sábado, 11 de abril de 2009

Corín Tellado y mis amores de novela

Siempre me gustó leer, desde chiquita. Empecé con la colección Robin Hood, a los trece ya lo había descubierto a Sábato, y entre los catorce y los dieciocho devoré todo lo que cayó en mis manos, desde Dickens, Víctor Hugo, las Brontë, Roberto Arlt y Dostoievsky hasta las novelas de Harold Robbins, esas que mi papá escondía en el estante más alto del placard.

Y entre todo eso la leí a ella, Corín Tellado, la autora de cientos de novelitas rosas que hicieron suspirar a millones de mujeres en todo el planeta, y que se acaba de morir sin haberme pedido perdón por los daños ocasionados a mi persona. libros corin tellado

Ella tiene la culpa de que todavía espere un príncipe azul parecido a Liam Hamilton, uno de sus personajes: rudo pero delicado, apasionado pero caballero, de pocas palabras pero con una mirada que habla por él, capaz de renunciar a mí pero todavía más capaz de darse cuenta del momento preciso en que le daré el sí, capaz de besarme apasionadamente hasta dejarme sin aire aunque yo me niegue, y sobre todo, millonario, pero de esos millonarios que no le deben nada a nadie porque hicieron fortuna con sus propias manos.

Ella tiene la culpa de que a los catorce me haya enamorado de un amigo de mi papá, casado y con dos hijitas, y de que soñara que se quedaba viudo y me elegía a mí para terminar de criar las nenas y consolarse de la irreparable pérdida.

Ella tiene la culpa de que mi vida amorosa haya sido una tragicomedia en la que sospeché demasiado, lloré demasiado, revisé demasiados bolsillos, escuché demasiadas mentiras y cumplí con todas y cada una de las premisas de una “pasión arrolladora”, a la que conseguí sobrevivir de milagro.

Ella tiene la culpa de las decenas de cartas que escribí pero no me animé a mandar, en las que le decía a mi amado que lo nuestro no podía seguir así y le daba todas las razones por las que ya no podíamos estar juntos, haciéndole saber también que a pesar de todo lo seguía amando y lo amaría toda mi vida. Misivas que, de haberlas recibido el susodicho, nos hubieran ahorrado a ambos unos cuantos malentendidos y amarguras.

Ella tiene la culpa de que haya preferido, hasta no hace mucho, el llanto a la risa, porque llorar era más romántico que reírse.

Ella tiene la culpa de que probablemente se me hayan pasado por alto unos cuantos hombres reales, convencida como estaba de tener al lado al hombre ideal... salvo por un detalle: él no tenía el más mínimo interés en ser el hombre ideal de nadie.

Ella tiene la culpa de que todavía sueñe con mirar la luna mientras me susurran al oído que me aman. Sueño que, gracias a la hipoacusia que avanza lento pero seguro, a estas alturas es inútil, porque no entendería lo que me dicen.

Ella, y nadie más que ella, tiene la culpa de que a veces me cueste resignarme a que tengo un corazón adolescente dentro de un cuerpo que envejece, y ya no podré correr al encuentro de un enamorado porque lo más probable es que tropiece con un escalón que no vi, me quiebre unos cuantos huesos y termine en la guardia de un hospital.

Pero no importa; si volviera a nacer, la leería igual. Las chicas de mi edad seguro que me entienden.

martes, 7 de abril de 2009

Con la democracia se cura, se come, se educa...

Hace más de un mes que no escribo nada. Mea culpa. El tiempo es tirano, y estuve ocupada en actividades tan diversas como corregir una novela, renegar con el albañil que hizo unos arreglos en casa, coser un vestido de fiesta para mi hija, ayudarle a una amiga a preparar el cotillón para la boda de su hija, y las actividades domésticas y compromisos familiares de cada día.
¿Por dónde empiezo? Por lo más reciente; por el adiós a un hombre que marcó un hito en la historia del país, y en la de quienes lo admiraron o quisieron.

Se nos murió Raúl Alfonsín. Pero cómo, si parece que fue ayer que nos movilizó con su pasión, que nos insufló todas las ilusiones y esperanzas juntas y una más, que consiguió un triunfo impecable ante un peronismo que no tenía nada que ofrecer. Si parece que fue ayer que fui a votar con mi hija en brazos y con mi hermana, que igual que yo, votaba por primera vez.

Si parece que fue ayer cuando lo voté, con una emoción, una alegría y una convicción tan absolutas como no volví a sentir en ninguna otra elección. Si parece que fue ayer...

Pero no fue ayer. Pasaron veintiséis años, mi hija es una mujer, yo estoy al borde de los cincuenta, él envejeció con la dignidad de un verdadero patriarca, canas al natural incluidas, se enfermó, la enfermedad se lo llevó, y mientras tanto todos, él y nosotros, fuimos pariendo como pudimos, o como nos dejaron, esta democracia que tenemos hoy, con sus virtudes y sus defectos, pero democracia al fin.

