viernes, 13 de febrero de 2009

Animales

En estos días, dos noticias que no tienen nada que ver con la crisis económica, ni con la política, ni con la realidad inmediata me dejaron pensando.

A la primera, cuesta creerla porque parece inventada: en Japón se han puesto de moda los “Gato Café”, que son bares donde el cliente paga por acariciar a un gato. Diez dólares por hora. A un gato de verdad, de esos que hacen miau y sacan las uñas; no confundir con lo que aquí en Argentina llamamos “gato” (para los que no saben: prostituta más o menos fina). También se alquilan perros para pasear y otras mascotas menos convencionales, como escarabajos y hurones. Y hasta parientes; uno puede alquilarse un padre que lo aconseje, un primo, un amigo...

Mientras leía esto, dos o tres de mis neuronas díscolas sacaban cuentas: a diez dólares la hora, dos perras y una gata querendonas como las mías en Japón me dejarían una fortuna: a Ushuni le encanta que le soben el lomo, Preta da verdaderos abrazos y Pianca es tan educada que hasta la han dejado subir en un colectivo. Y también podría ganarme unos buenos pesos alquilando a mi vieja, mi hermana y mi hija. Y por mi ex, por ahí también me darían algo...

La otra noticia no es para tomar en broma: en Méjico, un pequeño torero de once años, Michelito, rompió el récord mundial al matar seis novillos en la plaza de Mérida. Vi su foto en el diario, de frente como si le estuviera apuntando al toro con sus banderillas, y me dio escalofríos: esos no eran los ojos de un niño. Sus padres, que están muy orgullosos de él, apelarán la decisión del Guinnes, cuyos directivos decidieron no incluir a Michelito porque “no aceptan records basados en maltratar o herir animales”.

Qué loco está el mundo.

De un lado, personas que buscando paliar su soledad pagan por acariciar a un animalito, por sentir el calor de su piel, por la ilusión de ser dueños, aunque sea por un rato, de esa mascota que quisieran tener en casa pero que no pueden por falta de espacio, o de tiempo para dedicarle. Del otro, padres que exponen a sus hijos al riesgo cierto de morir, y que les han trasmitido desde la cuna el placer de matar a un animal sólo por diversión.

De un lado, la búsqueda de la comunión con otro ser vivo. Del otro, la negación del respeto a la vida en todas sus formas que, a estas alturas de la civilización, ya deberíamos tener incorporado en los genes.

De un lado, el dinero comprando lo que el ser humano nunca dejará de necesitar, pero que a veces no sabe cómo obtener: cariño, compañía. Del otro, el dinero de quienes pagan para ver el “espectáculo” de ver morir a un animal desangrándose.
De un lado, el hombre y su maravillosa capacidad de seguir siendo vulnerable y sensible, aunque para ello deba inventarse una realidad falsa. Del otro, el hombre y su brutal incapacidad para comprender que no puede, no debe, creerse dueño y señor de la vida y la muerte ajenas.

Qué loco está el mundo.

martes, 6 de enero de 2009

Llegaron ya, los reyes eran tres...

reyes magos enero
Anoche no esperé a los reyes magos, por una simple cuestión de lógica: yo era el único ser humano que había en mi casa, así que no tenía mucho sentido hacer todo el ritual.

Pero igual me vino la nostalgia.

Recordé reyes de allá lejos y hace tiempo, cuando vivía en Rosario, en la avenida Alberdi, y juntar un manojo de pasto significaba recorrer toda una cuadra buscando en la cazuela de los árboles de la vereda, único lugar donde lo podía encontrar. Los camellos rosarinos se conformaban con poco: un plato con algunas briznas de hierba, una compoterita de agua, todo acomodado al pie de la escalera que iba a la terraza, porque se supone que ese era el acceso más sencillo: por allí bajaban sin ningún problema ladrones, ratones y gatos, que recorrían el barrio saltando de techo en techo.

