miércoles, 12 de agosto de 2009

El novio de la nena

suegro yerno hija
Tarde o temprano, las hijas consiguen un novio. La reacción de las madres es bastante previsible: la mayoría adoptamos al susodicho y lo tratamos como un hijo más, y esto incluye pedirle que saque la basura, retarlo si entra con los pies sucios, intentar cortarle las rastas y mandarlo a bañarse cuando huele mal. Nuestro instinto maternal nos lleva a eso, a tener otro pollo bajo el ala y a no hacer diferencia entre propios y entenados.

Pero los padres... son insufribles. Sea que una los tenga que aguantar como hija o como esposa, “el padre de la novia” es todo un lastre: hasta el galán más dicharachero se convierte, ante el hecho consumado del noviazgo de su hija, en un ente primitivo que habla entre dientes, masculla insultos velados y descarga su impotencia contra quien, de ahí en más, será la causa fundacional de su desazón: la madre que parió a la nena.

Y como no es cuestión de oponerse porque sí, ni de parecer arcaico, un padre que se precie debe tener a mano unas cuantas frases sabias, profundas y categóricas con las que defender su posición. Y esas frases suelen ser:

1) “Ese tipo no me gusta”: Tenga la edad que tenga la nena y sea cual sea el estado de su carrocería física y mental, el pretendiente siempre será demasiado: demasiado alto, demasiado bajo, demasiado blanco, demasiado negro, demasiado vago, demasiado pobre, demasiado caradura, demasiado tímido... Cuando más atorrante haya sido papá, más “demasiado” será el candidato. ¡Y ni que hablar si papá fue picaflor! Imaginarse a SU nena con cuernos lo desquiciará, y verá en cada hombre que se le arrime a un Casanova insaciable. Esta regla se cumple en el 95 % de los casos, si el padre de la novia es un argentino estándar clase media, de cuarentón para arriba y con ancestros españoles, italianos, turcos, árabes o judíos. Saque cuentas, y dígame cuántos varones argentinos se salvan.

2) “No es para vos”: Claro, habría que responderle, nadie es como los demás porque todos somos únicos. Pero a esta altura de los acontecimientos, el padre de la novia no está para meterse en honduras filosóficas porque lo que él quiere decir es que ese tipo no es TAN inteligente como la nena, ni tan simpático, ni tan saludable, ni tan nada. Que no le llega ni a los talones, en buen criollo. Claro que habrá otros padres bienintencionados que al decir “no es para vos” se referirán a diferencias de fondo, de las que hacen difícil o imposible la convivencia, pero serán los menos. Para la mayoría, el aspirante a yerno es una especie de cucaracha que pretende la mano de su princesa, y se lo harán notar cada vez que puedan.

3) “Ni se te ocurra dejar la facultad”: en su desesperación, un buen padre apela a todo. La facu, en este caso, más pareciera un método anticonceptivo que otra cosa, a juzgar por la vehemencia con que papá se apoya en esta frase para poner palos en la rueda. El supone (y no está muy errado, acá entre nos) que a más horas de estudio menos horas de sexo, y empeñará hasta la camiseta para pagarle a la nena un doctorado en Harvard y todos los cursos y congresos a los que quiera asistir. De rebote, con esto se refuerza el “no es para vos”, así que mata dos pájaros de un solo tiro: mientras más se cultive la nena, más se alejará física e intelectualmente del novio. Y si la nena no va a la facultad, papá le pedirá que no deje el voley, o el ajedrez, o la danza, o cualquier cosa que la mantenga ocupada y le aplaque las hormonas.

4) “Yo en la vida de mi hija no me meto, por mí que haga lo que quiera”: Nada peor que un padre para hacerse el superado. El no se mete, que quede claro. Y como no se mete, no saluda al pretendiente, no le abre la puerta, no le convida ni un vaso de agua, y cuando lo tiene cerca lo ignora olímpicamente. A la nena no le dice una palabra, ni a favor ni en contra, o a lo sumo le tira insinuaciones veladas. Ella que haga lo que quiera. Pero a la madre la vuelve loca con sus comentarios machacones sobre los pelos, los modales, la dentadura o cualquier otra cosa que se le pueda criticar al novio. Y con preguntas del tipo ¿Vos no pensás hacer nada? ¿A qué hora viene? ¿Dónde fue? ¿Le enseñaste como tiene que cuidarse? Claro que también hay padres que, sin meterse en la vida de su hija, hacen comentarios impersonales sobre “la gente que tiene trabajos de cuarta”, “la gente que no tiene título”, “la gente mal vestida”, “la gente que pretende vivir del arte”, “la gente” que, curiosamente, tiene las mismas características que el fulano en cuestión. Pura casualidad que él hable de “esa gente” justo ahora...

