domingo, 14 de septiembre de 2008

Lo que cuesta un amante en Río Ceballos


“Está duro el mercado del usado” es lo que dicen las mujeres de mi edad cuando se les pregunta por su vida sentimental. Si pasados los cuarenta no se tiene la dicha (o la desgracia, depende) de tener un marido cama adentro, no quedan más opciones que asumir la soledad y tratar de pasarla lo mejor posible en compañía de una misma, el gato, los libros y el potus... o tener un amante, esto es, un señor que es casi un novio, pero a escondidas.

Lo que nadie sospecha son los costos de una y otra opción. La soledad pareciera más barata, económicamente hablando. Una puede salirse del presupuesto con unos bombones, un par de zapatos, una ida al teatro, una plantita nueva. Salvo que, como algunas, sea compradora compulsiva. Pero tener un amante... puede costarnos “más caro que una francesa”, como decía mi tío Diego.

Y ni le cuento si una vive en Río Ceballos, y es invierno. Para muestra, aquí va la transcripción casi textual, letra más letra menos, de las andanzas de una de mis amigas:

“Después de dos meses sin poder vernos porque tenía roto el auto, porque se le enfermaron los chicos, porque estaba tapado de trabajo y demás porqués, quedamos en que venía el sábado a las cinco de la tarde. Yo, por supuesto, no tenía un centavo, ni leña ni querosén, y la casa era un iglú. Durante la semana ni me doy cuenta porque llego tarde y me acuesto enseguida; pero cuando viene gente tengo que prender la estufa, mejor dicho las estufas, porque con el hogar solo no hago nada. Le tuve que pedir plata a mi viejo, y anotá: cincuenta pesos entre leña y querosén, más unas empanadas por las dudas se quedara hasta la noche, y un vinito, más las facturas para el mate, más un desodorante para el baño, más un par de lamparitas para el living, que se me habían quemado... cien pesos, me gasté.

Al mediodía prendí las dos estufas, así que para las cinco el living estaba cálido y el dormitorio también. Acomodé la alfombra frente al hogar y cambié las sábanas, prendí varios sahumerios, puse música... Como a las seis me llama para avisarme que vendría después de las ocho porque recién a esa hora le iban a entregar el auto, que estaba en el taller. De las cinco a las ocho son tres horas derrochando combustible. Llegó a las diez con una torta helada, una botella de champán y toda la buena onda del mundo. Yo llevaba cinco horas quemando plata, literalmente, pero no le dije nada porque para escuchar quejas con su mujer tiene bastante. La bruja es ella, no yo.


Claro que valió la pena... nos pudimos sacar toda la ropa, y nos pasamos la noche como en la canción de Charly: ¡yendo de la cama al living!”


Gracias a las confidencias de mi amiga, descubrí que tener un amante en Río Ceballos y en invierno cuesta la módica suma de ¡cien pesos cada vez que viene!, más o menos. Si a esto le sumamos la inversión inicial que nos demanda la primera visita del susodicho (ropa interior nueva, sábanas y toallas nuevas, etc.) y los gastos de mantenimiento (tintura, depilación, provisiones surtidas en la heladera, etc.) la cifra se incrementa notablemente. Si el caballero en cuestión es cumplidor y viene todos los fines de semana, o todos los lunes, o cuatro veces al mes el día que a él le quede cómodo, necesitamos un sueldo extra para conservarlo.

Se acabaron las épocas gloriosas en que los novios y amantes nos llevaban a cenar, a bailar y a terminar la noche en “un lugar más íntimo”, como solía decirse. Ahora, somos nosotras las que tenemos que demostrar solvencia: tener casa propia o alquilada donde no viva nadie más que una, y además un buen trabajo, nos permite darnos el lujo de tener un amante a domicilio. No dependemos del hombre para ir a ninguna parte: el escenario y el menú lo ponemos nosotras... ¡y lo pagamos nosotras, también, que tanto!.

