domingo, 7 de febrero de 2010

Ratón de biblioteca

Un amigo que reniega de los blogs y que nunca se dignó visitar el mío dice que escribir en un blog es una forma de onanismo mental. Algo de razón tiene, aunque no es mi caso; si mi finalidad fuera sólo esa, escribiría todos los días la primera pavada egocéntrica que se me cruzara por la cabeza y listo.

Pero resulta que no, que no quiero hacer un blog en el que sólo cuente cómo amanecí, ni con quien pasé la noche, ni lo que almorcé, ni los eventos a los me invitan, entre otras cosas porque sería terriblemente aburrido contar que amanezco feliz, que el único ronquido que escucho de noche es el de mis perras, que mis almuerzos dejan mucho que desear en cuanto a creatividad y que no me invitan a ningún evento, salvo los cumpleaños de los amigos.

Cómo seré de reservada, que desde noviembre estoy trabajando en la biblioteca de Río Ceballos y todavía no escribí nada sobre eso. Y no por falta de ganas, aclaro, sino porque no consigo hacerme el hábito de sentarme a engordar el blog al menos una vez por semana, algo que mis pocos pero fieles lectores me reprochan de vez en cuando.

Les cuento, entonces, sobre la biblioteca.
El trabajo para el que me contrataron es muy específico: catalogar los libros, hacer el inventario en la computadora, en un programa especial para ese fin. Por cada libro que se ingresa hay que completar una ficha: título, autor, traductor, fecha y lugar de edición, editorial, ISBN, cómo ingresó a la biblioteca (canje, compra, donación) quién lo donó o lo compró, tema que trata, etc. Y como no todos los libros tienen los datos en el mismo lugar, ni tienen todos los datos, ni los tienen totalmente legibles, no es raro verme lupa en mano tratando de descifrar lo que mis pobres ojos no alcanzan a distinguir.

Para cualquier persona que no ame los libros, la tarea sería tediosa y mecánica. Para mí, que amo los libros, es como abrir la caja de Pandora y encontrar tesoros ocultos, de esos que uno ni sospecha que existían.

Detalles en los que jamás me había fijado, como la fecha y lugar de edición, ahora despiertan mi curiosidad y me veo asociando tal fecha con tal o cual acontecimiento, o elaborando una estadística mental sobre los libros que se editaron entre 1940 y 1950, o viendo qué tienen en común los de la década del 60, o poniéndome contenta cuando encuentro algún ejemplar muy viejo, de principios del siglo pasado, pero que está en perfectas condiciones.

Y ni qué hablar cuando me toca inventariar los de editorial TOR, por ejemplo, esos de hojas gruesas y tapas de papel finito impresos en una letra mínima, apretada, con el texto escrito a dos columnas: Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Dickens... ¡si los habré devorado, de chica, heredados de mi papá, que los había comprado cuando era adolescente! Y los de Emecé, de las épocas gloriosas de los best seller de los años setenta, y las ediciones especiales de tapas duras de la década del 30, del 40, que pese a los años se conservan impecables... Y los libros de bolsillo con lo mejor de la literatura mundial...

La curiosidad, que a estas alturas ya roza la indiscreción, también me lleva a preguntarme, cuando encuentro una dedicatoria personal, qué habrá sentido el que recibió ese libro de regalo, si lo habrá leído o lo habrá dejado en un rincón, si le habrá gustado. ¿Y cómo fue que el libro llegó a la biblioteca? ¿Su dueño se murió, y los parientes lo donaron? ¿Lo donó el dueño, porque no le interesaba conservarlo? ¿Cómo alguien de la familia se puede deshacer de un libro dedicado al padre en el día de su cumpleaños, o dedicado a un hermano al que se admira profundamente, o a un amigo del alma?

