A veces, como si mi cerebro se poblara de estrellas fugaces, suaves e imperceptibles como mariposas, tengo breves momentos casi de inspiración total (o de locura, todavía no logro distinguirlo). Siento como el presagio de una sabiduría que está ahí, en las profundidades, esperando que yo logre descubrirla, liberarla. Es el presentimiento indescifrable de algo que me trasciende; algo que debo perseguir por los caminos de regreso, los más arduos, los menos transitados. Esos que se convierten en senderos inciertos y se pierden hacia adentro sin retorno posible.
Son momentos brevísimos, que no duran ni el tiempo que tarda en caer al suelo una gota de lluvia pero que me pasean de una punta a la otra de mi historia. Por un instante, menos que un parpadeo, llego donde se mueren las razones; donde no hay ni principios ni palabras ni prejuicios ni ideas ni recuerdos. Donde el tiempo es apenas un puñado de risas, de arrugas, de cartas, de adioses y de muertos. Donde no existen las necesidades, ni la duda, ni el ayer, ni el mañana, y a veces ni siquiera el presente. En ese instante claro, iluminado, sé que soy mucho más que esto que arrastro por la vida; que hay en mí algo que vuela libre de todo peso, lejos de toda angustia; algo que todo lo comprende, que todo lo conoce y que todo lo acepta.
Y en ese instante amo sin medida, sin recelos, amo completamente, incondicionalmente, irremediablemente. AMO. Con la imaginación, con la mirada, con las manos, con los pies; con un deseo casi sensual de poseer, de saciarme, y de dar hasta el agotamiento. Amo en abstracto, amo concretamente a alguien, amo el sol, amo al mundo. Me da igual. Lo único importante es descubrir que esa soy yo, que soy todo ese amor y mucho más, sin límites.
Pero es sólo un instante. Inasible, impalpable como una procesión de sombras. Apenas me doy cuenta y ya pasó, sin darme tiempo de entender lo imprescindible, lo esencial. Yo sé que hay algo más. Pero a veces la razón es más fuerte que todo y asfixia mi mente, me amordaza, me ata de pies y manos, me juzga, me condena y me lee en voz alta la sentencia: esto se debe, aquello no se puede; esto es inmoral, aquello es justo; esto es ridículo, aquello escandaloso. Y después me ejecuta. Me corta la lengua, me arranca los ojos, me quema las manos y los pies hasta deformarlos, y para terminar me mete en una bolsa y me deja tirada en un lugar cualquiera, a cualquier hora. Ahí estoy, insensible a lo que me rodea, sin poder disfrutarlo, sin poder criticarlo.
Pero igual sé que hay algo más. Aunque no sepa donde está, donde buscarlo, sé bien que hay algo más. Y me resigno a ser paciente; yo que no sé esperar, espero, conteniendo el aliento, muy abiertos los ojos, aguzando el oído, el cuerpo tenso. Espero. Presintiendo que la sabiduría, o la locura, o las dos juntas, van a llegar de a poco, imperceptibles como mariposas, efímeras y azules como estrellas fugaces.
Van a llegar para quedarse hasta que no haya nada ni haya todo ni haya dudas ni haya sombras. Sólo amor. Sólo un amor tan grande como millones de alas volando al mismo tiempo, llevándome tan lejos del principio y del fin como les sea posible. Sólo el amor, tan fuerte y tan violento como miles y miles de huracanes que destruyan la torre en que estoy prisionera cuando no amo.
Un amor nuevo y libre para nacer sin dudas. Sin razones. Sin principios. Sin tiempo. Sin palabras.
(Publicado en Revista Ayllu, Río Ceballos)
***
Este es un texto muy viejo, pero yo sigo siendo la misma de cuando lo escribí. Sólo que aquellos instantes iluminados se han transformado en horas, y hasta en días, en los que el amor logra estar por encima de todo y la razón ya no me marca el rumbo. Y es una gran liberación que haya sido así. Las estrellas fugaces de entonces, hoy son enormes soles que me alumbran por dentro y por fuera. Y soy la misma, pero también soy otra, más poderosa, más plena, y tal vez, más sabia.
Alias "Graciela Fernández", una escritora quasi desconocida
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domingo 12 de julio de 2009
Estrellas fugaces
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Graciela Fernández
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Etiquetas: cosas del alma
sábado 20 de junio de 2009
Oposición de utilería
Como suele suceder en tiempos preelectorales, todos los días recibo varios mails apocalípticos que, debo confesar, a veces reenvío, y que pretenden alertar a la ciudadanía sobre los siguientes temas, a saber:
-Posibles fraudes antes, durante y después de los comicios.
-Las fechorías que cometen, cometieron o cometerán los candidatos y gobernantes.
-El turbio pasado y el presente quasi mafioso del matrimonio presidencial y sus secuaces, que se están quedando con medio país.
-Lo mal que estamos los argentinos, lo mal que funciona todo culpa de los K: el transporte, la justicia, la educación, la salud.
-La connivencia entre el narcotráfico, la justicia, la policía y las autoridades de turno.