El orgullo femenino gana adeptas día a día. Si antes se tenía un amante para que aporte lo suyo y la mujer se consideraba a sí misma como una mercadería que debía venderse cara, ahora nos fuimos al otro extremo, y algunas ya ni aceptan que les paguen un café. Personalmente prefiero el término medio, y no comparto ni la absurda pretensión de que nos mantengan ni la insalubre costumbre de mantenerlos nosotras. A la hora de consensuar, si él trae el vino yo pongo el postre, y si él pasa por la rotisería y trae la cena, no me opongo, y si me invita a comer afuera, menos que menos, y si me quiere pagar la luz, los impuestos y el teléfono, bienvenido sea.

Digamos que: no pido, con lo que mi orgullo queda a salvo, pero acepto con gusto lo que me ofrezcan, con lo que mi presupuesto también queda a salvo.

Y no es que sea interesada, sino que no podría negarle a un hombre la posibilidad de sentirse masculino mediante el ancestral (y mágico) recurso de esgrimir la billetera. Si durante cientos de años el hombre fue el “proveedor” y se sintió cómodo en ese rol, ¿con qué derecho le cambiamos los papeles, sumiéndolo en una crisis de identidad de la que no sabe cómo salir? Con su nefasta consigna de compartir gastos, lo único que han logrado las feministas es que los hombres se vuelvan flojos, calculadores y mercenarios y que no nos conviden ni un mísero helado.

En cuestiones de dar y recibir, cada uno es dueño de hacer lo que más le guste. Pero eso sí, queridas compañeras de infortunio: los números hay que hacerlos con la cabeza. Las que prefieren hacer el amor a lo grande, sauna y yacuzi incluido, no se entusiasmen con la tarjeta. No vaya a ser que empeñen hasta el aguinaldo del 2010 para darse un gustito de vez en cuando. Eso no. Porque una cosa es ser independiente y otra es tener un amante a cualquier precio, poniendo en riesgo la economía doméstica o renunciando al arreglo del techo, a los anteojos para ver de cerca, a la mamografía, al dentista o a una cocina nueva.

¡Recuerden, chicas, que los amantes pasan pero una queda, y la casa también! Y que el tiempo hará estragos en ambas, tarde o temprano, así que mejor guardar para el futuro ese dinero que hoy, sin darse cuenta, algunas dilapidan en nombre del placer. Al César lo que es del César... y al amante lo que se gane con el sudor de su frente, ustedes me entienden.

* * *

Esto también es de Peperina Exprés, mi columna de cuando escribía en El Zonda de San Juan. Tuve que actualizarle los números, porque para desgracia de las mujeres de Río Ceballos, a valores de hoy... ¡tener un amante nos cuesta el doble que hace dos años! ¡Hasta en eso se nota que el INDEC miente!


viernes, 5 de septiembre de 2008

Mate y amigos

Confieso que no soy matera “de alma”. En un principio, mi relación con el mate estuvo signada por la opinión de mi abuelo andaluz, que despotricaba contra lo que, según él, era una costumbre de lo más antihigiénica; en su defenestración de la bombilla se mezclaban sus prejuicios con las más elementales verdades médicas, sin distinguir entre unos y otras. Tal era su convicción que sólo se tomaba unos amargos con mi abuela o con mi mamá, no sin antes hacerles despintar los labios.

Pero más allá de mi abuelo Diego, yo quería ser escritora y el mate no encajaba con la idea que me había hecho de los escritores. Los escritores tomaban café en los bares. El mate no era romántico, el café sí; no había ningún tango que se llamara “El último mate”, y lo de “ni yerba de ayer secándose al sol” era muy poco glamoroso. Y no me lo imaginaba a Borges tomando mate, ni a Silvina Bullrich, ni a Cortázar... Mi adolescencia fue, entonces, una ingesta panfletaria de tazas y tazas de Nescafé hirviendo, que no me convirtieron en escritora pero sí me dejaron el estómago listo para la gastritis que vendría después.

