sábado, 14 de febrero de 2009

¿Qué debería hacer un corrector literario?

¿Alguna vez, lector, autor, te has puesto a pensar en cómo, por qué, para qué, se corrigen los libros?

Corregir un libro no es para cualquiera, no tanto por los conocimientos necesarios para hacerlo, que se pueden conseguir estudiando gramática, sintaxis, ortografía y demás, sino por la paciencia y tiempo que se necesitan para pulir un texto.

Hay quienes piensan que los diplomas son garantía de conocimientos. Craso error: no todos los licenciados en Letras, los profesores de Literatura o los maestros escriben bien; es más, hay muchos que escriben pésimo. No todos los correctores diplomados tienen la sensibilidad necesaria para conseguir que un texto ajeno diga lo que el autor -no el corrector- quiere decir.es hace corrector literario

Respeto profundamente a quienes han estudiado una carrera universitaria. Pero a veces con eso no alcanza; si no tienes "piel" con las palabras, si no te llega su música, el conocimiento académico no te servirá de mucho, y hasta es posible que si te apegas demasiado a él termines convirtiéndote en alguien dogmático e inflexible.

Un corrector no debería ser nunca un inquisidor, alguien que dictamina sin discusión posible lo que está bien y lo que está mal. Hay textos muy bien escritos, en los que se respetan todas las normas habidas y por haber de gramática y sintaxis pero que no dicen nada, no producen ninguna emoción. Y hay otros que, incluso con errores, nos movilizan, nos inquietan, nos asombran, nos conmueven. El texto debe tener vida... ¡y qué mejor señal de vida que una pequeña imperfección de vez en cuando! Nadie notará la falta de una coma, dos o tres adjetivos de más o un gerundio incorrecto si la historia lo atrapa.
La prueba está en que autores como Roberto Artl, de quien se llegó a decir que escribía mal, han sabido ganarse el respeto y cariño de sus lectores.

-------------------------------------------
Más sobre AUTOCORRECCIÓN y CORRECCIÓN LITERARIA...


viernes, 13 de febrero de 2009

Animales

En estos días, dos noticias que no tienen nada que ver con la crisis económica, ni con la política, ni con la realidad inmediata me dejaron pensando.

A la primera, cuesta creerla porque parece inventada: en Japón se han puesto de moda los “Gato Café”, que son bares donde el cliente paga por acariciar a un gato. Diez dólares por hora. A un gato de verdad, de esos que hacen miau y sacan las uñas; no confundir con lo que aquí en Argentina llamamos “gato” (para los que no saben: prostituta más o menos fina). También se alquilan perros para pasear y otras mascotas menos convencionales, como escarabajos y hurones. Y hasta parientes; uno puede alquilarse un padre que lo aconseje, un primo, un amigo...

Mientras leía esto, dos o tres de mis neuronas díscolas sacaban cuentas: a diez dólares la hora, dos perras y una gata querendonas como las mías en Japón me dejarían una fortuna: a Ushuni le encanta que le soben el lomo, Preta da verdaderos abrazos y Pianca es tan educada que hasta la han dejado subir en un colectivo. Y también podría ganarme unos buenos pesos alquilando a mi vieja, mi hermana y mi hija. Y por mi ex, por ahí también me darían algo...

La otra noticia no es para tomar en broma: en Méjico, un pequeño torero de once años, Michelito, rompió el récord mundial al matar seis novillos en la plaza de Mérida. Vi su foto en el diario, de frente como si le estuviera apuntando al toro con sus banderillas, y me dio escalofríos: esos no eran los ojos de un niño. Sus padres, que están muy orgullosos de él, apelarán la decisión del Guinnes, cuyos directivos decidieron no incluir a Michelito porque “no aceptan records basados en maltratar o herir animales”.

Qué loco está el mundo.

De un lado, personas que buscando paliar su soledad pagan por acariciar a un animalito, por sentir el calor de su piel, por la ilusión de ser dueños, aunque sea por un rato, de esa mascota que quisieran tener en casa pero que no pueden por falta de espacio, o de tiempo para dedicarle. Del otro, padres que exponen a sus hijos al riesgo cierto de morir, y que les han trasmitido desde la cuna el placer de matar a un animal sólo por diversión.

De un lado, la búsqueda de la comunión con otro ser vivo. Del otro, la negación del respeto a la vida en todas sus formas que, a estas alturas de la civilización, ya deberíamos tener incorporado en los genes.

De un lado, el dinero comprando lo que el ser humano nunca dejará de necesitar, pero que a veces no sabe cómo obtener: cariño, compañía. Del otro, el dinero de quienes pagan para ver el “espectáculo” de ver morir a un animal desangrándose.
De un lado, el hombre y su maravillosa capacidad de seguir siendo vulnerable y sensible, aunque para ello deba inventarse una realidad falsa. Del otro, el hombre y su brutal incapacidad para comprender que no puede, no debe, creerse dueño y señor de la vida y la muerte ajenas.

