo dijo: con cara de oler mierda, no encuentro una imagen más gráfica.
Me vinieron ganas de contestarle que sí, que nuestros libros eran viejos, estaban llenos de tierra y ácaros, virus y bacterias, que vaya a saber qué peste inmunda habría tenido su propietario anterior, y que efectivamente, habían pasado por demasiadas manos, manos que contenían vaya a saber qué gérmenes, que habían tocado vaya a saber qué partes impuras del cuerpo propio o ajeno. Y como para rematarla, podría haberle inventado que manipulando esos libros me había contagiado lepra, o sarna, o psitacosis.
Me frené a tiempo: no le haría ningún bien a la biblioteca que la mujer saliera a desparramar por ahí tantas barbaridades. Mi compañera, que es muy diplomática, le dijo con la serenidad de un monje budista que las bibliotecas están para prestar libros; fue una manera indirecta de hacerle ver que, para que no estuvieran manoseados, deberíamos renunciar a nuestro objetivo, encerrarlos en una vitrina y que los lectores los miraran “desde afuera y con la ñata contra el vidrio”, como en el tango.
Seguramente la mujer se fue sin haber entendido el mensaje; alguien que deplora como hizo ella la calidad de los libros de una biblioteca pública, dudo que tenga la sensibilidad para entender ciertas sutilezas del lenguaje.
Llevo más de un año llenándome las manos de tierra, disfrutando el olor exquisito del papel viejo, abriendo ejemplares deteriorados con delicadeza para no romperlos más de lo que están, y apenándome cuando encuentro alguno irrecuperable. Hoy, sin ir muy lejos, cuando una socia quiso abrir uno sobre pintura de Velázquez descubrimos que las páginas se habían pegado y que al querer despegarlas se rompían. El libro había estado húmedo, y se secó cerrado. Una de las tantas goteras que tuvimos, seguramente. Las bibliotecarias no tienen tiempo para revisar en qué condiciones están todos los libros y detectar problemas antes de que, como en este caso, sea demasiado tarde.
Cuesta mucho mantener en pie una biblioteca pública. Las horas que no alcanzan para todo lo que habría que hacer, la falta de presupuesto y de voluntarios, y por si fuera poco, la burocracia oficial, que desalienta y agobia a las comisiones directivas, hacen que sea difícil sostenerla. Menos mal que los socios comprensivos son mayoría, y que sólo muy de vez en cuando aparece alguno que pretende que tengamos las estanterías llenas de libros nuevos, que no estén “manoseados”.
Los nuestros sí lo están. Y a mucha honra, porque eso significa que los han leído, y no son letra muerta.

martes, 16 de noviembre de 2010

Mi hombre ideal

Hace más de un año leí una nota de Ana Cecilia Vera sobre cómo reconocer a nuestra pareja ideal, en la que entendí por qué muchas veces no la encontramos: porque no tenemos claro qué queremos de la vida.
La mayoría de las mujeres vemos y vivimos el amor, o lo hemos hecho en algún momento, de una manera novelesca, ya se trate de una novelita rosa o de un melodrama como Lo que el viento se llevó, o Cumbres Borrascosas. Y mientras malgastamos tiempo y energías intentando domesticar al ingobernable, avivar al gil, convertir en superhéroe al pusilánime (o viceversa) o robarle el novio a la vecina, no vemos pasar, porque no estamos preparadas para verlo, al hombre ideal, ese que sería capaz de acunar nuestro corazón entre sus brazos y de hacernos sentir felices para siempre.
Cuando leí el artículo de Ana y me puse a pensar en mi propia vida amorosa, llegué a la conclusión de que me había limitado a dejarme llevar por el destino como si este fuera una fuerza sobrenatural a la que no podía oponerle ningún tipo de resistencia.
Les cuento. Siempre me gustó, por decirlo de alguna manera, el peor del grado. Donde había un muchachito despeinado, mal alumno, revoltoso y seductor, ahí caía la Fernández muerta de amor por el engendro, que la mayoría de las veces ni siquiera se enteró de mi existencia.
Hasta que llegó ÉL, el emperador de los atorrantes y de los rebeldes sin causa, que no sólo me vio (es un decir, era miope y no usaba anteojos) sino que ipso facto decidió seducirme, previo hacer una apuesta con sus amigos. Yo tenía 18 años recién estrenados, él también, y durante 25 años me tuvo a sus pies con un solo chasquido de sus dedos, pronta a cumplir sus deseos confesables o inconfesables y a disculpar hasta la última de sus tropelías.
Después del adiós final, y de haberme gastado la lengua de tanto lamerme las heridas, me prometí que hasta que no estuviera preparada para enamorarme de otro tipo de hombre... ¡no habría más hombres en mi vida!, promesa que vengo cumpliendo prolijamente desde hace seis años, más o menos.
No más hombres para mí hasta que no me guste otro tipo de hombre, eso fue lo que me dije. Pero en ningún momento me puse a pensar qué tipo de hombre sería el mejor para mí, así que, aprovechando las preguntas sugeridas por Ana para definir a nuestra pareja ideal, lo voy a hacer ahora mismo, en vivo y en directo, para regocijo o espanto de mis lectores:

1. ¿Cuáles son las características negativas que NO quieres en una pareja?

Mentiroso, vago (de vagancia), sucio, maleducado, agresivo, racista, fumador, alcohólico, jugador, amanerado, egocéntrico, adicto al trabajo, adicto a cualquier cosa, irresponsable, deshonesto, corrupto, mal ciudadano, cazador (de cazar, matar animales), tacaño, físicamente débil, psicológicamente débil, depresivo, pesimista, mala onda, quisquilloso, histérico, maníaco, ansioso, melancólico, huraño, inseguro, sexópata, bisexual, impotente, eyaculador precoz, gritón, mujeriego, solterón, amante de la velocidad, hipocondríaco, celoso, mafioso, narcotraficante, policía, ladrón, político, abogado, que le guste el heavy metal, que le guste el cuarteto, que sea de extrema izquierda o de extrema derecha, que sea ateo, que sea demasiado religioso, que sea hijo único y sostén de padres añosos, que tenga dentadura postiza, que sea lo bastante viejo como para ser mi papá, que sea lo bastante joven como para ser mi hijo.

2. ¿Cuáles son las características negativas tuyas que quieres erradicar en tu próxima relación de pareja?

Celosa, dependiente, sumisa, desconfiada.

¿Cuáles son las características positivas que quieres que tenga tu pareja?

Alegre, inteligente, trabajador, limpio, educado, tranquilo, generoso, buen ciudadano, responsable, honesto, idealista, optimista, físicamente fuerte y saludable, buen amante, psicológicamente estable, comunicativo, positivo, seguro de sí mismo, fiel, grandote pero no gordo, piel trigueña, alto, caballero, buen conversador, lector, que le guste cocinar, adinerado, culto pero no demasiado (los intelectuales suelen ser pedantes), altruista, que le guste la ecología, intelectualmente curioso, que le guste aprender cosas nuevas, que quiera incursionar en el sexo tántrico, entusiasta, que maneje despacio y sea prudente, hábil con el taladro, el destornillador y demás herramientas, hábil con el pico y la pala, que tenga conocimientos de albañilería, plomería y electricidad, que sepa hacer masajes descontracturantes, que tenga una casa rodante para llevarme de viaje por todo el país, que no ronque, que le gusten los animales, que me haga regalos útiles y pague mis cuentas, viudo o separado desde hace mucho, sin hijos o con hijos grandes, y en lo posible, huérfano. Y que no fume, no beba y no se drogue.

3. ¿Cuáles son las características positivas que te falta incorporar en tu persona que sumarían en tu próxima relación de pareja?

Ser más abierta para comunicar mis sentimientos, no encerrarme en el mutismo cuando me siento herida o molesta por algo esperando que el otro adivine qué me pasa. Mejorar mi estado físico para estar más ágil y flexible, así la propuesta deshonesta no me agarra desprevenida.