-La hecatombe que tendrá lugar si el oficialismo pierde: huída hacia Venezuela (donde la espera Chávez con los brazos abiertos y la cama perfumada) de la presidenta y su gabinete; el dólar disparándose hacia la estratosfera como el fallido cohete de Menem; piqueteros y hordas de militantes K destruyendo todo a su paso. Una versión de bolsillo del Apocalipsis, de esas que ya no asustan a nadie. Versión presidencial de la misma hecatombe: si no logran conservar la mayoría en el Congreso, la gobernabilidad, la estabilidad, la productividad y la paz social estarán en riesgo.
-Lo que nos espera si el oficialismo gana: un Congreso servil, la continuidad de los superpoderes, la soberbia K elevada a la enésima potencia, y la expropiación por parte “del zurdaje” (sic) de patrimonio y cuentas bancarias de empresas y particulares. (Ja, como si sólo el “zurdaje” hiciera esas cosas: ¿Y la Circular 1050 de Martínez de Hoz, que de zurdo no tenía un pelo, que dejó a medio país en pampa y la vía, incluido mi viejo? ¿Y el corralito? ¿Y lo que hizo Menem con los depósitos bancarios? Qué mala memoria tienen algunos...)
Volvamos a lo nuestro. Cientos de textos agoreros, quejumbrosos, maquiavélicos, absurdos, tirando a golpistas, ingenuamente bienintencionados, solapadamente malintencionados o delirantes circulan por el ciberespacio argentino; todos tienen un trasfondo de verdad, o dicen verdades grandes como una casa, pero no hacen más que embarrar la cancha sin aportar soluciones y eso los invalida, les quita seriedad. Porque una cosa es ser opositor, y otra ser “anti”.
Un “anti” es alguien que está en contra. Una cosa es ser miembro de un partido, de cualquier partido, y tener opiniones e ideas distintas, y otra es ser “anti”: antiperonista, antiradical, antisocialista, anticonservador, antiliberal, y desde que nos gobiernan los K, antikirchnerista. Ser “anti” es visceral, es como los gases intestinales. El “anti” primero se opone, por si las moscas. El “anti” patalea, se enrosca en su bronca, se parapeta en sus prejuicios, y desde ahí muestra los dientes y grita: ¡No! El “anti” resta: quiere que el otro desaparezca, no le interesa escuchar ni informarse, es el dueño absoluto de la verdad. Buena parte de nuestro pueblo es “anti”. La mayoría de las alianzas políticas, y de los políticos, son “anti”. Nuestra presidenta, es “anti”; su marido también. A estas alturas, creo que casi todos somos “anti”. De otra manera no se explica que nos cueste tanto encontrar un modelo de país que nos sirva a todos, y que sigamos, como dice el proverbio chino, pensando para un año y sembrando arroz, en vez de pensar para cien y plantar un árbol.
El opositor, en cambio, debería ser alguien que circunstancialmente, o por principios, o porque ve las cosas de otra manera, está en contra de una medida o idea puntual (las retenciones al agro, el tren bala) y no de la persona, fuerza o institución que lo propone o ejecuta. Esto le daría la posibilidad de aportar soluciones, de buscar salidas, de intentar consensos. El opositor debería sumar, y pensar a largo plazo. Debería estar ávido por depurar las instituciones, sí, pero sin diezmarlas; debería bregar por un país próspero, con superávit, sí, pero con las cuentas públicas (y las de sus gobernantes) ordenadas, y a disposición de quien las quiera ver.
El “anti”, es. El opositor, debería ser. El uso del verbo en condicional, “debería”, no es casual, porque, acá entre nosotros y en confianza... ¿Hay en nuestro país algún opositor de pura cepa?
¿O somos todos una manga de “antis”, de contreras?
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lunes 15 de junio de 2009
Pecados inconfesables
En un comentario de mi entrada anterior, Marcelo me hace dos preguntas. La primera, si eso de andar tomando nota de los inconvenientes de dormir acompañada no significará que se me está muriendo el romanticismo; la segunda, si no tiendo la cama todos los días aunque duerma sola.
Ay, Marcelo, si fueras un pajarito, como decían las abuelas, y pudieras espiar mi intimidad, huirías espantado. No tiendo la cama todos los días. Me gusta que la sábana de arriba, en la cabecera, esté prolijamente doblada sobre las frazadas, y del lado de los pies le hago un par de nudos en las puntas para que calce justo bajo el colchón, como si fuera ajustable. Ese truquito, sumado a que peso apenas 51 kilos y tengo un sueño muy, muy tranquilo, casi de momia, digamos, hacen que mi cama no se desarme. Cuando me levanto, la dejo un rato abierta para que le dé el sol y se ventile, y después la estiro y queda perfecta. Ni una arruga delatora, nada que permita sospechar que no la tendí como Dios manda.
Mi ex solía quejarse de la tierrita en los pies, pero allá él, a mí no me molesta. Tengo una anécdota imperdible sobre esto de no tender la cama. Hace unos años, dos o tres días después del día de la madre me acosté, abrí un libro, leí un rato, cuando me entró sueño apagué la luz y me estiré a lo largo como un gato, que es lo que suelo hacer para luego ponerme de costado y entregarme plácidamente a Morfeo. Pero hete aquí que cuando me estiré llegué un poquito más abajo que otras veces, y sentí algo raro. Mis pies investigaron con atención. Parecía un pedazo de papel doblado. Mis pies buscaron hacia una esquina, y se toparon con otros ¿objetos? iguales. Traté de recordar si había estado escribiendo en la cama, o leyendo algún libro al que se le pudieran haber desprendido unas hojas; imposible que fueran servilletas de papel, por la textura. Cuando metí la mano y saqué los papeles, mi extrañeza fue todavía mayor al comprobar que eran billetes. Cinco. Y sumaban doscientos pesos. No recordaba haberme puesto plata en el corpiño ni en las medias como solemos hacer a veces las mujeres; si hubiera sido así, bien podrían habérseme caído al desvestirme, aunque difícilmente llegaran solos hasta los pies de la cama.
