sábado, 13 de febrero de 2010

La recién separada y el Día de los Enamorados

san, valentin, separadas, mujeres
Hace mucho que no escribo nada relacionado con mi libro, el Manual de Instrucciones para Recién Separadas, y me pareció que esta fecha nefasta para las mujeres solas era una buena ocasión para reafirmar su vigencia. La del libro, se entiende.

Llega San Valentín, o el Día de los Enamorados, y la RS queda desubicada como una heladera en el baño.

Mientras “los enamorados” festejan entre cajas de bombones, ramos de flores, tarjetitas cursis, ositos de peluche, CDs de Sandro y besos húmedos, la pobre RS no sabe qué hacer para no ver que a su alrededor todo el mundo se quiere mientras ella suspira, como dice el tango, mirando desde afuera y con la ñata contra el vidrio.

Mientras “los enamorados” inundan bares, restaurantes y hoteles exhibiendo impúdicamente su felicidad, la pobre RS no tiene donde sentarse a tomar un café sola sin sentirse miserable.
Mientras “los enamorados”, aunque sea de la boca para afuera y obligados por las circunstancias, renuevan con pasacalles y mensajes radiales promesas que al otro día olvidan (la de fidelidad, sobre todo), la pobre RS se siente una porquería, ignorada y abandonada...

Y todo porque nadie le dirá feliz día, ni le regalará nada, ni la sacará a pasear. Como si fuera la única; para que sepa, somos un montón, jóvenes, viejas, gordas, flacas, solteras, separadas añejas, viudas y hasta casadas, las que pasaremos en 14 de febrero sin pena ni gloria.

domingo, 7 de febrero de 2010

Ratón de biblioteca

Un amigo que reniega de los blogs y que nunca se dignó visitar el mío dice que escribir en un blog es una forma de onanismo mental. Algo de razón tiene, aunque no es mi caso; si mi finalidad fuera sólo esa, escribiría todos los días la primera pavada egocéntrica que se me cruzara por la cabeza y listo.

Pero resulta que no, que no quiero hacer un blog en el que sólo cuente cómo amanecí, ni con quien pasé la noche, ni lo que almorcé, ni los eventos a los me invitan, entre otras cosas porque sería terriblemente aburrido contar que amanezco feliz, que el único ronquido que escucho de noche es el de mis perras, que mis almuerzos dejan mucho que desear en cuanto a creatividad y que no me invitan a ningún evento, salvo los cumpleaños de los amigos.

Cómo seré de reservada, que desde noviembre estoy trabajando en la biblioteca de Río Ceballos y todavía no escribí nada sobre eso. Y no por falta de ganas, aclaro, sino porque no consigo hacerme el hábito de sentarme a engordar el blog al menos una vez por semana, algo que mis pocos pero fieles lectores me reprochan de vez en cuando.

Les cuento, entonces, sobre la biblioteca.
El trabajo para el que me contrataron es muy específico: catalogar los libros, hacer el inventario en la computadora, en un programa especial para ese fin. Por cada libro que se ingresa hay que completar una ficha: título, autor, traductor, fecha y lugar de edición, editorial, ISBN, cómo ingresó a la biblioteca (canje, compra, donación) quién lo donó o lo compró, tema que trata, etc. Y como no todos los libros tienen los datos en el mismo lugar, ni tienen todos los datos, ni los tienen totalmente legibles, no es raro verme lupa en mano tratando de descifrar lo que mis pobres ojos no alcanzan a distinguir.

Para cualquier persona que no ame los libros, la tarea sería tediosa y mecánica. Para mí, que amo los libros, es como abrir la caja de Pandora y encontrar tesoros ocultos, de esos que uno ni sospecha que existían.

Detalles en los que jamás me había fijado, como la fecha y lugar de edición, ahora despiertan mi curiosidad y me veo asociando tal fecha con tal o cual acontecimiento, o elaborando una estadística mental sobre los libros que se editaron entre 1940 y 1950, o viendo qué tienen en común los de la década del 60, o poniéndome contenta cuando encuentro algún ejemplar muy viejo, de principios del siglo pasado, pero que está en perfectas condiciones.