La emoción de tener entre mis manos tanta vida se multiplica al mirar las estanterías repletas, los libros que están apilados en el piso o en cajas por falta de espacio, y pensar en las miles de historias que guardan. Las que están escritas en sus páginas, y las otras, las que no se ven y que jamás conoceré. Las historias de los sueños, las ilusiones, de cada autor. Las historias de sus dueños anteriores. Las historias, por último, de cada lector que se llevó el libro a su casa y lo leyó pensando vaya a saber en qué, emocionándose vaya a saber con qué párrafos, aprendiendo algo que no sabía, o simplemente disfrutando la lectura.

Pienso en las horas solitarias que habrán acompañado esos mismos libros que hoy pasan por mis manos, en los lugares por los que han andado, en las mesas de luz donde han descansado durante unos días, como viajeros que van de hotel en hotel, y ante mí se presenta un mundo más complejo, fascinante y misterioso que el de cualquier novela.

El olor a biblioteca, que me recibe cada mañana envolviéndome con su calidez, hace el resto. Y ahí está la Fernández sentada en una silla íncómoda, en la posición menos ergonómica que uno pueda imaginarse para trabajar en una computadora, con un atril improvisado con cartón y un broche de tender la ropa, y los dedos sucios de tierra pero feliz de la vida y dispuesta a terminar sus días catalogando libros, porque salvo que me echen, de acá no me voy.

jueves, 14 de enero de 2010

7 trucos para autocorregir y revisar un texto

Muchas veces me preguntan si uno mismo puede revisar o corregir sus textos. La verdad es que sí, pero hay que tener conocimientos medios de gramática, sintaxis, ortografía, y por sobre todo, mucha autocrítica y ganas de trabajar hasta conseguir el mejor resultado posible.
Acá van siete pautas básicas para la revisión y autocorrección:

1 - Lee tu escrito como un profesional, sin encariñarte con tus palabras. Todo puede cambiar y mejorar.

2 - Después léelo como lector. ¿Qué piensas? ¿Lo entiendes? ¿Estás de acuerdo? ¿Cómo rebatirías lo que dice el texto? Apunta todas tus respuestas y luego analízalas desde tu óptica de autor, viendo que puedes hacer con lo negativo que has encontrado correccion literaria textocomo lector.

3 - Pídele a un amigo, un colega o cualquier otra persona que lea el escrito y que te diga cuáles son, según su opinión, el objetivo fundamental del texto y sus ideas principales. Escucha con atención lo que te dice, y no te justifiques si este lector no encuentra en el texto lo que pretendías. Piensa, en cambio, cómo puedes aprovechar sus opiniones para mejorar tu mensaje.

4 - Relee el texto con espíritu crítico. Después, recupera el tono racional y valora si tus críticas tienen algún fundamento; si es así, rectifica.

5 - El oído puede descubrir lo que no ha detectado el ojo. Lee el texto en voz alta como si estuvieras frente a una audiencia y escucha como suena. ¿Queda bien, te gusta? ¿Hay algún cantito, algo parecido a la rima de una poesía?

6 - Si escribes con computadora, aprovecha los programas automáticos para verificar la ortografía, la gramática o la legibilidad pero no confíes ciegamente en ellos. En caso de duda, recurre al diccionario.

7 - Cuando menor sea la cantidad de palabras que utilices para expresar tus ideas, mayor será la claridad y la concreción del texto.

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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Manifiesto de Año Nuevo

Cuando ya pesan sobre mi espalda cuarenta y nueve años y diez meses, tirando hacia abajo todo lo que se le puede caer a una mujer y maltratándome con los primeros achaques propios de la vida contemplativa y sedentaria, he decidido pedirle al año nuevo un poco más de lo que siempre pido, o debería pedir, con cada cambio de almanaque.

Para empezar, quiero sentir sin anestesia. No más indiferencia, ni tareas “impostergables” que me vuelvan insensible. Quiero vibrar de emoción ante las pequeñas pero milagrosas manifestaciones de vida que descubro cada mañana: el colibrí que visita mi madreselva, la flor que se abre para morir en apenas unas horas, la marcdeseos pedidos ilusionesial fila de hormigas que depreda mi jardín.