Al otro día, mientras desayunábamos le conté a mi hija cómo y dónde me había encontrado doscientos pesos. Seguro que los dejaste encima de la cama abierta y después la cerraste y no te diste cuenta, me dijo. No, le contesté, si fueran diez o veinte pesos puede ser, pero doscientos es mucha plata y estoy segura de que no son míos. ¿Y de quién van a ser si no son tuyos?, me contestó, tratando de contener la risa. Qué se yo, le dije, y seguí con la intriga hasta que un buen rato después, se develó el misterio.
¿Te acordás de que el pá vino a saludarte el día de la madre, y vos justo no estabas porque te habías ido al almacén? -me dijo Carla. -Bueno, esa plata era nuestro regalo. A él se le ocurrió ponértela ahí, para ver cuándo la encontrabas.
En cuanto a que estoy perdiendo el romanticismo... Es más bien al revés. Creo que soy demasiado romántica, y precisamente por eso mi espíritu se resiste con uñas y dientes a la cruel realidad de los ronquidos y demás. A mis casi cincuenta, sigo soñando estúpidamente con declaraciones a la luz de la luna, serenatas, cenas íntimas con candelabros y preliminares eternos antes de hacer el amor. Sigo esperando al príncipe azul montado en un caballo blanco, aunque no desdeñaría a un plebeyo pintón al volante de un Alfa Romeo. Sigo creyéndome una doncella etérea, frágil y virginal como la que fui a los quince, por más que el espejo, antes de irme a dormir, se empeñe en mostrarme una imagen cargada de hombros, con un ojo más apagado que el otro y bastante mustia. Sigo creyendo en el amor a primera vista, aunque vea cada vez menos, y en el colmo del romanticismo, hasta sería capaz de casarme de blanco, envuelta en metros de organza, encajes y tules. Pero eso sí, después, ¡camas separadas! Justamente por eso, Marcelo: para no matar el romanticismo.
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jueves 28 de mayo de 2009
El amor en los tiempos de la gripe porcina
En mi entrada anterior comenté que, mientras presenciaba una boda, me habían dado ganas de casarme “sobre todo si lograra encontrar un señor de mi edad en buen estado, con toda la dentadura, no demasiado excedido de peso, con una billetera generosa y que aceptara vivir en casas separadas, o al menos dormir en cuartos separados”.
Marcelo, un lector, me dejó este mensaje:
“Las premisas eran buenas... pero se arruinó todo con eso de "o al menos dormir en cuartos separados”.
Le expliqué mis razones:
“Estoy acostumbrada a dormir sola (dije dormir...); no me gusta que me ronquen en la oreja ni me resoplen en la nuca, y mucho menos despertarme por los saltos de alguien que tiene pesadillas. Además, lo de los cuartos separados me parece de lo más romántico: uno se visita, te metés en la cama del otro o el otro se mete en tu cama, y eso incentiva el ratoneo. Es como tener un amante en casa”.
Ahí Marcelo entendió de qué se trataba, y muy suelto de cuerpo me contestó:
Uy, mirá vos! Creía que eso de camas separadas era por un problema de gases, o algo así ;)
La verdad que la tuya es una muy buena idea, y la voy a probar. Podrías escribir una columna de consejos de este tipo, no?
Me lo tengo merecido, por hacerme la graciosa.
Pero lo de los cuartos separados no es broma. Lo pienso en serio. Y no sólo por lo de jugar a las visitas, sino porque, además, es higiénico.
Durmiendo con alguien uno se contagia, y contagia. Las necesarias seis, ocho horas de descanso, cuando uno de los dos está engripado convierten la cama en un foco infeccioso: pañuelos con moco debajo de la almohada, toses, estornudos, contienen un ejército de miocroorganismos que caen sobre el cónyuge sano, y lo enferman. Los cuartos separados evitarían la propagación de epidemias: no es lo mismo ponerse un barbijo y llevarle un tecito al quía, tomarle la fiebre, darle una aspirina, arroparlo y dejarlo que luche con sus propias armas contra el invasor mientras una duerme a salvo, que meterse en la cama junto a él, llenarse de virus toda la noche, y al día siguiente desparramarlos por todas partes.
Los cultores de la “cucharita”, acérrimos defensores de la cama matrimonial; los que consiguen conciliar el sueño pese a que piernas y brazos ajenos limitan sus movimientos; los que regulan su temperatura corporal a tono con la de su compañero de cama, en una simbiosis que nunca pude lograr; los que ni se enteran de que el otro se enroscó en el acolchado y los destapó; los que pueden dormir con la luz, el televisor o la radio encendidas y los que no se despiertan sobresaltados pensando que hay un temblor cuando el otro se levanta para ir al baño, seguramente no estarán de acuerdo conmigo sobre la conveniencia de dormir en cuartos separados.