4. ¿Qué quiero de una relación de pareja?

Quiero una relación en la que me pueda sentir relajada, alegre y confiada, en la que se respeten mis espacios y tiempos personales y no me invadan ni me demanden demasiada atención, y en la que los dos seamos independientes y podamos cultivar nuestros propios intereses, aunque no los compartamos. Quiero apoyo moral y económico, porque a veces me canso de vivir al día. Quiero compartir experiencias físicas y emocionales enriquecedoras y saludables. Quiero enamorarme, entusiasmarme como una adolescente pero por alguien que valga la pena y me haga sentir feliz, y a quien yo haga sentir feliz. Quiero poder acostarme en invierno con un piyama grueso y un buen libro, y leer con la cabeza apoyada en un hombro masculino sin sentirme obligada a mostrarme sexy todo el tiempo.

* * *

Posiblemente me han quedado cosas en el tintero, pero creo que con esto alcanza para esbozar a mi hombre ideal.
Y si de verdad la ley de atracción funciona, después de lanzar al universo semejante pedido lo menos que se me tiene que aparecer en la puerta es un minibus convertido en casa rodante del que descienda, con un queso gruyere entero en una mano y una notebook en la otra, ambos envueltos para regalo, un candidato con la pinta de Facundo Arana pero un poquitín más fornido, con el humor y la ternura de Robin Williams (el actor de Patch Adams, no el cantante), la solidez moral de Charles Ingalls, las habilidades culinarias de Carlos Arguiñano, el altruismo del Dr. Favaloro, el amor por los animales del Dr. Tracy de la serie Daktari, la inteligencia de mi papá, la fortaleza física y emocional de mi ex, y la billetera y la generosidad con sus mujeres de Franco Macri.
Con menos de eso, no me conformo.
Porque si he llegado a los cincuenta arreglando enchufes, cerraduras que se traban y canillas que pierden, hachando leña, cortando el pasto, pintando paredes, ganándome el pan mío y el balanceado de mis perras con el sudor de mi frente, y aquí estoy, viva, feliz y entera, y si aprendí a fuerza de caídas que hay zapatos que no sirven para caminar, puedo dar fe de que aquello de “más vale solo que mal acompañado” es muy, muy cierto.

PD: Ani Vera, te dedico este post con amor y humor...

martes, 31 de agosto de 2010

Tips para compartir la casa con su ex


(de Manual de instrucciones para Recién Separadas)

Hay de todo en las viñas del señor, hasta separados que viven juntos.
Puede ser porque la casa es tan valiosa que ninguno de los dos se quiere ir, o porque el hombre no gana lo suficiente como para alquilarse una casa, mantenerse y pagar la cuota alimentaria. O porque se han acostumbrado a molestarse mutuamente y no conocen otra forma de relacionarse. O porque son co-dependientes...
Cualquiera sea la causa, lo cierto es que conviven y lo que es peor, a veces hasta duermen en la misma cama. Y no es sencillo; es una convivencia que requiere diez toneladas de flema inglesa, el pragmatismo amoroso de los holandeses, un master en PNL y una licenciatura en filosofía Zen.
Pero como somos gente común y corriente y no tenemos nada de eso, aquí van unos consejitos por si alguna vez le toca; con las crisis mundiales y su efecto en el bolsillo, nunca se sabe...

1) Si la casa es grande, podrán tener cuartos separados. Para las zonas de uso compartido (cocina, baño) haga de cuenta que está en un hostel y pacte con su ex los horarios de uso, aunque lo ideal sería convertir la casa en dos viviendas independientes. Esta opción es comodísima: los chicos, para estar con su papá, sólo tienen que salir por una puerta y entrar por otra. Y todos felices, o casi.

2) Si no tiene más remedio que compartir el dormitorio, cambie la cama grande por dos de una plaza. Para mayor intimidad, puede separarlas con un biombo o una cortina, como en los hospitales.

2) Sería bueno aclararle a su ex que no es un huésped, ni usted su sirvienta, y que deberá lavar cada plato que ensucie, secar el baño, tenderse su cama, lavarse la ropa y planchársela. Y cocinar día por medio.

