Author: Graciela Fernández
•domingo, marzo 31, 2013

En estos días, algunos cristianos recuerdan el martirio, la muerte y la resurrección de Cristo peregrinando por las iglesias mientras otros hacen turismo y se atiborran de chocolate sin siquiera un mísero padrenuestro, una mínima reflexión sobre el sentido espiritual de la pascua.
Cada uno aprovecha el feriado pascual como quiere, como puede o como más le gusta, y está bien, porque la fe no es algo que se impone: es algo
que se siente.
Y yo la siento a mi manera. Igual que en "La Saeta", el poema de Antonio Machado que hizo popular Juan Manuel Serrat y que me sigue poniendo la piel de gallina cada vez que lo escucho, yo tampoco le quiero cantar al Jesús del madero sino al que anduvo en la mar. Ese, el que anduvo en la mar, nos dejó enseñanzas de amor, de ética, que más de 2000 años después siguen teniendo tanta o más vigencia que cuando el vivía porque se las sigue trasgrediendo: seguimos tirando la primera piedra, seguimos siendo injustos, egoístas, vanidosos, seguimos sin comprometernos seriamente con la vida, con la humanidad, con la naturaleza y con nosotros mismos. 
No le quiero cantar al Jesús de la cruz porque creo que a él no le sirven nuestros ritos, nuestros falsos mea culpas, nuestras procesiones. Puede que nos sirvan a nosotros para cobijarnos, para sentirnos acompañados en la lucha diaria o en el sostén de una fe que a veces tambalea, pero a él no, a él no le sirven, porque él, cuando necesitó fortalecer su fe, se fue al desierto solo, y oró, y se encontró consigo mismo en el silencio. Todo lo demás, es invento humano: para acercarse a Dios, para comunicarse con él, no hace falta más que un poco de silencio en cualquier parte, un bosque, un rincón de la casa. Y para sentirlo cerca alcanza con mirar el cielo, los árboles, maravillarnos con cada cosa que nos rodea, sea grande o pequeña, vibrar con sus creaciones y con nuestras creaciones humanas: la música, la poesía, la alegría de estar, o de haber estado alguna vez, con los que amamos. La alegría de estar vivos.
Navidad y Pascua, nacimiento, muerte y resurrección de Jesús, son para mí fechas de introspección, de intimidad conmigo misma y con mi Dios. Son fechas "fuertes", que me hacen  pensar y me conmueven. Fechas en las que, además de saborear con pecaminosa gula los huevos de pascua que hace mi amiga Elsa, disfrutar alguna comida especial y brindar con los seres queridos, renuevo la esperanza de un mundo mejor para todos, un mundo sin guerras donde el amor y el respeto se propaguen con la misma rapidez y eficacia que los virus informáticos, un mundo en el que sea más importante SER que TENER. Fechas en las que renuevo la utopía y mi derecho a creer en lo que creo y a sentir lo que siento.
Desde este lugar, desde este creer esperanzado y convencido, es que les deseo a todos unas FELICES PASCUAS y les dejo como obsequio esta reflexión que no es mía, que anda dando vueltas desde hace mucho por internet, pero que refleja las enseñanzas de Jesús, mi querido Jesús, el que anduvo en la mar.  

1. Dios no te preguntará qué modelo de auto usabas…Te preguntará a cuántas personas llevaste.
2. Dios no te preguntará los metros cuadrados de tu casa…Te preguntará a cuántos recibiste en ella.
 3. Dios no te preguntará la marca de la ropa que usas…Te preguntará, a cuántos ayudaste a vestirse.
4. Dios no te preguntará cuál era tu sueldo…Te preguntará si vendiste tu conciencia para obtenerlo.
5. Dios no te preguntará cuál era tu título…Te preguntará si hiciste tu trabajo dando lo mejor de tus capacidades.
6. Dios no te preguntará cuántos amigos tenías…Te preguntará cuántos te consideraban su amigo.
7. Dios no te preguntará en qué lugar vivías…Te preguntará cómo tratabas a tus vecinos.
8. Dios no te preguntará el color de tu piel…Te preguntará si te importó el color de la de los demás.
9. Dios no te preguntará por qué tardaste tanto en buscarle…Te dirá lo feliz que está de que lo hayas hecho.
10. Dios no te preguntará que religión profesabas…Te preguntará Por qué no le abriste tu corazón.
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Author: Graciela Fernández
•martes, enero 01, 2013
Hoy, 1 de enero de 2013, somos los mismos que ayer, 31 de diciembre de 2012. El país es el mismo. El mundo es el mismo. No hay varita mágica que pueda cambiar la realidad a nuestro alrededor, ni dentro nuestro.