5) “Lo único que quiero es que mi hija sea feliz...” a MI manera, debería agregar. Esto es realmente complicado porque hay tantas maneras como padres. La manera de algunos será el contigo pan y cebolla, la de otros será la pizza con champagne, en fin, que el padre quiere para la nena alguien con sus mismas virtudes (o las que él cree que son virtudes) pero en el colmo de la incoherencia, no le perdonará al candidato que tenga ninguno de sus defectos. Algunos, en el afán de probar al pobre diablo, le propondrán correr una picada, calzarse los guantes y subirse a un ring, domar un potro, tirarse de cabeza del paredón de un dique, saltar en paracaídas... con el secreto y perverso afán de que se quiebre el cuello y se deje de joder. Otros le propondrán asaltar juntos un banco, o hacer saltar la banca de un casino, o salir de juerga. La eterna competencia masculina puede significar, en el duelo novio – padre, un pasaporte seguro a la infelicidad de alguno de los contendientes, porque el que pierda, seguro no se lo banca. La nena, en tanto, se verá tironeada entre dos amores, con lo cual será feliz, inmensamente feliz, tal como quiere papá.

Y así anda por la vida el padre de la novia: carcomido por los celos, ciego de amor por esa mujercita que creció rápido, que mira a otro tan embobada como antes lo miraba a él, que se le escapa de las manos y que, encima, en cualquier momento lo hace abuelo. Si hasta me parece oír su última frase, la más ridícula de todas, y la más desesperada: ¡Que lo parió, al coso ese, el apellido de miércole que van a tener mis nietos!

domingo, 12 de julio de 2009

Estrellas fugaces

estrellas fugaces
A veces, como si mi cerebro se poblara de estrellas fugaces, suaves e imperceptibles como mariposas, tengo breves momentos casi de inspiración total (o de locura, todavía no logro distinguirlo). Siento como el presagio de una sabiduría que está ahí, en las profundidades, esperando que yo logre descubrirla, liberarla. Es el presentimiento indescifrable de algo que me trasciende; algo que debo perseguir por los caminos de regreso, los más arduos, los menos transitados. Esos que se convierten en senderos inciertos y se pierden hacia adentro sin retorno posible.

Son momentos brevísimos, que no duran ni el tiempo que tarda en caer al suelo una gota de lluvia pero que me pasean de una punta a la otra de mi historia. Por un instante, menos que un parpadeo, llego donde se mueren las razones; donde no hay ni principios ni palabras ni prejuicios ni ideas ni recuerdos. Donde el tiempo es apenas un puñado de risas, de arrugas, de cartas, de adioses y de muertos. Donde no existen las necesidades, ni la duda, ni el ayer, ni el mañana, y a veces ni siquiera el presente. En ese instante claro, iluminado, sé que soy mucho más que esto que arrastro por la vida; que hay en mí algo que vuela libre de todo peso, lejos de toda angustia; algo que todo lo comprende, que todo lo conoce y que todo lo acepta.

Y en ese instante amo sin medida, sin recelos, amo completamente, incondicionalmente, irremediablemente. AMO. Con la imaginación, con la mirada, con las manos, con los pies; con un deseo casi sensual de poseer, de saciarme, y de dar hasta el agotamiento. Amo en abstracto, amo concretamente a alguien, amo el sol, amo al mundo. Me da igual. Lo único importante es descubrir que esa soy yo, que soy todo ese amor y mucho más, sin límites.

Pero es sólo un instante. Inasible, impalpable como una procesión de sombras. Apenas me doy cuenta y ya pasó, sin darme tiempo de entender lo imprescindible, lo esencial. Yo sé que hay algo más. Pero a veces la razón es más fuerte que todo y asfixia mi mente, me amordaza, me ata de pies y manos, me juzga, me condena y me lee en voz alta la sentencia: esto se debe, aquello no se puede; esto es inmoral, aquello es justo; esto es ridículo, aquello escandaloso. Y después me ejecuta. Me corta la lengua, me arranca los ojos, me quema las manos y los pies hasta deformarlos, y para terminar me mete en una bolsa y me deja tirada en un lugar cualquiera, a cualquier hora. Ahí estoy, insensible a lo que me rodea, sin poder disfrutarlo, sin poder criticarlo.

