domingo, 19 de abril de 2015

El miedo manda

El hambre desayuna miedo
y el miedo al silencio aturde las calles.
El miedo amenaza.
Si usted ama tendrá sida.
Si fuma tendrá cáncer.
Si respira tendrá contaminación.
Si bebe tendrá accidentes.
Si come tendrá colesterol.
Si habla tendrá desempleo.
Si camina tendrá violencia.
Si piensa tendrá angustia.
Si duda tendrá locura.
Si siente tendrá soledad.
(Eduardo Galeano)


Cuando iba al colegio secundario, como teníamos clases en edificio prestado entrábamos  después que terminaba el turno de la tarde de la primaria y salíamos a las diez y media de la noche. Mis compañeros se volvían a su casa el colectivo, pero a mí me fueron a buscar en auto hasta que terminé quinto año. A mí, y a tres compañeras más; nuestros papás se turnaban para ir un día a la semana cada uno. No sé si lo hacían por miedo, o para que llegáramos más rápido a casa. Nunca lo pregunté, nunca me lo dijeron. Supongo que era por comodidad de ellos y nuestra. Papá y mamá trataban de darnos a mí y a mi hermana lo que no habían tenido de chicos: no querían que pasáramos frío, que nos cansáramos en exceso, ni que corriéramos riesgos.
Pero a mí no me gustaba sentirme tan protegida, y me daba algo así como vergüenza eso de volverme en auto cuando los demás volvían en colectivo.
En cambio Miriam, una de mis compañeras que también vivía en Unquillo, no sólo se volvía en colectivo sino que para llegar a su casa tenía que caminar muchísimas cuadras a las 11 de la noche, una hora en la que no se cruzaba ni un perro. Para cortar camino, se metía por un senderito que atravesaba lo que por ese entonces era puro monte. Con lluvia, con frío, iluminada sólo por la luz de la luna Miriam caminaba hasta su casa sin ningún temor, como si fuera pleno día.
Las dos éramos asmáticas. De chica yo nunca hice gimnasia, y en la secundaria me llevé a rendir Educación Física en primer año porque falté un trimestre entero a las clases. Como justificativo, papá me había hecho hacer un certificado médico que decía: “Se muestra agitada y taquicárdica al menor esfuerzo”. Miriam, en cambio, jugaba vóley, handball y se destacaba en atletismo. Y mientras yo en invierno era un atado de mocos, ella tenía una salud envidiable.
Yo no viajo casi nunca, y viajar me estresa. Miriam se calza la mochila y se va a Machu Pichu, a la selva, a lugares salvajes, como si se tomara el colectivo para ir a Córdoba.
Mirian no tiene miedo. Yo lucho contra el miedo, pero casi siempre, como bien lo dijo Eduardo Galeano, el miedo manda, y gana.

El miedo de los padres es el peor de los miedos, porque condiciona a los hijos.
Como lo viví en carne propia, decidí no trasmitirle a mi hija ninguno de mis miedos y dejarla crecer libre, y jugar, y trepar, y correr, y andar en bicicleta, y hacer todo lo que debe hacer un niño normal.
Sólo yo sé lo que me costó, pero valió la pena: hoy tengo una maestra que me da todos los días cátedra de confianza en sí misma y en los demás, de audacia, de vida.
El mundo visto con sus ojos es ese lugar maravilloso y amigable en el que todos deberíamos vivir. En el que todos podríamos vivir, si no tuviéramos miedo a la inseguridad, a las alturas, a las tormentas, a los bichos, a la gente, a las crisis.  
Mi hija ama los rayos, los truenos, la lluvia, el viento, la nieve, el mar, la montaña y todo lo que tenga olor a riesgo y aventura. Yo veo todo eso a través de sus ojos y lo amo también… pero de lejos, porque de cerca me sigue dando miedo.
Mi hija ama viajar, conocer culturas y personas diferentes, tomarse una copa de vino en una ciudad desconocida, entre gente desconocida, y ponerse a charlar con los mozos del bar. Vive aquí, o allá, hoy y ahora, sin miedo al futuro ni al presente, sin miedo a la escasez ni a la abundancia, sin miedo al qué dirán ni a lo que hacen los demás.
Confía plenamente en su capacidad para hacerle frente a lo que el destino le traiga, y triunfar. Confía en su capacidad para generar dinero, concretar proyectos o cambiar de rumbo si ya no se siente cómoda donde está.
Y creo que el secreto para vencer los miedos es ese: la confianza. En uno, en los otros, en la vida.
Confiar como confía el paracaidista en que su paracaídas se abrirá y lo sostendrá en el aire hasta que toque el suelo. Como confía el trapecista en su compañero de rutina. Como confía el médico en su instrumentista, el niño en sus padres, el creyente en su Dios.
Confiar en que somos de verdad los artífices de nuestro propio destino, aunque haya pruebas y dolores que no podamos evitar.  
Entonces, no se trata de dejar de tener miedo, sino de empezar a confiar. 

