domingo, 19 de octubre de 2008

Semblanza de una madre modelo 1936

Hace rato que Madre me pide que escriba algo sobre ella para la posteridad. Hoy le voy a dar el gusto. Cuesta intentar una semblanza que no sea cursi, ni archisabida: ¿Qué se puede decir que no se haya dicho de la grandeza de las madres, de su capacidad de sacrificio, de su amor incondicional? De las madres en general, no sé; pero de la mía...

Les cuento.

Si tuviera que comparar a mi mamá con algo, sería con una topadora. Taurina de pura cepa, agacha la cabeza y arremete, hoy como ayer, contra lo que se le cruce. Últimamente arremete más que nada con la lengua, y bien brava que la tiene, pero en sus años mozos bastaba que una idea cruzara por su mente para que la llevara a la práctica. ¿Pintar una habitación en la casa de Rosario, que cada dos por tres dejaba caer sobre nuestras cabezas el reboque del techo? Ella sola corría todos los muebles, rasqueteaba, preparaba la pintura, y meta rodillo y brocha, a la noche uno dormía en un cuarto nuevo. ¿Arreglar el jardín de la casa de Unquillo, 1400 metros de terreno? ¡Una pavada! En un principio, fueron cientos de papas de dalia enterradas en primavera y desenterradas a comienzos del otoño; más tarde, incontables plantines de petunias renovados todos los años. Y entre tanto, millones de yuyos sacados a mano, y canteros carpidos de rodillas. ¿Coser vestidos para sus hijas? Con los moldes de la Temporada para niños y la Singer a pedal, cualquier retazo se convertía en un jumper, y los trajes de papá que le iban quedando chicos se reciclaban en pulcros trajecitos para nosotras.

Mamá tuvo una infancia pobre, de inviernos sin medias, abrigos escasos y zapatillas con agujeros en la punta. Apenas hizo la primaria, pero nos revisaba los cuadernos todos los días y nos educó mejor de lo que muchas profesionales educan hoy a sus hijos. Mi niñez, gracias a ella, tuvo cumpleaños memorables: todo casero, como se estilaba entonces, desde la torta hasta las empanaditas de copetín, las tarteletas, las cazuelitas de salchicha en salsa, las albondiguitas fritas... lo único que compraba eran los sandwiches de miga y las gaseosas. Y el cotillón... altos bonetes de cartulina decorados con lunares de papel glacé metalizado y volados de papel crepé, que los varones no querían ponerse, y collares hawaianos, que mamá comenzaba a preparar varios días antes cosiendo tiras y tiras de papel crepé en la Singer, con puntada larga y el hilo de la bobina flojo para poder fruncirlas y armar los collares más gordos, multicolores y prolijos que se pudieran imaginar.

Cuando recién nos mudamos a Córdoba, nuestros domingos en el río San Antonio también eran memorables: en el baúl del 404, dos heladeras de telgopor conservaban las vituallas, incluido el postre: frutillas con crema, budín de pan o alguna torta descomunal, decorada y todo... había que alimentar a la familia, y mamá lo hacía a conciencia.

No puedo menos que recordar con ternura su peinado batido de la década del ´60, similar al de la esposa de Homero Simpson; ni los “claritos”, moda absurda que la hacía parecer vieja a los treinta; ni sus osadas minifaldas cinco dedos arriba de la rodilla. No puedo menos que admirar su orgullo por lo que hacía, y por sus orígenes: de obrera en una fábrica de zapatos, veinte años después estaba dirigiendo a cien personas en su propia fábrica, la que empezó de la nada con su marido y que llegó a producir mil pares diarios. Cuando, poco más tarde, perdió todo, salió con la frente alta a buscar trabajo, peleando codo a codo con los hombres por un puesto de encargada. A los setenta años, sigue en el gremio; hoy trabaja en su casa, tiene un pequeño taller en el que es dueña y única empleada, y no pierde la esperanza de volver a tener su propia fábrica. Tozuda, mi vieja...

Y linda. Tan linda es, que salió Miss Alberdi allá en Rosario, cuando tenía veinte años. Vieran la foto... nada, nada que envidiarle a las bellezas de su tiempo, ni a Sofía Loren, ni a la Bardott, ni a la Lollobrígida. La corona que la Miss luce en el retrato, de cartulina con lentejuelas pegadas, no alcanza a desmerecer su glamorosa belleza, aunque señala que el barrio no era de lo más “caté”... pero no se lo digan, porque se ofende.

