Hoy escuché en televisión, entre otras opiniones sobre el día de la mujer, las conquistas obtenidas y demás, a una señora que dijo que le gustaría que la mujer tuviera más poder. Y me quedé pensando en todo lo que puede abarcar la palabra "poder", y en cómo la usamos en un solo sentido. Hoy hablamos de poder casi exclusivamente para referirnos a la política o la economía. La presidente tiene poder; una diputada, una senadora, tienen poder; una empresaria o profesional exitosa tiene poder; una jueza tiene poder, una funcionaria tiene poder, la mujer, o la amante, de un "poderoso" tienen poder... y las demás, que somos la mayoría, nos quedamos afuera de la repartija y a llorar al campito.
Qué estupidez. A mí, que no me jodan. Yo soy más poderosa que todas ellas.
1) Yo tengo el poder de mantenerme firme en mi vocación y de hacer lo que siento, y como lo siento.
2) Yo tengo el poder de levantarle el ánimo a mis amigos con una broma o una palabra dulce.
3) Yo tengo el poder de la satisfacción del deber cumplido cuando hago algo bien, más allá del dinero que gane haciéndolo.
4) Yo tengo el poder de tener la conciencia limpia y en paz.
5) Yo tengo el poder de haber elegido el camino correcto a la hora de educar a una hija que no convivió con su papá. Pude haberle envenenado la cabeza y el alma, como hacen muchas mujeres, pero fui poderosa y elegí darle lo mejor de mí y enseñarle a sacar, y a dar, lo mejor de ella.
6) Yo tengo el poder de prescindir de lo que no me hace falta y de haber aprendido a vivir con lo indispensable.
7) Yo tengo el poder de hacer cosas que me gratifican aunque no me reporten dinero ni fama.
8) Yo tengo el poder de emocionarme y conmoverme sin sentirme débil.
9) Yo tengo el poder de vivir sin miedo al que dirán.
10) Yo tengo el poder de la imaginación, del amor, de la plenitud.
Y lo mejor de todo es que mi poder no depende de nadie más que de mí. A una presidente la pueden derrocar, a una jueza la pueden destituir, una empresaria se puede fundir, a una funcionaria le pueden pedir la renuncia, y la mujer del poderoso puede tener unos cuernos de exposición. Pero a mí, a la Gra Fernández, el poder de ser quien soy y cómo soy no me lo puede quitar nadie.
lunes, 8 de marzo de 2010
jueves, 4 de marzo de 2010
Una anécdota del "Manual de instrucciones para Recién Separadas"!
(de mi fanpage del Manual de instrucciones para Recién Separadas en Facebook)
Cuando estaba de novia con mi ex, hace más de treinta años, un día le prometí que le dedicaría mi primer libro. Por ese entonces, lo único que yo escribía era poesía y lejos estaba de sospechar que mi primer libro sería, oh carcajada del destino... ¡el Manual de instrucciones para Recién Separadas!, para el que el susodicho me había dado un montón de letra.
Pero como soy mujer de palabra, decidí cumplir mi promesa y dedicárselo igual. Y esto es lo que se puede leer en la primera página de la primera edición:
Dedico el "primogénito" a Carlos, mi ex, porque si estuviéramos juntos yo jamás habría escrito este libro. Ni este ni ninguno, en realidad, porque la convivencia requiere mucho tiempo y muchas energías, dos cosas que aún no aprendí a administrar. O tengo un marido, o escribo. Y él, que todo lo sabe, vislumbró en mí a la artista, escuchó ecos lejanos que llevaban mi nombre camino a la gloria, presintió la riqueza y la fama llamando a mi puerta, y hasta soñó una vez que aplaudía, sentado en primera fila, mientras yo recibía el premio Pulitzer. Todo eso lo indujo a apartarse de mí; temía no estar a la altura de los acontecimientos futuros. Por si esto fuera poco, se le apareció un ángel que le dijo: "Deja a esa mujer cumplir con su destino, renuncia noblemente a estar con ella y búscate otra que no escriba pero limpie, sea más ambiciosa, le guste el jolgorio, no se meta en tus cosas, no revise tus bolsillos y no sea asmática. Y tenga la cola parada." Él, ateo confeso, cayendo de rodillas se convirtió ahí nomás, rasgó sus vestiduras, rezó en cinco idiomas y le hizo caso al ángel. Y acá estamos, cada uno por su lado.