Qué loco está el mundo.

martes, 6 de enero de 2009

Llegaron ya, los reyes eran tres...

reyes magos enero
Anoche no esperé a los reyes magos, por una simple cuestión de lógica: yo era el único ser humano que había en mi casa, así que no tenía mucho sentido hacer todo el ritual.

Pero igual me vino la nostalgia.

Recordé reyes de allá lejos y hace tiempo, cuando vivía en Rosario, en la avenida Alberdi, y juntar un manojo de pasto significaba recorrer toda una cuadra buscando en la cazuela de los árboles de la vereda, único lugar donde lo podía encontrar. Los camellos rosarinos se conformaban con poco: un plato con algunas briznas de hierba, una compoterita de agua, todo acomodado al pie de la escalera que iba a la terraza, porque se supone que ese era el acceso más sencillo: por allí bajaban sin ningún problema ladrones, ratones y gatos, que recorrían el barrio saltando de techo en techo.

Recordé a los reyes magos de Unquillo, que tenían un jardín enorme donde pastar pero igual se comían lo que les dejábamos junto a los zapatos. Y que a los once años me trajeron el piano en el más absoluto silencio, porque para eso son magos. Los reyes de Unquillo estaban abonados a Casa Tito, porque todo lo que nos traían (menos el piano, claro) estaba sólo en esa juguetería: el Cerebro Mágico, la bicicleta, las baterías de cocina de aluminio completas para jugar a la mamá... y venían cargados con lo que les habíamos pedido, y algo más.

Recordé también, evocando la memoria de mis ancestros, los reyes magos de la abuela Pepa, mi bisabuela, que se casó en Granada poco antes de cumplir los quince. Recién casada, había pedido una muñeca. Su marido, que la doblaba en edad y era un muchacho serio, salió temprano y regresó con una bolsa llena de castañas, almendras y otras delicias, que dejó sobre los zapatos de su flamante mujer; cuando ella se despertó y encontró el regalo, su desilusión fue tan grande que se echó a llorar. “Pepa, las muñecas son para las niñas...” le decía su esposo, pero la pobre Pepa no entraba en razones; me da un poco de pena pensar en ella, en su paso obligado a la adultez, en su inocencia incomprendida.

Y recordé los reyes de la infancia de mi hija. Reyes que a veces se quedaban dormidos y tenían que hacer malabares para dejar sus regalos a tiempo, esto es, antes de que Carla se despertara. Reyes que en cierta ocasión se llevaron por delante los platos con pasto y agua, haciendo un bochinche de órdago. Reyes amorosos, emocionados, que protagonicé durante muchos años; reyes de la pequeña abundancia o de la crisis, reyes obedientes al pedido infantil o insubordinados que traían lo que querían; reyes que con tal de contemplar esa carita de asombro y alegría se hubieran comido de verdad el pasto, de ser necesario.

Mis queridos reyes magos. Bendita sea la ilusión, aunque dure poco; bendita sea la leyenda, si sirve para que ejercitemos la capacidad de creer en algo, esa que nunca debería morir.

martes, 23 de diciembre de 2008

Navidades

navidad, natal, arbol
Mis navidades tienen sabor a infancia, a los recuerdos de la infancia. Debe ser por eso que, según pasan los años, la nostalgia se me va metiendo cada vez más hondo en el corazón sin que me de cuenta, hasta que algo, un perfume, una foto, una frase escuchada al azar, me hace saltar la primera lágrima y una sensación de pequeñez, de finitud, de indefensión ante los avatares de la vida.

No ando llorando por los rincones, aclaro. Ni me deprimo. Sólo me dejo ir, en una confusa mezcla de sensaciones, hacia el pasado y hacia el futuro, hacia lo que quisiera cambiar del mundo y no puedo, hacia lo que he logrado y lo que quedó en el camino, y hago una especie de balance en el que priman los agradecimientos, porque sería una ingratitud no agradecer todo lo que tengo.

Y es que la vida es eso, al fin y al cabo: lo que hay, lo que tenemos al alcance de la mano, y los sueños.

Cuando recién llegamos a vivir a Unquillo, y durante dos o tres años, vinieron a pasar las fiestas con nosotros mis abuelos paternos, dos de mis primos, y la tía Leonor, que era hermana de mi abuelo Diego. La tía Leonor hacía como veinte años que estaba de luto, ese luto de antes, negro riguroso en invierno y verano. Primero se le había muerto un hijo chiquito y años después el marido, y había enganchado los dos duelos como solían hacer en su España natal. Y había quedado débil del corazón, por lo que no había que darle malas noticias.

Pero la tía Leonor no era una mujer triste ni amargada. Recuerdo que un par de días antes de la navidad salía con mi abuela, recorría los tres o cuatro negocios importantes que había en Unquillo (casa Ararat, casa Tito...) y volvía cargada de paquetes que escondían en el placard de mi mamá.