Pasaron veintiséis años y mucha, muchísima agua bajo muchos puentes, pero no la necesaria, todavía, para que la historia lo ubique en el lugar que se merece. Su muerte aceleró un poco el reconocimiento de sus méritos, y con los homenajes póstumos salieron a la luz anécdotas y semblanzas de un hombre íntegro, coherente con sus principios como sólo puede serlo alguien que de verdad tiene principios.

Y no es para menos. Frente a la doble faz de tantos políticos y gobernantes que hoy hablan de honestidad, patriotismo y compromiso pero que no podrían demostrar el origen de sus fortunas personales, Alfonsín se erige como un ejemplo incuestionable de esa ética que tantos cacarean pero pocos practican. Frente al autoritarismo, el oportunismo y la soberbia del matrimonio presidencial, el espíritu democrático de Alfonsín contrasta demasiado, y ni qué hablar si comparamos su sencillez con las veleidades de prima donna de Menem (que viajaba con su peluquero y con la modista de su hija, devenida en primera dama), o las de Cristina (que seguramente gasta en carteras, zapatos, cosméticos y ropa bastante más que las mujeres de los sojeros “golpistas” a los que tanto defenestra).

Como millones de argentinos, lloré al volver a ver las imágenes de su asunción y revivir las idas y venidas de su gobierno, sus errores, sus aciertos.

Y en ese llanto se mezclaron la nostalgia por todo lo que representó hace veintiséis años, por lo que pudo ser y las circunstancias (y tal vez una oposición que no estuvo a la altura de esas circunstancias) no le permitieron ser, y una preocupación bastante impaciente por lo que quiero para mi país y todavía no llega: una democracia basada en el respeto, en la que todos juntos, más allá de nuestras diferencias, tiremos para el mismo lado.

Hace veintiséis años, Alfonsín me hizo creer que eso era posible. El sueño de esa gran democracia con la que “se cura, se come y se educa” está intacto, pero hoy sé que no depende ni de un líder, ni del carisma o la dadivosidad de nadie; ese sueño depende de nosotros, de que cada uno ponga lo que tiene que poner, esté donde esté, piense como piense, y de que aprendamos a exigirle a nuestros gobernantes (y legisladores) que honren sus cargos y su palabra, que sean dignos, que no mientan, que no sean oportunistas, que rindan cuenta de sus actos, que gobiernen para todos y escuchando a todos, que sean austeros, que sean decentes.

Porque la democracia no es una concesión que nos hace el ganador de turno, ni un derecho adquirido, ni una palabra bonita con la que arengar a las multitudes, ni un concepto abstracto que toma la forma que más nos conviene. La democracia es un estilo de vida, una manera de ser Nación y Pueblo, de pensarnos como sociedad y como país, y no puede imponerse por decreto: tiene que surgir de abajo hacia arriba, como una vertiente, porque hasta que no sea así no entenderemos que es nuestra responsabilidad, que tenemos que construirla día tras día entre todos, para todos, con todos.

Gracias a la ocurrencia de nuestra presidenta de adelantar las elecciones legislativas, el mundillo político argentino está más hiperactivo que hormiguero antes de la lluvia: que un intento de alianza por acá, que una ruptura por allá, que fulano quiere pero no lo dejan, que mengano quiere ir primero, que zutano se bajaría porque no da en las encuestas, y si seguimos así, corremos el riesgo de que cada partido vuelva a ir dividido en dos o tres fracciones, con lo que la confusión de los votantes será beneficiosa para algunos y catastrófica para otros. Y como a río revuelto ganancia de pescadores, hasta puede que el gobierno consiga conservar su mayoría en el Congreso. A la crisis internacional, que debería tener a legisladores y gobernantes trabajando a full para hacerle frente, se suma nuestra propia, y a estas alturas endémica, crisis política: nuestros partidos tradicionales, faltos de autocrítica y de capacidad de reacción pero eso sí, saturados de aspirantes vitalicios a cuanto cargo pueda existir, no encuentran la manera de juntar sus rebaños detrás de un solo líder, y en el intento pierden un tiempo precioso que deberían dedicar a ocuparse del país.