lunes, 9 de febrero de 2015

Facebook: cualquier similitud con la realidad no es mera coincidencia

Si hay un espacio virtual donde las miserias y grandezas de la vida conviven al desnudo y sin anestesia, ese espacio es Facebook.
Facebook es un gran “Cambalache” igual que el del tango, donde el chisme feroz y malicioso, la violencia verbal, la agresión gratuita, el fanatismo, la intolerancia, la discriminación, se muestran, o mejor dicho se ostentan, con una total falta de respeto por el otro, el que mira, el que lee. Ese otro que de repente, y sin comerla ni beberla, siente que le cae encima una gran montaña de mierda verbal. No se me ocurre un término más preciso, ni más gráfico, que ese: mierda verbal. Basura salida de cerebros pequeños, mezquinos, alojados en la cabeza de personas que no tienen nada mejor que hacer con sus vidas que vomitar inmundicias, maledicencias, sospechas, prejuicios.
Facebook es un gran ventanal sin cortinas desde el que se exhibe la intimidad sin pudor, y sin tener en cuenta el riesgo de mostrar todo lo que uno tiene y lo que uno hace: con quien se acuesta, con quien se emborracha, con quién se va de vacaciones, a quién odia y a quién ama.
Facebook es un gran escenario en el que se representan vidas de mentira, sentimientos de mentira: todos somos “amigos”, como si bastara con mirar cómo vive el otro y mostrarle como vive uno para ser amigos.
Facebook es un gran depósito lleno de mensajes y respuestas sin filtro, de pseudo discusiones donde la sinceridad es tan brutal que se convierte en grosería y donde es muy difícil ponerse de acuerdo.
Facebook es un enorme catálogo de banalidades y estupideces.
Facebook, o mejor dicho lo peor de Facebook, es nefasto, y hace que más de una vez me den ganas de cerrar mi cuenta y volver al anonimato.

Pero Facebook también tiene cosas buenas, como la vida.
Ahí están los amigos de siempre y los nuevos, y la familia, y vemos las fotos del cumpleaños al que no pudimos ir porque la prima vive a cientos de kilómetros, y vemos al bebé que tuvo el otro primo, que también vive lejos, y sabemos en qué andan esos parientes o amigos que viven en otros países, en otros continentes.
Ahí están los ex compañeros de curso, con los que formamos un grupo privado para compartir recuerdos, fotos, y concertar encuentros. Y los ex alumnos de nuestro colegio, con los que formamos otro grupo en el que las distintas promociones publican fotos, comentan, todos unidos por el recuerdo común de aulas, profesores, cenas de egresados…
Ahí están los grupos o páginas sobre intereses afines a los nuestros: ecología, manualidades, arte, política, espiritualidad; pequeñas o grandes comunidades en las que encontramos contención, apoyo, entretenimiento.
Ahí están las grandes causas, los aventureros que seguimos en sus viajes por el mundo, los idealistas con sus mensajes de paz y amor que siempre son bienvenidos.
Facebook es maravilloso, cuando quiere. O mejor dicho, cuando nosotros queremos y ponemos nuestro granito de arena para que así sea.
¡Cuánto se puede hacer con Facebook! Se pueden organizar marchas, manifestaciones, encuentros, debates, se pueden buscar y encontrar personas y animales perdidos, se pueden conseguir dadores de sangre, se puede ofrecer o conseguir trabajo, se puede divulgar información seria, se puede pedir y recibir ayuda, se puede concientizar a mucha gente sobre tantas cosas… que es una lástima que todo ese potencial se diluya entre la porquería y la pavada.
Hace dos años, fue gracias a Facebook que en mi cuidad logramos frenar la venta de terrenos en la Reserva Hídrica La Quebrada, un lugar donde las leyes dicen que no se puede desmontar ni construir. Un vecino publicó una foto del cartel en el que aparecían detalles del loteo y el nombre de la inmobiliaria que lo comercializaba, y en pocas horas, compartiendo esa publicación logramos que muchísimos vecinos se enteraran de lo que estaba pasando, que se enteraran los medios de prensa, y que las autoridades se vieran obligadas a dar explicaciones. Enseguida también se formó un grupo abierto para planificar actividades y difundir información. Y fuimos por más: conseguimos casi 2000 firmas para presentar ante las autoridades, presentamos un recurso de Amparo Ambiental… Todo gracias al puntapié inicial de una foto publicada y compartida en Facebook contra reloj, porque el tiempo apremiaba.
Esta movida es un claro ejemplo de lo que se puede lograr con Facebook, cuando se lo utiliza bien. Es útil, sirve, le sirve a la gente y a la sociedad. Y podría servirnos mucho más, si hubiera más usuarios de la red dispuestos a aprovechar su potencial y a separar la paja del trigo.
No digo que esté mal entretenerse en las redes sociales, todos lo hacemos. Pero sería bueno que además aprendiéramos a usarlas con responsabilidad, aprendiéramos a tener códigos, a respetar al otro, a debatir sin insultar, a dejar de lado los chismes vacíos, a divulgar la información importante en lugar de ponerle “me gusta” y nada más, como hace la mayoría.