No es que no tomara mate; no le había tomado el gusto, que es distinto. Hasta que allá por el 79, empecé a visitarlo al Flaco Olivieri. El Flaco era un amigo como diez años mayor, casado y con dos nenas, y su casa un reducto al que se podía caer a cualquier hora. El Flaco abría la puerta medio despeinado, decía “pasá”, ponía la pava al fuego, llenaba de yerba el jarrito enlozado, y con esa misma yerba tomábamos pavas y pavas de agua caliente con gusto a peperina. No importaba si alrededor de la mesa éramos tres o diez, ni si María Teresa, su mujer, se demoraba hablando y trancaba la ronda. No importaba que fuera invierno o verano, las dos de la tarde o las cinco de la mañana. Esos mates, lavados y dulces hasta lo imposible, tenían el sabor de su hospitalidad, y de mi rebeldía: por ese entonces, yo era una nena bien que jugaba a ser pobre en lo del Flaco, sin sospechar siquiera la que se me venía encima.

Ahí empecé a asociar el mate con la amistad.

Después vinieron otros tiempos, otros amigos, y con ellos, otros mates. Como los de Elsa y Robin, que fueron los mates de la hiperinflación, de las angustias compartidas, de la felicidad cuando nos iba un poco mejor y podíamos comprar facturas, los de las ganas de amucharnos junto al hogar para que el invierno se hiciera más corto, los de las tardes bajo el paraíso de la vereda; mates que fueron, y siguen siendo, los de las horas en que la incertidumbre por el destino propio y el del país nos tiene anclados en esa inactividad que invade el cuerpo y el espíritu cuando uno se desanima. Hubo muchos mates buenos, también, no vaya a creer: los del “non calentarum, largum vivirum”, filosofía que nos hacía reírnos de lo que fuera, aunque sea por un rato.

Y están los mates de la Cris Márquez, a orillas del Mal Paso y con galletitas con picadillo que ella me prepara con su ternura nutricia; los que me tomo a veces con Víctor mientras inventamos algo en la computadora; los que ceba mi hija cuando está inspirada, uno por hora porque es algo dispersa, pero que son un compendio de meticulosidad: la bombilla acá, el agüita allá, el yuyito por este otro lado...

Los mates de mi vida poco tienen que ver con esa infusión verde que se toma por costumbre y que se le ofrece a todo el mundo. Los mates que comparto con mis amigos, cebados siempre por ellos porque yo no sé cebar, son un refugio ante las contingencias de la vida, un abrazo que sostiene cuando todo se derrumba alrededor, un guiño cómplice, y por qué no, una manera de pedirles que me quieran y de recibir su amor. Sigue gustándome el café, pero a la hora de poner el corazón sobre la mesa... venga un mate.

(Publicado en Revista Ayllu - Río Ceballos)