Lo de la atomización de los partidos tradicionales es un incordio porque también atomiza el voto, lo desparrama entre un montón de candidatos a los que muchos votan por error gracias a nuestro sistema tramposo de sumatorias y sublemas electorales. Pero en el fondo no es malo, porque significa que cada vez somos más los que no estamos dispuestos a dejarnos llevar por la nariz ni a encolumnarnos ciegamente detrás de nadie, por más carisma que tenga. Tal vez deba ser así; tal vez nuestra democracia, para crecer sana y fuerte, necesite que mueran viejas fuerzas políticas y que nazcan otras. Tal vez el peronismo, si quiere sobrevivir, tenga que abandonar para siempre la marchita, dejarse de cantar aquello de “combatiendo al capital”, reconocer que el capital es necesario para generar trabajo, y olvidarse del clientelismo, del matonismo, del verticalismo, y de tantos ismos como cobijó a lo largo de su historia. Tal vez el radicalismo tenga que declamar menos y escuchar más a la gente, sobre todo a su gente; el fenómeno de los radicales “K” debería ser estudiado en profundidad dentro del partido para ver por qué se originó, dónde está el agujero por el que se les escaparon dirigentes que, como Julio Cobos, el vice, tienen hoy mejor imagen que los candidatos radicales puros. Tal vez los partidos nuevos, que en su mayoría no son más que gajos de las fuerzas políticas tradicionales, consigan generar una nueva dirigencia, más osada, más comprometida con el presente y el futuro que con el pasado.

Tal vez. Cuando mayor es la crisis, más posibilidades hay de que se produzcan cambios de fondo y eso siempre es positivo. Mientras tanto, aguantemos el chubasco, escuchemos propuestas, informémonos sobre los candidatos y sus antecedentes, tratemos de no votar por descarte o condicionados por el miedo, y esperemos que aquella utopía de Alfonsín de una democracia con la que “se cura, se come y se educa” se pueda convertir, en un futuro no muy lejano, en una realidad que todos valoremos y disfrutemos.

sábado, 14 de febrero de 2009

¿Qué debería hacer un corrector literario?

¿Alguna vez, lector, autor, te has puesto a pensar en cómo, por qué, para qué, se corrigen los libros?

Corregir un libro no es para cualquiera, no tanto por los conocimientos necesarios para hacerlo, que se pueden conseguir estudiando gramática, sintaxis, ortografía y demás, sino por la paciencia y tiempo que se necesitan para pulir un texto.

Hay quienes piensan que los diplomas son garantía de conocimientos. Craso error: no todos los licenciados en Letras, los profesores de Literatura o los maestros escriben bien; es más, hay muchos que escriben pésimo. No todos los correctores diplomados tienen la sensibilidad necesaria para conseguir que un texto ajeno diga lo que el autor -no el corrector- quiere decir.es hace corrector literario

Respeto profundamente a quienes han estudiado una carrera universitaria. Pero a veces con eso no alcanza; si no tienes "piel" con las palabras, si no te llega su música, el conocimiento académico no te servirá de mucho, y hasta es posible que si te apegas demasiado a él termines convirtiéndote en alguien dogmático e inflexible.

Un corrector no debería ser nunca un inquisidor, alguien que dictamina sin discusión posible lo que está bien y lo que está mal. Hay textos muy bien escritos, en los que se respetan todas las normas habidas y por haber de gramática y sintaxis pero que no dicen nada, no producen ninguna emoción. Y hay otros que, incluso con errores, nos movilizan, nos inquietan, nos asombran, nos conmueven. El texto debe tener vida... ¡y qué mejor señal de vida que una pequeña imperfección de vez en cuando! Nadie notará la falta de una coma, dos o tres adjetivos de más o un gerundio incorrecto si la historia lo atrapa.
La prueba está en que autores como Roberto Artl, de quien se llegó a decir que escribía mal, han sabido ganarse el respeto y cariño de sus lectores.

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Más sobre AUTOCORRECCIÓN y CORRECCIÓN LITERARIA...


viernes, 13 de febrero de 2009

Animales

En estos días, dos noticias que no tienen nada que ver con la crisis económica, ni con la política, ni con la realidad inmediata me dejaron pensando.

A la primera, cuesta creerla porque parece inventada: en Japón se han puesto de moda los “Gato Café”, que son bares donde el cliente paga por acariciar a un gato. Diez dólares por hora. A un gato de verdad, de esos que hacen miau y sacan las uñas; no confundir con lo que aquí en Argentina llamamos “gato” (para los que no saben: prostituta más o menos fina). También se alquilan perros para pasear y otras mascotas menos convencionales, como escarabajos y hurones. Y hasta parientes; uno puede alquilarse un padre que lo aconseje, un primo, un amigo...

Mientras leía esto, dos o tres de mis neuronas díscolas sacaban cuentas: a diez dólares la hora, dos perras y una gata querendonas como las mías en Japón me dejarían una fortuna: a Ushuni le encanta que le soben el lomo, Preta da verdaderos abrazos y Pianca es tan educada que hasta la han dejado subir en un colectivo. Y también podría ganarme unos buenos pesos alquilando a mi vieja, mi hermana y mi hija. Y por mi ex, por ahí también me darían algo...