Si tuviera que elegir, de entre tantos, un recuerdo querido de mi infancia, elegiría el más viejo: mamá leyéndome un cuento, siempre el mismo, que antes de los tres años me aprendí de memoria de tanto escucharlo: “Galopito era un potrillito que, ico, ico, llevaba a pasear a los animalitos del bosque. Pero un día...”. El impulso apremiante de dar vuelta la página para ver como siguen las historias, las de los libros, y a veces las de mi vida, las que releo por décima vez y las nuevas, no me abandonará jamás. Eso no tiene precio, y se lo debo a mi mamá. ¡Feliz día, vieja! Eso sí, no protestes si me olvidé de algo, que tantas virtudes tuyas no caben en un artículo como éste...

(Publicado en El Zonda de San Juan, en mi columna Peperina Exprés)

viernes, 10 de octubre de 2008

Globali...¿qué?

Esto de estar sin trabajo es como un parto en cámara lenta. Es más, alguien tomó el control remoto, apuntó hacia mi imagen, puso la pausa y me dejó congelada justo en medio de un pujo, con el jadeo atragantado y un grito a medio brotar. Así me siento, le juro. Paralizada en plena agonía.

Como ya no me queda ni media neurona sana, busco ideas de prestado para reconvertirme y transformarme en mi propia empresa, que es lo que debemos hacer los desempleados, según dicen los que saben. En esa búsqueda a ciegas, cayó en mis manos una revista femenina editada, por supuesto, en Buenos Aires. Y ¡Aleluya!, nota de tapa: “Mil ideas para crear su propia empresa”. Ávida de efectivo y de soluciones, me aboqué a la tarea de leer las cinco páginas con toda la apertura mental que mi desesperación me permitía. Les cuento lo que encontré:


1) Peluquería canina a domicilio: “Sólo” se necesita una trafic equipada para bañar perros, o sea con instalación de agua caliente, secadores de pelo, ¡y nada más!. Claro, eso puede andar si uno vive en Buenos Aires. Acá donde YO vivo, en Río Ceballos, cada quien baña su perro... cuando lo baña. O el perro se va al río y se baña solo.


2) Viandas para frizar de comida naturista. ¡Que negocio! En Barrio Norte, porque lo que es acá, donde yo vivo... debe haber uno o dos freezer en todo el pueblo, y la comida es naturista, eso sí, nada envasado: mate y criollos mañana, tarde y noche.


3) Servicio a domicilio de... ¡ ordenamiento de placares! Una paquetería: por la módica suma de $ 200, una persona viene a ordenarle su placard y le vende un montón de cajitas primorosas y de bolsitas perfumadas. Justo para mi pueblo ese negocio, placares desordenados debe haber a montones, pensé primero... pero gente dispuesta a pagar esa fortuna, dudo que haya, pensé después.


4) Servicio de lunch para cumpleaños infantiles: que quiere que le diga, en los últimos diez cumpleaños a los que asistí el menú autóctono estuvo compuesto por papitas, saladitos, panchos, pizza, jugo y torta. Al margen del poder adquisitivo de los anfitriones, acá el menú fijo es ese. ¿Lunch? ¿Qué es eso?


5) Reciclado y venta de muebles antiguos: y claro, allá “reciclan”, pensé al borde del llanto. Porque lo que es acá... rejuntamos, nomás, amontonamos cachivaches.


6) Digitopuntura a domicilio: si, y reiqui, y masajes con aceites esenciales, y toda una gama de opciones antiestrés que los porteños deben estar acostumbrados a pagar con gusto, pensé. Porque lo que es acá, cuando estamos algo locos nos vamos a caminar por la orilla del río y si no se nos pasan los nervios, paciencia.


En fin, que ni una sola de las ideas me sirvió. Porque es como que hay dos mundos, el mundo globalizado, el mundo de allá, donde se editan las revistas, donde uno puede reconvertirse en su propia empresa... y el mundo de acá a la vuelta, el de tierra adentro, donde ya no nos queda a quien venderle pastelitos, empanadas, dulces caseros ni pastafrolas. Ni hablar de bañar al perro ni de ordenar los placares, que para darse esos gustos hay que tener mucha plata.