No me importa. Yo seguiré durmiendo solita y sola, como a mí me gusta, sin piernas que a modo de torniquete me corten la circulación, sin ruidos ni olores molestos, sin que el desbarajuste ocasionado por un intruso me obligue a tender la cama todos los días. El que quiera tener algo conmigo, ya lo sabe: podemos chivatear hasta que las velas no ardan o nos paralice una contractura (a mi edad, lo último es más probable), pero después, como decía mi abuela, ¡cada carancho a su rancho!
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sábado 18 de abril de 2009
¡Vivan los novios!
Hace unos días se casó Laura, la hija mayor de Elsa, una de mis amigas del alma. Laura y Mariano viven en Comodoro Rivadavia pero se casaban por iglesia acá en Río Ceballos, así que los preparativos de la boda se hicieron por teléfono. Mi amiga se pasó un mes de aquí para allá ocupándose de hablar con el cura, el florista, la peluquera, la maquilladora y los invitados, porque también le tocó repartir las tarjetas y confirmar quiénes irían a la fiesta. Y por si fuera poco, hizo una torta de tres pisos y más de cien sombreros de gomaespuma, el cotillón para el baile.
Con los sombreros la ayudamos Nelly y yo, que me sumé cuando ellas dos ya habían hecho unos cuantos. Durante varias noches dimos rienda suelta a nuestra creatividad pegando lentejuelas y plumas en capelinas, galeras, casquetes y vinchas imponentes, elegantes o estrafalarios, porque a medida que nos desvelábamos se nos potenciaba el delirio y los retazos de gomaespuma se convertían en flecos, moños, flores y firuletes varios que se iban sumando a las lentejuelas y plumas, en un derroche de formas y colores.
Chisme va, mate viene, la colección fue creciendo y con ella nuestras carcajadas al probarnos los que íbamos terminando, mirarnos en el espejo y descubrir que el casquete con largas púas enhiestas le quedaría bien a más de uno/a, el bonete de bruja sería especial para fulanita o la punta de uno de mis modelos se parecía... ¡al pito de un gallo!, según la Nelly, que no tardaba en encontrarle formas fálicas, evidentes o encubiertas, a casi todos los sombreros. No voy a entrar en consideraciones psicoanalíticas porque el tema no es mi fuerte; sólo diré en mi descargo que jamás le he visto el pito a un gallo, y por lo tanto, la semejanza, si de verdad la hubo, no fue adrede.
Por fin llegó el gran día. La madre de la novia venía de dormir tres horas por noche, entre la torta, los sombreros y demás, y nosotras dos por ahí andábamos: yo estaba terminando de corregir una novela, y entre medio había tenido que hacerle un vestido a mi hija, tarea que supone coser y descoser unas cuantas veces hasta darle con el gusto. Así que teníamos que conseguir que esas tres matronas de entrecasa que se probaban sombreros y se hacían pis de la risa se convirtieran en tres damas glamorosas, con las uñas pintadas y sus mejores galas encima. No teníamos mucho tiempo para conseguir semejante milagro,
porque a las seis de la tarde había que estar en la iglesia. Pleno día, mucha luz y ninguna manera de ocultar arrugas ni ojeras.
Pero como si hubiésemos sido Flora, Fauna y Serenela, las tres hadas madrinas de Disney, lo conseguimos. Ahí estábamos la Elsita, la Nelly y la que suscribe corcoveando sobre los tacos altos (hace como diez años que no uso tacos), radiantes y dispuestas a resistir en pie hasta las cinco de la mañana, hora en que calculábamos terminaría el festejo.
Ahí estábamos, unidas por la emoción de ver casarse a una hija (todavía nos quedan... ¡cinco!) y de haber puesto nuestras manos al servicio del amor, de la alegría, y de la esperanza que significa hoy que alguien se case.
No quiero terminar esta reseña sin referirme a las palabras del padre Diego, que con una voz que retumbaba en toda la iglesia le dijo al novio, entre otras cosas, que a partir de ese momento su billetera ya no le pertenecía: era de su esposa, todo lo de él, a partir de ahora, sería de ella, su tiempo, su dinero... y por supuesto, su amor, porque de ahora en más sólo debía tener ojos para ella, y realizarse como varón, como esposo, como padre, sólo con ella y para siempre. Preferiría no describir las miradas de reojo que se cruzaban los invitados varones a mis espaldas mientras se aflojaban los nudos de las corbatas y ponían cara de “yo no fui”. El padre Diego, en tanto, seguía pegando fuerte:
—¡Y no creas que la ayudás cuando laves platos, cambies pañales o cocines! —tronaba. —¡No! ¡No la estás ayudando! ¡Estás haciendo lo que debés, porque eso es tarea de los dos!
¡Grande, padrecito!, pensábamos a coro las mujeres mientras el novio, arrobado y emocionado, parecía no escuchar su condena a perpetuidad.
Habló tan lindo, el padre Diego, que me dieron ganas de casarme, sobre todo si lograra encontrar un señor de mi edad en buen estado, con toda la dentadura, no demasiado excedido de peso, con una billetera generosa y que aceptara vivir en casas separadas, o al menos dormir en cuartos separados.