Es por eso que, a pesar de que a veces me saque de quicio, sigo dándole un voto de confianza a Facebook: porque comprobé su poder de convocatoria en favor de las grandes o pequeñas causas. Ya sea para encontrar al dueño de un perro perdido o luchar contra la trata de personas, Facebook es una buena herramienta, sencilla de usar y con un efecto multiplicador que puede ser impresionante. Y darle un uso más consciente, más comprometido, vale la pena. 

domingo, 21 de diciembre de 2014

Pisar el pasado

Lo pasado, pisado.
¿Quién no escuchó esa frase alguna vez, mucho tiempo antes de que la autoayuda, el coaching ontológico y otras disciplinas que hoy están de moda nos empezaran a machacar que la vida es hoy, que lo único que tenemos es el presente y que el pasado no se puede cambiar?
Pero cómo cuesta, a veces, pisar el pasado… Cómo cuesta a veces dejar ir lo que se terminó, y también lo que no fue, lo que sólo existió en nuestra imaginación, en nuestras ganas de que hubiera sido así. Lo que podría haber sido. Lo que sigue teniendo el gusto amargo de las cuentas pendientes, o el sabor agridulce de la nostalgia por lo que nunca más volveremos a ser.
No volveré a tener la piel ni el cuerpo de los veinte años. A veces, me cuesta aceptarlo.
Otras veces, me pregunto si era más feliz entonces que ahora y me respondo que no, porque a los veinte años sufría más de lo que disfrutaba. Sufría por amor, como casi todos a esa edad. Y como espero no volver a sufrir nunca, nunca más. Sufría porque era dramática o estúpida, o las dos cosas juntas. Hoy, creo, soy algo menos estúpida, y al dramatismo le escapo como a la peste porque sé que no vale la pena y que no lleva a nada bueno.
Me fui por las ramas. De lo que quería hablar era de pisar el pasado y pisarlo ahora, en este final de 2014, que como todos los finales, es el momento propicio para dejar ir dolores y penas, preservar los buenos recuerdos y concentrarse en la esperanza de un mañana feliz que debemos construir ladrillo a ladrillo, sin aflojar.
Quiero pisar, en primer lugar, la culpa. Esa culpa impiadosa que me mortificó desde que mamá empezó a depender cada vez más de nosotras, sus hijas, y que casi me destruye cuando decidimos llevarla a un geriátrico. Esa culpa que me hizo llorar a mares, que no me dejó dormir, que me hizo sentir la peor de las hijas por no haber tenido fuerzas para dedicarme las 24 horas a atender a mamá. La culpa que sentí por haberme fastidiado con ella, por no haberme dado cuenta a tiempo de lo que le estaba pasando, por no haber buscado un médico mejor, por no haber sido más amorosa, por lo que no supe hacer. Quiero pisar fuerte, muy fuerte, a esa culpa, hasta pulverizarla, hasta que se mezcle con la tierra y desaparezca para siempre de mi vida.
Quiero pisar muchas cosas que he sido y no quiero seguir siendo.
Quiero pisar mi afán de conformar a todo el mundo, mi costumbre nefasta de decir que sí porque es lo primero que me sale, y que me lleva a hacer cosas que me fastidian, o me aburren, o no van conmigo, o me roban tiempo y energías.  
Quiero pisar los miedos y las preocupaciones que tantas veces me han atormentado o paralizado, que me han dejado a oscuras, que me han cerrado puertas, que me impidieron disfrutar más y mejor todo lo bueno que he tenido.
Quiero pisar el pesimismo ajeno que, aun contra mi voluntad, se me terminó pegando como si fuera propio.
Quiero pisar ese sentimiento de último orejón del tarro que tantas veces me embargó desde que tengo uso de razón. Es un sentimiento malsano, que me lleva a privarme hasta de pequeñas cosas por un espíritu de sacrificio absurdo y patético que no le sirve a nadie, y a mí menos que a nadie.
Quiero pisar la desmotivación, que me llevó tantas veces a dejar de escribir porque sentía que no tenía nada importante que decir, porque sentía que no valía la pena.
Quiero pisar las emociones y pensamientos negativos que no me dejaron dar lo mejor de mí, que no me dejaron sentir alegría, placer, gratitud, serenidad.
Quiero pisar tantas cosas, pisando el pasado…
Pero también quiero guardar las enseñanzas que el pasado me dejó.
La enseñanza más grande de este año es que no soy omnipotente. No soy Dios, no tengo en mis manos el destino, la salud, la felicidad ni el bienestar de nadie. Soy apenas un manojo de contradicciones, genialidades, buenas intenciones y voluntad, como todos.
Este año fui más débil de lo que hubiera querido ser, pero tal vez más fuerte de lo que creo. Estuve a punto de quebrarme, pero finalmente conseguí doblarme sin quebrarme y comprendí que doblarme o quebrarme depende de mí, de cómo me cuide y me preserve. De cuánto me quiera y me valore yo, no de cuánto me quieran y me valoren los demás.
Mi desafío para hoy, para mañana, para el 2015 y para el resto de mi vida es grande: tengo que aprender a quererme más, a cuidarme más, a tomar distancia de lo que me enferma el cuerpo y la cabeza… o conseguir que no me afecte. Tengo que tenerme fe, confiar en mí, darme el lugar que me merezco en mi propia vida porque si no me lo doy yo, no me lo va a dar nadie.
Tengo que aprender a bailar con mi sombra, si es necesario, pero bailar, y dejar que la música me traspase y libere.
Y tengo que aprender a pisar el pasado y dejar atrás sueños muertos, esperanzas rotas, ilusiones apolilladas, para hacerle lugar a lo que vendrá.