Quiero también una mente más sana y voluntariosa, capaz de renunciar a los placeres que hacen daño, a la información intrascendente, al chisme, a las excusas, a la autocompasión, a la obsesión y a la ansiedad. Una mente inspirada, a ver si consigo escribir ese libro inmortal con el que tanto sueño.

Y si no fuera mucho pedir, quiero un cuerpo mejor que el que tengo. Cuando digo mejor no digo más lindo, ni más joven, ni el de los veinte o los treinta. No. Mi cuerpo ideal, hoy, sería uno que deje ir las emociones negativas en lugar de apropiarse de ellas y convertirlas en enfermedades. Sólo eso. Un cuerpo que sepa defenderse de los ataques internos y externos, y que me acompañe dignamente en mis alegrías y tristezas, en mis logros, en mis luchas. Un cuerpo relajado, que sepa cuándo descansar, cuándo comer, cuándo buscar y dar amor.

Y un espíritu libre, capaz de alzarse impávido por sobre lo que el mundo espera de mí para impulsarme a ser la que yo quiero ser, la que necesito ser.

Con esto, y lo que tengo, que no es poco, me conformo. Pero si el año nuevo, en el colmo de la generosidad, me trae:

  • Un editor para mi novela.
  • Un novio ecologista, pintón y adinerado que quiera incursionar en el sexo tántrico.
  • Un arquitecto, un albañil, ladrillos, puertas y ventanas para reformar mi casa.
  • Una computadora portátil y una impresora multifunción.
  • Un banco de plaza para poner en el jardín.
  • Inspiración para escribir.
  • Tiempo para compartir con la familia y los amigos.
  • Voluntad para volver a tocar el piano y para hacer gimnasia.
  • Sueños y proyectos nuevos...

Soy capaz de recibirlo, al 2010, como nunca me ha visto ningún mortal: prolijamente depilada de la nariz para abajo, camisolín de gasa, medias de red, tacos aguja, portaligas, una rosa roja enganchada en la oreja izquierda y otra entre los dientes.

jueves, 15 de octubre de 2009

¿Son compatibles la felicidad y el arte?

escritura autobiografica
“Cada uno tiene su propia forma de enfrentar el dolor, o la tristeza. A mí, medio siglo de vida me sirvió para saber que el tiempo lo cura todo, lo borra todo, siempre y cuando no opongamos resistencia y lo dejemos hacer lo suyo tranquilo. Y entonces no me resisto. ¿Duele? Que duela; sé que en algún momento empezará a doler menos. ¿Estoy triste? Sé que mañana, cuando me despierte con el sol, me sentiré mejor.

Cuando era jovencita me parecía que el dolor y la tristeza eran más profundos, sublimes y trascendentes que la felicidad. ¿Sufrir por amor? ¡Magnífico! El amor verdadero era el de las novelas: la tortura de los celos, la obsesión enfermiza por el ser amado, la pasión irracional. Gracias a Dios, ya no pienso lo mismo. Y desde que dejé de pensar así, desde que abandoné la idea del martirio como pasaporte al cielo y como el mejor abono para la inspiración, necesito cada vez menos estímulos para sentirme feliz.

Pero nuestra mochila cultural, esa que recibimos armadita de fábrica, tiene mucho que ver en esto de darle a la tristeza o al dolor más importancia que al bienestar y la alegría. Y la única forma de sacársela de encima, me parece, es reconocer que ya no tenemos ganas de cargarla. Eso sí; cuando la humanidad decida renunciar al sufrimiento como fuente de inspiración, el arte entrará en crisis, de eso no cabe duda, porque el arte nace de las carencias, de la disconformidad, del desconcierto, y gracias a ellos crece y persiste”.