* * *

Cuatro años pasaron desde que escribí esto para mi columna del Zonda, y acá estamos de nuevo al borde de la inflación, la recesión y la devaluación. Y a mí esto de la crisis global me da pavura, me agarra como un ataque de delirio apocalíptico y empiezo a hacer ridiculeces como economizar fósforos, comer cosas crudas para ahorrar gas y barrer menos para no gastar la escoba. Mi amigo JT, que sabe de estas cosas porque ha vivido mucho, intenta tranquilizarme por mail diciéndome que no me preocupe por el futuro porque en el largo plazo todos vamos a estar muertos, frase que me desespera porque a mí lo que me importa es el corto plazo y lo que tendré que hacer para llegar a fin de mes. JT insiste, dice que la vida es una sucesión de imprevistos, que hoy estamos arriba y mañana abajo, que la economía es cíclica y que siempre que llovió paró, y yo coincido con él hasta que enciendo el televisor y veo que las bolsas del mundo se desplomaron; ahí me vuelve a atacar el delirio apocalíptico y corro a comprar fideos, arroz, latas de arveja, jabón en polvo y papel higiénico antes de que dólar se vaya a las nubes.

Después, claro, me pongo a pensar en cómo puede ser que algo tan intangible como la bolsa de Tokio pueda hacer tambalear la economía de alguien que vive en Río Ceballos y nunca en su vida compró o vendió acciones de nada. O cómo puede ser que en Estados Unidos quiebren los bancos y sin embargo el dólar siga subiendo. O cómo puede ser que los gremios pidan aumento tras aumento mientras las empresas empiezan a pensar en reducir su personal. O cómo puede ser que...

Y cuando la cabeza no me dá más, porque no entiendo nada, salgo al jardín, reviso mis plantitas de tomate y de pimiento, me fijo si ha brotado alguna semilla de calabaza, le doy ánimo a la lavanda que trasplanté para ver si resucita, y me siento en un tronco a mirar las sierras. A mis pies, las hormigas pasan como una caravana de veleros acarreando trocitos de hojas y flores, algunos varias veces más grandes que sus cuerpos. En el cielo, un jote vuela en círculos morosos mientras una pequeña bandada de palomas se posa en los cables de la luz y un colibrí va y viene en mi madreselva. Y ahí entiendo que sí, que como dice JT, no hay que preocuparse por el futuro. Hay que vivir, nomás; el resto, Dios dirá.

Además, no hay que preocuparse por el futuro ¡porque es igualito al pasado! Como dice el tango, veinte años no es nada... y treinta, cuarenta o cincuenta, tampoco!




sábado, 20 de septiembre de 2008

Primaveras que no volverán

Llega septiembre y me ataca la nostalgia. Es comprensible: con cuarenta y pico largos, todavía tengo memoria, y con las primeras flores y las primeras alergias me acuerdo del día del estudiante, de los picnic, de los campeonatos entre colegios...

Recuerdo especialmente un 21 de septiembre: el de 1976. Cuarto año, Escuela Superior de Comercio Mariano Moreno de Río Ceballos, el dique La Quebrada casi a estrenar, las siete de la mañana y nosotros, de remera, gorrito estilo “Piluso” y zapatillas de lona, rumbo a la cascada de Los Hornillos. La caminata fue inolvidable, principalmente para mí: “¡Seguí la huella!”, me gritaban los que iban adelante, que eran todos menos yo. Como buena rosarina criada en asfalto no veía nada a mi alrededor parecido a un sendero, ni siquiera un mísero caminito de hormigas. Cuando ya no sabía para donde agarrar, me sentaba en el suelo como chico empacado a esperar que alguien notara mi ausencia y se volviera a buscarme, cosa que hicieron unas ocho veces, más o menos.

Luego de atravesar media provincia (o así me pareció), de clavarnos espinas ponzoñosas, de avistar un par de víboras y tres iguanas y de cruzar cincuenta veces el mismo río, resbalándose la que suscribe en cada piedra húmeda que pisaba, llegamos a la cascada, tomamos un rato de sol y nos dispusimos a almorzar. De bolsos varios (las mochilas no eran moda todavía) brotaron, amorfos y/o despanchurrados, los “sánguches” de milanesa de rigor, varios pebetes de jamón y queso, alguna que otra empanada, porciones de pascualina, bollos de pan francés, rodajas de bondiola, salame y mortadela, y la estrella de todo picnic que se preciara: ¡los huevos duros! De postre, frutas; nada de vino, gaseosa en botella de vidrio que después teníamos que acarrear de vuelta, no porque fuéramos ecologistas sino porque al envase lo cobraban caro.

