Cada día que comienza es un día más
para amar, para ser felices, para perdonar y ser perdonados,
para sembrar y para cosechar.
Cada día que termina es un día menos
para amar, para ser felices, para perdonar y ser perdonados,
para sembrar y para cosechar.
Esa es la única verdad que todos tenemos en común,
la única certeza que no necesita comprobación
que no necesita leyes que la regulen
ni palabras certeras para nombrarla
porque la sabemos todos
y aunque nos empeñemos en negarla
en creernos inmortales
en creer que lo bueno durará para siempre
o en pensar que lo malo no se acabará nunca
sabemos
sentimos
con la piel, con las entrañas, con el alma,
que no,
que nada es eterno
salvo nuestro miedo a no ser eternos
a morir, a que mueran los seres que amamos.
Ese miedo es lo más parecido a la eternidad que tenemos.
Ese miedo, y la idea de que todo se puede hacer mañana,
cuando terminemos el trabajo pendiente,
cuando hayamos cumplido con ese compromiso impostergable,
cuando hayamos ganado suficiente dinero,
cuando ya no tengamos más nada para hacer por los demás,
por la comunidad, por la patria,
y podamos, por fin,
empezar a hacer algo por nosotros.
Tal vez el mañana siga esperándonos,
y tal vez lo alcancemos
y como quien llega a la cima de una montaña
podamos detener la marcha
y sentarnos a contemplar el paisaje desde allá arriba,
desde ese "mañana" al que nos ha costado tanto llegar.
Pero ya no seremos los mismos que soñamos con él.
No tendremos las fuerzas, la alegría ni la inocencia
de cuando soñamos nuestros sueños más locos.
Y desde allá arriba veremos el camino recorrido,
y lo que ha quedado en el camino
sin que nos diéramos cuenta de que lo dejábamos atrás.
Terrible paisaje, ese que veremos al llegar al "mañana"
después de perdernos el hoy día tras día.
Porque cada día que comienza es un día más...
pero cada día que termina es un día menos.
***
Hace mucho que no escribía poesía, pero me salió de una sentada. Ayudó el día gris, seguramente, sumado a lo que pasa y nos pasa... La vida. Y esa sensación que a veces, como hoy, se hace más consciente, de que estamos colgando de un hilo finito, finito, que en cualquier momento se puede cortar...
viernes, 31 de octubre de 2014
miércoles, 3 de septiembre de 2014
¿Jugar a ser feliz, o ser feliz?
No soy de engancharme con los juegos y propuestas de
Facebook, pero cuando hace un tiempo una amiga me invitó al desafío de
pensamientos positivos me sumé sin pensarlo dos veces.
La consigna era sencilla: durante siete días, había que publicar
tres pensamientos positivos relacionados con las cosas lindas o buenas que
hicimos o que nos pasaron cada día.
El primer día, cuesta un poco. Generalmente, uno está más
pendiente de lo negativo, de lo que no funciona como debería, del entorno, del
país, de la política, de las carencias, y hasta considera superficial o egoísta
conformarse con sus pequeñas felicidades cuando en el mundo pasan tantas cosas
tristes, dolorosas, aberrantes: injusticias, guerras, miserias.
El segundo, cuesta un poco menos. Un empieza a entender de
qué se trata y está más perceptivo, más abierto a descubrir esa experiencia
agradable que le alegró el día.
Para el séptimo y último día del desafío, uno se sorprende
al ver cuántas cosas buenas le pasan todos los días sin que se dé cuenta, y a
veces sin registrarlas como tales. Cosas que consideramos naturales,
previsibles, merecidas, pero que de pronto, vistas desde otra óptica, vemos que
son dignas de festejar.
Cosas tan simples como el sol, la lluvia, el aire fresco de
la noche después de un calor agobiante, el canto de los pájaros, un encuentro
con amigos, una satisfacción en el trabajo, el haber podido ayudar a alguien,
la sonrisa de un hijo, recuperan gracias a un simple juego su verdadera
dimensión y descubrimos, o comprendemos, que el mundo sigue ahí con sus
miserias, sus guerras, sus injusticias, pero en medio de ese caos hay un
universo personal en el que podemos elegir cómo vivir, cómo sentirnos, a qué
darle importancia y a qué no…
Y es un descubrimiento grandioso, maravilloso, que nos
empodera y nos vuelve más sensibles, más abiertos, más plenos.
