(de mi fanpage del Manual de instrucciones para Recién Separadas en Facebook)
Una fan de la página me contó que se está preparando para ser R.S., y la verdad, me dejó pensando en cómo a veces insistimos en negar, aunque sea de la boca para afuera, que la pareja no va más y se avecina la separación.
Porque no hay separaciones sorpresivas. Todos los que hemos pasado por una ruptura (y a TODOS nos ha tocado alguna vez) sabemos bien que hay señales previas más o menos evidentes de que el barco se está yendo a pique. ¿Y qué hacemos? En lugar de ponernos el salvavidas y prepararnos para saltar, nos ponemos a sacar el agua con un jarrito, y en el colmo de la estupidez, cuando nos damos cuenta de que alguien nos mira simulamos regar las macetas.
Cuánto dolor nos evitaríamos si en lugar de ocultarnos la realidad nos sentáramos a conversar con el otro sobre la mejor manera de terminar la relación. Si nos decidiéramos a darle un final digno a esa relación que en algún momento nos hizo felices. Si nos despojáramos de los mandatos familiares, o sociales, que nos incitan a la confrontación, y nos abriéramos a la negociación.
No hace demasiado tiempo, a los enfermos desahuciados se los preparaba para el “buen morir” ayudándolos a resignarse, induciéndolos al perdón y la reconciliación con sus parientes y amigos, haciéndoles ver la conveniencia de poner en orden sus asuntos legales. Hoy, en cambio, la medicina se ha erigido en Dios y en lugar de aceptar la muerte la posterga con todos los medios a su alcance, algunos indignos e inhumanos.
Y esto último es lo que nos pasa frente a la separación: en lugar de resignarnos, aceptar que un ciclo se ha terminado, perdonar y solucionar nuestros asuntos legales con tranquilidad, nos enredamos en una larga agonía de a dos, en una guerra mezquina para ver quién se queda con más, sin darnos cuenta de que estamos demorando, solamente demorando, lo que tanto tememos: el final.
Mientras sea posible, a la pareja hay que intentar salvarla. Pero cuando ya no hay marcha atrás (y cuando uno de los dos dejó de querer, ya no hay marcha atrás), hay que procurarle, por el bien de nuestra propia salud mental, un “buen morir”.
Y cuando llegue el momento del último adiós, hacer como en los velorios de antes: un poco de llanto y de rezos, otro poco de anécdotas de tiempos felices, una ginebra por acá, un cafecito por allá, comida y bebida abundante para los parientes que vienen de lejos, y el finado durmiendo el sueño de los justos mientras a su alrededor, la vida sigue.
lunes, 12 de abril de 2010
El maquillaje ideal para la Recién Separada
(de mi fanpage del Manual de instrucciones para Recién Separadas en Facebook)
Aprovecho que me han dejado un aviso aquí sobre una escuela de maquillaje para reflexionar junto a las R.S. sobre cómo debemos lucir en esta etapa tan especial de la vida.
Vamos primero a lo que no debe faltar en nuestro arsenal cosmético: el corrector de ojeras. Hay que tener varios y de distintos tonos, porque según la hora del día y/o las lágrimas que llevemos derramadas, nuestras ojeras irán desde un magenta suave al color berenjena. Lamento decirle, querida amiga, que la tiza mojada no sirve y el crayón blanco de los chicos, menos. Se va a tener que comprar unos buenos lápices correctores de ojeras de los más caros, si quiere que su rostro parezca descansado y saludable.
Una vez que haya cubierto sus ojeras, le vendría bien una base de maquillaje que le dé a su piel el aspecto aterciopelado que seguramente ha perdido. Y tal vez un poquito de rubor. No demasiado, no es cuestión de tener los cachetes colorados como el príncipe Carlos de Inglaterra.
Ahora vamos a los ojos. Rimmel a prueba de maremotos, porque una no sabe cuándo, cómo ni dónde se acordará de algo que le humedecerá los ojos de bronca, de tristeza o de nostalgia. Para la sombra, evite los colores tristes como el gris o la gama de los marrones, que la harán verse más melancólica.
Para la boca, elija un rouge discreto que resalte las forma de sus labios y le levante el ánimo, pero huya del colorado rabioso porque pueden pensar que anda buscando guerra, y no es cuestión. A menos que usted quiera buscar guerra, por supuesto, que está en todo su derecho y no seré yo quien se lo impida.
Si tiene más de 25, tampoco le aconsejo el morado o el negro; ya está grandecita para hacerse la gótica, o la dark, o la flogger.
Para las R.S., el maquillaje puede ser un buen aliado. La cara lavada no es para cualquiera porque nos deja el alma al descubierto, y cuando el alma anda de capa caída lo mejor que podemos hacer es darle una mano al espejo y pintarnos un poco. Un poquito, aunque sea. Con unos sabios toques de color y una sonrisa, la realidad es más llevadera. Y nuestra cara también, para los demás y para nosotras mismas.