sábado, 30 de agosto de 2008

Apología de los pelados


Hoy tomo la palabra en defensa de esos nobles caballeros que, aceptando su destino, caminan por la vida sin nada que decore sus cabezas. Me refiero a los pelados que se asumen como tales.
Un pelado asumido es como un himno a la virilidad. Fíjese usted, si no, como camina. Tiene el porte soberbio de un noble de rancia estirpe, la mirada desafiante de un gladiador romano y la belleza adusta de una estatua griega.
“El pelado” es un hombre de armas tomar. Un tipo que va al frente, que no oculta sus miserias.
Un superhéroe capaz de las hazañas más inverosímiles: hay que ser muy valiente para enfrentarse a un madrugón de cinco grados bajo cero con las orejas al aire y el cerebro casi, casi, al descubierto. O para calcinarse bajo el tórrido sol del mediodía , sintiendo el crepitar desesperado de los sesos bajo el cráneo al rojo vivo. “El pelado” está limpio de pecados capilares. Su aura brilla, al igual que su cabeza, como la de un infante recién bautizado. Nada de quinchos, jopos truchos ni pelos acomodados con sustancias pegaminosas. “El pelado” es un rey, y como tal, no acepta más corona que su propia dignidad... o un gorrito de lana, a lo sumo.
Cuando “el pelado” se lanza a la conquista no anda mariconeando haciéndose reflejos, baños de crema ni rastas. Lanza en ristre y calva al viento, arremete como heroico Quijote sin más casco ni plumaje que su masculinidad. ¡Y siempre gana!
Mujeres argentinas: un ejército imbatible de pelados nos espera. No conocen la histeria, son mimosos, masculinos, y no gastan en shampú ni nos disputan el cepillo para brushing. Y con sólo dejar que una de nuestras manos resbale por su testa mientras le mordisqueamos una oreja, sabremos lo que es tener a nuestras plantas rendido un león. Sin melena, el león, pero ¿a quien le interesa ese detalle?.
(Permítame una recomendación: si usted jamás acarició a un pelado, para que no se note esa falencia ensaye desde ahora. Para ello, flexione la pierna izquierda a 45 grados y frótese la rodilla hasta sentir un cosquilleo sensual en la palma de la mano. Cuando encuentre al “pelado” de su vida, este aprendizaje previo le puede resultar de mucha utilidad para vencer ese escozor que nos produce lo desconocido.)
Pelados argentinos: no se dejen tentar por charlatanes que les prometen el oro y el pelo: manténgase impasibles y ecológicos, sin conservantes y sin entretejidos. Y recuerden que el hombre es como el oso, cuando más feo más hermoso...
Que el oso sea peludo, es otra historia. Y no viene al caso.

Internet es de todos, pero los textos son del autor. Citemos las fuentes.

martes, 19 de agosto de 2008

La madurez


Hace unos meses hice un descubrimiento: eso que habitualmente llamamos “madurez” es como un hongo pegajoso y gris que va aflorando a medida que nos descascaramos por dentro y por fuera. El flagelo en cuestión está al acecho día y noche, esperando la ocasión para dominar nuestra voluntad, anquilosar nuestras ilusiones y convertir nuestras neuronas en fósiles. Decidida a no darle la más mínima ventaja revisé mis revoques internos y externos, y luego de comprobar que la “madurez” no tenía por donde atacarme, continué con mi plácida existencia.

Bastó un simple descuido y de repente el monstruo estaba frente a mí, amenazante, intentando convencerme de que debía ser “madura”, dejarme de embromar con la literatura y dedicarme a cosas más rentables.

-¡Vade retro! -le dije, esgrimiendo una lapicera- si para madurar tengo que renunciar a lo que más me gusta ¡pues seré una inmadura toda mi vida.

El perfil de persona "madura", para nuestra cultura occidental, es el de alguien aburrido, absolutamente sensato, imparcial, sosegado, que ha llegado al punto más alto de sus capacidades físicas e intelectuales, y que en cualquier momento empieza a declinar y se echa a perder. Como una fruta. Madurá, le decimos al hijo amante de la aventura que se olvidó de anotarse en la facultad porque se fue de campamento con sus amigos. Madurá, le volvemos a decir cuando se pelea con su novia de la adolescencia, se engancha con una ecologista y se va a despetrolar pingüinos en lugar de rendir las tres materias que le faltan. ¡Madurá! le insistimos cuando cambia de trabajo, no por un mejor sueldo sino por más tiempo libre.

¡Madurá! le gritamos con desesperación, cuando decide abandonar su promisorio futuro como abogado y se va al sur a cultivar frutillas.

Y de tanto insistir, nos la creemos: una persona madura no hace esas cosas. Una persona madura siempre razona, siempre hace lo que conviene, no se rebela, no hace locuras. ¿Es eso la madurez? ¿El último peldaño, y de ahí en más un salto hacia la nada eterna? ¿Un espacio donde está todo dicho y todo concluido, algo así como el "final de obra" que dan los arquitectos, y si a uno le quedaron unos cuantos cerámicos torcidos a joderse, que ya no tiene arreglo? Y después de la madurez, ¿qué? ¿Los gusanos?