Les cuento que quedé como una reina: mi ex andaba con el libro en el bolsillo mostrándoselo a todo el mundo. Y por si fuera poco, darme cuenta de que yo era lo bastante inteligente como para reírme de mí misma y haber escrito ese libro, y esa dedicatoria, me levantó muchísimo la autoestima.
Esto es para que vean, queridas RS, que el humor es salud y que nos podemos reír hasta de aquellas cosas que en su momento nos hicieron llorar a mares.
Cuando estaba de novia con mi ex, hace más de treinta años, un día le prometí que le dedicaría mi primer libro. Por ese entonces, lo único que yo escribía era poesía y lejos estaba de sospechar que mi primer libro sería, oh carcajada del destino... ¡el Manual de instrucciones para Recién Separadas!, para el que el susodicho me había dado un montón de letra.
Pero como soy mujer de palabra, decidí cumplir mi promesa y dedicárselo igual. Y esto es lo que se puede leer en la primera página de la primera edición:
Dedico el "primogénito" a Carlos, mi ex, porque si estuviéramos juntos yo jamás habría escrito este libro. Ni este ni ninguno, en realidad, porque la convivencia requiere mucho tiempo y muchas energías, dos cosas que aún no aprendí a administrar. O tengo un marido, o escribo. Y él, que todo lo sabe, vislumbró en mí a la artista, escuchó ecos lejanos que llevaban mi nombre camino a la gloria, presintió la riqueza y la fama llamando a mi puerta, y hasta soñó una vez que aplaudía, sentado en primera fila, mientras yo recibía el premio Pulitzer. Todo eso lo indujo a apartarse de mí; temía no estar a la altura de los acontecimientos futuros. Por si esto fuera poco, se le apareció un ángel que le dijo: "Deja a esa mujer cumplir con su destino, renuncia noblemente a estar con ella y búscate otra que no escriba pero limpie, sea más ambiciosa, le guste el jolgorio, no se meta en tus cosas, no revise tus bolsillos y no sea asmática. Y tenga la cola parada." Él, ateo confeso, cayendo de rodillas se convirtió ahí nomás, rasgó sus vestiduras, rezó en cinco idiomas y le hizo caso al ángel. Y acá estamos, cada uno por su lado.
Les cuento que quedé como una reina: mi ex andaba con el libro en el bolsillo mostrándoselo a todo el mundo. Y por si fuera poco, darme cuenta de que yo era lo bastante inteligente como para reírme de mí misma y haber escrito ese libro, y esa dedicatoria, me levantó muchísimo la autoestima.
Esto es para que vean, queridas RS, que el humor es salud y que nos podemos reír hasta de aquellas cosas que en su momento nos hicieron llorar a mares.
viernes, 26 de febrero de 2010
Mis cincuenta primaveras

Acaban de llegar para quedarse. Aquí están los cincuenta, el medio siglo, o como diría Miriam, una de mis amigas, “las bodas de oro conmigo misma”.
Hasta ayer era una señora de las cuatro décadas y mirada de fuego al andar, como dice Arjona; a partir de hoy soy una cincuentona, que marcha inexorablemente hacia la tercera edad y a la que ningún poeta le ha dedicado ni siquiera un mísero haiku. Hasta ayer podía ponerme cualquier cosa y pasar junto al espejo sin mirarlo, esquivando su objetividad; a partir de hoy TENGO que mirarme al espejo antes de salir, no vaya a ser que parezca una vieja desubicada vestida de quinceañera.
A los cambios de década anteriores ni los sentí, pero este, el de los cincuenta, en los días previos me pegó tan fuerte que me desnucó. Ni siquiera pude elegir con seguridad lo que me pondría para la celebración. Me hice una camisola onda hippie chic, que es mi estilo favorito, y cuando la terminé me entusiasmé y probé distintas opciones: con jeans desteñidos, con pantalón blanco de señora, con pantalón negro. Mi costado juvenil clamaba por los jeans desteñidos, pero mi conciencia cincuentona se inclinaba hacia el pantalón blanco de señora. Mi costado juvenil me hizo ponerme una tira de la misma tela que la camisola sobre la frente, al mejor estilo “paz y amor” de tiempos idos, pero mi conciencia cincuentona me dijo: “no seas ridícula, hace treinta años que no te ponés una vincha”. El espejo me decía lo mismo, devolviéndome la imagen de una Barbi jubilada disfrazada de chica de los ´70.