Aprovecho que me han dejado un aviso aquí sobre una escuela de maquillaje para reflexionar junto a las R.S. sobre cómo debemos lucir en esta etapa tan especial de la vida.
Vamos primero a lo que no debe faltar en nuestro arsenal cosmético: el corrector de ojeras. Hay que tener varios y de distintos tonos, porque según la hora del día y/o las lágrimas que llevemos derramadas, nuestras ojeras irán desde un magenta suave al color berenjena. Lamento decirle, querida amiga, que la tiza mojada no sirve y el crayón blanco de los chicos, menos. Se va a tener que comprar unos buenos lápices correctores de ojeras de los más caros, si quiere que su rostro parezca descansado y saludable.
Una vez que haya cubierto sus ojeras, le vendría bien una base de maquillaje que le dé a su piel el aspecto aterciopelado que seguramente ha perdido. Y tal vez un poquito de rubor. No demasiado, no es cuestión de tener los cachetes colorados como el príncipe Carlos de Inglaterra.
Ahora vamos a los ojos. Rimmel a prueba de maremotos, porque una no sabe cuándo, cómo ni dónde se acordará de algo que le humedecerá los ojos de bronca, de tristeza o de nostalgia. Para la sombra, evite los colores tristes como el gris o la gama de los marrones, que la harán verse más melancólica.
Para la boca, elija un rouge discreto que resalte las forma de sus labios y le levante el ánimo, pero huya del colorado rabioso porque pueden pensar que anda buscando guerra, y no es cuestión. A menos que usted quiera buscar guerra, por supuesto, que está en todo su derecho y no seré yo quien se lo impida.
Si tiene más de 25, tampoco le aconsejo el morado o el negro; ya está grandecita para hacerse la gótica, o la dark, o la flogger.
Para las R.S., el maquillaje puede ser un buen aliado. La cara lavada no es para cualquiera porque nos deja el alma al descubierto, y cuando el alma anda de capa caída lo mejor que podemos hacer es darle una mano al espejo y pintarnos un poco. Un poquito, aunque sea. Con unos sabios toques de color y una sonrisa, la realidad es más llevadera. Y nuestra cara también, para los demás y para nosotras mismas.
lunes, 8 de marzo de 2010
Las mujeres y el poder
Hoy escuché en televisión, entre otras opiniones sobre el día de la mujer, las conquistas obtenidas y demás, a una señora que dijo que le gustaría que la mujer tuviera más poder. Y me quedé pensando en todo lo que puede abarcar la palabra "poder", y en cómo la usamos en un solo sentido. Hoy hablamos de poder casi exclusivamente para referirnos a la política o la economía. La presidente tiene poder; una diputada, una senadora, tienen poder; una empresaria o profesional exitosa tiene poder; una jueza tiene poder, una funcionaria tiene poder, la mujer, o la amante, de un "poderoso" tienen poder... y las demás, que somos la mayoría, nos quedamos afuera de la repartija y a llorar al campito.
Qué estupidez. A mí, que no me jodan. Yo soy más poderosa que todas ellas.
1) Yo tengo el poder de mantenerme firme en mi vocación y de hacer lo que siento, y como lo siento.
2) Yo tengo el poder de levantarle el ánimo a mis amigos con una broma o una palabra dulce.
3) Yo tengo el poder de la satisfacción del deber cumplido cuando hago algo bien, más allá del dinero que gane haciéndolo.
4) Yo tengo el poder de tener la conciencia limpia y en paz.
5) Yo tengo el poder de haber elegido el camino correcto a la hora de educar a una hija que no convivió con su papá. Pude haberle envenenado la cabeza y el alma, como hacen muchas mujeres, pero fui poderosa y elegí darle lo mejor de mí y enseñarle a sacar, y a dar, lo mejor de ella.
6) Yo tengo el poder de prescindir de lo que no me hace falta y de haber aprendido a vivir con lo indispensable.
7) Yo tengo el poder de hacer cosas que me gratifican aunque no me reporten dinero ni fama.
8) Yo tengo el poder de emocionarme y conmoverme sin sentirme débil.
9) Yo tengo el poder de vivir sin miedo al que dirán.
10) Yo tengo el poder de la imaginación, del amor, de la plenitud.
Y lo mejor de todo es que mi poder no depende de nadie más que de mí. A una presidente la pueden derrocar, a una jueza la pueden destituir, una empresaria se puede fundir, a una funcionaria le pueden pedir la renuncia, y la mujer del poderoso puede tener unos cuernos de exposición. Pero a mí, a la Gra Fernández, el poder de ser quien soy y cómo soy no me lo puede quitar nadie.