Me levanto y voy al baño a ducharme. Abro la canilla, sale
agua caliente, me enjabono, me seco. ¿Puedo considerar mi ducha matinal algo
tan grandioso como para celebrarlo? Sé que muchos responderán que no, que así
debe ser, que cuando uno abre la canilla DEBE salir agua, que es un derecho,
que pagamos por ella y que así funcionan las cosas. Pero hay tanta gente que no
tiene agua, que esa ducha matinal con agua caliente es un lujo. Y la celebro
como tal, y siento el agua, y agradezco tener un baño con azulejos en las
paredes, y tener jabones perfumados, y shampú, y toallas, aunque no sean nuevas
y estén algo ásperas de tanto usarlas. Lo agradezco; es valioso, mucha gente no
lo tiene.
Salgo de casa y camino hasta mi trabajo. Son pocas cuadras,
hay sol, cantan los pájaros, y me siento feliz de estar aquí, en este pueblo — ciudad tan bello y querido
para mí. Para otros habitantes es apenas una ciudad dormitorio, e incluso, como
dicen algunos, “un pueblo de mierda” en el que nada funciona bien, en el que
hay calles de tierra intransitables, obras públicas mal hechas y funcionarios
inútiles. Algo de eso hay, no lo niego. Bastante. Pero es mi lugar en el mundo,
y lo amo, y valoro todo lo bueno que tiene, que para mí es mucho más que lo
negativo.
Cuando comencé el desafío de pensamientos positivos me
sentía desanimada y triste: hacía poco que habíamos llevado a mamá al
geriátrico y ese había sido un golpe muy duro, difícil de asimilar, y había
otras cosas dentro mío que tampoco estaban bien, dudas, miedos, culpas, ansiedad,
desmotivación, desvalorización… Yo soy optimista por naturaleza, soy de ver el
lado positivo de la vida, pero cuando caigo en un bajón siento que se me
cierran todas las puertas de golpe, y me encierro en mí misma. En ese estado,
no era fácil encontrar “felicidades” como para publicar. Las tuve que buscar
con lupa. Pero aparecieron, y una vez que encontré la primera, chiquita,
modesta, el resto vino solo y mi ánimo cambió como por arte de magia.
No jugué a ser feliz, no me inventé felicidades que no
tengo. Simplemente volví a redescubrir y valorar, una vez más (y van tantas…)
las pequeñas grandes cosas buenas que tiene la vida. Que son muchas y que están
ahí, al alcance de la mano, esperando que las sepamos ver y las disfrutemos.
domingo, 31 de marzo de 2013
El que anduvo en la mar...
En estos días, algunos cristianos recuerdan el martirio, la muerte y la resurrección de Cristo peregrinando por las iglesias mientras otros hacen turismo y se atiborran de chocolate sin siquiera un mísero padrenuestro, una mínima reflexión sobre el sentido espiritual de la pascua.
Cada uno aprovecha el feriado pascual como quiere, como puede o como más le gusta, y está bien, porque la fe no es algo que se impone: es algo
que se siente.
Y yo la siento a mi manera. Igual que en "La Saeta", el poema de Antonio Machado que hizo popular Juan Manuel Serrat y que me sigue poniendo la piel de gallina cada vez que lo escucho, yo tampoco le quiero cantar al Jesús del madero sino al que anduvo en la mar. Ese, el que anduvo en la mar, nos dejó enseñanzas de amor, de ética, que más de 2000 años después siguen teniendo tanta o más vigencia que cuando el vivía porque se las sigue trasgrediendo: seguimos tirando la primera piedra, seguimos siendo injustos, egoístas, vanidosos, seguimos sin comprometernos seriamente con la vida, con la humanidad, con la naturaleza y con nosotros mismos.
No le quiero cantar al Jesús de la cruz porque creo que a él no le sirven nuestros ritos, nuestros falsos mea culpas, nuestras procesiones. Puede que nos sirvan a nosotros para cobijarnos, para sentirnos acompañados en la lucha diaria o en el sostén de una fe que a veces tambalea, pero a él no, a él no le sirven, porque él, cuando necesitó fortalecer su fe, se fue al desierto solo, y oró, y se encontró consigo mismo en el silencio. Todo lo demás, es invento humano: para acercarse a Dios, para comunicarse con él, no hace falta más que un poco de silencio en cualquier parte, un bosque, un rincón de la casa. Y para sentirlo cerca alcanza con mirar el cielo, los árboles, maravillarnos con cada cosa que nos rodea, sea grande o pequeña, vibrar con sus creaciones y con nuestras creaciones humanas: la música, la poesía, la alegría de estar, o de haber estado alguna vez, con los que amamos. La alegría de estar vivos.