Lo que vino después fue lo que Mariano y Laura se merecían: una verdadera fiesta, en la que todos nos divertimos con auténtico espíritu de juerga y ganas de pasarla bien. Los tacos altos duraron lo que el vals, porque casi todas terminamos bailando descalzas. El champán, los daiquiris y "los ferneses", que parecían no acabarse nunca, sólo dieron lugar a situaciones jocosas, potenciaron alguna que otra nostalgia y aumentaron la resistencia de los que bailaban. Pero contrariamente a lo que suele ocurrir hasta en las mejores familias, nada empañó la alegría, no hubo que lamentar heridos y contusos, y hasta donde yo sé, nadie se propasó con nadie.
Y nuestros sombreros causaron sensación; chicos y grandes, todos se llevaron el suyo intacto porque no se despegó ni una lentejuela. 
Es que las tres hadas madrinas de la calle Buenos Aires somos muy habilidosas: sabemos coser, sabemos bordar... y cuando nos juntamos a hacer sombreros, sabemos abrir la puerta del corazón para ir a jugar.
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Graciela Fernández
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sábado 11 de abril de 2009
Amores de novela
Siempre me gustó leer, desde chiquita. Empecé con la colección Robin Hood, a los trece ya lo había descubierto a Sábato, y entre los catorce y los dieciocho devoré todo lo que cayó en mis manos, desde Dickens, Víctor Hugo, las Brontë, Roberto Arlt y Dostoievsky hasta las novelas de Harold Robbins, esas que mi papá escondía en el estante más alto del placard.
Y entre todo eso la leí a ella, Corín Tellado, la autora de cientos de novelitas rosas que hicieron suspirar a millones de mujeres en todo el planeta, y que se acaba de morir sin haberme pedido perdón por los daños ocasionados a mi persona. 
Ella tiene la culpa de que todavía espere un príncipe azul parecido a Liam Hamilton, uno de sus personajes: rudo pero delicado, apasionado pero caballero, de pocas palabras pero con una mirada que habla por él, capaz de renunciar a mí pero todavía más capaz de darse cuenta del momento preciso en que le daré el sí, capaz de besarme apasionadamente hasta dejarme sin aire aunque yo me niegue, y sobre todo, millonario, pero de esos millonarios que no le deben nada a nadie porque hicieron fortuna con sus propias manos.
Ella tiene la culpa de que a los catorce me haya enamorado de un amigo de mi papá, casado y con dos hijitas, y de que soñara que se quedaba viudo y me elegía a mí para terminar de criar las nenas y consolarse de la irreparable pérdida.
Ella tiene la culpa de que mi vida amorosa haya sido una tragicomedia en la que sospeché demasiado, lloré demasiado, revisé demasiados bolsillos, escuché demasiadas mentiras y cumplí con todas y cada una de las premisas de una “pasión arrolladora”, a la que conseguí sobrevivir de milagro.
Ella tiene la culpa de las decenas de cartas que escribí pero no me animé a mandar, en las que le decía a mi amado que lo nuestro no podía seguir así y le daba todas las razones por las que ya no podíamos estar juntos, haciéndole saber también que a pesar de todo lo seguía amando y lo amaría toda mi vida. Misivas que, de haberlas recibido el susodicho, nos hubieran ahorrado a ambos unos cuantos malentendidos y amarguras.
Ella tiene la culpa de que haya preferido, hasta no hace mucho, el llanto a la risa, porque llorar era más romántico que reírse.
Ella tiene la culpa de que probablemente se me hayan pasado por alto unos cuantos hombres reales, convencida como estaba de tener al lado al hombre ideal... salvo por un detalle: él no tenía el más mínimo interés en ser el hombre ideal de nadie.
Ella tiene la culpa de que todavía sueñe con mirar la luna mientras me susurran al oído que me aman. Sueño que, gracias a la hipoacusia que avanza lento pero seguro, a estas alturas es inútil, porque no entendería lo que me dicen.
Ella, y nadie más que ella, tiene la culpa de que a veces me cueste resignarme a que tengo un corazón adolescente dentro de un cuerpo que envejece, y ya no podré correr al encuentro de un enamorado porque lo más probable es que tropiece con un escalón que no vi, me quiebre unos cuantos huesos y termine en la guardia de un hospital.
Pero no importa; si volviera a nacer, la leería igual. Las chicas de mi edad seguro que me entienden.
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Graciela Fernández
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martes 7 de abril de 2009
Con la democracia se cura, se come, se educa...
Hace más de un mes que no escribo nada. Mea culpa. El tiempo es tirano, y estuve ocupada en actividades tan diversas como corregir una novela, renegar con el albañil que hizo unos arreglos en casa, coser un vestido de fiesta para mi hija, ayudarle a una amiga a preparar el cotillón para la boda de su hija, y las actividades domésticas y compromisos familiares de cada día.
¿Por dónde empiezo? Por lo más reciente; por el adiós a un hombre que marcó un hito en la historia del país, y en la de quienes lo admiraron o quisieron.
Se nos murió Raúl Alfonsín. Pero cómo, si parece que fue ayer que nos movilizó con su pasión, que nos insufló todas las ilusiones y esperanzas juntas y una más, que consiguió un triunfo impecable ante un peronismo que no tenía nada que ofrecer. Si parece que fue ayer que fui a votar con mi hija en brazos y con mi hermana, que igual que yo, votaba por primera vez. 
Si parece que fue ayer cuando lo voté, con una emoción, una alegría y una convicción tan absolutas como no volví a sentir en ninguna otra elección. Si parece que fue ayer...