Eso se lo escribí ayer en un mail a Alejandra, una de mis talleristas. Porque desde hace un mes tengo un taller de Escritura Autobiográfica; lo que pasa es que soy tan, tan... perfil bajo, o pavota, que no comenté nada acá en el blog.

Y después de escribirle a Alejandra seguí pensando en la relación entre el sufrimiento y el arte, en el dolor como fuente de inspiración y en el desprecio que a muchos lectores “serios” les producen los textos humorísticos, los finales felices y las escenas tiernas, inocentes o emotivas.
Desde las canciones de Palito Ortega hasta las comedias de enredos, hoy casi toda creación que no surja de las pasiones tortuosas, las experiencias trágicas, las realidades sórdidas, los heroísmos extremos, es considerada frívola, menor. Entre una comedia y una tragedia, puede que la comedia tenga muchos espectadores pero los críticos seguramente le darán los créditos a la tragedia.

La alegría, la contemplación, la serenidad y otros estados plácidos del alma, son garantía casi segura para el fracaso de una novela o una poesía. Y de la misma manera que la sangre le asegura audiencia a los medios “amarillos”, los espíritus y cuerpos heridos, silenciados, torturados o maltratados ayudan a sumar lectores, oyentes, espectadores, y sobre todo, fama de profundo y comprometido a quien se basa en ellos para crear.

Allá en mi adolescencia, época en que todo lo idealizaba, me había formado una imagen de lo que debía ser un escritor que con el correr del tiempo, gracias a Dios, fue perdiendo entidad. Los escritores tomaban mucho café, fumaban todo el día, escribían en los bares, se amanecían hablando de literatura, polemizaban con todo el mundo y tenían la capacidad y los conocimientos necesarios para opinar sobre cualquier tema. Para ser escritor había que sufrir mucho y todo el tiempo: por uno mismo, por los demás, por la humanidad. O estar medio chiflado, como Dostoievski. O terminar suicidándose, como Lugones y Alfonsina Storni. O ser obsesivos como Sábato, excéntricos como Manucho, menospreciados como Roberto Arlt, el que escribía mal. O haber tenido una infancia infeliz, como Kafka. El escritor tenía que ser tan personaje como los personajes de sus cuentos y novelas. Y si era perseguido, víctima de un complot, incomprendido o defenestrado por sus colegas, mucho mejor.

Y resulta que no, que uno puede escribir sin ser nada de eso. Uno puede escribir sin ganarse una úlcera por culpa del café, sin fumar y sin trasnochar. Puede escribir en su casa, en silencio y a horas decentes. Puede escribir, y hasta llegar a hacerlo muy bien, sin ser especialista en literatura. Puede negarse a opinar sobre lo que no conoce, puede contestar “no tengo la menor idea” cuando no sabe algo. Para ser escritor no es necesario psicoanalizarse, o tener fobias y obsesiones, o ser alcohólico o drogadicto. Y tampoco es indispensable el sufrimiento como estado permanente del espíritu.

Porque una cosa es ser sensible a lo que pasa a nuestro alrededor, y dentro de nosotros mismos, y otra muy distinta es sacralizar el sufrimiento como estilo de vida. Todos sufrimos, y el sufrimiento, como el resto de las emociones, puede ser fuente de inspiración, pero no debería ser la única. La alegría, la felicidad, el placer, también pueden servir para hacer arte. Reconozco sin vergüenza, mal que le pese a los licenciados recalcitrantes y a los detractores de ciertas literaturas, que disfruto escribiendo textos satíricos, y que entre hacer llorar y hacer reír, preferiría lo último. Y me he ganado, a fuerza de evolucionar y madurar, el derecho a escribir lo que me de la gana, lo que me haga feliz y lo que siento que le sirve a mis lectores para tener esperanzas, para sentirse comprendidos, acompañados. Me he ganado el derecho a ser escritora a mi manera, sólo a mi manera, sin paradigmas, sin ídolos a los que imitar, sin tutores, sin ideas preconcebidas de lo que debe ser un escritor.