Navidad y Pascua, nacimiento, muerte y resurrección de Jesús, son para mí fechas de introspección, de intimidad conmigo misma y con mi Dios. Son fechas "fuertes", que me hacen pensar y me conmueven. Fechas en las que, además de saborear con pecaminosa gula los huevos de pascua que hace mi amiga Elsa, disfrutar alguna comida especial y brindar con los seres queridos, renuevo la esperanza de un mundo mejor para todos, un mundo sin guerras donde el amor y el respeto se propaguen con la misma rapidez y eficacia que los virus informáticos, un mundo en el que sea más importante SER que TENER. Fechas en las que renuevo la utopía y mi derecho a creer en lo que creo y a sentir lo que siento.
Desde este lugar, desde este creer esperanzado y convencido, es que les deseo a todos unas FELICES PASCUAS y les dejo como obsequio esta reflexión que no es mía, que anda dando vueltas desde hace mucho por internet, pero que refleja las enseñanzas de Jesús, mi querido Jesús, el que anduvo en la mar.
1. Dios no te preguntará qué modelo de auto usabas…Te preguntará a cuántas personas llevaste.
2. Dios no te preguntará los metros cuadrados de tu casa…Te preguntará a cuántos recibiste en ella.
3. Dios no te preguntará la marca de la ropa que usas…Te preguntará, a cuántos ayudaste a vestirse.
4. Dios no te preguntará cuál era tu sueldo…Te preguntará si vendiste tu conciencia para obtenerlo.
5. Dios no te preguntará cuál era tu título…Te preguntará si hiciste tu trabajo dando lo mejor de tus capacidades.
6. Dios no te preguntará cuántos amigos tenías…Te preguntará cuántos te consideraban su amigo.
7. Dios no te preguntará en qué lugar vivías…Te preguntará cómo tratabas a tus vecinos.
8. Dios no te preguntará el color de tu piel…Te preguntará si te importó el color de la de los demás.
9. Dios no te preguntará por qué tardaste tanto en buscarle…Te dirá lo feliz que está de que lo hayas hecho.
10. Dios no te preguntará que religión profesabas…Te preguntará Por qué no le abriste tu corazón.
martes, 1 de enero de 2013
Bienvenido, 2013...
Hoy, 1 de enero de 2013, somos los mismos que ayer, 31 de diciembre de 2012. El país es el mismo. El mundo es el mismo. No hay varita mágica que pueda cambiar la realidad a nuestro alrededor, ni dentro nuestro.
Y sin embargo... el año tiene olor a recién nacido, de alguna manera, y las esperanzas se han renovado también, junto con las intenciones.
"Año nuevo, vida nueva". Qué utopía. Lo único que cambia abruptamente al pasar de un año al otro es el calendario que cuelga en la pared, y eso porque ya no sirve; lo demás, sigue su curso imperturbable.
Y sin embargo... hay euforia en los saludos, en los deseos de amor, paz, salud y prosperidad que intercambiamos con los amigos, parientes, vecinos, y con todo el que se nos cruza, porque para estas fechas hasta el más arisco se reblandece y le suelta un "feliz año nuevo" a esos mismos a los que normalmente les gruñe. Hay unas ganas más imperativas de mirar hacia el futuro con ilusión, como quien se compra un billete de lotería y sueña con todo lo que hará si se gana el premio mayor.
El primer día del año nunca es extraordinario; casi siempre pasa sin pena ni gloria, porque entre la modorra del feriado, que nos ataca a todos, y las consecuencias de los excesos que sufren algunos, no le podemos pedir gran cosa. Mañana, 2 de enero, y el 3, y el 4, los más rezagados seguirán saludando pero cada vez con menos énfasis, después del 6 desarmaremos el arbolito de Navidad y el pesebre... y de ahí en más, ya estaremos inmersos de lleno en el nuevo año, confundiéndonos al poner la fecha y volviendo a mirar la realidad con ojos maravillados, ingenuos, escépticos o apocalípticos.