Recordé a los reyes magos de Unquillo, que tenían un jardín enorme donde pastar pero igual se comían lo que les dejábamos junto a los zapatos. Y que a los once años me trajeron el piano en el más absoluto silencio, porque para eso son magos. Los reyes de Unquillo estaban abonados a Casa Tito, porque todo lo que nos traían (menos el piano, claro) estaba sólo en esa juguetería: el Cerebro Mágico, la bicicleta, las baterías de cocina de aluminio completas para jugar a la mamá... y venían cargados con lo que les habíamos pedido, y algo más.

Recordé también, evocando la memoria de mis ancestros, los reyes magos de la abuela Pepa, mi bisabuela, que se casó en Granada poco antes de cumplir los quince. Recién casada, había pedido una muñeca. Su marido, que la doblaba en edad y era un muchacho serio, salió temprano y regresó con una bolsa llena de castañas, almendras y otras delicias, que dejó sobre los zapatos de su flamante mujer; cuando ella se despertó y encontró el regalo, su desilusión fue tan grande que se echó a llorar. “Pepa, las muñecas son para las niñas...” le decía su esposo, pero la pobre Pepa no entraba en razones; me da un poco de pena pensar en ella, en su paso obligado a la adultez, en su inocencia incomprendida.

Y recordé los reyes de la infancia de mi hija. Reyes que a veces se quedaban dormidos y tenían que hacer malabares para dejar sus regalos a tiempo, esto es, antes de que Carla se despertara. Reyes que en cierta ocasión se llevaron por delante los platos con pasto y agua, haciendo un bochinche de órdago. Reyes amorosos, emocionados, que protagonicé durante muchos años; reyes de la pequeña abundancia o de la crisis, reyes obedientes al pedido infantil o insubordinados que traían lo que querían; reyes que con tal de contemplar esa carita de asombro y alegría se hubieran comido de verdad el pasto, de ser necesario.

Mis queridos reyes magos. Bendita sea la ilusión, aunque dure poco; bendita sea la leyenda, si sirve para que ejercitemos la capacidad de creer en algo, esa que nunca debería morir.

martes, 23 de diciembre de 2008

Navidades

navidad, natal, arbol
Mis navidades tienen sabor a infancia, a los recuerdos de la infancia. Debe ser por eso que, según pasan los años, la nostalgia se me va metiendo cada vez más hondo en el corazón sin que me de cuenta, hasta que algo, un perfume, una foto, una frase escuchada al azar, me hace saltar la primera lágrima y una sensación de pequeñez, de finitud, de indefensión ante los avatares de la vida.

No ando llorando por los rincones, aclaro. Ni me deprimo. Sólo me dejo ir, en una confusa mezcla de sensaciones, hacia el pasado y hacia el futuro, hacia lo que quisiera cambiar del mundo y no puedo, hacia lo que he logrado y lo que quedó en el camino, y hago una especie de balance en el que priman los agradecimientos, porque sería una ingratitud no agradecer todo lo que tengo.

Y es que la vida es eso, al fin y al cabo: lo que hay, lo que tenemos al alcance de la mano, y los sueños.

Cuando recién llegamos a vivir a Unquillo, y durante dos o tres años, vinieron a pasar las fiestas con nosotros mis abuelos paternos, dos de mis primos, y la tía Leonor, que era hermana de mi abuelo Diego. La tía Leonor hacía como veinte años que estaba de luto, ese luto de antes, negro riguroso en invierno y verano. Primero se le había muerto un hijo chiquito y años después el marido, y había enganchado los dos duelos como solían hacer en su España natal. Y había quedado débil del corazón, por lo que no había que darle malas noticias.

Pero la tía Leonor no era una mujer triste ni amargada. Recuerdo que un par de días antes de la navidad salía con mi abuela, recorría los tres o cuatro negocios importantes que había en Unquillo (casa Ararat, casa Tito...) y volvía cargada de paquetes que escondían en el placard de mi mamá.