Uno escribe como es y como vive. Eso es inevitable. Y si en mi corazón, en mi alma, ocupan más espacio la paz, la gratitud, los recuerdos tiernos y la felicidad que el dolor, la angustia o el sufrimiento, deberé enfrentar el desafío de construir, cimentada en un material tan etéreo, tan insulso para algunos, toda mi obra futura.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Mis queridos lectores

lectores escritores literatura
En estos días reflotaron en internet, desde www.enplenitud.com, un artículo mío que publicaron hace un buen tiempo y que también está aquí en el blog: “Los efectos terapéuticos del piropo”.

Me enteré de casualidad por los mails de lectores que me hicieron llegar su opinión, y como cada vez que alguien me escribe para comentar un texto mío, volví a sentir la felicidad de saber que las botellas arrojadas al mar a veces llegan a destino.

Y cómo llegan, y qué bien se entiende el mensaje. Fíjense lo que opinan los muchachos (va por estricto orden de aparición):

Jairo, desde Nicaragua: “...Siempre he pensado lo mismo y por ello siempre expreso los mejor de mis pensamientos a las féminas de mi vida”.

Alfredo, desde Guatemala: “...Déjeme contarle que es muy interesante lo que dice sobre los piropos, en sicología es darle vida a la otra persona, es decirle que existe”.

Rodrigo, desde Méjico: “...Comparto tu idea, yo soy un hombre que suelo piropear a las chicas, y tienes mucha razón: un buen piropo te abre las puertas a conocer a una excelente chica”.

Matías, también desde Méjico, arranca diciéndome “Mamacita, que bello escribes” y después, en sucesivos mails, me cuenta que es de Querétaro, una ciudad muy bonita y limpia, y que por esos pagos suelen decir este piropo, que me pareció muy original: "¡Estás como Querétaro, mamacita!". La frase tiene dos significados: Como piropo: "Estás como yo quiero". Como albur: "Eres vieja y colonial, como la ciudad de Querétaro". Y aclara, por si las moscas, refiriéndose a mí: “Desde luego la acepción que le di es la primera”. ¡Bien por Matías!

Walter, desde El Salvador, me trata de piba porque sabe que “...algo así les dicen a las chicas en Argentina”, y confiesa que “...Me gustó la forma en que abordaste el tema de los piropos. No soy muy piropero que se diga, pero desde la óptica que lo planteas es interesante y gracioso a la vez. La verdad que la autoestima es bueno alimentarla día con día y si como decís, se logra a través de un piropo, entonces, manos a la obra”. Y al final de su mail se despacha con tres piropos al mejor estilo Jardín Florido, pero más actuales. (Jardín Florido fue un gran piropeador cordobés, ya les contaré más sobre él).

Alejo, un especialista en la materia, se explaya desde España: “Efectivamente llevas mucha razón en lo que dices y buena prueba de ello es lo bien que se conserva mi amada esposa a quien prodigo diariamente piropos en todos los tonos que podamos imaginar: suaves, templados, calientes, ardientes... Los recibe de buen agrado y se conserva de maravilla y seguirá conservándose de maravilla porque cada día me tiene más enamorado. Es más, incluso a mis compañeras de trabajo suelo comentarles lo bien que les puede sentar una falda ó blusa, o corte de pelo... Observo el efecto que el comentario tiene sobre sus estados anímicos y lo reciben de buen agrado, trabajando incluso más a gusto. Muy importante, hay que saber mantener las distancias "afectivas" vaya a ser que se confundan las emociones y los sentimientos cuando lo que se pretende es realzar la gracia ó el salero ó el buen gusto ó buen parecer de una persona”.

