sábado, 4 de febrero de 2012

Escribir... ¿y después, qué?

Hasta que publiqué mi primer libro, Manual de Instrucciones para Recién Separadas, jamás se me pasó por la cabeza que además de escribir tendría que aprender marketing, diseño gráfico, relaciones públicas, oratoria... Y que, para contrarrestar la ansiedad que me iba a producir todo eso y conservar aunque más no fuera un mínimo de inspiración, tendría que aprender también a meditar y relajarme.
Como mi percepción sobre los escritores y sus vidas era absurdamente romántica, el primer encontronazo con la realidad fue duro. Les cuento.
Ni bien salió el libro le llevé un ejemplar a la radio a Rebeca Bortoletto, una  importante locutora y periodista de Córdoba a la que admiraba, con la esperanza de que lo leyera y lo comentara en su programa; yo la escuchaba todas las mañanas desde hacía varios años, y me ilusionaba conseguir su atención y su apoyo.
La esperé a la salida para entregárselo en persona; Rebeca me trató muy cordialmente, y a los poquitos días mi sueño se hizo realidad: ¡habló del libro! ¡Y en horario central, por si fuera poco!
Yo estaba eufórica. Gracias al comentario de Rebeca las mujeres harían cola en las librerías para comprar mi libro, que se agotaría en una semana. Ni bien se agotara lo reeditarían, y se convertiría en best seller, y me vendrían a buscar de las grandes editoriales para ofrecerme contratos millonarios. Y como Rebeca había sido mi mecenas, sería invitada de honor en su programa y su audiencia tendría siempre las primicias sobre mi carrera y mi vida.
Pero resulta que pasó una semana, y después un mes, y el libro dejó de estar en las vidrieras... y mis ilusiones de ser best seller se esfumaron, dejándome sumida en el desencanto y la incertidumbre.
¿Cómo podía ser? ¿Dónde estaban las oyentes de Rebeca cuando habló del libro, qué estaban haciendo esas mujeres, por qué no anotaron el nombre para salir a comprarlo urgente? ¿Se estaban bañando? ¿Estaban charlando con la vecina, justo en ese momento? ¿Se habían ido a hacer las compras? ¿Qué m... estaban haciendo, que se perdieron el comentario?
¿Cómo se promocionaba un libro? ¿Qué había que hacer para que la gente lo registrara y decidiera comprarlo?

La duda me ha seguido acompañando hasta el presente, y por si fuera poco, se sumó a la duda la certeza de que con escribir y hacerlo bien, no alcanza.
Escribir es el principio. Después viene lo demás; algunas tareas se pueden delegar para que las haga otro, pero cuando no hay con qué pagar, hay que arremangarse y hacerlas uno mismo. A saber::
Hay que ser carismático y empático, para tener más posibilidades de atraer lectores.
Hay que socializar en Facebook y en Twitter, y escribir bocadillos brillantes y originales.
Hay que tener página web o blog y actualizarlo casi todos los días.
Hay que aprender a diagramar libros digitales y hacer videos de  presentación (book trailer, que le dicen)
Hay que aprender a cobrar por todo aquello que nos insuma tiempo: leer originales ajenos para dar una opinión, dar una charla, dar talleres de escritura.
Hay que aprender a negociar contratos.
Hay que conseguir contactos que nos ayuden a difundir lo que hacemos: periodistas, funcionarios...
Y hay que aprender a optimizar el tiempo para que después de hacer todo lo arriba enunciado nos quede  aunque sea un rato para escribir libros, que en definitiva es lo que mejor sabemos hacer, y lo que más quisiéramos hacer.

Toda esta perorata viene a cuento porque me he pasado días y días sentada frente a la computadora dándole forma al "book trailer" de mi libro, cuando todavía no me había repuesto de los días y días que me pasé sentada frente a la computadora para armar yo solita la portada y corregir detalles de diagramación y edición.
Lo mío es así: artesanal, con mi sello y firma. Cuando no sé algo pregunto, y ni bien me dan la punta del ovillo me pongo a tejer, y tejo, y destejo, hasta que consigo hacer lo que necesito. Si me sale bien, los méritos son míos; si me sale mal, no tengo a quien echarle la culpa y lo más probable es que no pare hasta hacerlo bien.
Ese afán de conseguir la mejor calidad posible cueste lo que cueste me termina llevando a postergar proyectos y acciones. Y lo que es peor, muchas veces me ha pasado que otros concretan antes, desprolijamente y sin tantos melindres, esa idea genial que yo tenía en mente desde hacia años.
Pero con el libro digital decidí terminar con esa mala costumbre y hacerlo ya, aunque no saliera perfecto, aunque no tuviera un arsenal de herramientas on line para promocionarlo.
Al book trailer, también. Y así salió: sui géneris, cien por cien Fernández, igualito a mí.
Pasen y vean...