Y  sin embargo... el año tiene olor a recién nacido, de alguna manera, y las esperanzas se han renovado también, junto con las intenciones.
"Año nuevo, vida nueva". Qué utopía. Lo único que cambia abruptamente al pasar de un año al otro es el calendario que cuelga en la pared, y eso porque ya no sirve; lo demás, sigue su curso imperturbable.
Y sin embargo... hay euforia en los saludos, en los deseos de amor, paz, salud y prosperidad que intercambiamos con los amigos, parientes, vecinos, y con todo el que se nos cruza, porque para estas fechas hasta el más arisco se reblandece y le suelta un "feliz año nuevo" a esos mismos a los que normalmente les gruñe. Hay unas ganas más imperativas de mirar hacia el futuro con ilusión, como quien se compra un billete de lotería y sueña con todo lo que hará si se gana el premio mayor.
El primer día del año nunca es extraordinario; casi siempre pasa sin pena ni gloria, porque entre la modorra del feriado, que nos ataca a todos, y las consecuencias de los excesos que sufren algunos, no le podemos pedir gran cosa. Mañana, 2 de enero, y el 3, y el 4, los más rezagados seguirán saludando pero cada vez con menos énfasis, después del 6 desarmaremos el arbolito de Navidad y el pesebre... y de ahí en más, ya estaremos inmersos de lleno en el nuevo año, confundiéndonos al poner la fecha y volviendo a mirar la realidad con ojos maravillados, ingenuos, escépticos o apocalípticos.
Y sin embargo... qué bien nos hace hacer de cuenta de que sí, de que hay varitas mágicas, y amarnos los unos a los otros aunque sea por media hora, y llenarnos de buenas intenciones, de promesas, de ilusiones. Nos hace mucho bien. Y nos haría todavía mejor si a medida que van transcurriendo los días, y el año nuevo deja de ser tan nuevo y empieza a envejecer, siguiéramos con la misma buena intención con que levantamos la copa para brindar, con que le enviamos mensajes de texto a nuestros amigos, con que nos saludamos en Facebook y Twitter, y pusiéramos el hombro para que, entre todos, pudiéramos hacer de este mundo, el mismo del año pasado, un mundo nuevo de verdad, en el que no necesitemos esperar el 1 de enero para reciclar las esperanzas.
Trabajemos juntos este 2013 para que aquello de "año nuevo, vida nueva" no sea una frase hecha, sino un compromiso con nosotros mismos, la familia, los amigos  y la sociedad. No nos va a salir de un día para el otro, pero tenemos por delante 365 días completos para intentarlo...
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Author: Graciela Fernández
•miércoles, diciembre 26, 2012

La de anoche, creo, fue la nochebuena más tórrida de mi vida, y no precisamente por una pasión incendiaria -algo que ya no existe ni en mi imaginación-, ni por los calores menopáusicos que me desquiciaban. No señor. Hacía calor en serio, demasiado calor, incluso para mí, que ante la más mínima brisa corro a buscar un saquito. Un calor invalidante, desmayante, que me hizo desistir de ponerme algo especial y fue una buena excusa para quedarme en ojotas, con la malla y una pollera hindú livianita que llegado el caso hasta podía usar para apantallarme.  
Con mi hija lejos, trabajando en Brasil, mi familia cercana se reduce notablemente: sólo quedan mi hermana y mamá, que vive enfrente. Bien enfrente. Íbamos a comer en casa de Madre, pero cuando estaba a punto de cruzarme sonó el teléfono: era mi hermana, para decirme que mejor comiéramos en mi casa.
Su propuesta me solucionó la vida. Explico. Desde hace tres días tengo en casa, además de mi perra, dos cachorras callejeras que están en celo y que deambulaban por la calle con un cortejo canino de todos los tamaños y colores posibles. Como la jauría alzada ponía en riesgo la vida de mi gata y no me dejaba dormir con sus peleas y corridas, opté por “desaparecer” a las causantes para que sus efluvios no se desparramaran por todo el pueblo: las encerré en mi baño, y las saco al jardín sólo para que hagan sus necesidades y tomen un poco de aire. Con tres perras a cargo, que había que mantener separadas y vigiladas para que no me destruyeran lo poco que tengo, irme a pasar las fiestas a otra parte, aunque fuera enfrente, me resultaba un incordio.  