Pero no fue ayer. Pasaron veintiséis años, mi hija es una mujer, yo estoy al borde de los cincuenta, él envejeció con la dignidad de un verdadero patriarca, canas al natural incluidas, se enfermó, la enfermedad se lo llevó, y mientras tanto todos, él y nosotros, fuimos pariendo como pudimos, o como nos dejaron, esta democracia que tenemos hoy, con sus virtudes y sus defectos, pero democracia al fin.
Pasaron veintiséis años y mucha, muchísima agua bajo muchos puentes, pero no la necesaria, todavía, para que la historia lo ubique en el lugar que se merece. Su muerte aceleró un poco el reconocimiento de sus méritos, y con los homenajes póstumos salieron a la luz anécdotas y semblanzas de un hombre íntegro, coherente con sus principios como sólo puede serlo alguien que de verdad tiene principios.
Y no es para menos. Frente a la doble faz de tantos políticos y gobernantes que hoy hablan de honestidad, patriotismo y compromiso pero que no podrían demostrar el origen de sus fortunas personales, Alfonsín se erige como un ejemplo incuestionable de esa ética que tantos cacarean pero pocos practican. Frente al autoritarismo, el oportunismo y la soberbia del matrimonio presidencial, el espíritu democrático de Alfonsín contrasta demasiado, y ni qué hablar si comparamos su sencillez con las veleidades de prima donna de Menem (que viajaba con su peluquero y con la modista de su hija, devenida en primera dama), o las de Cristina (que seguramente gasta en carteras, zapatos, cosméticos y ropa bastante más que las mujeres de los sojeros “golpistas” a los que tanto defenestra).
Como millones de argentinos, lloré al volver a ver las imágenes de su asunción y revivir las idas y venidas de su gobierno, sus errores, sus aciertos.
Y en ese llanto se mezclaron la nostalgia por todo lo que representó hace veintiséis años, por lo que pudo ser y las circunstancias (y tal vez una oposición que no estuvo a la altura de esas circunstancias) no le permitieron ser, y una preocupación bastante impaciente por lo que quiero para mi país y todavía no llega: una democracia basada en el respeto, en la que todos juntos, más allá de nuestras diferencias, tiremos para el mismo lado.
Hace veintiséis años, Alfonsín me hizo creer que eso era posible. El sueño de esa gran democracia con la que “se cura, se come y se educa” está intacto, pero hoy sé que no depende ni de un líder, ni del carisma o la dadivosidad de nadie; ese sueño depende de nosotros, de que cada uno ponga lo que tiene que poner, esté donde esté, piense como piense, y de que aprendamos a exigirle a nuestros gobernantes (y legisladores) que honren sus cargos y su palabra, que sean dignos, que no mientan, que no sean oportunistas, que rindan cuenta de sus actos, que gobiernen para todos y escuchando a todos, que sean austeros, que sean decentes.
Porque la democracia no es una concesión que nos hace el ganador de turno, ni un derecho adquirido, ni una palabra bonita con la que arengar a las multitudes, ni un concepto abstracto que toma la forma que más nos conviene. La democracia es un estilo de vida, una manera de ser Nación y Pueblo, de pensarnos como sociedad y como país, y no puede imponerse por decreto: tiene que surgir de abajo hacia arriba, como una vertiente, porque hasta que no sea así no entenderemos que es nuestra responsabilidad, que tenemos que construirla día tras día entre todos, para todos, con todos.
Gracias a la ocurrencia de nuestra presidenta de adelantar las elecciones legislativas, el mundillo político argentino está más hiperactivo que hormiguero antes de la lluvia: que un intento de alianza por acá, que una ruptura por allá, que fulano quiere pero no lo dejan, que mengano quiere ir primero, que zutano se bajaría porque no da en las encuestas, y si seguimos así, corremos el riesgo de que cada partido vuelva a ir dividido en dos o tres fracciones, con lo que la confusión de los votantes será beneficiosa para algunos y catastrófica para otros. Y como a río revuelto ganancia de pescadores, hasta puede que el gobierno consiga conservar su mayoría en el Congreso. A la crisis internacional, que debería tener a legisladores y gobernantes trabajando a full para hacerle frente, se suma nuestra propia, y a estas alturas endémica, crisis política: nuestros partidos tradicionales, faltos de autocrítica y de capacidad de reacción pero eso sí, saturados de aspirantes vitalicios a cuanto cargo pueda existir, no encuentran la manera de juntar sus rebaños detrás de un solo líder, y en el intento pierden un tiempo precioso que deberían dedicar a ocuparse del país.
Lo de la atomización de los partidos tradicionales es un incordio porque también atomiza el voto, lo desparrama entre un montón de candidatos a los que muchos votan por error gracias a nuestro sistema tramposo de sumatorias y sublemas electorales. Pero en el fondo no es malo, porque significa que cada vez somos más los que no estamos dispuestos a dejarnos llevar por la nariz ni a encolumnarnos ciegamente detrás de nadie, por más carisma que tenga. Tal vez deba ser así; tal vez nuestra democracia, para crecer sana y fuerte, necesite que mueran viejas fuerzas políticas y que nazcan otras. Tal vez el peronismo, si quiere sobrevivir, tenga que abandonar para siempre la marchita, dejarse de cantar aquello de “combatiendo al capital”, reconocer que el capital es necesario para generar trabajo, y olvidarse del clientelismo, del matonismo, del verticalismo, y de tantos ismos como cobijó a lo largo de su historia. Tal vez el radicalismo tenga que declamar menos y escuchar más a la gente, sobre todo a su gente; el fenómeno de los radicales “K” debería ser estudiado en profundidad dentro del partido para ver por qué se originó, dónde está el agujero por el que se les escaparon dirigentes que, como Julio Cobos, el vice, tienen hoy mejor imagen que los candidatos radicales puros. Tal vez los partidos nuevos, que en su mayoría no son más que gajos de las fuerzas políticas tradicionales, consigan generar una nueva dirigencia, más osada, más comprometida con el presente y el futuro que con el pasado.