Qué estupidez. A mí, que no me jodan. Yo soy más poderosa que todas ellas.
1) Yo tengo el poder de mantenerme firme en mi vocación y de hacer lo que siento, y como lo siento.
2) Yo tengo el poder de levantarle el ánimo a mis amigos con una broma o una palabra dulce.
3) Yo tengo el poder de la satisfacción del deber cumplido cuando hago algo bien, más allá del dinero que gane haciéndolo.
4) Yo tengo el poder de tener la conciencia limpia y en paz.
5) Yo tengo el poder de haber elegido el camino correcto a la hora de educar a una hija que no convivió con su papá. Pude haberle envenenado la cabeza y el alma, como hacen muchas mujeres, pero fui poderosa y elegí darle lo mejor de mí y enseñarle a sacar, y a dar, lo mejor de ella.
6) Yo tengo el poder de prescindir de lo que no me hace falta y de haber aprendido a vivir con lo indispensable.
7) Yo tengo el poder de hacer cosas que me gratifican aunque no me reporten dinero ni fama.
8) Yo tengo el poder de emocionarme y conmoverme sin sentirme débil.
9) Yo tengo el poder de vivir sin miedo al que dirán.
10) Yo tengo el poder de la imaginación, del amor, de la plenitud.
Y lo mejor de todo es que mi poder no depende de nadie más que de mí. A una presidente la pueden derrocar, a una jueza la pueden destituir, una empresaria se puede fundir, a una funcionaria le pueden pedir la renuncia, y la mujer del poderoso puede tener unos cuernos de exposición. Pero a mí, a la Gra Fernández, el poder de ser quien soy y cómo soy no me lo puede quitar nadie.
jueves, 4 de marzo de 2010
Una anécdota del "Manual de instrucciones para Recién Separadas"!
(de mi fanpage del Manual de instrucciones para Recién Separadas en Facebook)
Cuando estaba de novia con mi ex, hace más de treinta años, un día le prometí que le dedicaría mi primer libro. Por ese entonces, lo único que yo escribía era poesía y lejos estaba de sospechar que mi primer libro sería, oh carcajada del destino... ¡el Manual de instrucciones para Recién Separadas!, para el que el susodicho me había dado un montón de letra.
Pero como soy mujer de palabra, decidí cumplir mi promesa y dedicárselo igual. Y esto es lo que se puede leer en la primera página de la primera edición:
Dedico el "primogénito" a Carlos, mi ex, porque si estuviéramos juntos yo jamás habría escrito este libro. Ni este ni ninguno, en realidad, porque la convivencia requiere mucho tiempo y muchas energías, dos cosas que aún no aprendí a administrar. O tengo un marido, o escribo. Y él, que todo lo sabe, vislumbró en mí a la artista, escuchó ecos lejanos que llevaban mi nombre camino a la gloria, presintió la riqueza y la fama llamando a mi puerta, y hasta soñó una vez que aplaudía, sentado en primera fila, mientras yo recibía el premio Pulitzer. Todo eso lo indujo a apartarse de mí; temía no estar a la altura de los acontecimientos futuros. Por si esto fuera poco, se le apareció un ángel que le dijo: "Deja a esa mujer cumplir con su destino, renuncia noblemente a estar con ella y búscate otra que no escriba pero limpie, sea más ambiciosa, le guste el jolgorio, no se meta en tus cosas, no revise tus bolsillos y no sea asmática. Y tenga la cola parada." Él, ateo confeso, cayendo de rodillas se convirtió ahí nomás, rasgó sus vestiduras, rezó en cinco idiomas y le hizo caso al ángel. Y acá estamos, cada uno por su lado.
Les cuento que quedé como una reina: mi ex andaba con el libro en el bolsillo mostrándoselo a todo el mundo. Y por si fuera poco, darme cuenta de que yo era lo bastante inteligente como para reírme de mí misma y haber escrito ese libro, y esa dedicatoria, me levantó muchísimo la autoestima.
Esto es para que vean, queridas RS, que el humor es salud y que nos podemos reír hasta de aquellas cosas que en su momento nos hicieron llorar a mares.
Cuando estaba de novia con mi ex, hace más de treinta años, un día le prometí que le dedicaría mi primer libro. Por ese entonces, lo único que yo escribía era poesía y lejos estaba de sospechar que mi primer libro sería, oh carcajada del destino... ¡el Manual de instrucciones para Recién Separadas!, para el que el susodicho me había dado un montón de letra.