Y ni qué hablar cuando me toca inventariar los de editorial TOR, por ejemplo, esos de hojas gruesas y tapas de papel finito impresos en una letra mínima, apretada, con el texto escrito a dos columnas: Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Dickens... ¡si los habré devorado, de chica, heredados de mi papá, que los había comprado cuando era adolescente! Y los de Emecé, de las épocas gloriosas de los best seller de los años setenta, y las ediciones especiales de tapas duras de la década del 30, del 40, que pese a los años se conservan impecables... Y los libros de bolsillo con lo mejor de la literatura mundial...

La curiosidad, que a estas alturas ya roza la indiscreción, también me lleva a preguntarme, cuando encuentro una dedicatoria personal, qué habrá sentido el que recibió ese libro de regalo, si lo habrá leído o lo habrá dejado en un rincón, si le habrá gustado. ¿Y cómo fue que el libro llegó a la biblioteca? ¿Su dueño se murió, y los parientes lo donaron? ¿Lo donó el dueño, porque no le interesaba conservarlo? ¿Cómo alguien de la familia se puede deshacer de un libro dedicado al padre en el día de su cumpleaños, o dedicado a un hermano al que se admira profundamente, o a un amigo del alma?

La emoción de tener entre mis manos tanta vida se multiplica al mirar las estanterías repletas, los libros que están apilados en el piso o en cajas por falta de espacio, y pensar en las miles de historias que guardan. Las que están escritas en sus páginas, y las otras, las que no se ven y que jamás conoceré. Las historias de los sueños, las ilusiones, de cada autor. Las historias de sus dueños anteriores. Las historias, por último, de cada lector que se llevó el libro a su casa y lo leyó pensando vaya a saber en qué, emocionándose vaya a saber con qué párrafos, aprendiendo algo que no sabía, o simplemente disfrutando la lectura.

Pienso en las horas solitarias que habrán acompañado esos mismos libros que hoy pasan por mis manos, en los lugares por los que han andado, en las mesas de luz donde han descansado durante unos días, como viajeros que van de hotel en hotel, y ante mí se presenta un mundo más complejo, fascinante y misterioso que el de cualquier novela.

El olor a biblioteca, que me recibe cada mañana envolviéndome con su calidez, hace el resto. Y ahí está la Fernández sentada en una silla íncómoda, en la posición menos ergonómica que uno pueda imaginarse para trabajar en una computadora, con un atril improvisado con cartón y un broche de tender la ropa, y los dedos sucios de tierra pero feliz de la vida y dispuesta a terminar sus días catalogando libros, porque salvo que me echen, de acá no me voy.

jueves, 14 de enero de 2010

7 trucos para autocorregir y revisar un texto

Muchas veces me preguntan si uno mismo puede revisar o corregir sus textos. La verdad es que sí, pero hay que tener conocimientos medios de gramática, sintaxis, ortografía, y por sobre todo, mucha autocrítica y ganas de trabajar hasta conseguir el mejor resultado posible.
Acá van siete pautas básicas para la revisión y autocorrección:

1 - Lee tu escrito como un profesional, sin encariñarte con tus palabras. Todo puede cambiar y mejorar.

2 - Después léelo como lector. ¿Qué piensas? ¿Lo entiendes? ¿Estás de acuerdo? ¿Cómo rebatirías lo que dice el texto? Apunta todas tus respuestas y luego analízalas desde tu óptica de autor, viendo que puedes hacer con lo negativo que has encontrado correccion literaria textocomo lector.

3 - Pídele a un amigo, un colega o cualquier otra persona que lea el escrito y que te diga cuáles son, según su opinión, el objetivo fundamental del texto y sus ideas principales. Escucha con atención lo que te dice, y no te justifiques si este lector no encuentra en el texto lo que pretendías. Piensa, en cambio, cómo puedes aprovechar sus opiniones para mejorar tu mensaje.

4 - Relee el texto con espíritu crítico. Después, recupera el tono racional y valora si tus críticas tienen algún fundamento; si es así, rectifica.

5 - El oído puede descubrir lo que no ha detectado el ojo. Lee el texto en voz alta como si estuvieras frente a una audiencia y escucha como suena. ¿Queda bien, te gusta? ¿Hay algún cantito, algo parecido a la rima de una poesía?

6 - Si escribes con computadora, aprovecha los programas automáticos para verificar la ortografía, la gramática o la legibilidad pero no confíes ciegamente en ellos. En caso de duda, recurre al diccionario.

7 - Cuando menor sea la cantidad de palabras que utilices para expresar tus ideas, mayor será la claridad y la concreción del texto.