Así que vestí la mesa con el mantel navideño que uso dos veces al año desde hace siglos, mi hermana trajo el cuarto de lechón al horno adobado con salvia, romero y ajo que había cocinado durante tres horas y que todavía estaba tibio, cortamos el pionono de palmitos que habíamos hecho a la siesta, preparamos la ensalada Waldorf y los pinchecitos con queso y cerezas, con jamón y ananá, y después la fuimos a buscar a Madre, que se había quedado mirando televisión. Como no había luz en la calle, alumbré la entrada y la escalera con la linternita del celular al mejor estilo acomodador de cine, y sujetándola de los dos brazos conseguimos que llegara sana y salva.
Cenamos temprano, disfrutando el menú especial, nos quedamos con la intriga de lo que había pasado con las pastillas para la diabetes de Madre, si se las había tomado sin que la viéramos o se las había olvidado, y al rato ya estábamos instaladas en el jardín para esperar la medianoche y ver los fuegos artificiales. El aire parecía provenir de un calefactor gigantesco. Madre quería volverse a su casa y mi hermana le dijo que si no se quedaba hasta las 12 no había regalos. Para ver si Madre se conmovía y decidía adoptarlas, liberé a las callejeras: sus monerías lograron distraerla un rato, pero cuando empezaron a ponerse cargosas y a saltarnos encima y lamernos las volví a llevar al baño. Mi perra ni se enteró; estaba en la pieza de mi hija, con la puerta y la ventana cerradas para que los ruidos no la afectaran tanto.
A las 12 en punto empezó la función, que fue más pobre que otros años no sólo en cantidad, sino en calidad: hubo menos fuegos artificiales, y veinte minutos después el ruido comenzó a ralear. Una de dos: o estamos tomando conciencia, o la pirotecnia estaba muy cara...
El brindis, los regalos, Madre que se cansó de estar sentada y quiere irse, y allá vamos, otra vez alumbrando con la linternita del celular, intentando coordinar nuestros movimientos y los de ella,  y rogando que sus piernas no le jueguen una mala pasada y que no terminemos las tres rodando por la escalera.
Ya de vuelta en casa, me serví la sidra que había quedado en un vaso grande con varios cubitos de hielo, salí al jardín, y solita mi alma brindé con los que ya no están. Después brindé con los que sí están y me hubiera gustado tenerlos más cerca, compartiendo esta noche conmigo, y pedí que haya paz en la tierra para todos los hombres de buena voluntad y para el resto también, así no joroban con sus fechorías. Y dándole gracias a Dios por una Navidad más, por todo lo bueno que tengo y por haber podido quedarme en mi casa en ojotas, me tomé la sidra aguada y fresquita mientras miraba los últimos fuegos artificiales que, a lo lejos, todavía se empeñaban en mostrar su efímera belleza... y la ostentosa inutilidad de sus cinco segundos de fama.  
Mi último pensamiento fue para los que, por la causa que fuera, estaban sufriendo, y en lo bienvenido que hubiera sido para ellos un silencio respetuoso, contenedor, que no los hiciera sentir excluidos ni avasallados. Un silencio que nos ayudara a comprender el verdadero sentido de la navidad, que está más allá de esa algarabía, muchas veces ficticia, con que nos empeñamos en mostrarle al mundo que es obligación festejar, aunque no sepamos qué festejamos.
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Author: Graciela Fernández
•martes, agosto 14, 2012


Todos hemos leído alguna vez sobre “los placeres de la vida”, presentados como las sensaciones o experiencias que debemos tener para ser felices. Y seguramente, también nos hemos identificado con algunos más que con otros, porque no a todos nos gustan las mismas cosas.
Hablar sobre “los placeres de la vida” es imposible: no hay una sola “vida”, hay muchísimas, y todas son distintas. Así que, después de leer una de esas listas donde figuraban placeres que a mí no me causan ni me causarían ningún placer, como por ejemplo bañarme con champagne, comprarme una cartera de Louis Buitton o hacer un crucero por el Caribe, decidí hacer mi propia lista de placeres. Que si bien son menos glamorosos, tienen que ver conmigo y con lo que de verdad disfruto.