Tal vez. Cuando mayor es la crisis, más posibilidades hay de que se produzcan cambios de fondo y eso siempre es positivo. Mientras tanto, aguantemos el chubasco, escuchemos propuestas, informémonos sobre los candidatos y sus antecedentes, tratemos de no votar por descarte o condicionados por el miedo, y esperemos que aquella utopía de Alfonsín de una democracia con la que “se cura, se come y se educa” se pueda convertir, en un futuro no muy lejano, en una realidad que todos valoremos y disfrutemos.
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Graciela Fernández
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viernes 13 de febrero de 2009
Animales
En estos días, dos noticias que no tienen nada que ver con la crisis económica, ni con la política, ni con la realidad inmediata me dejaron pensando.
A la primera, cuesta creerla porque parece inventada: en Japón se han puesto de moda los “Gato Café”, que son bares donde el cliente paga por acariciar a un gato.
Diez dólares por hora. A un gato de verdad, de esos que hacen miau y sacan las uñas; no confundir con lo que aquí en Argentina llamamos “gato” (para los que no saben: prostituta más o menos fina). También se alquilan perros para pasear y otras mascotas menos convencionales, como escarabajos y hurones. Y hasta parientes; uno puede alquilarse un padre que lo aconseje, un primo, un amigo... Mientras leía esto, dos o tres de mis neuronas díscolas sacaban cuentas: a diez dólares la hora, dos perras y una gata querendonas como las mías en Japón me dejarían una fortuna: a Ushuni le encanta que le soben el lomo, Preta da verdaderos abrazos y Pianca es tan educada que hasta la han dejado subir en un colectivo. Y también podría ganarme unos buenos pesos alquilando a mi vieja, mi hermana y mi hija. Y por mi ex, por ahí también me darían algo...
La otra noticia no es para tomar en broma: en Méjico, un pequeño torero de once años, Michelito, rompió el récord mundial al matar seis novillos en la plaza de Mérida. Vi su foto en el diario, de frente como si le estuviera apuntando al toro con sus banderillas, y me dio escalofríos: esos no eran los ojos de un niño. Sus padres, que están muy orgullosos de él, apelarán la decisión del Guinnes, cuyos directivos decidieron no incluir a Michelito porque “no aceptan records basados en maltratar o herir animales”.
Qué loco está el mundo.
De un lado, personas que buscando paliar su soledad pagan por acariciar a un animalito, por sentir el calor de su piel, por la ilusión de ser dueños, aunque sea por un rato, de esa mascota que quisieran tener en casa pero que no pueden por falta de espacio, o de tiempo para dedicarle. Del otro, padres que exponen a sus hijos al riesgo cierto de morir, y que les han trasmitido desde la cuna el placer de matar a un animal sólo por diversión.
De un lado, la búsqueda de la comunión con otro ser vivo. Del otro, la negación del respeto a la vida en todas sus formas que, a estas alturas de la civilización, ya deberíamos tener incorporado en los genes.
De un lado, el dinero comprando lo que el ser humano nunca dejará de necesitar, pero que a veces no sabe cómo obtener: cariño, compañía. Del otro, el dinero de quienes pagan para ver el “espectáculo” de ver morir a un animal desangrándose. 
De un lado, el hombre y su maravillosa capacidad de seguir siendo vulnerable y sensible, aunque para ello deba inventarse una realidad falsa. Del otro, el hombre y su brutal incapacidad para comprender que no puede, no debe, creerse dueño y señor de la vida y la muerte ajenas.
Qué loco está el mundo.
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Graciela Fernández
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martes 6 de enero de 2009
Llegaron ya, los reyes eran tres...
Anoche no esperé a los reyes magos, por una simple cuestión de lógica: yo era el único ser humano que había en mi casa, así que no tenía mucho sentido hacer todo el ritual.
Pero igual me vino la nostalgia.
Recordé reyes de allá lejos y hace tiempo, cuando vivía en Rosario, en la avenida Alberdi, y juntar un manojo de pasto significaba recorrer toda una cuadra buscando en la cazuela de los árboles de la vereda, único lugar donde lo podía encontrar. Los camellos rosarinos se conformaban con poco: un plato con algunas briznas de hierba, una compoterita de agua, todo acomodado al pie de la escalera que iba a la terraza, porque se supone que ese era el acceso más sencillo: por allí bajaban sin ningún problema ladrones, ratones y gatos, que recorrían el barrio saltando de techo en techo.