Un año fueron silloncitos de mimbre para mi hermana y para mí; otro, cubrecamas y frazadas; otro, sábanas; treinta y cinco años después, todavía conservo una de esas sábanas, que de tan transparente parece un velo pero que todavía está sana y es la favorita de mi hija. La noche del 24 transcurría entre platos y más platos de comida con total tranquilidad hasta las doce en punto, hora en que la tía Leonor, para congoja de todos, sacaba el pañuelo, se abrazaba a mi abuela y largaba el llanto, que se prolongaba hasta cinco minutos después del brindis, cuando luego de enumerar las virtudes de sus dos difuntos y de abrazarnos y bendecirnos a todos, la tía arremetía contra los turrones, las nueces, las almendras, y munida de una copa de sidra se ponía a conversar tranquilamente con mis abuelos sobre tiempos idos.

Mi mamá a veces se quejaba de que nos amargaba las fiestas, pero a mí me gustaba tenerla en casa; la tía Leonor, con su dignidad de viuda eterna y sus ropas negras, me parecía un personaje de lo más interesante, y a su manera, creo que me trasmitió el mensaje tranquilizador de que la vida sigue, siempre, hagamos lo que hagamos, más allá de las pérdidas y las ganancias.

De ella aprendí también que no hay corazones débiles: esa mujer a la que no había que darle malas noticias enterró a todos sus hermanos, a una hija más y a varios sobrinos. Y me enseñó, por último, que el llanto y la nostalgia no son malos, siempre y cuando sepamos después, como ella, levantar nuestra copa, bendecir, y brindar. Y brindarnos.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Joaquín y las hormigas

Nuestro diálogo tiene reglas bien definidas: todo lo que yo digo, él lo repite en una lengua extraña que suena a croata básico, con un toquecito de lunfardo porteño en la manera con que remarca las eses.

Buscando algo que hacer para entretenerlo (tiene tres años, no es fácil) le di una lupa y me lo llevé al fondo a buscar bichos bolita debajo de las macetas. Le puse uno en la palma de su mano y le enseñé cómo se cerraba; cuando el animalito se volvió a estirar me dijo algo en un tono muy convincente –lástima que la única palabra que pude rescatar fue “bissho”–, lo agarró entre el índice y el pulgar, y como quien moldea moco lo obligó a convertirse otra vez en bolita.

Una procesión de hormigas que se llevaba mi jardín de a pedacitos lo distrajo un par de minutos, pero como eran muchas y no las podía seguir a todas, se dio por vencido y se puso a examinar con la lupa los geranios, el pelo de las perras, mis pantalones, los pisos y las paredes. Menos mal que es chiquito y no me va a sacar el cuero, pensé; mi casa nunca está demasiado limpia, y si encima la miran con lupa...

¿Querés leche, Joaquín?, le pregunté. ¡No! ¡Maera!, me contestó. A la miércole, pensé, ¿qué le dan de comer, pobrecito? ¿Hamburguesas de aserrín, milanesas de aglomerado? Insistí con la leche y se enojó, pateó el piso, frunció el ceño y me dijo muy serio: ¡Maa-era! Mi mente retrocedió algo más de veinte años, y comprendí: mamadera. De esas que en casa no hay ni de recuerdo. Pero sí hay bombilla... así que se tomó su leche en cinco segundos respirando por la nariz como un instructor de yoga y sorbiendo sin detenerse ni para tomar aire, mientras yo lo miraba sin pestañear por si se le ocurría ahogarse.

Después hicimos masa de sal y modelamos monigotes, pies de tres dedos, tortugas, todo mientras conversábamos como si nos entendiéramos. En eso estábamos, cuando una hormiga sin rumbo tuvo la mala fortuna de cruzar frente a nuestros ojos. Joaquín, que la había visto antes que yo, agarró un bodoque chato de masa y lo estampó sobre la hormiga, que quedó incrustada en él; cuando se dio cuenta de que la tenía atrapada, la miró con la lupa y gritó asombrado: ¡move ashh patashh!

La hormiga logró liberarse, pero no le duró mucho porque su captor la volvió a atrapar una y otra vez, hasta que finalmente la pobre dejó de mover ashh patashh y se murió, no sin antes haberlo picado, claro.

Entonces nos pusimos a mirar fotos en la computadora hasta que llegó su papá a buscarlo. Su papá es mi ex. Joaquín es el hermanito de mi hija, que le cayó del cielo cuando ya se había resignado a ser hija única. Y que a mí me hace sentir abuela por un rato, mientras invento cosas para entretenerlo cuando lo traen de visita. Y que me enternece hasta conseguir que el bicho bolita de mi corazón, ese que se enrosca sobre sí mismo cuando algo lo agobia, quepa en el huequito de su mano.