viernes, 3 de febrero de 2012

Autocorrección: leer como un profesional

En "7 trucos para autocorregir y revisar un texto", que publiqué hace un tiempo largo, esbocé a grandes rasgos algunas pautas elementales pero muy útiles a la hora de pulir cualquier tipo de textos, no sólo los literarios. 
Hoy decidí retomar el tema y desarrollar cada uno de los "7 trucos" para que los puedan comprender mejor y ponerlos en práctica eficazmente. Lo iré haciendo en entregas sucesivas, así no se hace tan largo. 

Aquí va el primero: 

Lee tu escrito como un profesional, sin encariñarte con tus palabras. Todo puede cambiar y mejorar.

¿Qué es eso de "leer como un profesional, sin encariñarte con las palabras"? 
¿Cómo leen los profesionales?
Un profesional lee, ante todo, como si hubiera sido otro quien escribió el texto. Toma distancia, enfría las emociones y no vacila en cambiar algo cuando considera que servirá para mejorar lo que ha escrito. 
Esa frase que nos parecía genial, al leerla con más atención tal vez ya no nos convenza como al principio. ¿Es original, o parece copiada? ¿Es clara? ¿Nos gusta porque evoca algo personal, íntimo, o porque de verdad está bien escrita? 
Un profesional busca la mejor palabra, la más potente, la más musical, la más precisa, sin encapricharse en usar la que más le gusta. Esto se aplica, sobre todo, a los adjetivos y verbos, en los que la gama de matices para designar una misma cualidad o acción es bastante amplia.
Ejemplos: 

Amar, apreciar, querer, estimar, son verbos que se pueden referir al mismo sentimiento, pero con distinto grado de intensidad. Según las circunstancias, quién lo dice, cómo y a quién se lo dice, no es lo mismo "te quiero", que "te amo", "te estimo", o "te aprecio".

Un amante puede ser ardiente, apasionado, fogoso, febril, impetuoso, desmesurado, implacable, exigente, incansable, arrollador, obsesivo, y unos cuantos adjetivos más de significado parecido. ¿Cómo elegimos el mejor? Viendo como funciona en el contexto, como se combina con las demás palabras: que no se repitan las terminaciones, que la frase se lea con fluidez, y que suene categórico al decirlo junto al sustantivo, que no quede insulso. Y por supuesto, y esto es lo principal, que le agregue peso al sustantivo, que lo complete. 
No es lo mismo un viento ligero, suave o juguetón, que uno huracanado o furioso; no es lo mismo un viento frío, helado, gélido o húmedo que uno cálido, o seco. Cualquiera de esos adjetivos nos da una idea precisa de cómo es el viento. 
Pero si decimos "un viento molesto", el adjetivo no lo está definiendo, no agrega nada. ¿Por qué es molesto? ¿ Porque es frío, porque es cálido, porque es huracanado? En realidad, el viento en sí mismo es molesto, incomoda: nos despeina, arrastra papeles, hojas de los árboles... 
Otro ejemplo: el adjetivo "lindo". Una casa "linda". ¿Linda para quién? ¿Qué es ser "lindo"? No hay como medir la "lindura" de algo, porque lo que es lindo para mí puede no serlo para otros. Entonces lo mejor que podemos hacer es usar algún adjetivo que nos dé una idea más clara de cómo es la casa: grande, imponente, ostentosa, modesta, de dos plantas, colonial, moderna, ruinosa, del siglo XVIII, de estilo inglés, etc.
    
Leer como un profesional requiere práctica, pero como todo en esta vida, se puede aprender. 
¡A practicar, entonces! 
  