Y encima, la nostalgia... la cruda nostalgia de lo que no fue, de lo que pudo ser, de lo que fue lindo pero se terminó, la incoherente nostalgia hasta de lo que ni siquiera sé si me hubiera gustado. Esa nostalgia de los días de lluvia, cuando uno mira por la ventana y siente que se está perdiendo de algo pero no sabe qué.
Sentí que los cincuenta se me habían caído encima todos juntos. Sentí que había vivido pateando metas y sueños hacia el futuro como si fuera inmortal, como si todo lo pudiera hacer mañana. Sentí que mis objetivos tenían plazos tan indefinidos que seguramente se me cumplirían post mortem, al paso que voy. Sentí que la juventud había quedado atrás y que ya no volvería, y que tenía que encarar la vida de otra manera.
Sentí un bajón terrible, hablando en criollo.
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Pero finalmente hoy llegó el gran día, triunfaron los jeans y me siento y me veo espléndida. Mañana, y los días siguientes, me reiré de mis cincuenta y seguiré teniendo veinte en el corazón, que es donde hay que tenerlos para ser feliz. Y hasta el día en que me muera le seguiré dando gracias a Dios por todo lo bueno que me trajeron los años: mi hija, la familia, los amigos, la inspiración, la sensibilidad para entender al otro, la capacidad de olvidar y perdonar sin rencores, las ganas de querer y sentirme querida.
Bienvenidas mis cincuenta primaveras, que me han dado tantas flores.
miércoles, 24 de febrero de 2010
Un libro para mujeres que deberían leer los hombres
Carlos me dejó un comentario muy atinado: que a mi libro, Manual de instrucciones para recién separadas, deberían leerlo los hombres. De hecho, les cuento que algunos lo hicieron (entre ellos mi ex, que fue mi primer fan) y se llevaron una sorpresa: no los considero el malo de la película, y cuando es necesario, hasta los defiendo.
Gracias a la costumbre poco saludable de buscar las culpas siempre afuera, cuando uno se separa tiende a demonizar al sexo opuesto en su conjunto: “los hombres” son TODOS unos hijos de puta, “las mujeres” son TODAS unas histéricas... ¿Quién no lo dijo, o lo escuchó decir, alguna vez?
Pero cuando se nos pasa la calentura inicial, deberíamos darnos cuenta de que es mentira eso de que “para muestra basta un botón”. Para mostrar lo que es un botón, puede ser... pero hay botones de plástico, de madera, de cerámica, de carey, redondos, cuadrados, y de gran variedad de colores, con lo que la muestra nos sirve sólo para encontrar uno igual, y nada más que para eso. Lo mismo pasa con los hombres y mujeres: gracias a Dios, no somos todos iguales.
Por cada desgraciado que nos metió los cuernos, puede haber un hombre fiel (o en su defecto, lo bastante discreto como para que no nos demos cuenta).
Por cada tirano que nos hacía planchar hasta las medias y nos exigía que tuviéramos la casa impecable, puede haber un compañero decidido a compartir con alegría las tareas del hogar.
Por cada desalmado que no se compadecía ni cuando nos veía caminar en cuatro patas de dolor o cansancio, puede haber un protector que nos lleve el desayuno a la cama, nos acomode las almohadas y nos haga masajes en los pies.
Por cada energúmeno que se agarraba a trompadas en todas las esquinas puede haber un caballero educado y cortés, amante de la paz y del consenso.
Puede haber. Las mujeres que han encontrado uno dan fe de que hay hombres así, de exposición, de esos para poner de adorno en la vitrina y mostrárselo orgullosa a las amigas.
Y es por eso, porque sé que hay hombres buenos, que al escribir ni libro elegí centrarme con humor en los problemas y dolores de las RS pero sin echar leña al fuego, sin malquistarla con los hombres y sin cargar las tintas sobre los defectos masculinos. Me pareció lo más saludable, porque en definitiva a lo que yo apunto es a que la mujer, entre sonrisas y carcajadas, haga una introspección y pueda descubrir qué le pasó, y por qué, y cómo puede hacer para superarlo.
Y es por eso que a mi libro deberían leerlo también los hombres: para entender mejor lo que nos pasa a las mujeres. No lo que nos inspiran ellos, sino lo que nos pasa a nosotras por dentro, con nosotras mismas, cuando nos separamos.
Gracias a la costumbre poco saludable de buscar las culpas siempre afuera, cuando uno se separa tiende a demonizar al sexo opuesto en su conjunto: “los hombres” son TODOS unos hijos de puta, “las mujeres” son TODAS unas histéricas... ¿Quién no lo dijo, o lo escuchó decir, alguna vez?