3) Opciones a la hora de dormir para no compartir la habitación. La clásica: usted en la cama, él en el sofá del living. Si no hay sofá, habrá que armarle un catre. Si no hay espacio para el catre, puede agregar una cucheta en el cuarto de los chicos. Si no hay lugar para cuchetas, a dormir a la bañera. Si no hay bañera, ármele una cama dentro del placard, debajo de la mesa o en cualquier lugar donde no estorbe el paso.

4) Si él insiste en compartir la cama grande, puede irse usted. Dormirá incómoda, pero tranquila.

Si ninguno de los dos quiere renunciar a la cama grande, pruebe alguno de estos trucos para mantenerlo lejos:

1) Consígase un almohadón cilíndrico bien largo, de esos que se usan como respaldo de sofá, sáquele un poco de relleno, métale a presión unas cuantas piedras y póngalo entre usted y él.

2) Cómprese un rottweiler ya crecidito y hágalo dormir en el medio de la cama.

3) Saque de la biblioteca todas las enciclopedias y diccionarios que tenga, y divida la cama en dos con una sólida barricada de libros.

4) Hay otra opción, pero es medio asquerosa: no se bañe, no se lave los dientes, no cambie las sábanas, coma guisos todas las noches y tírese sin ningún pudor gases nauseabundos hasta que él, obligado por el hedor, decida abandonar la cama y se vaya a dormir a otra parte. El fin justifica los medios...

jueves, 19 de agosto de 2010

Abrazos

Acabo de llegar a casa. Vengo de trabajar en la biblioteca, son las 13:20 del mediodía y tendría que ponerme a cocinar y limpiar, como siempre.
Pero hoy tengo ganas de escribir, ya, ahora. Así que voy a engañar al estómago con una manzana y después veremos. Los pisos tendrán que esperar, también, y el lavarropas, y todo lo impostergable que termina matando mi inspiración porque cuando por fin puedo sentarme frente a la computadora, las ideas ya no están.
Lo que me despertó las ganas, la ansiedad, la necesidad de escribir, fue algo intrascendente, según cómo se lo mire. Hace un rato, cuando venía subiendo por la calle que pasa frente al colegio de las monjas, vi a un papá despedirse de su hijo en la vereda. El nene no tenía más de seis años, y el papá lo abrazó largo y con fuerza, palmeándole suavemente la espalda. Fue una escena muy tierna, de esas que no se ven todos los días y que me gustaría poder conservar en una foto.
La cara del papá tenía una expresión reconcentrada, profunda, que conmovió a todas mis Gracielas.
La Gra escritora imaginó historias. El nene se estaba recuperando de una larga enfermedad y su papá lo había abrazado así al recordar el miedo de perderlo. El papá se iba de viaje, y el abrazo era su despedida. El papá no vivía con él porque estaba separado de la mamá, y extrañaba mucho a su hijo. El papá estaba enfermo, se iba a morir, y le quería dejar a su hijito un legado de amor y de abrazos que le durara toda la vida. El papá...
La Gra mujer y madre siguió caminando con los ojos llenos de lágrimas ante semejante demostración de ternura masculina. ¡Eso es un hombre, eso es un padre! Tuve que contenerme para no decírselo, para no felicitarlo por el recuerdo imborrable que le quedaría a su hijo. Porque los abrazos no se olvidan, y son uno de los mejores regalos que les podemos hacer a los seres queridos.
La Gra “sicóloga que no fue” porque se acobardó en las primeras materias (algún día les contaré), pero que todavía me rasca las neuronas de vez en cuando, y la Gra ciudadana responsable, se quedaron pensando en lo bien que andaría el mundo si todos los padres demostraran físicamente su amor más seguido. Y si lo hicieran de corazón y tomándose su tiempo, y no como un acto reflejo, automático.
Ya iba llegando a casa cuando la Gra escritora me sacudió de un brazo y gritó: ¡Quiero escribir! Quiero escribir sobre las cosas como ésta, sobre lo que me emociona todos los días, o me hace pensar. ¡Quiero escribir! Quiero escribir...
Así que acá estoy, escribiendo. Con hambre porque todavía no cociné, con la puerta abierta para que entren el sol y el aire, con los pelos de mis perras metiéndose debajo de los muebles porque todavía no pasé la aspiradora y la corriente de aire los lleva y los trae. Acá estoy, escribiendo en lugar de llamarla por teléfono a mi mamá para ver cómo está, y sin haber puesto el lavarropas en marcha.
Siempre fantaseo con irme a vivir a la punta de una montaña, sin teléfono, sin televisor y lejos de todo y de todos, para poder escribir tranquila. Pero sé que no sería la solución, porque me perdería la vida que me rodea, la vida del mundo, las vidas ajenas, los rostros, las palabras, ese gran teatro de pasiones y emociones de las que se nutre el escritor.
Me perdería ver abrazos como el que vi hoy, que hizo que el cansancio, las dudas, la vocación, la lucha, tengan sentido. Si hubiera pasado por ahí un minuto antes, o uno después, tal vez hubiera visto en su lugar la despedida indiferente de una madre que parecía feliz de sacarse de encima a su hijo. Pero vi ese abrazo, y mi día se iluminó. Y mi corazón se llenó de entusiasmo, y me dieron más ganas de quedarme acá, entre la gente.