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Más sobre AUTOCORRECCIÓN y CORRECCIÓN LITERARIA...


martes, 27 de diciembre de 2011

Cerrando círculos

Un año más que se termina.
Pero este, a diferencia de los anteriores, vino con un logro largamente esperado: la re-edición de mi libro. Reeditar Manual de Instrucciones para Recién Separadas era un sueño que me quitaba el sueño. Necesitaba que ese libro volviera a estar al alcance de los lectores, que tuviera la posibilidad de seguir haciéndole bien a la gente; especialmente a las mujeres separadas, para las que fue escrito. Lo necesitaba porque la edición, o la re-edición, es lo que queremos todos los escritores, pero también porque sé que es un libro con sustancia, bien escrito y por si fuera poco, útil.
El formato elegido no fue el habitual: en lugar de la tinta y el papel me incliné por la magia y el misterio de la edición digital. Digo magia, y misterio, porque sé que muchísima gente todavía no entiende qué es un libro electrónico, cómo se compra, cómo se lee, y porque este tipo de edición todavía no es del todo común aquí en Argentina, donde autores y editores siguen pensando en cómo conseguir que un libro permanezca una semana en la vidriera de las librerías en lugar de animarse a hacer algo distinto.
Yo me animé, el libro ya está a la venta y ahora hay que dedicarse a promocionarlo, una tarea que emprenderé con entusiasmo y que espero comience a dar pronto sus frutos.
Por si con la re-edición no me alcanzara, tuve la enorme satisfacción de que cuatro actrices de Río Ceballos se juntaran y le dieran forma a la versión teatral de Manual de Instrucciones para Recién Separadas. El debut  me emocionó: me sé casi de memoria cada párrafo que escribí, pero escuchar a las actrices declamar, ver sus trajes, sus gestos, le dio un significado impactante a mis palabras y me terminó de convencer de que mi libro merecía ser conocido, y leído.
Les dejo un pedacito de la obra, para que vean de qué se trata. Las protagonistas son Andrea Eder, Beatriz Kelch, Amalia Medina y Fanny Stock, todas de mi pueblo, talentosas, creativas, que hacen teatro a pulmón y robándole tiempo al descanso.

Más allá de lo literario, tuve otras dos grandes satisfacciones.

Una fue la segunda temporada del Taller de Escritura Autobiográfica, que este año funcionó en la Biblioteca Popular Sarmiento de Río Ceballos. No terminaron todas las que empezaron, pero el balance fue más que positivo por todo lo que compartimos, lo que salió a la luz en cada una de nosotras. El taller nos enriqueció y nos ayudó a mirar nuestra propia historia, nuestro pasado, nuestra familia, desde otras perspectivas, menos traumáticas y más amplias. Como siempre, fui una alumna más, y no precisamente la más brillante: los textos de las chicas superaron largamente a los míos, tal era su entusiasmo y su entrega. A todas, las que llegaron hasta la última clase y las que por razones personales no pudieron terminarlo, les doy las gracias por haber confiado en mí y en mi propuesta.

 La otra satisfacción, enorme, fue haber conseguido que tres de mis alumnos aprobaran el examen de ingreso a la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano. Cada "Belgranito" que se prepara conmigo y aprueba el examen se convierte en un triunfo personal, porque para lograrlo trabajamos codo a codo durante varios meses: ellos poniendo su voluntad, su tiempo, y yo entregándoles lo mejor de lo que soy capaz, explicando cada tema todas las veces que haga falta, buscando la manera de llegar a sus cabecitas y al mismo tiempo conteniéndolos afectivamente como si fueran mis propios hijos.
Los que no ingresaron hicieron el esfuerzo que pudieron hacer, que su madurez les permitía. El examen no es sencillo, y no todos consiguen concentrarse lo suficiente durante el año para fijar los conocimientos, interpretar las consignas y aprender a razonar con rapidez. Pero todos tienen la posibilidad de volver a intentar el ingreso el año que viene.