La sobremesa larga y fiacuda, adormecidos como lagartos sobre las piedras calientes, y un pequeño percance cuando uno de los chicos, por querer hacerle una broma a una de nosotras (cuyo nombre me llevaré a la tumba pero que empieza con C), le tiró de la toalla que tenía enroscada alrededor del cuerpo y junto con la toalla vino el corpiño de la bikini. El Negro se puso blanco de la vergüenza, literalmente; un “¡bol.....o! masculino hirió el aire desde un costado y cayó un sopapo ídem desde el otro, porque eso sí: los varones nos defendían como si fueran nuestros hermanos, aun entre ellos.

Nos pegamos la vuelta como a las cuatro porque queríamos ir a una fiesta en un colegio de Unquillo, donde había concursos de baile y elegían reina de los estudiantes. Para esa hora, ya se empezaron a sentir los primeros efectos de un mediodía al sol: los más claritos teníamos la cara ardida, y los vaqueros nos raspaban sin piedad las piernas chamuscadas.

Ya en Río Ceballos, la candidata a reina fue a su casa a bañarse y “producirse”, como se dice ahora. El resto, tal como estábamos, oliendo a Sapolán Ferrini, tierra, agua de río e anche algo más, seguimos viaje hacia Unquillo, donde ganamos el concurso de rock y nuestra reina salió princesa, nomás.

Y eso fue todo. Ni Carlos Paz, ni megarecitales, ni caravanas de autos y colectivos, ni cientos de litros de vino y cerveza confiscados por la policía. Nos divertíamos con poco en Río Ceballos, allá por 1976: nos alcanzaba con estar juntos, compartir un rato al sol, contarnos los sueños, cantar a coro un tema de Sui Géneris... y comer huevos duros porque en mis tiempos, para que sepan, la gente comía esas cosas porque eran alimenticias, la bulimia y la anorexia no existían, y si existían no nos habíamos enterado, y mamá tenía derecho a meter mano donde quisiera para velar por nuestra salud, hasta en la vianda para el picnic.

(Publicado en mi columna Peperina Exprés, del diario El Zonda de San Juan, y en La Voz del Interior)

En memoria de aquellos buenos tiempos...

domingo, 14 de septiembre de 2008

Lo que cuesta un amante en Río Ceballos


“Está duro el mercado del usado” es lo que dicen las mujeres de mi edad cuando se les pregunta por su vida sentimental. Si pasados los cuarenta no se tiene la dicha (o la desgracia, depende) de tener un marido cama adentro, no quedan más opciones que asumir la soledad y tratar de pasarla lo mejor posible en compañía de una misma, el gato, los libros y el potus... o tener un amante, esto es, un señor que es casi un novio, pero a escondidas.

Lo que nadie sospecha son los costos de una y otra opción. La soledad pareciera más barata, económicamente hablando. Una puede salirse del presupuesto con unos bombones, un par de zapatos, una ida al teatro, una plantita nueva. Salvo que, como algunas, sea compradora compulsiva. Pero tener un amante... puede costarnos “más caro que una francesa”, como decía mi tío Diego.

Y ni le cuento si una vive en Río Ceballos, y es invierno. Para muestra, aquí va la transcripción casi textual, letra más letra menos, de las andanzas de una de mis amigas:

“Después de dos meses sin poder vernos porque tenía roto el auto, porque se le enfermaron los chicos, porque estaba tapado de trabajo y demás porqués, quedamos en que venía el sábado a las cinco de la tarde. Yo, por supuesto, no tenía un centavo, ni leña ni querosén, y la casa era un iglú. Durante la semana ni me doy cuenta porque llego tarde y me acuesto enseguida; pero cuando viene gente tengo que prender la estufa, mejor dicho las estufas, porque con el hogar solo no hago nada. Le tuve que pedir plata a mi viejo, y anotá: cincuenta pesos entre leña y querosén, más unas empanadas por las dudas se quedara hasta la noche, y un vinito, más las facturas para el mate, más un desodorante para el baño, más un par de lamparitas para el living, que se me habían quemado... cien pesos, me gasté.