Porque el placer es algo serio, es importante, y tiene que estar hecho a nuestra medida como la buena ropa de confección, la que hacían antes las modistas y los sastres.
Aquí va mi lista, incompleta pero representativa. Te invito a hacer la tuya,  para que no te vendan placeres ajenos con los que después no sepas qué hacer.

Los placeres de MI vida

Conversar con mi hija té o café de por medio, largo, sin que nos importe la hora, como si el tiempo no existiera.
Abrazar a mi hija cuando se va de viaje, y abrazarla todavía más fuerte cuando vuelve.
Acostarme con sueño, bostezando, entregarme a la cama como si fuera un amante.
Dormir con la gata hecha una bolita en los pies de la cama.
            Desayunar sin apuro, como si no tuviera nada que hacer durante el resto del día.
Apagar el despertador y seguir durmiendo un rato más.
Leer o escribir de noche, cuando todo está en silencio y no me interrumpen ni me interrumpo para hacer otras cosas.
Tener la casa toda, toda limpia, reluciente y con olor a limpio. (A este placer no lo disfruto tan seguido como debería, de puro masoquista que soy, nomás...)
Comprar cortes de tela, aunque sepa que después me tendré que poner a coser.
Tener ropa cómoda y abrigada para enfrentar el frío.  
Juntarme con amigos, pocos y buenos, y de ser posible en una casa, no en un bar o restaurante.
Llegar de visita en invierno a una casa que esté calentita y donde haya olor a café, o a comida.
Releer algo que escribí hace mucho y sorprenderme por lo bien escrito que está.
Conmoverme con lo que escribo, y descubrir que los demás también se conmueven.
Caminar en otoño sobre un colchón de hojas secas. Preferentemente de plátano, enormes y crujientes.
El olor de los troncos de pino al arder.
El olor a sahumerio. Pachuli, maderas de oriente, cuanto más pesado, mejor.
El olor a sopa de verduras, la sopa de verduras.
El olor a tostadas, las tostadas.
Medio kilo de helado para mí sola.
Navegar por internet sin un orden establecido, dejándome sorprender por lo que voy encontrando.
Tener amigos fieles de toda la vida, que me quieren y valoran como soy, a los que no necesito explicarles nada.
Conocer personas amigables, inteligentes y dispuestas a compartir experiencias positivas y enriquecedoras.
            Mi taller de escritura, sobre todo cuando cada uno lee lo que escribió para compartirlo con los demás y nos descubrimos mutuamente.
            Leer un libro que me atrape y soltarlo sólo para comer o ir al baño.
            Emocionarme con un libro o una película.
            Estar entre gente sencilla, educada, sin vueltas, sin vicios y sin traumas.
            Caminar por Río Ceballos en invierno a la siesta, cuando no hay gente en la calle.
            El ocio creativo; estar sin hacer nada me produce ansiedad, necesito usar las manos o la mente para explorar o crear algo, por mínimo que sea.          
            Sentirme protegida por mis perras.
             Aquietar mi mente meditando, o escuchando música.
            Sentarme en un sillón cómodo, del que no me den ganas de levantarme.
            Tomar agua pura cuando tengo sed.
            Comer chocolate dejando que los pedacitos se disuelvan solos en la boca.
            Recordar tiempos idos y sentir que tuve una buena vida, rodeada de afectos y sin más pérdidas que las previsibles, las que tarde o temprano nos tocan a todos: abuelos, padres, tíos...
            Tener víveres en la alacena y papel higiénico de repuesto.
            Entusiasmarme con un proyecto.
Hacer planitos en papel cuadriculado para reformar la casa, buscar ideas originales para decorar la casa y el jardín.
            Saber que escribí un buen libro, que me lo editaron y que a todos los que lo leyeron les gustó, aunque eso no me haya alcanzado para convertirme en famosa.
            Discutir por mail con mi amigo escritor, Julio Torres, sobre política o literatura y hacerlo enojar.
            Encontrarme con mis compañeros de colegio y ver que más allá de las arrugas, y las canas, en el fondo seguimos siendo los mismos.
            Los momentos tranquilos, sin discusiones ni malos humores, compartidos con la familia. 
            Comer pan caliente, si es casero, mejor.
            Que valoren mi trabajo, y que me paguen lo que considero justo por él.
            Usar un buen perfume. Y si no hay perfume, tener olor a limpio.