(Ilustración: Fotografía de cubierta de Padres e hijos (Ediciones El Cobre), titulada El marido de la fotógrafa y su hijo, de Eveleen Myers.)

lunes, 16 de agosto de 2010

Libros eran los de antes

Ya lo había notado hace mucho, pero desde que trabajo en la biblioteca lo confirmo todos los días: muchos de los libros que se editan actualmente se deshojan como margarita de enamorado con la segunda lectura... y a veces, con la primera.
Bueno, lo de actualmente es un decir. Digamos que a partir de la década del 70, las ediciones empezaron a perder calidad. Recuerdo varios best seller de aquellos tiempos que pasaron por mis manos; cuando los quise releer, las páginas se iban despegando una tras otra y tenía que hacer malabarismos para que se mantuvieran en su lugar. Y no los habían hecho en imprentas de barrio: eran de grandes editoriales. Igual que ahora. Si yo tuviera una editorial me daría vergüenza vender libros descartables, por más ediciones de bolsillo que fueran.
El viernes ingresé en el inventario de la biblioteca un libro editado en 1886. Hace 114 años. Estaba impecable: hojas claras y sin manchas, tapas duras con relieves dorados, letra de trazo fino, muy legible, y la encuadernación cosida era un lujo. ¿Cómo puede ser que hoy, cuando se supone que los avances tecnológicos nos permiten hacer las cosas mejor que antes, las editoriales nos vendan porquerías, libros que no se pueden prestar en una biblioteca pública porque literalmente se desarman?
Tengo en casa, y hay a montones en la biblioteca, libros de ediciones económicas de los años 40, ó 50 que, aunque tienen las páginas amarillas y la letra muy chica, no han perdido una sola hoja porque las tienen firmemente cosidas. Llegará el día en que ya no se los pueda leer, pero morirán enteros. En ese formato de tapas frágiles y papel ordinario se editaron los mejores títulos de la literatura universal, poniéndolos al alcance de los bolsillos más humildes.
¡Con cuanto orgullo esas editoriales ofrecían una edición semanal, apenas por unos centavos! Hoy, en cambio, los libros están cada vez más caros, y bajo la pretenciosa calidad de sus tapas a todo color se esconde un producto que en menos que canta un gallo irá a parar a la basura porque estará tan deteriorado que no valdrá la pena conservarlo, y que no tendrá arreglo.
Triste final, sobre todo para un libro. Y pobres de nosotros los autores, porque salvo que consigamos ser famosos como Borges y que se nos siga reeditando, nos perderemos en el olvido más absoluto sin que nadie tenga la posibilidad de descubrirnos, dentro de diez años, o de veinte, o de cien, en algún estante olvidado.