Al mediodía prendí las dos estufas, así que para las cinco el living estaba cálido y el dormitorio también. Acomodé la alfombra frente al hogar y cambié las sábanas, prendí varios sahumerios, puse música... Como a las seis me llama para avisarme que vendría después de las ocho porque recién a esa hora le iban a entregar el auto, que estaba en el taller. De las cinco a las ocho son tres horas derrochando combustible. Llegó a las diez con una torta helada, una botella de champán y toda la buena onda del mundo. Yo llevaba cinco horas quemando plata, literalmente, pero no le dije nada porque para escuchar quejas con su mujer tiene bastante. La bruja es ella, no yo.


Claro que valió la pena... nos pudimos sacar toda la ropa, y nos pasamos la noche como en la canción de Charly: ¡yendo de la cama al living!”


Gracias a las confidencias de mi amiga, descubrí que tener un amante en Río Ceballos y en invierno cuesta la módica suma de ¡cien pesos cada vez que viene!, más o menos. Si a esto le sumamos la inversión inicial que nos demanda la primera visita del susodicho (ropa interior nueva, sábanas y toallas nuevas, etc.) y los gastos de mantenimiento (tintura, depilación, provisiones surtidas en la heladera, etc.) la cifra se incrementa notablemente. Si el caballero en cuestión es cumplidor y viene todos los fines de semana, o todos los lunes, o cuatro veces al mes el día que a él le quede cómodo, necesitamos un sueldo extra para conservarlo.

Se acabaron las épocas gloriosas en que los novios y amantes nos llevaban a cenar, a bailar y a terminar la noche en “un lugar más íntimo”, como solía decirse. Ahora, somos nosotras las que tenemos que demostrar solvencia: tener casa propia o alquilada donde no viva nadie más que una, y además un buen trabajo, nos permite darnos el lujo de tener un amante a domicilio. No dependemos del hombre para ir a ninguna parte: el escenario y el menú lo ponemos nosotras... ¡y lo pagamos nosotras, también, que tanto!.

El orgullo femenino gana adeptas día a día. Si antes se tenía un amante para que aporte lo suyo y la mujer se consideraba a sí misma como una mercadería que debía venderse cara, ahora nos fuimos al otro extremo, y algunas ya ni aceptan que les paguen un café. Personalmente prefiero el término medio, y no comparto ni la absurda pretensión de que nos mantengan ni la insalubre costumbre de mantenerlos nosotras. A la hora de consensuar, si él trae el vino yo pongo el postre, y si él pasa por la rotisería y trae la cena, no me opongo, y si me invita a comer afuera, menos que menos, y si me quiere pagar la luz, los impuestos y el teléfono, bienvenido sea.

Digamos que: no pido, con lo que mi orgullo queda a salvo, pero acepto con gusto lo que me ofrezcan, con lo que mi presupuesto también queda a salvo.

Y no es que sea interesada, sino que no podría negarle a un hombre la posibilidad de sentirse masculino mediante el ancestral (y mágico) recurso de esgrimir la billetera. Si durante cientos de años el hombre fue el “proveedor” y se sintió cómodo en ese rol, ¿con qué derecho le cambiamos los papeles, sumiéndolo en una crisis de identidad de la que no sabe cómo salir? Con su nefasta consigna de compartir gastos, lo único que han logrado las feministas es que los hombres se vuelvan flojos, calculadores y mercenarios y que no nos conviden ni un mísero helado.

En cuestiones de dar y recibir, cada uno es dueño de hacer lo que más le guste. Pero eso sí, queridas compañeras de infortunio: los números hay que hacerlos con la cabeza. Las que prefieren hacer el amor a lo grande, sauna y yacuzi incluido, no se entusiasmen con la tarjeta. No vaya a ser que empeñen hasta el aguinaldo del 2010 para darse un gustito de vez en cuando. Eso no. Porque una cosa es ser independiente y otra es tener un amante a cualquier precio, poniendo en riesgo la economía doméstica o renunciando al arreglo del techo, a los anteojos para ver de cerca, a la mamografía, al dentista o a una cocina nueva.

¡Recuerden, chicas, que los amantes pasan pero una queda, y la casa también! Y que el tiempo hará estragos en ambas, tarde o temprano, así que mejor guardar para el futuro ese dinero que hoy, sin darse cuenta, algunas dilapidan en nombre del placer. Al César lo que es del César... y al amante lo que se gane con el sudor de su frente, ustedes me entienden.