             
             Como verán, son placeres de entrecasa. Nada de diamantes, vestidos de Versace ni paseos en limusina. Nada de cosas sofisticadas o inalcanzables que me quiten en sueño.   
Soy feliz con poco. O con mucho, según cómo se lo mire, porque soy consciente de que esas “pequeñas cosas” que casi siempre ignoramos, o que consideramos como algo natural, para muchos son casi inalcanzables.  
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Author: Graciela Fernández
•martes, febrero 28, 2012
Con ustedes, ¡el SEO!
No me puse de novia ni me casé, les aclaro. No hay ningún señor con ese nombre ridículo, SEO, en mi vida, pero sí hay algo que se llama así y me está quitando el sueño.
Para los que saben menos que yo de marketing en internet y esas cosas, les cuento.
El SEO, dicho en criollo, es básicamente un conjunto de técnicas que hay que conocer y aplicar para posicionar un sitio en internet. Y posicionar un sitio en internet significa llevarlo a los primeros lugares en Google, ese que tiene un cuadrito donde ponemos nuestra consulta y él nos contesta con un montón de páginas donde podemos encontrar la información. ¿Vio que uno siempre ingresa en las primeras que aparecen? Bueno, justamente por eso hay que tratar de que nuestras páginas estén ahí, en los primeros lugares, y si es posible, en el primero: en internet, el que no está en los primeros lugares del Google no existe, no lo ve nadie, ni los parientes.
Ah, pero no es tan sencillo posicionarse... y ahí es donde aparece el villano de la película o el salvador de la chica, según cómo se lo mire: el SEO.
Que no es para cualquiera. Y menos para gente como uno, que la mayoría de las cosas que consigue hacer con la computadora es porque apretó un botón por intuición y le acertó de casualidad. Y que encima, no entiende un comino de inglés y mucho menos de código HTML, que es el idioma en que están escritas por dentro las páginas.
Porque le comento, para que se termine de horrorizar, que esto que usted está leyendo en castellano la computadora lo lee y lo procesa en otro idioma: el HTML. Y que en ese idioma hay que armar las páginas para que la computadora y papá Google las entiendan.
Si usted creía ingenuamente, como yo, que con escribir bonito en un blog alcanzaba para conseguir miles de lectores, lamento comunicarle que no, que no alcanza. Escribir mucho y bien es importante, sí, pero no alcanza. También hace falta el SEO, que le dirá qué colores utilizar, qué tipos de letra, cómo diagramar la página, qué palabras clave usar y dónde ponerlas, y otras cosas para las que hay que meter mano en el HTML. Algo que sólo sabe hacer un programador o un especialista en la materia, por lo que tarde o temprano habrá que contratar uno... o tomarse un año sabático para estudiar el tema con seriedad, haciendo cursos, por ejemplo.
Si uno tiene un blog sólo por el placer de escribir y no necesita promocionar nada, puede prescindir tranquilamente del SEO. Pero si necesita tener muchos lectores porque quiere emprender un negocio on line (en mi caso, vender mi libro o mis talleres de escritura) no le quedará más remedio que acudir a él, al SEO, para que lo ayude a posicionarse.
Y esto es sólo el principio. Porque junto con el SEO, deberá recibir con los brazos abiertos a un ejército de Aliens, perdón, de recursos: los programas para mandar mails de manera automática a una lista de contactos, las páginas de aterrizaje y las de captura (¡es casi una guerra!), las tiendas virtuales, los boletines, reportes y demás herramientas con las que debe contar todo emprendedor.
¿Adivinan quienes están poblando mis pesadillas desde hace unos cuantos meses? ¡Sí, todos ellos, con el SEO encapuchado a la cabeza! Los recursos caen sobre mí con sus instrucciones incomprensibles y con costos que van desde lo irrisorio (detalle que hace dudar de su calidad) hasta lo inalcanzable para mis flacos bolsillos. Y todos me gritan lo mismo: ¡Sin mí no existís, si mí no sos NADIE!
Y aquí estoy, comiendo a deshora, durmiendo cada vez menos y con la calavera en la mano, como Hamlet, preguntándome: ¿SEO, o no SEO? ¡Esa es la cuestión!

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Vaya esta humorada como agradecimiento a todos los que, generosamente, aportan gratis sus conocimientos sobre SEO y marketing en internet a través de blogs y boletines por mail. 
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