Pero igual sé que hay algo más. Aunque no sepa donde está, donde buscarlo, sé bien que hay algo más. Y me resigno a ser paciente; yo que no sé esperar, espero, conteniendo el aliento, muy abiertos los ojos, aguzando el oído, el cuerpo tenso. Espero. Presintiendo que la sabiduría, o la locura, o las dos juntas, van a llegar de a poco, imperceptibles como mariposas, efímeras y azules como estrellas fugaces.

Van a llegar para quedarse hasta que no haya nada ni haya todo ni haya dudas ni haya sombras. Sólo amor. Sólo un amor tan grande como millones de alas volando al mismo tiempo, llevándome tan lejos del principio y del fin como les sea posible. Sólo el amor, tan fuerte y tan violento como miles y miles de huracanes que destruyan la torre en que estoy prisionera cuando no amo.

Un amor nuevo y libre para nacer sin dudas. Sin razones. Sin principios. Sin tiempo. Sin palabras.


(Publicado en Revista Ayllu, Río Ceballos)

***

Este es un texto muy viejo, pero yo sigo siendo la misma de cuando lo escribí. Sólo que aquellos instantes iluminados se han transformado en horas, y hasta en días, en los que el amor logra estar por encima de todo y la razón ya no me marca el rumbo. Y es una gran liberación que haya sido así. Las estrellas fugaces de entonces, hoy son enormes soles que me alumbran por dentro y por fuera. Y soy la misma, pero también soy otra, más poderosa, más plena, y tal vez, más sabia.

sábado, 20 de junio de 2009

Oposición de utilería

Como suele suceder en tiempos preelectorales, todos los días recibo varios mails apocalípticos que, debo confesar, a veces reenvío, y que pretenden alertar a la ciudadanía sobre los siguientes temas, a saber:
-Posibles fraudes antes, durante y después de los comicios.
-Las fechorías que cometen, cometieron o cometerán los candidatos y gobernantes.
-El turbio pasado y el presente quasi mafioso del matrimonio presidencial y sus secuaces, que se están quedando con medio país.
-Lo mal que estamos los argentinos, lo mal que funciona todo culpa de los K: el transporte, la justicia, la educación, la salud.
-La connivencia entre el narcotráfico, la justicia, la policía y las autoridades de turno.
-La hecatombe que tendrá lugar si el oficialismo pierde: huída hacia Venezuela (donde la espera Chávez con los brazos abiertos y la cama perfumada) de la presidenta y su gabinete; el dólar disparándose hacia la estratosfera como el fallido cohete de Menem; piqueteros y hordas de militantes K destruyendo todo a su paso. Una versión de bolsillo del Apocalipsis, de esas que ya no asustan a nadie. Versión presidencial de la misma hecatombe: si no logran conservar la mayoría en el Congreso, la gobernabilidad, la estabilidad, la productividad y la paz social estarán en riesgo.
-Lo que nos espera si el oficialismo gana: un Congreso servil, la continuidad de los superpoderes, la soberbia K elevada a la enésima potencia, y la expropiación por parte “del zurdaje” (sic) de patrimonio y cuentas bancarias de empresas y particulares. (Ja, como si sólo el “zurdaje” hiciera esas cosas: ¿Y la Circular 1050 de Martínez de Hoz, que de zurdo no tenía un pelo, que dejó a medio país en pampa y la vía, incluido mi viejo? ¿Y el corralito? ¿Y lo que hizo Menem con los depósitos bancarios? Qué mala memoria tienen algunos...)

Volvamos a lo nuestro. Cientos de textos agoreros, quejumbrosos, maquiavélicos, absurdos, tirando a golpistas, ingenuamente bienintencionados, solapadamente malintencionados o delirantes circulan por el ciberespacio argentino; todos tienen un trasfondo de verdad, o dicen verdades grandes como una casa, pero no hacen más que embarrar la cancha sin aportar soluciones y eso los invalida, les quita seriedad. Porque una cosa es ser opositor, y otra ser “anti”.

Un “anti” es alguien que está en contra. Una cosa es ser miembro de un partido, de cualquier partido, y tener opiniones e ideas distintas, y otra es ser “anti”: antiperonista, antiradical, antisocialista, anticonservador, antiliberal, y desde que nos gobiernan los K, antikirchnerista. Ser “anti” es visceral, es como los gases intestinales. El “anti” primero se opone, por si las moscas. El “anti” patalea, se enrosca en su bronca, se parapeta en sus prejuicios, y desde ahí muestra los dientes y grita: ¡No! El “anti” resta: quiere que el otro desaparezca, no le interesa escuchar ni informarse, es el dueño absoluto de la verdad. Buena parte de nuestro pueblo es “anti”. La mayoría de las alianzas políticas, y de los políticos, son “anti”. Nuestra presidenta, es “anti”; su marido también. A estas alturas, creo que casi todos somos “anti”. De otra manera no se explica que nos cueste tanto encontrar un modelo de país que nos sirva a todos, y que sigamos, como dice el proverbio chino, pensando para un año y sembrando arroz, en vez de pensar para cien y plantar un árbol.