Y Guillermo, el único argentino, se suma desde Buenos Aires: “Me pareció muy sentida tu apreciación sobre los piropos masculinos, a la vez que la comparto y acuerdo contigo que los hombres hemos dejado de piropear a nuestras mujeres. Ahora bien, si es cierto como decís en la nota, el sentimiento que este hecho produce en las mujeres, sería importante recomenzar a practicarlo... Por mi parte, con personas del ámbito laboral bien, piropos tiernos y lindos, a veces son mal interpretados por muchas mujeres jóvenes, pero bue... las más grandes lo toman de mucho mejor modo. Lo que me hizo dejar de piropear a mujeres desconocidas en la calle, por ej., fue la ingratitud con que muchas veces eran devueltos los mismos, a veces con desprecio... De todas formas a veces en imprescindible decirle algo a alguna diosa que lo merezca en cualquier lado, y eso hace que valga la pena continuar piropeando”.

Jairo, desde República Dominicana, me cuenta que el artículo le gustó mucho y agrega que se ha prometido ponerlo en práctica con su esposa “...para poder ser beneficiado con todos los efectos que usted describe se pueden obtener al aplicarlos; le comento que pertenezco a un grupo de parejas acá en Republica Dominicana y siempre será bueno encontrar temas como estos que contribuyan al fortalecimiento de las relaciones de parejas y como no, familiares”. Y me pide que cada vez que publique un artículo le avise, para que él pueda compartirlo con su grupo.

Y Fidel reflexiona desde El Salvador: “Leí tu artículo sobre los piropos…que mentes más pequeñas las nuestras. Después de un divorcio te das cuenta de cuántas cosas dejaste de hacer y lo peor es que otro las hace en tu lugar; esto es como todo en la vida, las oportunidades nunca se pierden, sencillamente alguien más la toma. Bien dicen que a los hombres se les llega por el estómago y la vista, mientras que a la mujer se le llega por el oído...” Fíjense en el piropo que le dijo a una amiga, que cuando lo escuchó se rió a sus anchas: “Estás como la crisis… IMPARABLE!!!!” Según él no estuvo muy ingenioso, pero a mí me pareció de lo más creativo. En otro mail, Fidel me cuenta: “Es curioso que un hombre lea artículos para mujeres, pero es la única forma de enterarme que es lo que pasa por sus cabezas… es un deber, más con una hija preadolescente”.

No sé a ustedes, pero a mí las opiniones de lectores (de cualquier lector, no sólo los míos) me hacen pensar en cosas que van mucho más allá del comentario en sí mismo. Me hacen pensar, por ejemplo, en todo lo que nos une, en las afinidades que tenemos en materia de afectos, de costumbres, de valores, de creencias, en lo universal de nuestra “humanidad”, nuestra condición de humanos, que no sabe (o no debería saber) de fronteras ni credos. Me hace pensar que tenemos muchas más afinidades que diferencias, y que si tuviéramos esto en cuenta y comenzáramos a mirar al otro como a un igual, el mundo andaría distinto. Me hace pensar en una verdadera hermandad, una hermandad plagada de matices individuales, regionales, plagada de palabras distintas en su forma pero que dicen lo mismo.

Vuelvo a leer los mails de “mis muchachos” y me siento feliz de que todavía queden hombres sensibles, dispuestos a sacar de nosotras lo mejor usando esa herramienta infalible y económica que está al alcance de todos: el piropo, la palabra gentil dicha en el momento menos pensado, que nos toma por sorpresa y nos hace sonreír y sentirnos especiales.

En estos varones, cuyas opiniones me tomé la licencia de incluir acá, va mi agradecimiento a quienes en los últimos años me han escrito para comentar mis textos, y a los que me seguirán escribiendo.

Gracias a cada lector, conocido o desconocido, por dejarse emocionar, por tomarse un ratito para pensar o reírse conmigo. Gracias por darme la oportunidad de sentirme útil, de sentir que lo que escribo sirve y es bienvenido. Gracias por darme alas para seguir volando.
Gracias.