Y sin embargo... qué bien nos hace hacer de cuenta de que sí, de que hay varitas mágicas, y amarnos los unos a los otros aunque sea por media hora, y llenarnos de buenas intenciones, de promesas, de ilusiones. Nos hace mucho bien. Y nos haría todavía mejor si a medida que van transcurriendo los días, y el año nuevo deja de ser tan nuevo y empieza a envejecer, siguiéramos con la misma buena intención con que levantamos la copa para brindar, con que le enviamos mensajes de texto a nuestros amigos, con que nos saludamos en Facebook y Twitter, y pusiéramos el hombro para que, entre todos, pudiéramos hacer de este mundo, el mismo del año pasado, un mundo nuevo de verdad, en el que no necesitemos esperar el 1 de enero para reciclar las esperanzas.
Trabajemos juntos este 2013 para que aquello de "año nuevo, vida nueva" no sea una frase hecha, sino un compromiso con nosotros mismos, la familia, los amigos y la sociedad. No nos va a salir de un día para el otro, pero tenemos por delante 365 días completos para intentarlo...
Y sin embargo... el año tiene olor a recién nacido, de alguna manera, y las esperanzas se han renovado también, junto con las intenciones.
"Año nuevo, vida nueva". Qué utopía. Lo único que cambia abruptamente al pasar de un año al otro es el calendario que cuelga en la pared, y eso porque ya no sirve; lo demás, sigue su curso imperturbable.
Y sin embargo... hay euforia en los saludos, en los deseos de amor, paz, salud y prosperidad que intercambiamos con los amigos, parientes, vecinos, y con todo el que se nos cruza, porque para estas fechas hasta el más arisco se reblandece y le suelta un "feliz año nuevo" a esos mismos a los que normalmente les gruñe. Hay unas ganas más imperativas de mirar hacia el futuro con ilusión, como quien se compra un billete de lotería y sueña con todo lo que hará si se gana el premio mayor.
El primer día del año nunca es extraordinario; casi siempre pasa sin pena ni gloria, porque entre la modorra del feriado, que nos ataca a todos, y las consecuencias de los excesos que sufren algunos, no le podemos pedir gran cosa. Mañana, 2 de enero, y el 3, y el 4, los más rezagados seguirán saludando pero cada vez con menos énfasis, después del 6 desarmaremos el arbolito de Navidad y el pesebre... y de ahí en más, ya estaremos inmersos de lleno en el nuevo año, confundiéndonos al poner la fecha y volviendo a mirar la realidad con ojos maravillados, ingenuos, escépticos o apocalípticos.
Y sin embargo... qué bien nos hace hacer de cuenta de que sí, de que hay varitas mágicas, y amarnos los unos a los otros aunque sea por media hora, y llenarnos de buenas intenciones, de promesas, de ilusiones. Nos hace mucho bien. Y nos haría todavía mejor si a medida que van transcurriendo los días, y el año nuevo deja de ser tan nuevo y empieza a envejecer, siguiéramos con la misma buena intención con que levantamos la copa para brindar, con que le enviamos mensajes de texto a nuestros amigos, con que nos saludamos en Facebook y Twitter, y pusiéramos el hombro para que, entre todos, pudiéramos hacer de este mundo, el mismo del año pasado, un mundo nuevo de verdad, en el que no necesitemos esperar el 1 de enero para reciclar las esperanzas. Trabajemos juntos este 2013 para que aquello de "año nuevo, vida nueva" no sea una frase hecha, sino un compromiso con nosotros mismos, la familia, los amigos y la sociedad. No nos va a salir de un día para el otro, pero tenemos por delante 365 días completos para intentarlo...
miércoles, 26 de diciembre de 2012
Nochebuena al horno con ensalada Waldorf
La de anoche, creo, fue la nochebuena más tórrida de mi
vida, y no precisamente por una pasión incendiaria -algo que ya no existe ni en
mi imaginación-, ni por los calores menopáusicos que me desquiciaban. No señor.
Hacía calor en serio, demasiado calor, incluso para mí, que ante la más mínima
brisa corro a buscar un saquito. Un calor invalidante, desmayante, que me hizo desistir
de ponerme algo especial y fue una buena excusa para quedarme en ojotas, con la malla y una pollera hindú
livianita que llegado el caso hasta podía usar para apantallarme.
Con mi hija lejos, trabajando en Brasil, mi familia cercana
se reduce notablemente: sólo quedan mi hermana y mamá, que vive enfrente. Bien
enfrente. Íbamos a comer en casa de Madre, pero cuando estaba a punto de
cruzarme sonó el teléfono: era mi hermana, para decirme que mejor comiéramos en
mi casa.