Todavía estoy verde para eso. Mi mente aún retoza entre miles de utopías y mi cuerpo me acompaña con la misma pasión, aunque no con la misma resistencia de años ha, por desgracia. Confieso que después de una jornada de sano esparcimiento (piense lo que se le antoje…) ahora me duelen músculos y huesos que yo ni sospechaba que existían. Y que antes no dolían. Y confieso también que empiezan a preocuparme temas como la vejez, el deterioro inevitable de mi humanidad, el futuro incierto y la jubilación. Y que me produce un molesto escozor el andar por el mundo así de incógnito, sin haber hecho aún nada notorio, trascendente... o escandaloso, al menos.

Si no es la madurez esa especie de momificación en vida que suponen algunos, ¿qué es, entonces? Luego de haber leído una buena cantidad de libros de autoayuda, de haber charlado largo y tendido con mis amigas, de haber desmenuzado y confrontado las opiniones de Osho, Bucay, y otros guías espirituales, y de haber meditado en soledad acariciando el lomo de mi perra, puedo afirmar sin temor a equivocarme que: “La madurez es la capacidad de asimilar nuestra existencia como parte del cosmos sin sentirnos el ombligo del universo.” Frase de mi invención, no se gaste buscándola en ningún libro de filosofía porque no la va a encontrar. Los filósofos no tienen tanto poder de síntesis.

Entre acumular años y saber madurar hay la misma distancia que entre juntar tierra debajo de la cama y tener un campo de 2000 hectáreas. No son las experiencias ni la edad, por sí mismas, las que otorgan madurez: es la intuición, la percepción de lo que nos rodea, de los otros y de nosotros mismos. La mirada implacable hacia adentro, hasta que duela, hasta sentir que aún hay cosas por hacer y por cambiar. La mirada hacia fuera, pura y maravillada como debió haber sido la primera mirada del primer hombre. El alma en paz, y al mismo tiempo abierta a todas las emociones; la mente abierta a todas las ideas, pero buscando el equilibrio; el espíritu dispuesto al dolor y a la alegría en idéntica medida. Y la piel palpitando debajo de la ropa, pronta siempre al abrazo, al consuelo, al frío y al calor.

La madurez, la verdadera madurez, es un estar “a punto”, listo para empezar, en el mejor momento para lo que uno esté dispuesto a permitirse. Y para eso, no hay edad.

Esto también es de Peperina Exprés, mi columna de "El Zonda" de San Juan de hace unos años. Y viene a colación porque a veces siento que estoy involucionando, que estoy cada vez más lejos de convertirme en esa persona "madura" que se supone uno debe ser cuando está pisando los 50. No es sencillo esto de andar todavía sin rumbo definido, sin un curriculum lleno de logros, viviendo al día y dejando que el tiempo pase como si no se fuera a terminar más, como si todo fuera eterno. No se lo aconsejo a nadie. Pero no puedo evitarlo: algo muy dentro mío me dice que lo que deba ser, será a su tiempo, y que de nada nos sirve apresurar el paso porque nuestra huella es apenas un rastro efímero, que se borrará ni bien sople el viento. Que la vida es apenas un puñado de sueños propios y ajenos, sueños que hay que defender con toda el alma. Que para tener más, tenemos que aprender a vivir con menos.

Sólo algunos predestinados dejan para la posteridad algo grande de verdad; el resto somos sombras en la noche, arena en el desierto, gotas saladas en el mar, o cuanto mucho, una flor colorida a un lado del camino. Nada más.