Pero como soy mujer de palabra, decidí cumplir mi promesa y dedicárselo igual. Y esto es lo que se puede leer en la primera página de la primera edición:
Dedico el "primogénito" a Carlos, mi ex, porque si estuviéramos juntos yo jamás habría escrito este libro. Ni este ni ninguno, en realidad, porque la convivencia requiere mucho tiempo y muchas energías, dos cosas que aún no aprendí a administrar. O tengo un marido, o escribo. Y él, que todo lo sabe, vislumbró en mí a la artista, escuchó ecos lejanos que llevaban mi nombre camino a la gloria, presintió la riqueza y la fama llamando a mi puerta, y hasta soñó una vez que aplaudía, sentado en primera fila, mientras yo recibía el premio Pulitzer. Todo eso lo indujo a apartarse de mí; temía no estar a la altura de los acontecimientos futuros. Por si esto fuera poco, se le apareció un ángel que le dijo: "Deja a esa mujer cumplir con su destino, renuncia noblemente a estar con ella y búscate otra que no escriba pero limpie, sea más ambiciosa, le guste el jolgorio, no se meta en tus cosas, no revise tus bolsillos y no sea asmática. Y tenga la cola parada." Él, ateo confeso, cayendo de rodillas se convirtió ahí nomás, rasgó sus vestiduras, rezó en cinco idiomas y le hizo caso al ángel. Y acá estamos, cada uno por su lado.
Les cuento que quedé como una reina: mi ex andaba con el libro en el bolsillo mostrándoselo a todo el mundo. Y por si fuera poco, darme cuenta de que yo era lo bastante inteligente como para reírme de mí misma y haber escrito ese libro, y esa dedicatoria, me levantó muchísimo la autoestima.
Esto es para que vean, queridas RS, que el humor es salud y que nos podemos reír hasta de aquellas cosas que en su momento nos hicieron llorar a mares.
viernes, 26 de febrero de 2010
Mis cincuenta primaveras

Acaban de llegar para quedarse. Aquí están los cincuenta, el medio siglo, o como diría Miriam, una de mis amigas, “las bodas de oro conmigo misma”.
Hasta ayer era una señora de las cuatro décadas y mirada de fuego al andar, como dice Arjona; a partir de hoy soy una cincuentona, que marcha inexorablemente hacia la tercera edad y a la que ningún poeta le ha dedicado ni siquiera un mísero haiku. Hasta ayer podía ponerme cualquier cosa y pasar junto al espejo sin mirarlo, esquivando su objetividad; a partir de hoy TENGO que mirarme al espejo antes de salir, no vaya a ser que parezca una vieja desubicada vestida de quinceañera.
A los cambios de década anteriores ni los sentí, pero este, el de los cincuenta, en los días previos me pegó tan fuerte que me desnucó. Ni siquiera pude elegir con seguridad lo que me pondría para la celebración. Me hice una camisola onda hippie chic, que es mi estilo favorito, y cuando la terminé me entusiasmé y probé distintas opciones: con jeans desteñidos, con pantalón blanco de señora, con pantalón negro. Mi costado juvenil clamaba por los jeans desteñidos, pero mi conciencia cincuentona se inclinaba hacia el pantalón blanco de señora. Mi costado juvenil me hizo ponerme una tira de la misma tela que la camisola sobre la frente, al mejor estilo “paz y amor” de tiempos idos, pero mi conciencia cincuentona me dijo: “no seas ridícula, hace treinta años que no te ponés una vincha”. El espejo me decía lo mismo, devolviéndome la imagen de una Barbi jubilada disfrazada de chica de los ´70.
Y encima, la nostalgia... la cruda nostalgia de lo que no fue, de lo que pudo ser, de lo que fue lindo pero se terminó, la incoherente nostalgia hasta de lo que ni siquiera sé si me hubiera gustado. Esa nostalgia de los días de lluvia, cuando uno mira por la ventana y siente que se está perdiendo de algo pero no sabe qué.
Sentí que los cincuenta se me habían caído encima todos juntos. Sentí que había vivido pateando metas y sueños hacia el futuro como si fuera inmortal, como si todo lo pudiera hacer mañana. Sentí que mis objetivos tenían plazos tan indefinidos que seguramente se me cumplirían post mortem, al paso que voy. Sentí que la juventud había quedado atrás y que ya no volvería, y que tenía que encarar la vida de otra manera.
Sentí un bajón terrible, hablando en criollo.
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Pero finalmente hoy llegó el gran día, triunfaron los jeans y me siento y me veo espléndida. Mañana, y los días siguientes, me reiré de mis cincuenta y seguiré teniendo veinte en el corazón, que es donde hay que tenerlos para ser feliz. Y hasta el día en que me muera le seguiré dando gracias a Dios por todo lo bueno que me trajeron los años: mi hija, la familia, los amigos, la inspiración, la sensibilidad para entender al otro, la capacidad de olvidar y perdonar sin rencores, las ganas de querer y sentirme querida.
Bienvenidas mis cincuenta primaveras, que me han dado tantas flores.
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