* * *

Esto también es de Peperina Exprés, mi columna de cuando escribía en El Zonda de San Juan. Tuve que actualizarle los números, porque para desgracia de las mujeres de Río Ceballos, a valores de hoy... ¡tener un amante nos cuesta el doble que hace dos años! ¡Hasta en eso se nota que el INDEC miente!


viernes, 5 de septiembre de 2008

Mate y amigos

Confieso que no soy matera “de alma”. En un principio, mi relación con el mate estuvo signada por la opinión de mi abuelo andaluz, que despotricaba contra lo que, según él, era una costumbre de lo más antihigiénica; en su defenestración de la bombilla se mezclaban sus prejuicios con las más elementales verdades médicas, sin distinguir entre unos y otras. Tal era su convicción que sólo se tomaba unos amargos con mi abuela o con mi mamá, no sin antes hacerles despintar los labios.

Pero más allá de mi abuelo Diego, yo quería ser escritora y el mate no encajaba con la idea que me había hecho de los escritores. Los escritores tomaban café en los bares. El mate no era romántico, el café sí; no había ningún tango que se llamara “El último mate”, y lo de “ni yerba de ayer secándose al sol” era muy poco glamoroso. Y no me lo imaginaba a Borges tomando mate, ni a Silvina Bullrich, ni a Cortázar... Mi adolescencia fue, entonces, una ingesta panfletaria de tazas y tazas de Nescafé hirviendo, que no me convirtieron en escritora pero sí me dejaron el estómago listo para la gastritis que vendría después.

No es que no tomara mate; no le había tomado el gusto, que es distinto. Hasta que allá por el 79, empecé a visitarlo al Flaco Olivieri. El Flaco era un amigo como diez años mayor, casado y con dos nenas, y su casa un reducto al que se podía caer a cualquier hora. El Flaco abría la puerta medio despeinado, decía “pasá”, ponía la pava al fuego, llenaba de yerba el jarrito enlozado, y con esa misma yerba tomábamos pavas y pavas de agua caliente con gusto a peperina. No importaba si alrededor de la mesa éramos tres o diez, ni si María Teresa, su mujer, se demoraba hablando y trancaba la ronda. No importaba que fuera invierno o verano, las dos de la tarde o las cinco de la mañana. Esos mates, lavados y dulces hasta lo imposible, tenían el sabor de su hospitalidad, y de mi rebeldía: por ese entonces, yo era una nena bien que jugaba a ser pobre en lo del Flaco, sin sospechar siquiera la que se me venía encima.

Ahí empecé a asociar el mate con la amistad.

Después vinieron otros tiempos, otros amigos, y con ellos, otros mates. Como los de Elsa y Robin, que fueron los mates de la hiperinflación, de las angustias compartidas, de la felicidad cuando nos iba un poco mejor y podíamos comprar facturas, los de las ganas de amucharnos junto al hogar para que el invierno se hiciera más corto, los de las tardes bajo el paraíso de la vereda; mates que fueron, y siguen siendo, los de las horas en que la incertidumbre por el destino propio y el del país nos tiene anclados en esa inactividad que invade el cuerpo y el espíritu cuando uno se desanima. Hubo muchos mates buenos, también, no vaya a creer: los del “non calentarum, largum vivirum”, filosofía que nos hacía reírnos de lo que fuera, aunque sea por un rato.

Y están los mates de la Cris Márquez, a orillas del Mal Paso y con galletitas con picadillo que ella me prepara con su ternura nutricia; los que me tomo a veces con Víctor mientras inventamos algo en la computadora; los que ceba mi hija cuando está inspirada, uno por hora porque es algo dispersa, pero que son un compendio de meticulosidad: la bombilla acá, el agüita allá, el yuyito por este otro lado...

Los mates de mi vida poco tienen que ver con esa infusión verde que se toma por costumbre y que se le ofrece a todo el mundo. Los mates que comparto con mis amigos, cebados siempre por ellos porque yo no sé cebar, son un refugio ante las contingencias de la vida, un abrazo que sostiene cuando todo se derrumba alrededor, un guiño cómplice, y por qué no, una manera de pedirles que me quieran y de recibir su amor. Sigue gustándome el café, pero a la hora de poner el corazón sobre la mesa... venga un mate.

(Publicado en Revista Ayllu - Río Ceballos)