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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Manifiesto de Año Nuevo

Cuando ya pesan sobre mi espalda cuarenta y nueve años y diez meses, tirando hacia abajo todo lo que se le puede caer a una mujer y maltratándome con los primeros achaques propios de la vida contemplativa y sedentaria, he decidido pedirle al año nuevo un poco más de lo que siempre pido, o debería pedir, con cada cambio de almanaque.

Para empezar, quiero sentir sin anestesia. No más indiferencia, ni tareas “impostergables” que me vuelvan insensible. Quiero vibrar de emoción ante las pequeñas pero milagrosas manifestaciones de vida que descubro cada mañana: el colibrí que visita mi madreselva, la flor que se abre para morir en apenas unas horas, la marcdeseos pedidos ilusionesial fila de hormigas que depreda mi jardín.

Quiero también una mente más sana y voluntariosa, capaz de renunciar a los placeres que hacen daño, a la información intrascendente, al chisme, a las excusas, a la autocompasión, a la obsesión y a la ansiedad. Una mente inspirada, a ver si consigo escribir ese libro inmortal con el que tanto sueño.

Y si no fuera mucho pedir, quiero un cuerpo mejor que el que tengo. Cuando digo mejor no digo más lindo, ni más joven, ni el de los veinte o los treinta. No. Mi cuerpo ideal, hoy, sería uno que deje ir las emociones negativas en lugar de apropiarse de ellas y convertirlas en enfermedades. Sólo eso. Un cuerpo que sepa defenderse de los ataques internos y externos, y que me acompañe dignamente en mis alegrías y tristezas, en mis logros, en mis luchas. Un cuerpo relajado, que sepa cuándo descansar, cuándo comer, cuándo buscar y dar amor.

Y un espíritu libre, capaz de alzarse impávido por sobre lo que el mundo espera de mí para impulsarme a ser la que yo quiero ser, la que necesito ser.

Con esto, y lo que tengo, que no es poco, me conformo. Pero si el año nuevo, en el colmo de la generosidad, me trae:

  • Un editor para mi novela.
  • Un novio ecologista, pintón y adinerado que quiera incursionar en el sexo tántrico.
  • Un arquitecto, un albañil, ladrillos, puertas y ventanas para reformar mi casa.
  • Una computadora portátil y una impresora multifunción.
  • Un banco de plaza para poner en el jardín.
  • Inspiración para escribir.
  • Tiempo para compartir con la familia y los amigos.
  • Voluntad para volver a tocar el piano y para hacer gimnasia.
  • Sueños y proyectos nuevos...

Soy capaz de recibirlo, al 2010, como nunca me ha visto ningún mortal: prolijamente depilada de la nariz para abajo, camisolín de gasa, medias de red, tacos aguja, portaligas, una rosa roja enganchada en la oreja izquierda y otra entre los dientes.

jueves, 15 de octubre de 2009

¿Son compatibles la felicidad y el arte?

escritura autobiografica
“Cada uno tiene su propia forma de enfrentar el dolor, o la tristeza. A mí, medio siglo de vida me sirvió para saber que el tiempo lo cura todo, lo borra todo, siempre y cuando no opongamos resistencia y lo dejemos hacer lo suyo tranquilo. Y entonces no me resisto. ¿Duele? Que duela; sé que en algún momento empezará a doler menos. ¿Estoy triste? Sé que mañana, cuando me despierte con el sol, me sentiré mejor.

Cuando era jovencita me parecía que el dolor y la tristeza eran más profundos, sublimes y trascendentes que la felicidad. ¿Sufrir por amor? ¡Magnífico! El amor verdadero era el de las novelas: la tortura de los celos, la obsesión enfermiza por el ser amado, la pasión irracional. Gracias a Dios, ya no pienso lo mismo. Y desde que dejé de pensar así, desde que abandoné la idea del martirio como pasaporte al cielo y como el mejor abono para la inspiración, necesito cada vez menos estímulos para sentirme feliz.

Pero nuestra mochila cultural, esa que recibimos armadita de fábrica, tiene mucho que ver en esto de darle a la tristeza o al dolor más importancia que al bienestar y la alegría. Y la única forma de sacársela de encima, me parece, es reconocer que ya no tenemos ganas de cargarla. Eso sí; cuando la humanidad decida renunciar al sufrimiento como fuente de inspiración, el arte entrará en crisis, de eso no cabe duda, porque el arte nace de las carencias, de la disconformidad, del desconcierto, y gracias a ellos crece y persiste”.