Un año fueron silloncitos de mimbre para mi hermana y para mí; otro, cubrecamas y frazadas; otro, sábanas; treinta y cinco años después, todavía conservo una de esas sábanas, que de tan transparente parece un velo pero que todavía está sana y es la favorita de mi hija. La noche del 24 transcurría entre platos y más platos de comida con total tranquilidad hasta las doce en punto, hora en que la tía Leonor, para congoja de todos, sacaba el pañuelo, se abrazaba a mi abuela y largaba el llanto, que se prolongaba hasta cinco minutos después del brindis, cuando luego de enumerar las virtudes de sus dos difuntos y de abrazarnos y bendecirnos a todos, la tía arremetía contra los turrones, las nueces, las almendras, y munida de una copa de sidra se ponía a conversar tranquilamente con mis abuelos sobre tiempos idos.

Mi mamá a veces se quejaba de que nos amargaba las fiestas, pero a mí me gustaba tenerla en casa; la tía Leonor, con su dignidad de viuda eterna y sus ropas negras, me parecía un personaje de lo más interesante, y a su manera, creo que me trasmitió el mensaje tranquilizador de que la vida sigue, siempre, hagamos lo que hagamos, más allá de las pérdidas y las ganancias.

De ella aprendí también que no hay corazones débiles: esa mujer a la que no había que darle malas noticias enterró a todos sus hermanos, a una hija más y a varios sobrinos. Y me enseñó, por último, que el llanto y la nostalgia no son malos, siempre y cuando sepamos después, como ella, levantar nuestra copa, bendecir, y brindar. Y brindarnos.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Joaquín y las hormigas

Nuestro diálogo tiene reglas bien definidas: todo lo que yo digo, él lo repite en una lengua extraña que suena a croata básico, con un toquecito de lunfardo porteño en la manera con que remarca las eses.

Buscando algo que hacer para entretenerlo (tiene tres años, no es fácil) le di una lupa y me lo llevé al fondo a buscar bichos bolita debajo de las macetas. Le puse uno en la palma de su mano y le enseñé cómo se cerraba; cuando el animalito se volvió a estirar me dijo algo en un tono muy convincente –lástima que la única palabra que pude rescatar fue “bissho”–, lo agarró entre el índice y el pulgar, y como quien moldea moco lo obligó a convertirse otra vez en bolita.

Una procesión de hormigas que se llevaba mi jardín de a pedacitos lo distrajo un par de minutos, pero como eran muchas y no las podía seguir a todas, se dio por vencido y se puso a examinar con la lupa los geranios, el pelo de las perras, mis pantalones, los pisos y las paredes. Menos mal que es chiquito y no me va a sacar el cuero, pensé; mi casa nunca está demasiado limpia, y si encima la miran con lupa...

¿Querés leche, Joaquín?, le pregunté. ¡No! ¡Maera!, me contestó. A la miércole, pensé, ¿qué le dan de comer, pobrecito? ¿Hamburguesas de aserrín, milanesas de aglomerado? Insistí con la leche y se enojó, pateó el piso, frunció el ceño y me dijo muy serio: ¡Maa-era! Mi mente retrocedió algo más de veinte años, y comprendí: mamadera. De esas que en casa no hay ni de recuerdo. Pero sí hay bombilla... así que se tomó su leche en cinco segundos respirando por la nariz como un instructor de yoga y sorbiendo sin detenerse ni para tomar aire, mientras yo lo miraba sin pestañear por si se le ocurría ahogarse.

Después hicimos masa de sal y modelamos monigotes, pies de tres dedos, tortugas, todo mientras conversábamos como si nos entendiéramos. En eso estábamos, cuando una hormiga sin rumbo tuvo la mala fortuna de cruzar frente a nuestros ojos. Joaquín, que la había visto antes que yo, agarró un bodoque chato de masa y lo estampó sobre la hormiga, que quedó incrustada en él; cuando se dio cuenta de que la tenía atrapada, la miró con la lupa y gritó asombrado: ¡move ashh patashh!