viernes, 31 de octubre de 2014

Cada día que comienza es un día más

Cada día que comienza es un día más
para amar, para ser felices, para perdonar y ser perdonados,
para sembrar y para cosechar.
Cada día que termina es un día menos
para amar, para ser felices, para perdonar y ser perdonados,
para sembrar y para cosechar.
Esa es la única verdad que todos tenemos en común,
la única certeza que no necesita comprobación
que no necesita leyes que la regulen
ni palabras certeras para nombrarla
porque la sabemos todos
y aunque nos empeñemos en negarla
en creernos inmortales
en creer que lo bueno durará para siempre
o en pensar que lo malo no se acabará nunca
sabemos
sentimos
con la piel, con las entrañas, con el alma,
que no,
que nada es eterno
salvo nuestro miedo a no ser eternos
a morir, a que mueran los seres que amamos.
Ese miedo es lo más parecido a la eternidad que tenemos.
Ese miedo, y la idea de que todo se puede hacer mañana,
cuando terminemos el trabajo pendiente,
cuando hayamos cumplido con ese compromiso impostergable,
cuando hayamos ganado suficiente dinero,
cuando ya no tengamos más nada para hacer por los demás,
por la comunidad, por la patria,
y podamos, por fin,
empezar a hacer algo por nosotros.
Tal vez el mañana siga esperándonos,
y tal vez lo alcancemos
y como quien llega a la cima de una montaña
podamos detener la marcha
y sentarnos a contemplar el paisaje desde allá arriba,
desde ese "mañana" al que nos ha costado tanto llegar.
Pero ya no seremos los mismos que soñamos con él.
No tendremos las fuerzas, la alegría ni la inocencia
de cuando soñamos nuestros sueños más locos.
Y desde allá arriba veremos el camino recorrido,
y lo que ha quedado en el camino
sin que nos diéramos cuenta de que lo dejábamos atrás.
Terrible paisaje, ese que veremos al llegar al "mañana"
después de perdernos el hoy día tras día.
Porque cada día que comienza es un día más...
pero cada día que termina es un día menos.


***

Hace mucho que no escribía poesía, pero me salió de una sentada. Ayudó el día gris, seguramente, sumado a lo que pasa y nos pasa... La vida. Y esa sensación que a veces, como hoy, se hace más consciente, de que estamos colgando de un hilo finito, finito, que en cualquier momento se puede cortar...



miércoles, 3 de septiembre de 2014

¿Jugar a ser feliz, o ser feliz?