Y también está lo que este año disfruté en lo personal, y por lo que cada noche le agradezco a Dios. A saber:
Mi segundo año de trabajo en la biblioteca.
Los amigos de toda la vida, a los que no he podido ver tanto como hubiera querido pero que siempre están, y para los que siempre estoy.
Los nuevos amigos, y las personas especiales que sin ser amigas me han enriquecido y alegrado la vida y a las que espero haber enriquecido también en algo.
La familia, con sus dichas y pequeños pesares, pero siempre presente dentro mío.
La relación profunda, sincera y maravillosa que seguimos construyendo con mi hija.
Mi casa, mis animales, mi pequeño mundo que visto desde afuera parece inmutable pero que para mí tiene tantas sorpresas.
Lo que leo, lo que aprendo, lo que espero aprender.
Las respuestas, o herramientas, que llegan como por casualidad cuando las necesito.
La salud: puedo ver, oír, moverme. No del todo bien... ¡pero puedo!
El orgullo de bastarme a mí misma económicamente con lo que gano, y no depender de nadie.
La práctica, día tras día, de un estilo de vida austero y sereno.
La fe en la humanidad y en los que están buscando caminos pacíficos y amorosos para cultivar la mente y el espíritu.
Este fue un buen año. Crecí, amé, soñé, entregué lo más que pude, trabajé con responsabilidad y honestidad,  disfruté lo que tengo y me quejé lo menos posible por lo que no tengo. Estoy en paz, con Dios y con el mundo.
Al próximo año lo espero confiada, con la certeza de que en lo que de mí dependa será tan bueno o más que éste que se va.


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miércoles, 6 de abril de 2011

Libros "manoseados"

Mi querido amigo Ricardo Bada me hace notar que hace mucho que no alimento el blog. Las excusas sobran: el trabajo, el cerebro agotado, los amigos, la familia, las tareas domésticas, impostergables porque las hago cuando ya no las puedo postergar más. Pero como le escribí a Ricardo en un mail, si espero que la inspiración me visite estoy frita, así que aquí vamos y que salga lo que Dios quiera.
Este verano estuve corrigiendo la nueva novela de Cristina Loza, El oso de Karantania, que ya está en la editorial (Emecé). Ya les contaré sobre esa experiencia; hoy prefiero algo más de entrecasa, como para aflojar las neuronas.

Desde que empecé a leer, nunca se me hubiera ocurrido dejar de disfrutar de un libro porque estuviera ajado, o polvoriento. Y como buena rata de biblioteca, no le hago asco a nada: soy capaz de revisar hasta el último rincón de una estantería, el más lleno de telarañas, hasta encontrar algo que llame mi atención.
Imagínense entonces mi sorpresa, y más que sorpresa, mi casi indignación, cuando una mujer que vino a la biblioteca, y que según ella había sido socia hacía bastante tiempo, nos preguntó si teníamos libros nuevos, y enseguida aclaró que había dejado de venir porque los libros “estaban muy manoseados” (textual) y eso era muy desagradable. No fue solamente lo que dijo, sino cómo lo dijo: con cara de oler mierda, no encuentro una imagen más gráfica.
Me vinieron ganas de contestarle que sí, que nuestros libros eran viejos, estaban llenos de tierra y ácaros, virus y bacterias, que vaya a saber qué peste inmunda habría tenido su propietario anterior, y que efectivamente, habían pasado por demasiadas manos, manos que contenían vaya a saber qué gérmenes, que habían tocado vaya a saber qué partes impuras del cuerpo propio o ajeno. Y como para rematarla, podría haberle inventado que manipulando esos libros me había contagiado lepra, o sarna, o psitacosis.
Me frené a tiempo: no le haría ningún bien a la biblioteca que la mujer saliera a desparramar por ahí tantas barbaridades. Mi compañera, que es muy diplomática, le dijo con la serenidad de un monje budista que las bibliotecas están para prestar libros; fue una manera indirecta de hacerle ver que, para que no estuvieran manoseados, deberíamos renunciar a nuestro objetivo, encerrarlos en una vitrina y que los lectores los miraran “desde afuera y con la ñata contra el vidrio”, como en el tango.
Seguramente la mujer se fue sin haber entendido el mensaje; alguien que deplora como hizo ella la calidad de los libros de una biblioteca pública, dudo que tenga la sensibilidad para entender ciertas sutilezas del lenguaje.
Llevo más de un año llenándome las manos de tierra, disfrutando el olor exquisito del papel viejo, abriendo ejemplares deteriorados con delicadeza para no romperlos más de lo que están, y apenándome cuando encuentro alguno irrecuperable. Hoy, sin ir muy lejos, cuando una socia quiso abrir uno sobre pintura de Velázquez descubrimos que las páginas se habían pegado y que al querer despegarlas se rompían. El libro había estado húmedo, y se secó cerrado. Una de las tantas goteras que tuvimos, seguramente. Las bibliotecarias no tienen tiempo para revisar en qué condiciones están todos los libros y detectar problemas antes de que, como en este caso, sea demasiado tarde.
Cuesta mucho mantener en pie una biblioteca pública. Las horas que no alcanzan para todo lo que habría que hacer, la falta de presupuesto y de voluntarios, y por si fuera poco, la burocracia oficial, que desalienta y agobia a las comisiones directivas, hacen que sea difícil sostenerla. Menos mal que los socios comprensivos son mayoría, y que sólo muy de vez en cuando aparece alguno que pretende que tengamos las estanterías llenas de libros nuevos, que no estén “manoseados”.
Los nuestros sí lo están. Y a mucha honra, porque eso significa que los han leído, y no son letra muerta.