La hormiga logró liberarse, pero no le duró mucho porque su captor la volvió a atrapar una y otra vez, hasta que finalmente la pobre dejó de mover ashh patashh y se murió, no sin antes haberlo picado, claro.

Entonces nos pusimos a mirar fotos en la computadora hasta que llegó su papá a buscarlo. Su papá es mi ex. Joaquín es el hermanito de mi hija, que le cayó del cielo cuando ya se había resignado a ser hija única. Y que a mí me hace sentir abuela por un rato, mientras invento cosas para entretenerlo cuando lo traen de visita. Y que me enternece hasta conseguir que el bicho bolita de mi corazón, ese que se enrosca sobre sí mismo cuando algo lo agobia, quepa en el huequito de su mano.

lunes, 20 de octubre de 2008

Tribulaciones de una madre abandonada


Carlita, mi cachorra, HIJA UNICA, 21 años, metro setenta y tres, 62 kilos distribuidos como sólo a su edad pueden estar, estudiante universitaria, madura para algunas cosas y demasiado verde para otras, se fue de casa. Aclaremos: se instaló por un mes en el departamento de una amiga que vive en Córdoba, con retorno a nuestro hogar en Río Ceballos los fines de semana.

Más que irse, puso
35 km de distancia provisoria entre su independencia y mis vanos intentos de controlar su vida... si es que se puede llamar control al hecho de preguntarle donde está, a que hora vuelve y algunas otras pequeñeces que pretendemos saber las madres. El pretexto de la huida fue impecable: estudiar para rendir tres materias, cosa que en casa no puede hacer porque se entretiene demasiado con sus perras, con los vecinos y con cada mosca que pasa volando.

Lo primero que cruzó por mi cabeza fue aquel tema de Serrat, “...que va a ser de ti, lejos de casa, nena, que va a ser de tíiiiii...” Se me escaparon algunas lágrimas, pero enseguida me recompuse y enfrenté la realidad: el que se va sin que lo echen, vuelve sin que lo llamen. Mientras tanto, me dije... ¡a disfrutar! Les cuento mi primera semana de orfandad:

El lunes a las once de la mañana, en lugar de estar gritando cada cinco segundos ¡Levantáteeee! estaba muy tranquila... ¡en la peluquería!. Corte, lavado y brushing mediante, salí completamente relajada y con varios años menos. Con la cabeza ligera por dentro y por fuera, tomé el colectivo y me fui a trabajar. Volví a casa a las diez de la noche: todo en orden, todo limpio, ni una taza en la pileta de la cocina... Con la intención de no alterar ese perfecto ecosistema, cené mandarinas y té con tostadas.

El martes fui a llevarle a la “niña independiente” algunas cosas que se había olvidado en casa, y de paso a conocer el departamento y su entorno. Carla me recibió como si hiciera un mes que no nos viéramos, me convidó café y me presentó al Pompón, el perro de su amiga.

Verifiqué sin mucho disimulo que la vivienda, el edificio y la cuadra tuvieran un aspecto normal, hice algunos comentarios atinados al respecto, llegó la dueña de casa con el novio, charlé un rato con ellos y con Carla mientras preparaban la comida, y viendo que almorzarían algo saludable me fui a trabajar tranquila. Cuando volví a Río Ceballos eran más de las diez de la noche, hacía un frío feroz, y llovía. Río Ceballos, en esas condiciones, parece un pueblo olvidado del Lejano Oeste: ni un alma en las calles, apenas dos o tres audaces en los bares.

Decidí darme un gusto que hacía varias semanas me roía las entrañas, y sintiéndome Graciela Kid en Río Ceballos City entré al Saloon... digo a la heladería, desafié la mirada mortificada del empleado, me compré medio kilo de helado, tomé el único taxi que recorría el pueblo, me instalé frente al televisor a ver la novela de los gitanos y durante una hora me dediqué a comerme, solita y sola, TODO el helado. Juro que lo disfruté, aunque me tiritaban hasta las uñas. Sin dejar de temblar, me metí en la cama vestida con mi uniforme de ir a dormir (piyama frisado con medias de lana) más gorro, bufanda, guantes y la gata sobre los pies. Entre chuchos de frío y estornudos leí como hasta las tres de la mañana, no por insomnio sino porque lo hago siempre. ¡No vayan a pensar que la ausencia de Carla me desvelaba!