No soy de engancharme con los juegos y propuestas de Facebook, pero cuando hace un tiempo una amiga me invitó al desafío de pensamientos positivos me sumé sin pensarlo dos veces.
La consigna era sencilla: durante siete días, había que publicar tres pensamientos positivos relacionados con las cosas lindas o buenas que hicimos o que nos pasaron cada día.
El primer día, cuesta un poco. Generalmente, uno está más pendiente de lo negativo, de lo que no funciona como debería, del entorno, del país, de la política, de las carencias, y hasta considera superficial o egoísta conformarse con sus pequeñas felicidades cuando en el mundo pasan tantas cosas tristes, dolorosas, aberrantes: injusticias, guerras, miserias.   
El segundo, cuesta un poco menos. Un empieza a entender de qué se trata y está más perceptivo, más abierto a descubrir esa experiencia agradable que le alegró el día.
Para el séptimo y último día del desafío, uno se sorprende al ver cuántas cosas buenas le pasan todos los días sin que se dé cuenta, y a veces sin registrarlas como tales. Cosas que consideramos naturales, previsibles, merecidas, pero que de pronto, vistas desde otra óptica, vemos que son dignas de festejar.
Cosas tan simples como el sol, la lluvia, el aire fresco de la noche después de un calor agobiante, el canto de los pájaros, un encuentro con amigos, una satisfacción en el trabajo, el haber podido ayudar a alguien, la sonrisa de un hijo, recuperan gracias a un simple juego su verdadera dimensión y descubrimos, o comprendemos, que el mundo sigue ahí con sus miserias, sus guerras, sus injusticias, pero en medio de ese caos hay un universo personal en el que podemos elegir cómo vivir, cómo sentirnos, a qué darle importancia y a qué no…
Y es un descubrimiento grandioso, maravilloso, que nos empodera y nos vuelve más sensibles, más abiertos, más plenos.
Me levanto y voy al baño a ducharme. Abro la canilla, sale agua caliente, me enjabono, me seco. ¿Puedo considerar mi ducha matinal algo tan grandioso como para celebrarlo? Sé que muchos responderán que no, que así debe ser, que cuando uno abre la canilla DEBE salir agua, que es un derecho, que pagamos por ella y que así funcionan las cosas. Pero hay tanta gente que no tiene agua, que esa ducha matinal con agua caliente es un lujo. Y la celebro como tal, y siento el agua, y agradezco tener un baño con azulejos en las paredes, y tener jabones perfumados, y shampú, y toallas, aunque no sean nuevas y estén algo ásperas de tanto usarlas. Lo agradezco; es valioso, mucha gente no lo tiene.
Salgo de casa y camino hasta mi trabajo. Son pocas cuadras, hay sol, cantan los pájaros, y me siento feliz de estar aquí, en este pueblo — ciudad tan bello y querido para mí. Para otros habitantes es apenas una ciudad dormitorio, e incluso, como dicen algunos, “un pueblo de mierda” en el que nada funciona bien, en el que hay calles de tierra intransitables, obras públicas mal hechas y funcionarios inútiles. Algo de eso hay, no lo niego. Bastante. Pero es mi lugar en el mundo, y lo amo, y valoro todo lo bueno que tiene, que para mí es mucho más que lo negativo.
Cuando comencé el desafío de pensamientos positivos me sentía desanimada y triste: hacía poco que habíamos llevado a mamá al geriátrico y ese había sido un golpe muy duro, difícil de asimilar, y había otras cosas dentro mío que tampoco estaban bien, dudas, miedos, culpas, ansiedad, desmotivación, desvalorización… Yo soy optimista por naturaleza, soy de ver el lado positivo de la vida, pero cuando caigo en un bajón siento que se me cierran todas las puertas de golpe, y me encierro en mí misma. En ese estado, no era fácil encontrar “felicidades” como para publicar. Las tuve que buscar con lupa. Pero aparecieron, y una vez que encontré la primera, chiquita, modesta, el resto vino solo y mi ánimo cambió como por arte de magia.

No jugué a ser feliz, no me inventé felicidades que no tengo. Simplemente volví a redescubrir y valorar, una vez más (y van tantas…) las pequeñas grandes cosas buenas que tiene la vida. Que son muchas y que están ahí, al alcance de la mano, esperando que las sepamos ver y las disfrutemos.