El opositor, en cambio, debería ser alguien que circunstancialmente, o por principios, o porque ve las cosas de otra manera, está en contra de una medida o idea puntual (las retenciones al agro, el tren bala) y no de la persona, fuerza o institución que lo propone o ejecuta. Esto le daría la posibilidad de aportar soluciones, de buscar salidas, de intentar consensos. El opositor debería sumar, y pensar a largo plazo. Debería estar ávido por depurar las instituciones, sí, pero sin diezmarlas; debería bregar por un país próspero, con superávit, sí, pero con las cuentas públicas (y las de sus gobernantes) ordenadas, y a disposición de quien las quiera ver.

El “anti”, es. El opositor, debería ser. El uso del verbo en condicional, “debería”, no es casual, porque, acá entre nosotros y en confianza... ¿Hay en nuestro país algún opositor de pura cepa?
¿O somos todos una manga de “antis”, de contreras?

lunes, 15 de junio de 2009

Pecados inconfesables

mujer, dormida
En un comentario de mi entrada anterior, Marcelo me hace dos preguntas. La primera, si eso de andar tomando nota de los inconvenientes de dormir acompañada no significará que se me está muriendo el romanticismo; la segunda, si no tiendo la cama todos los días aunque duerma sola.

Ay, Marcelo, si fueras un pajarito, como decían las abuelas, y pudieras espiar mi intimidad, huirías espantado. No tiendo la cama todos los días. Me gusta que la sábana de arriba, en la cabecera, esté prolijamente doblada sobre las frazadas, y del lado de los pies le hago un par de nudos en las puntas para que calce justo bajo el colchón, como si fuera ajustable. Ese truquito, sumado a que peso apenas 51 kilos y tengo un sueño muy, muy tranquilo, casi de momia, digamos, hacen que mi cama no se desarme. Cuando me levanto, la dejo un rato abierta para que le dé el sol y se ventile, y después la estiro y queda perfecta. Ni una arruga delatora, nada que permita sospechar que no la tendí como Dios manda.

Mi ex solía quejarse de la tierrita en los pies, pero allá él, a mí no me molesta. Tengo una anécdota imperdible sobre esto de no tender la cama. Hace unos años, dos o tres días después del día de la madre me acosté, abrí un libro, leí un rato, cuando me entró sueño apagué la luz y me estiré a lo largo como un gato, que es lo que suelo hacer para luego ponerme de costado y entregarme plácidamente a Morfeo. Pero hete aquí que cuando me estiré llegué un poquito más abajo que otras veces, y sentí algo raro. Mis pies investigaron con atención. Parecía un pedazo de papel doblado. Mis pies buscaron hacia una esquina, y se toparon con otros ¿objetos? iguales.

Traté de recordar si había estado escribiendo en la cama, o leyendo algún libro al que se le pudieran haber desprendido unas hojas; imposible que fueran servilletas de papel, por la textura.

Cuando metí la mano y saqué los papeles, mi extrañeza fue todavía mayor al comprobar que eran billetes. Cinco. Y sumaban doscientos pesos. No recordaba haberme puesto plata en el corpiño ni en las medias como solemos hacer a veces las mujeres; si hubiera sido así, bien podrían habérseme caído al desvestirme, aunque difícilmente llegaran solos hasta los pies de la cama.

Al otro día, mientras desayunábamos le conté a mi hija cómo y dónde me había encontrado doscientos pesos. Seguro que los dejaste encima de la cama abierta y después la cerraste y no te diste cuenta, me dijo. No, le contesté, si fueran diez o veinte pesos puede ser, pero doscientos es mucha plata y estoy segura de que no son míos. ¿Y de quién van a ser si no son tuyos?, me contestó, tratando de contener la risa. Qué se yo, le dije, y seguí con la intriga hasta que un buen rato después, se develó el misterio.

¿Te acordás de que el pá vino a saludarte el día de la madre, y vos justo no estabas porque te habías ido al almacén?
-me dijo Carla. -Bueno, esa plata era nuestro regalo. A él se le ocurrió ponértela ahí, para ver cuándo la encontrabas.