Pero cuando se nos pasa la calentura inicial, deberíamos darnos cuenta de que es mentira eso de que “para muestra basta un botón”. Para mostrar lo que es un botón, puede ser... pero hay botones de plástico, de madera, de cerámica, de carey, redondos, cuadrados, y de gran variedad de colores, con lo que la muestra nos sirve sólo para encontrar uno igual, y nada más que para eso. Lo mismo pasa con los hombres y mujeres: gracias a Dios, no somos todos iguales.
Por cada desgraciado que nos metió los cuernos, puede haber un hombre fiel (o en su defecto, lo bastante discreto como para que no nos demos cuenta).
Por cada tirano que nos hacía planchar hasta las medias y nos exigía que tuviéramos la casa impecable, puede haber un compañero decidido a compartir con alegría las tareas del hogar.
Por cada desalmado que no se compadecía ni cuando nos veía caminar en cuatro patas de dolor o cansancio, puede haber un protector que nos lleve el desayuno a la cama, nos acomode las almohadas y nos haga masajes en los pies.
Por cada energúmeno que se agarraba a trompadas en todas las esquinas puede haber un caballero educado y cortés, amante de la paz y del consenso.
Puede haber. Las mujeres que han encontrado uno dan fe de que hay hombres así, de exposición, de esos para poner de adorno en la vitrina y mostrárselo orgullosa a las amigas.
Y es por eso, porque sé que hay hombres buenos, que al escribir ni libro elegí centrarme con humor en los problemas y dolores de las RS pero sin echar leña al fuego, sin malquistarla con los hombres y sin cargar las tintas sobre los defectos masculinos. Me pareció lo más saludable, porque en definitiva a lo que yo apunto es a que la mujer, entre sonrisas y carcajadas, haga una introspección y pueda descubrir qué le pasó, y por qué, y cómo puede hacer para superarlo.
Y es por eso que a mi libro deberían leerlo también los hombres: para entender mejor lo que nos pasa a las mujeres. No lo que nos inspiran ellos, sino lo que nos pasa a nosotras por dentro, con nosotras mismas, cuando nos separamos.
lunes, 15 de febrero de 2010
¿Hasta cuándo la recién separada es recién separada?

La Sole (no la que canta folklore, mi amiga) me pregunta en la fanpage del Manual de instrucciones para Recién Separadas en Facebook hasta cuándo va a ser una RS, y si después va a ser una separada más.
Buena pregunta. En mi libro sostengo que ser RS es un estado de ánimo, más que un estado civil. Es un sentimiento, algo que se vive con el corazón y con las tripas. Y la duración de ese sentimiento dependerá de inumerables factores internos y externos:
No es lo mismo separarse porque una dejó de amar y se decidió a dar el portazo, a que el portazo lo haya dado el otro y una siga enamorada.
No es lo mismo separarse flaca, joven, espléndida, profesional, sin hijos y con una fila de admiradores esperando en la puerta, que separarse gorda, cincuentona, celulítica, con hijos y nietos y después de haber sido ama de casa durante toda la vida. Aclaremos: hay de todo. Hay flacas de 30 divinas por fuera pero insoportablemente histéricas, y hay cincuentonas glamorosas, alegres y que cocinan como los dioses. Pero convengamos en que con los años una lleva las de perder.
No es lo mismo separarse rica que separarse pobre. La plata no hace la felicidad... pero sin plata todo es más difícil.
No es lo mismo un divorcio legal que deshacer una unión de hecho, en la que cada uno arma su valija y se va llevándose lo suyo y sin rendirle cuentas a nadie.
Sea cual sea la realidad de la RS, ahora está sola y sufre.
¿Y hasta cuándo va a sufrir? Hasta que descubra que todos los rótulos pesan y se decida a ser ella misma. Ni casada, ni soltera, ni viuda, ni divorciada: MUJER. Dueña y señora de su vida, esté o no esté en pareja.
Una puede ser madre, abuela, tía, hermana, hija, nieta, esposa, novia, amante... pero por sobre todo, es una persona única que puede, y debe, aprender a bastarse por sí misma sin depender afectivamente de nadie. Amar con toda el alma, sí. Depender del otro para ser feliz y sentirse viva, definitivamente no, porque no es saludable.
La vida tiene tanto para darnos, que no podemos quedarnos sentadas a esperar que un hombre nos dé todo ¡porque no puede, pobre!
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