Recordé a los reyes magos de Unquillo, que tenían un jardín enorme donde pastar pero igual se comían lo que les dejábamos junto a los zapatos. Y que a los once años me trajeron el piano en el más absoluto silencio, porque para eso son magos. Los reyes de Unquillo estaban abonados a Casa Tito, porque todo lo que nos traían (menos el piano, claro) estaba sólo en esa juguetería: el Cerebro Mágico, la bicicleta, las baterías de cocina de aluminio completas para jugar a la mamá... y venían cargados con lo que les habíamos pedido, y algo más.
Recordé también, evocando la memoria de mis ancestros, los reyes magos de la abuela Pepa, mi bisabuela, que se casó en Granada poco antes de cumplir los quince. Recién casada, había pedido una muñeca. Su marido, que la doblaba en edad y era un muchacho serio, salió temprano y regresó con una bolsa llena de castañas, almendras y otras delicias, que dejó sobre los zapatos de su flamante mujer; cuando ella se despertó y encontró el regalo, su desilusión fue tan grande que se echó a llorar. “Pepa, las muñecas son para las niñas...” le decía su esposo, pero la pobre Pepa no entraba en razones; me da un poco de pena pensar en ella, en su paso obligado a la adultez, en su inocencia incomprendida.
Y recordé los reyes de la infancia de mi hija. Reyes que a veces se quedaban dormidos y tenían que hacer malabares para dejar sus regalos a tiempo, esto es, antes de que Carla se despertara. Reyes que en cierta ocasión se llevaron por delante los platos con pasto y agua, haciendo un bochinche de órdago. Reyes amorosos, emocionados, que protagonicé durante muchos años; reyes de la pequeña abundancia o de la crisis, reyes obedientes al pedido infantil o insubordinados que traían lo que querían; reyes que con tal de contemplar esa carita de asombro y alegría se hubieran comido de verdad el pasto, de ser necesario.
Mis queridos reyes magos. Bendita sea la ilusión, aunque dure poco; bendita sea la leyenda, si sirve para que ejercitemos la capacidad de creer en algo, esa que nunca debería morir.
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Graciela Fernández
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martes 23 de diciembre de 2008
Navidades
Mis navidades tienen sabor a infancia, a los recuerdos de la infancia. Debe ser por eso que, según pasan los años, la nostalgia se me va metiendo cada vez más hondo en el corazón sin que me de cuenta, hasta que algo, un perfume, una foto, una frase escuchada al azar, me hace saltar la primera lágrima y una sensación de pequeñez, de finitud, de indefensión ante los avatares de la vida. No ando llorando por los rincones, aclaro. Ni me deprimo. Sólo me dejo ir, en una confusa mezcla de sensaciones, hacia el pasado y hacia el futuro, hacia lo que quisiera cambiar del mundo y no puedo, hacia lo que he logrado y lo que quedó en el camino, y hago una especie de balance en el que priman los agradecimientos, porque sería una ingratitud no agradecer todo lo que tengo.
Y es que la vida es eso, al fin y al cabo: lo que hay, lo que tenemos al alcance de la mano, y los sueños.
Cuando recién llegamos a vivir a Unquillo, y durante dos o tres años, vinieron a pasar las fiestas con nosotros mis abuelos paternos, dos de mis primos, y la tía Leonor, que era hermana de mi abuelo Diego. La tía Leonor hacía como veinte años que estaba de luto, ese luto de antes, negro riguroso en invierno y verano. Primero se le había muerto un hijo chiquito y años después el marido, y había enganchado los dos duelos como solían hacer en su España natal. Y había quedado débil del corazón, por lo que no había que darle malas noticias.
Pero la tía Leonor no era una mujer triste ni amargada. Recuerdo que un par de días antes de la navidad salía con mi abuela, recorría los tres o cuatro negocios importantes que había en Unquillo (casa Ararat, casa Tito...) y volvía cargada de paquetes que escondían en el placard de mi mamá. Un año fueron silloncitos de mimbre para mi hermana y para mí; otro, cubrecamas y frazadas; otro, sábanas; treinta y cinco años después, todavía conservo una de esas sábanas, que de tan transparente parece un velo pero que todavía está sana y es la favorita de mi hija. La noche del 24 transcurría entre platos y más platos de comida con total tranquilidad hasta las doce en punto, hora en que la tía Leonor, para congoja de todos, sacaba el pañuelo, se abrazaba a mi abuela y largaba el llanto, que se prolongaba hasta cinco minutos después del brindis, cuando luego de enumerar las virtudes de sus dos difuntos y de abrazarnos y bendecirnos a todos, la tía arremetía contra los turrones, las nueces, las almendras, y munida de una copa de sidra se ponía a conversar tranquilamente con mis abuelos sobre tiempos idos.
Mi mamá a veces se quejaba de que nos amargaba las fiestas, pero a mí me gustaba tenerla en casa; la tía Leonor, con su dignidad de viuda eterna y sus ropas negras, me parecía un personaje de lo más interesante, y a su manera, creo que me trasmitió el mensaje tranquilizador de que la vida sigue, siempre, hagamos lo que hagamos, más allá de las pérdidas y las ganancias.
De ella aprendí también que no hay corazones débiles: esa mujer a la que no había que darle malas noticias enterró a todos sus hermanos, a una hija más y a varios sobrinos. Y me enseñó, por último, que el llanto y la nostalgia no son malos, siempre y cuando sepamos después, como ella, levantar nuestra copa, bendecir, y brindar. Y brindarnos.
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Graciela Fernández
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