La otra noticia no es para tomar en broma: en Méjico, un pequeño torero de once años, Michelito, rompió el récord mundial al matar seis novillos en la plaza de Mérida. Vi su foto en el diario, de frente como si le estuviera apuntando al toro con sus banderillas, y me dio escalofríos: esos no eran los ojos de un niño. Sus padres, que están muy orgullosos de él, apelarán la decisión del Guinnes, cuyos directivos decidieron no incluir a Michelito porque “no aceptan records basados en maltratar o herir animales”.

Qué loco está el mundo.

De un lado, personas que buscando paliar su soledad pagan por acariciar a un animalito, por sentir el calor de su piel, por la ilusión de ser dueños, aunque sea por un rato, de esa mascota que quisieran tener en casa pero que no pueden por falta de espacio, o de tiempo para dedicarle. Del otro, padres que exponen a sus hijos al riesgo cierto de morir, y que les han trasmitido desde la cuna el placer de matar a un animal sólo por diversión.

De un lado, la búsqueda de la comunión con otro ser vivo. Del otro, la negación del respeto a la vida en todas sus formas que, a estas alturas de la civilización, ya deberíamos tener incorporado en los genes.

De un lado, el dinero comprando lo que el ser humano nunca dejará de necesitar, pero que a veces no sabe cómo obtener: cariño, compañía. Del otro, el dinero de quienes pagan para ver el “espectáculo” de ver morir a un animal desangrándose.
De un lado, el hombre y su maravillosa capacidad de seguir siendo vulnerable y sensible, aunque para ello deba inventarse una realidad falsa. Del otro, el hombre y su brutal incapacidad para comprender que no puede, no debe, creerse dueño y señor de la vida y la muerte ajenas.

Qué loco está el mundo.

martes, 6 de enero de 2009

Llegaron ya, los reyes eran tres...

reyes magos enero
Anoche no esperé a los reyes magos, por una simple cuestión de lógica: yo era el único ser humano que había en mi casa, así que no tenía mucho sentido hacer todo el ritual.

Pero igual me vino la nostalgia.

Recordé reyes de allá lejos y hace tiempo, cuando vivía en Rosario, en la avenida Alberdi, y juntar un manojo de pasto significaba recorrer toda una cuadra buscando en la cazuela de los árboles de la vereda, único lugar donde lo podía encontrar. Los camellos rosarinos se conformaban con poco: un plato con algunas briznas de hierba, una compoterita de agua, todo acomodado al pie de la escalera que iba a la terraza, porque se supone que ese era el acceso más sencillo: por allí bajaban sin ningún problema ladrones, ratones y gatos, que recorrían el barrio saltando de techo en techo.

Recordé a los reyes magos de Unquillo, que tenían un jardín enorme donde pastar pero igual se comían lo que les dejábamos junto a los zapatos. Y que a los once años me trajeron el piano en el más absoluto silencio, porque para eso son magos. Los reyes de Unquillo estaban abonados a Casa Tito, porque todo lo que nos traían (menos el piano, claro) estaba sólo en esa juguetería: el Cerebro Mágico, la bicicleta, las baterías de cocina de aluminio completas para jugar a la mamá... y venían cargados con lo que les habíamos pedido, y algo más.

Recordé también, evocando la memoria de mis ancestros, los reyes magos de la abuela Pepa, mi bisabuela, que se casó en Granada poco antes de cumplir los quince. Recién casada, había pedido una muñeca. Su marido, que la doblaba en edad y era un muchacho serio, salió temprano y regresó con una bolsa llena de castañas, almendras y otras delicias, que dejó sobre los zapatos de su flamante mujer; cuando ella se despertó y encontró el regalo, su desilusión fue tan grande que se echó a llorar. “Pepa, las muñecas son para las niñas...” le decía su esposo, pero la pobre Pepa no entraba en razones; me da un poco de pena pensar en ella, en su paso obligado a la adultez, en su inocencia incomprendida.

Y recordé los reyes de la infancia de mi hija. Reyes que a veces se quedaban dormidos y tenían que hacer malabares para dejar sus regalos a tiempo, esto es, antes de que Carla se despertara. Reyes que en cierta ocasión se llevaron por delante los platos con pasto y agua, haciendo un bochinche de órdago. Reyes amorosos, emocionados, que protagonicé durante muchos años; reyes de la pequeña abundancia o de la crisis, reyes obedientes al pedido infantil o insubordinados que traían lo que querían; reyes que con tal de contemplar esa carita de asombro y alegría se hubieran comido de verdad el pasto, de ser necesario.

Mis queridos reyes magos. Bendita sea la ilusión, aunque dure poco; bendita sea la leyenda, si sirve para que ejercitemos la capacidad de creer en algo, esa que nunca debería morir.