Y nada menos.

martes, 29 de julio de 2008

Cuando el dolor no puede ser ajeno

En 1976 yo tenía dieciséis años, vivía en Unquillo y mis únicas preocupaciones tenían que ver con el estudio, algún desengaño sentimental y las discusiones con mis compañeros de cuarto año para ver dónde nos iríamos de viaje de fin de curso. La política no era tema de discusión habitual en casa; yo simpatizaba secretamente con el peronismo, pero como mi papá era radical la cosa no daba para mucho diálogo. Que yo recuerde, en mi familia nadie militó en ningún partido; sospecho que mi abuelo español era franquista porque odiaba al comunismo, y mi mamá solía contar que cuando era jovencita se había tenido que afiliar al peronismo para conseguir trabajo, pero la participación política de los Fernández y González de quienes desciendo (que no tienen nada que ver con los que hoy están en el gobierno, esos venían en otro barco) terminaba ahí.

Mi entorno se parecía y se parece al de miles de argentinos: no tengo ningún pariente o amigo militar, ni represor, ni guerrillero, ni muerto en un enfrentamiento, ni desaparecido, y no sé si alguna vez estuve cerca de que me llevaran por error, o porque mi nombre estaba en alguna lista.

Pero aunque mi paso por la historia de los ´70 haya sido anónimo y silencioso, no por eso dejé de estar ahí. Sabía de los guerrilleros liberados por Cámpora, de un Perón que había echado a los imberbes de la Plaza de Mayo, de la triple A, de los artistas prohibidos, de la nefasta influencia de López Rega sobre Isabelita, de los incontables paros, del ERP, de los Montoneros, de las bombas que ponían, de los secuestros, de los enfrentamientos, y del miedo y la impotencia que provocaba en la gente común, la que no militaba en política y sólo quería trabajar y vivir tranquila, el no saber qué estaba pasando, por qué un grupo con ideas extremas, ideas que venían de afuera, quería tomar el poder. Porque el marxismo no era cosa nuestra; lo nuestro era el peronismo, el radicalismo, pero esos tenían las ideas del Che, de los rusos...

Y entonces llegaron ellos, los salvadores de la patria. Hombres que parecían incapaces de hacer algo que empañara su buen nombre y honor, y el de la institución que representaban. La “reserva moral” del país, en la que muchísima gente creía. Al parecer, mientras uno saliera con el documento en el bolsillo y no se metiera en nada raro, no había qué temer; lejos estábamos de imaginar que el concepto de “andar en algo raro” pudiera ser tan amplio como para abarcar a quienes hacían trabajo social en las villas, a estudiantes, curas, docentes, médicos, gremialistas y cuantos lucharan por un país más justo, aunque sólo fuera con la palabra.
Para cuando volvió la democracia, el descrédito de los militares era insoslayable pero no por sus violaciones a los derechos humanos, de las que nos enteraríamos con toda crudeza poco después, sino por otros motivos que ahora no vienen al caso. Recién con el informe de la Conadep se nos cayó la venda de los ojos y vimos lo que en su momento no supimos o no pudimos ver: que los militares, en su afán de “aniquilar” a la guerrilla, habían matado y desaparecido a miles de inocentes. Que la ética, la justicia y la legalidad habían sido pisoteadas por quienes se decían sus más acérrimos defensores.

Se juzgó a los responsables, se alcanzó a condenar a algunos, pero las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, más los indultos de Menem, echaron por tierra uno de los primeros logros de la democracia. Aunque tal vez tenía que ser así; tal vez eran necesarios casi treinta años para que toda la sociedad, y me incluyo, terminara de entender hasta dónde había llegado el puñal, hasta dónde toda una generación había sido primero mutilada, y después, despolitizada.

Hoy, más exaltados o sufrientes unos, más calmos y ecuánimes otros, todos sabemos lo que pasó.

También sabemos que el Estado debe actuar dentro de la ley: un guerrillero, o cualquiera que cometa un acto ilícito, debe ser juzgado y condenado, nunca desaparecido, nunca torturado, nunca enterrado en una fosa común. Tenemos leyes, tenemos una Constitución que hay que respetar.