Eso se lo escribí ayer en un mail a Alejandra, una de mis talleristas. Porque desde hace un mes tengo un taller de Escritura Autobiográfica; lo que pasa es que soy tan, tan... perfil bajo, o pavota, que no comenté nada acá en el blog.

Y después de escribirle a Alejandra seguí pensando en la relación entre el sufrimiento y el arte, en el dolor como fuente de inspiración y en el desprecio que a muchos lectores “serios” les producen los textos humorísticos, los finales felices y las escenas tiernas, inocentes o emotivas.
Desde las canciones de Palito Ortega hasta las comedias de enredos, hoy casi toda creación que no surja de las pasiones tortuosas, las experiencias trágicas, las realidades sórdidas, los heroísmos extremos, es considerada frívola, menor. Entre una comedia y una tragedia, puede que la comedia tenga muchos espectadores pero los críticos seguramente le darán los créditos a la tragedia.

La alegría, la contemplación, la serenidad y otros estados plácidos del alma, son garantía casi segura para el fracaso de una novela o una poesía. Y de la misma manera que la sangre le asegura audiencia a los medios “amarillos”, los espíritus y cuerpos heridos, silenciados, torturados o maltratados ayudan a sumar lectores, oyentes, espectadores, y sobre todo, fama de profundo y comprometido a quien se basa en ellos para crear.

Allá en mi adolescencia, época en que todo lo idealizaba, me había formado una imagen de lo que debía ser un escritor que con el correr del tiempo, gracias a Dios, fue perdiendo entidad. Los escritores tomaban mucho café, fumaban todo el día, escribían en los bares, se amanecían hablando de literatura, polemizaban con todo el mundo y tenían la capacidad y los conocimientos necesarios para opinar sobre cualquier tema. Para ser escritor había que sufrir mucho y todo el tiempo: por uno mismo, por los demás, por la humanidad. O estar medio chiflado, como Dostoievski. O terminar suicidándose, como Lugones y Alfonsina Storni. O ser obsesivos como Sábato, excéntricos como Manucho, menospreciados como Roberto Arlt, el que escribía mal. O haber tenido una infancia infeliz, como Kafka. El escritor tenía que ser tan personaje como los personajes de sus cuentos y novelas. Y si era perseguido, víctima de un complot, incomprendido o defenestrado por sus colegas, mucho mejor.

Y resulta que no, que uno puede escribir sin ser nada de eso. Uno puede escribir sin ganarse una úlcera por culpa del café, sin fumar y sin trasnochar. Puede escribir en su casa, en silencio y a horas decentes. Puede escribir, y hasta llegar a hacerlo muy bien, sin ser especialista en literatura. Puede negarse a opinar sobre lo que no conoce, puede contestar “no tengo la menor idea” cuando no sabe algo. Para ser escritor no es necesario psicoanalizarse, o tener fobias y obsesiones, o ser alcohólico o drogadicto. Y tampoco es indispensable el sufrimiento como estado permanente del espíritu.

Porque una cosa es ser sensible a lo que pasa a nuestro alrededor, y dentro de nosotros mismos, y otra muy distinta es sacralizar el sufrimiento como estilo de vida. Todos sufrimos, y el sufrimiento, como el resto de las emociones, puede ser fuente de inspiración, pero no debería ser la única. La alegría, la felicidad, el placer, también pueden servir para hacer arte. Reconozco sin vergüenza, mal que le pese a los licenciados recalcitrantes y a los detractores de ciertas literaturas, que disfruto escribiendo textos satíricos, y que entre hacer llorar y hacer reír, preferiría lo último. Y me he ganado, a fuerza de evolucionar y madurar, el derecho a escribir lo que me de la gana, lo que me haga feliz y lo que siento que le sirve a mis lectores para tener esperanzas, para sentirse comprendidos, acompañados. Me he ganado el derecho a ser escritora a mi manera, sólo a mi manera, sin paradigmas, sin ídolos a los que imitar, sin tutores, sin ideas preconcebidas de lo que debe ser un escritor.

Uno escribe como es y como vive. Eso es inevitable. Y si en mi corazón, en mi alma, ocupan más espacio la paz, la gratitud, los recuerdos tiernos y la felicidad que el dolor, la angustia o el sufrimiento, deberé enfrentar el desafío de construir, cimentada en un material tan etéreo, tan insulso para algunos, toda mi obra futura.