Los miércoles, aclaro, no voy a Córdoba, trabajo en casa. Me levanté más tarde que de costumbre porque no tendría que perder tiempo en despertar a mi hija; sólo una madre sabe el tiempo que se pierde en despertar a alguien que no quiere despertarse... o que no puede, porque se acostó hace apenas una hora. En fin, me levanté, como decía, un poco más tarde. Mi casa seguía en orden, mi vida seguía en orden, mi hija seguía lejos y me sentía desorientada sin tener a quien retar. El día transcurrió con total normalidad, salvo por un detalle: no cociné.

Comí alfajores, yoghurt, criollos con manteca, mandarinas, chocolate, berenjenas en escabeche y hasta pan con kepchup. A hija transgresora, madre transgresora y media: esto es vida, pensé mientras tomaba té de boldo a las once de la noche para bajar las porquerías que, con absoluto descontrol, había engullido durante la jornada. Antes de acostarme la llamé a la infiel, y después de escuchar su vocecita y verificar que estaba donde debía estar, me dormí tranquila.

El jueves siguió la calma, siguió el orden y siguió la ingesta desordenada de víveres varios. Fui a trabajar, volví, leí hasta tarde...

Los viernes también estoy en casa. Lavé ropa, limpié pisos, lustré muebles, comí de todo menos comida lógica, escribí un rato, visité a mi madre, tomé café con una amiga... lo de siempre; mi vida es poco glamorosa, acá entre nos. Ni limusinas en la puerta, ni pretendientes haciendo cola para invitarme a salir. Después de cenar liviano (café y bombones de menta) me quedé trabajando hasta muy tarde, corrigiendo unos escritos. Casi a las cuatro de la mañana, con el último bostezo y justo antes de apagar el velador, se me ocurrió pensar donde andaría mi niña. Estudiando no, seguro. Durmiendo, difícil. Lo más probable es que estuviera en “El Cuervo”, o en “El Ojo Bizarro”, o en “Pétalos”, o en “Jamaica”, o en alguno de esos antros que suele frecuentar con su pandilla: la Naye, la Dani, la Emi, la Flaca, la Mary, la Vale, la Negra... a todas las conozco desde chiquitas y son confiables, así que mientras anden juntas estoy tranquila. Todo lo tranquila que una madre puede estar con las cosas que pasan últimamente... confieso que me desvelé como si fuera la primera vez que mi hija salía de noche, y me pasé dos horas a puro té de boldo y antiácidos.

El sábado a las nueve de la mañana la llamé por teléfono para ver si ya venía. Una voz de ultratumba me contestó que sí, que al mediodía. Con enorme alegría reconocí la voz: ¡era Carla, mi Carlita!, que hacía apenas un rato se había acostado. Finalmente llegó para almorzar... a las cuatro de la tarde.

Ya pasaron tres semanas, falta una, y vuelve. La ausencia de mi hija me sirvió para darme cuenta de muchas cosas, a saber:

1) Que la soledad no mata, lo que mata es no saber que hacer con ella.

2) Que a pesar de mi desorden gastronómico y mis rebeldías domésticas, estoy madura para vivir sola.

3) Que mi vida es absolutamente mía, y que sólo depende de mí que sea una vida plena o un suplicio. Amo a mi hija, la extraño como se extraña todo lo bueno que uno atesora, extraño su abrazo, extraño la seguridad de saberla durmiendo en su cama, en su casa. Pero hay que sobreponerse a ese extrañar, para que no se vuelva una costumbre y uno quede clavado en la añoranza.