martes, 16 de noviembre de 2010

Mi hombre ideal

Hace más de un año leí una nota de Ana Cecilia Vera sobre cómo reconocer a nuestra pareja ideal, en la que entendí por qué muchas veces no la encontramos: porque no tenemos claro qué queremos de la vida.
La mayoría de las mujeres vemos y vivimos el amor, o lo hemos hecho en algún momento, de una manera novelesca, ya se trate de una novelita rosa o de un melodrama como Lo que el viento se llevó, o Cumbres Borrascosas. Y mientras malgastamos tiempo y energías intentando domesticar al ingobernable, avivar al gil, convertir en superhéroe al pusilánime (o viceversa) o robarle el novio a la vecina, no vemos pasar, porque no estamos preparadas para verlo, al hombre ideal, ese que sería capaz de acunar nuestro corazón entre sus brazos y de hacernos sentir felices para siempre.
Cuando leí el artículo de Ana y me puse a pensar en mi propia vida amorosa, llegué a la conclusión de que me había limitado a dejarme llevar por el destino como si este fuera una fuerza sobrenatural a la que no podía oponerle ningún tipo de resistencia.
Les cuento. Siempre me gustó, por decirlo de alguna manera, el peor del grado. Donde había un muchachito despeinado, mal alumno, revoltoso y seductor, ahí caía la Fernández muerta de amor por el engendro, que la mayoría de las veces ni siquiera se enteró de mi existencia.
Hasta que llegó ÉL, el emperador de los atorrantes y de los rebeldes sin causa, que no sólo me vio (es un decir, era miope y no usaba anteojos) sino que ipso facto decidió seducirme, previo hacer una apuesta con sus amigos. Yo tenía 18 años recién estrenados, él también, y durante 25 años me tuvo a sus pies con un solo chasquido de sus dedos, pronta a cumplir sus deseos confesables o inconfesables y a disculpar hasta la última de sus tropelías.
Después del adiós final, y de haberme gastado la lengua de tanto lamerme las heridas, me prometí que hasta que no estuviera preparada para enamorarme de otro tipo de hombre... ¡no habría más hombres en mi vida!, promesa que vengo cumpliendo prolijamente desde hace seis años, más o menos.
No más hombres para mí hasta que no me guste otro tipo de hombre, eso fue lo que me dije. Pero en ningún momento me puse a pensar qué tipo de hombre sería el mejor para mí, así que, aprovechando las preguntas sugeridas por Ana para definir a nuestra pareja ideal, lo voy a hacer ahora mismo, en vivo y en directo, para regocijo o espanto de mis lectores:

1. ¿Cuáles son las características negativas que NO quieres en una pareja?

Mentiroso, vago (de vagancia), sucio, maleducado, agresivo, racista, fumador, alcohólico, jugador, amanerado, egocéntrico, adicto al trabajo, adicto a cualquier cosa, irresponsable, deshonesto, corrupto, mal ciudadano, cazador (de cazar, matar animales), tacaño, físicamente débil, psicológicamente débil, depresivo, pesimista, mala onda, quisquilloso, histérico, maníaco, ansioso, melancólico, huraño, inseguro, sexópata, bisexual, impotente, eyaculador precoz, gritón, mujeriego, solterón, amante de la velocidad, hipocondríaco, celoso, mafioso, narcotraficante, policía, ladrón, político, abogado, que le guste el heavy metal, que le guste el cuarteto, que sea de extrema izquierda o de extrema derecha, que sea ateo, que sea demasiado religioso, que sea hijo único y sostén de padres añosos, que tenga dentadura postiza, que sea lo bastante viejo como para ser mi papá, que sea lo bastante joven como para ser mi hijo.