Su propuesta me solucionó la vida. Explico. Desde hace tres
días tengo en casa, además de mi perra, dos cachorras callejeras que están en
celo y que deambulaban por la calle con un cortejo canino de todos los tamaños
y colores posibles. Como la jauría alzada ponía en riesgo la vida de mi gata y
no me dejaba dormir con sus peleas y corridas, opté por “desaparecer” a las
causantes para que sus efluvios no se desparramaran
por todo el pueblo: las encerré en mi baño, y las saco al jardín sólo para
que hagan sus necesidades y tomen un poco de aire. Con tres
perras a cargo, que había que mantener separadas y vigiladas para
que no me destruyeran lo poco que tengo, irme a pasar las fiestas a otra parte,
aunque fuera enfrente, me resultaba un incordio.
Así que vestí la mesa con el mantel navideño que uso dos
veces al año desde hace siglos, mi hermana trajo el cuarto de lechón al horno adobado
con salvia, romero y ajo que había cocinado durante tres horas y que todavía
estaba tibio, cortamos el pionono de palmitos que habíamos hecho a la siesta,
preparamos la ensalada Waldorf y los pinchecitos con queso y cerezas, con jamón
y ananá, y después la fuimos a buscar a Madre, que se había quedado mirando televisión.
Como no había luz en la calle, alumbré la entrada y la escalera con la
linternita del celular al mejor estilo acomodador de cine, y sujetándola de los
dos brazos conseguimos que llegara sana y salva.
Cenamos temprano, disfrutando el menú especial, nos quedamos
con la intriga de lo que había pasado con las pastillas para la diabetes de
Madre, si se las había tomado sin que la viéramos o se las había olvidado, y al
rato ya estábamos instaladas en el jardín para esperar la medianoche y ver los
fuegos artificiales. El aire parecía provenir de un calefactor gigantesco. Madre
quería volverse a su casa y mi hermana le dijo que si no se quedaba hasta las
12 no había regalos. Para ver si Madre se conmovía y decidía adoptarlas, liberé
a las callejeras: sus monerías lograron distraerla un rato, pero cuando
empezaron a ponerse cargosas y a saltarnos encima y lamernos las volví a llevar
al baño. Mi perra ni se enteró; estaba en la pieza de mi hija, con la puerta y
la ventana cerradas para que los ruidos no la afectaran tanto.
A las 12 en punto empezó la función, que fue más pobre que
otros años no sólo en cantidad, sino en calidad: hubo menos fuegos
artificiales, y veinte minutos después el ruido comenzó a ralear. Una de dos: o
estamos tomando conciencia, o la pirotecnia estaba muy cara...
El brindis, los regalos, Madre que se cansó de estar sentada
y quiere irse, y allá vamos, otra vez alumbrando con la linternita del celular,
intentando coordinar nuestros movimientos y los de ella, y rogando que sus piernas no le jueguen una
mala pasada y que no terminemos las tres rodando por la escalera.
Ya de vuelta en casa, me serví la sidra que había quedado en
un vaso grande con varios cubitos de hielo, salí al jardín, y solita mi alma brindé
con los que ya no están. Después brindé con los que sí están y me hubiera
gustado tenerlos más cerca, compartiendo esta noche conmigo, y pedí que haya
paz en la tierra para todos los hombres de buena voluntad y para el resto
también, así no joroban con sus fechorías. Y dándole gracias a Dios por una
Navidad más, por todo lo bueno que tengo y por haber podido quedarme en mi casa
en ojotas, me tomé la sidra aguada y fresquita mientras miraba los últimos
fuegos artificiales que, a lo lejos, todavía se empeñaban en mostrar su efímera belleza... y la ostentosa inutilidad de sus cinco segundos de fama.
Mi último pensamiento fue para los que, por la causa que
fuera, estaban sufriendo, y en lo bienvenido que hubiera sido para ellos un
silencio respetuoso, contenedor, que no los hiciera sentir excluidos ni avasallados.
Un silencio que nos ayudara a comprender el verdadero sentido de la navidad,
que está más allá de esa algarabía, muchas veces ficticia, con que nos empeñamos
en mostrarle al mundo que es obligación festejar, aunque no sepamos qué
festejamos.
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