En cuanto a que estoy perdiendo el romanticismo... Es más bien al revés. Creo que soy demasiado romántica, y precisamente por eso mi espíritu se resiste con uñas y dientes a la cruel realidad de los ronquidos y demás. A mis casi cincuenta, sigo soñando estúpidamente con declaraciones a la luz de la luna, serenatas, cenas íntimas con candelabros y preliminares eternos antes de hacer el amor. Sigo esperando al príncipe azul montado en un caballo blanco, aunque no desdeñaría a un plebeyo pintón al volante de un Alfa Romeo. Sigo creyéndome una doncella etérea, frágil y virginal como la que fui a los quince, por más que el espejo, antes de irme a dormir, se empeñe en mostrarme una imagen cargada de hombros, con un ojo más apagado que el otro y bastante mustia. Sigo creyendo en el amor a primera vista, aunque vea cada vez menos, y en el colmo del romanticismo, hasta sería capaz de casarme de blanco, envuelta en metros de organza, encajes y tules. Pero eso sí, después, ¡camas separadas! Justamente por eso, Marcelo: para no matar el romanticismo.

jueves, 28 de mayo de 2009

El amor en los tiempos de la gripe porcina


En mi entrada anterior comenté que, mientras presenciaba una boda, me habían dado ganas de casarme “sobre todo si lograra encontrar un señor de mi edad en buen estado, con toda la dentadura, no demasiado excedido de peso, con una billetera generosa y que aceptara vivir en casas separadas, o al menos dormir en cuartos separados”.

Marcelo, un lector, me dejó este mensaje:
“Las premisas eran buenas... pero se arruinó todo con eso de "o al menos dormir en cuartos separados”.

Le expliqué mis razones:
“Estoy acostumbrada a dormir sola (dije dormir...); no me gusta que me ronquen en la oreja ni me resoplen en la nuca, y mucho menos despertarme por los saltos de alguien que tiene pesadillas. Además, lo de los cuartos separados me parece de lo más romántico: uno se visita, te metés en la cama del otro o el otro se mete en tu cama, y eso incentiva el ratoneo. Es como tener un amante en casa”.

Ahí Marcelo entendió de qué se trataba, y muy suelto de cuerpo me contestó:
Uy, mirá vos! Creía que eso de camas separadas era por un problema de gases, o algo así ;)
La verdad que la tuya es una muy buena idea, y la voy a probar. Podrías escribir una columna de consejos de este tipo, no?


Me lo tengo merecido, por hacerme la graciosa.

Pero lo de los cuartos separados no es broma. Lo pienso en serio. Y no sólo por lo de jugar a las visitas, sino porque, además, es higiénico.

Durmiendo con alguien uno se contagia, y contagia. Las necesarias seis, ocho horas de descanso, cuando uno de los dos está engripado convierten la cama en un foco infeccioso: pañuelos con moco debajo de la almohada, toses, estornudos, contienen un ejército de miocroorganismos que caen sobre el cónyuge sano, y lo enferman. Los cuartos separados evitarían la propagación de epidemias: no es lo mismo ponerse un barbijo y llevarle un tecito al quía, tomarle la fiebre, darle una aspirina, arroparlo y dejarlo que luche con sus propias armas contra el invasor mientras una duerme a salvo, que meterse en la cama junto a él, llenarse de virus toda la noche, y al día siguiente desparramarlos por todas partes.

Los cultores de la “cucharita”, acérrimos defensores de la cama matrimonial; los que consiguen conciliar el sueño pese a que piernas y brazos ajenos limitan sus movimientos; los que regulan su temperatura corporal a tono con la de su compañero de cama, en una simbiosis que nunca pude lograr; los que ni se enteran de que el otro se enroscó en el acolchado y los destapó; los que pueden dormir con la luz, el televisor o la radio encendidas y los que no se despiertan sobresaltados pensando que hay un temblor cuando el otro se levanta para ir al baño, seguramente no estarán de acuerdo conmigo sobre la conveniencia de dormir en cuartos separados.

No me importa. Yo seguiré durmiendo solita y sola, como a mí me gusta, sin piernas que a modo de torniquete me corten la circulación, sin ruidos ni olores molestos, sin que el desbarajuste ocasionado por un intruso me obligue a tender la cama todos los días. El que quiera tener algo conmigo, ya lo sabe: podemos chivatear hasta que las velas no ardan o nos paralice una contractura (a mi edad, lo último es más probable), pero después, como decía mi abuela, ¡cada carancho a su rancho!