4) Que mi hija es importante para mí por ella misma y por ser quien es, no por los huecos que llena en mi vida. Hace ya muchos años que me hice responsable de todos mis agujeros, sobre todo los del alma. Algunos están llenos, otros siguen vacíos a la espera del contenido que les corresponda; mi hija fluye, mientras tanto, en absoluta libertad, sin la condena de hacerse cargo de las carencias de su madre.

En fin, que mi pichona puede irse cuando quiera y volver cuando le dé la gana. No voy a estar esperándola con los brazos abiertos, como suele decirse; además de cansador, me parece poco práctico. Sería como quedarme sin hacer nada, brazos abiertos, brazos vacíos, sólo esperando... prefiero recibirla con algo entre los brazos, sean frutos o semillas, para que nunca se sienta en la obligación de llenar mis huecos.


* * *

Esto también es de Peperina Exprés, mi columna de El Zonda de San Juan. Pasaron 5 años, muchas noches con Carla lejos de casa corrieron bajo el puente, y aquí estoy, como si nada. Todavía me cuesta un poco dormirme sin escuchar su voz, pero cada vez menos. Ahora puedo pasarme, digamos, tres o cuatro días sin saber nada de ella. Para cuando la nena cumpla 40, puede que si se va a vivir a otro país no me muera de angustia.

Hablando en serio, ¿cómo hacían nuestros ancestros para impulsar a sus hijos a abandonar el nido a edades tempranas, de ser necesario con un puntapié en el tujes? Ahora protestamos todo el día porque dejan tirado el toallón mojado en el baño, no se lavan ni un calzón, llegan tarde a todas partes si no los despertamos a horario, no desayunan si no les hacemos las tostadas y antes de lavar un plato son capaces de comer con los dedos... pero a la hora de poner las cartas sobre la mesa, en lugar de impulsarlos a ser independientes les decimos que lo piensen bien, que los alquileres están caros y es plata tirada, que en casa hay lugar (en la mía no, pero no importa), en fin, ponemos, y nos ponemos, todo tipo de excusas para que sigan junto a nosotros. ¿Será por miedo al nido vacío, o porque somos masoquistas? ¿Será porque todavía los vemos chicos, o será porque verlos grandes significa asumir nuestra verdadera edad, la del documento? ¿Será por miedo a que les pase algo y no estemos ahí para ayudarlos, o porque necesitamos que dependan de nosotros para que nuestra vida tenga sentido?

Ellos, claro, no ayudan para nada, porque están comodísimos. Y ahí está la madre del borrego, en que están demasiado cómodos. Para los maduritos como yo, la casa de nuestros padres era nuestra casa, sí, pero con reservas: era nuestra porque vivíamos ahí, pero los que decidían de qué color se pintaban las paredes, dónde iban los muebles y qué se compraba en el supermercado eran papá y mamá; cuanto mucho, nos dejaban decorar nuestra habitación, pero a ninguno de nosotros se le hubiera ocurrido poner en el living un poster de Alain Delón o de Charly García. Ahora, en cambio, si los dejamos se apropian de todo el espacio disponible, deciden qué música se escucha, a qué hora se come o se duerme, y si nos descuidamos, nos desalojan de nuestra habitación cada vez que se queda a pasar la noche su novio/a. El "mi casa" de las nuevas generaciones es casi una declaración de guerra: "esta también es mi casa", dicen cuando nos resistimos a que nos llenen los estantes y paredes de adefesios; "esta también es mi casa", dicen cuando intentamos recibir nosotros un novio/a, "esta también es mi casa", dicen cuando nuestros amigos no les gustan.

El "mi casa" de mi época hablaba de amparo, del lugar donde nos sentíamos protegidos. El "mi casa" de ahora, me parece, tiene la arrogancia de quien clava una pica en tierra y dice "acá mando yo".

Y es una pena, porque cuando el adulto de hoy sigue viviendo entre las mismas paredes que el niño que fue, se está perdiendo el desafío de construir un espacio propio, único, personal, y el placer de volver de vez en cuando a la casita de los viejos, allí donde quedaron sus recuerdos.