2. ¿Cuáles son las características negativas tuyas que quieres erradicar en tu próxima relación de pareja?

Celosa, dependiente, sumisa, desconfiada.

¿Cuáles son las características positivas que quieres que tenga tu pareja?

Alegre, inteligente, trabajador, limpio, educado, tranquilo, generoso, buen ciudadano, responsable, honesto, idealista, optimista, físicamente fuerte y saludable, buen amante, psicológicamente estable, comunicativo, positivo, seguro de sí mismo, fiel, grandote pero no gordo, piel trigueña, alto, caballero, buen conversador, lector, que le guste cocinar, adinerado, culto pero no demasiado (los intelectuales suelen ser pedantes), altruista, que le guste la ecología, intelectualmente curioso, que le guste aprender cosas nuevas, que quiera incursionar en el sexo tántrico, entusiasta, que maneje despacio y sea prudente, hábil con el taladro, el destornillador y demás herramientas, hábil con el pico y la pala, que tenga conocimientos de albañilería, plomería y electricidad, que sepa hacer masajes descontracturantes, que tenga una casa rodante para llevarme de viaje por todo el país, que no ronque, que le gusten los animales, que me haga regalos útiles y pague mis cuentas, viudo o separado desde hace mucho, sin hijos o con hijos grandes, y en lo posible, huérfano. Y que no fume, no beba y no se drogue.

3. ¿Cuáles son las características positivas que te falta incorporar en tu persona que sumarían en tu próxima relación de pareja?

Ser más abierta para comunicar mis sentimientos, no encerrarme en el mutismo cuando me siento herida o molesta por algo esperando que el otro adivine qué me pasa. Mejorar mi estado físico para estar más ágil y flexible, así la propuesta deshonesta no me agarra desprevenida.

4. ¿Qué quiero de una relación de pareja?

Quiero una relación en la que me pueda sentir relajada, alegre y confiada, en la que se respeten mis espacios y tiempos personales y no me invadan ni me demanden demasiada atención, y en la que los dos seamos independientes y podamos cultivar nuestros propios intereses, aunque no los compartamos. Quiero apoyo moral y económico, porque a veces me canso de vivir al día. Quiero compartir experiencias físicas y emocionales enriquecedoras y saludables. Quiero enamorarme, entusiasmarme como una adolescente pero por alguien que valga la pena y me haga sentir feliz, y a quien yo haga sentir feliz. Quiero poder acostarme en invierno con un piyama grueso y un buen libro, y leer con la cabeza apoyada en un hombro masculino sin sentirme obligada a mostrarme sexy todo el tiempo.

* * *

Posiblemente me han quedado cosas en el tintero, pero creo que con esto alcanza para esbozar a mi hombre ideal.
Y si de verdad la ley de atracción funciona, después de lanzar al universo semejante pedido lo menos que se me tiene que aparecer en la puerta es un minibus convertido en casa rodante del que descienda, con un queso gruyere entero en una mano y una notebook en la otra, ambos envueltos para regalo, un candidato con la pinta de Facundo Arana pero un poquitín más fornido, con el humor y la ternura de Robin Williams (el actor de Patch Adams, no el cantante), la solidez moral de Charles Ingalls, las habilidades culinarias de Carlos Arguiñano, el altruismo del Dr. Favaloro, el amor por los animales del Dr. Tracy de la serie Daktari, la inteligencia de mi papá, la fortaleza física y emocional de mi ex, y la billetera y la generosidad con sus mujeres de Franco Macri.
Con menos de eso, no me conformo.
Porque si he llegado a los cincuenta arreglando enchufes, cerraduras que se traban y canillas que pierden, hachando leña, cortando el pasto, pintando paredes, ganándome el pan mío y el balanceado de mis perras con el sudor de mi frente, y aquí estoy, viva, feliz y entera, y si aprendí a fuerza de caídas que hay zapatos que no sirven para caminar, puedo dar fe de que aquello de “más vale solo que mal acompañado” es muy, muy cierto.

PD: Ani Vera, te dedico este post con amor y humor...