Al amparo de esas leyes y esa Constitución, hace unos días el general Luciano Benjamín Menéndez fue juzgado y condenado a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad; cómo se habrán respetado sus derechos, que el presidente del Tribunal hizo retirar de la sala a una mujer que lo interrumpió mientras él, el acusado, hablaba. Escuché su alegato personal, en el que ni siquiera hubo un atisbo de autocrítica, y no pude menos que sentir pena por ese hombre viejo, con un rostro en el que ningún músculo dejó traslucir algo parecido a un sentimiento. Un hombre viejo que en pocos años morirá en una cárcel (o en su casa, qué importa) convencido, absolutamente convencido, de que se ha cometido con él una injusticia y sin haber entendido que hizo cosas monstruosas, de esas que a cualquier otro ser humano le habrían quitado el sueño por el resto de sus días. Un hombre viejo anclado en el pasado, con la mente y el corazón cerrados a la posibilidad de recibir el perdón humano y tal vez el divino: mal puede ser perdonado quien no reconoce ninguna culpa, y que no se arrepiente de nada.

Entre los que estaban presenciando cómo juzgaban a ese hombre viejo, había mujeres con pañuelos blancos en la cabeza que esperaban ansiosas, porque a ellas también se les va la vida, que se hiciera justicia por sus hijos muertos o desaparecidos. Una de ellas, Sonia Torres, lo dijo más o menos con estas palabras: "Que la justicia se apure, porque a muchas de nosotras nos queda poco tiempo". Como mujer, como madre, no puedo menos que entender a esas mujeres: si a mí me hubiera pasado lo mismo que a ellas, probablemente sería una de ellas. Sus hijos no tuvieron la posibilidad, que sí tuvo el general Menéndez, de ser juzgados; eso lo que hoy debe importarnos, si queremos que nunca más alguien deba esperar treinta años para que se haga justicia, para que un asesino pague por sus crímenes.

Y si de hacer justicia se trata, dejemos de escuchar una sola campana; si oímos varias, nos quedará claro que no todos los militares y policías fueron represores, asesinos o torturadores; que no todos los desaparecidos eran guerrilleros, hubo muchos inocentes; que una cosa es ser idealista y otra salir a poner bombas; que una cosa es tomar prisioneros de guerra y otra muy distinta torturar y desaparecer gente. Y que más allá de los errores y culpas de unos y otros, está el dolor de quienes han perdido a un ser querido en esa ¿guerra?, ¿revolución?, que tanto mal nos hizo a los argentinos: el sufrimiento de los familiares de policías y militares muertos en enfrentamientos y atentados no es menor que el de los familiares de los guerrilleros muertos y desaparecidos, o de tantos inocentes que cayeron en la volteada.

Y ese dolor no puede ser ajeno, porque podría ser nuestro. Cada uno de nosotros podría tener un padre, un hijo, un hermano, muerto en un enfrentamiento entre guerrilleros y militares, enterrado envuelto en una bandera y con todos los honores o en una ceremonia íntima, pero enterrado al fin. Pero también cada uno de nosotros podría tener un desaparecido en la familia. Piense por un momento, sólo por un momento, que podría ser usted el que busca a un hijo, a su padre, a su hermano, desde hace más de treinta años; que no sabe con certeza cómo murió ni dónde está enterrado, que no tiene una tumba donde llorarlo. Creo que es casi inimaginable, que sólo quienes lo han vivido en carne propia saben qué se siente, hasta dónde duele.

Si tratamos de entender el dolor del otro, si lo despojamos de su filiación política y lo vemos sólo como sufrimiento por el que no está; si dejamos de pensar que todo es blanco o negro y empezamos a reconocer los infinitos matices de gris que dan luz y sombra a la vida humana, le haremos al país, y a nuestros hijos, y a nosotros mismos, un favor enorme.