Hoy 13 de junio es el día del escritor en Argentina, y como últimamente ando bastante loca se me ocurrió hacerle un regalo a los lectores de mis dos blogs, para festejar mi día.
Y qué mejor regalo que mi libro, me dije.
Así que acá va, junto con unas palabras sobre por qué y para qué escribo.
Sólo tienen que entrar en este enlace:
Hoy hasta las 24, descargá GRATIS "Manual de instrucciones para recién separadas"
Lo único que les pido es que después de leerlo me hagan llegar sus comentarios aquí en el blog, o por mail, como prefieran.
Abrazos y gracias por estar ahí, del otro lado de la pantalla.
martes, 13 de junio de 2017
jueves, 19 de mayo de 2016
Sábanas viejas
Me
gustan las sábanas viejas, esas que se amoldan suavemente al cuerpo sin
deslizarse y sin arrugas. Las que están casi transparentes o a punto de
romperse, pero todavía no se han roto. Las que han conocido durante años mis
sueños, mis pesadillas, mis ganas de seguir durmiendo un rato más, mis
enfermedades y mis noches de amor. Las que han ido perdiendo el color poco a
poco tendidas al sol, desplegadas al viento como velas sin mar.
Me
gustan las sábanas nuevas, con su apresto insolente y su textura apretada. Me
gusta el pliegue como trazado con regla que se marca al doblarlas hacia afuera,
por sobre la frazada. Me gusta sentirlas sobre la piel, son como una caricia masculina,
firme, que no quiere pasar desapercibida. Las sábanas nuevas tienen un aura de
opulencia, de buena vida, de placer recién estrenado.
Todavía
no he probado la experiencia mayúscula, esa que según dicen es la síntesis
perfecta entre lujo y sensualidad. Las sábanas de raso. Me imagino resbalando
en la fría suavidad de unas sábanas de raso y se me pone la piel de gallina, y
se me alborotan las hormonas. Las tendría de todos los colores: azules para
soñar sueños mansos, verdes para sentir que ruedo sobre el pasto, amarillas
para atesorar el calor del sol, rojas para las noches de invierno, blancas para
sentirme una reina y violetas o negras para hacer el amor.
Me
gustaban las sábanas de la Tata, de algodón y con olor a naftalina. Llegar a
Rosario y acostarse en la cama de plaza y media con elástico de metal y colchón
de lana que se hundía en el medio, arropada por las sábanas y las colchas
pesadas que la abuela sacaba de lo más profundo del ropero, es uno de los
recuerdos más queridos de mi infancia.
El
resto de las sábanas, las ajenas, las de los hoteles, no me gustan, porque
entre sus hilos guardan restos de sueño, suspiros y lágrimas de vaya a saber
quién. No me inspiran confianza y no se amoldan a mi cuerpo como mis sábanas
viejas, ni tienen el encanto de las sábanas nuevas aunque a veces lo parezcan. Debajo
del perfume a suavizante se les adivina el olor a otras pieles, y es como
dormir acompañado por extraños.
No
es que tenga nada contra los extraños, aclaro. Pero a la hora de dormir,
prefiero elegir quien me acompañe, ya se trate de un ser vivo o un recuerdo.
Debe
ser por eso que me gustan las sábanas viejas: porque entre sus hilos gastados todavía
conservan el aroma de alguien que, aunque ya no se lo añora ni se lo desea, es
grato recordar que alguna vez estuvo ahí, en mi cama, entre mis sábanas.
lunes, 11 de abril de 2016
Taller de Escritura Vivencial 2016
¡Se viene el sexto año de mis queridos talleres,
y voy por muchos más!
La
propuesta 2016 seguirá la línea trazada por el Taller de Escritura
Autobiográfica 2010-2011 y su continuación, los talleres de Escritura
Autorreferencial 2012 y de Escritura Vivencial 2013, 2014 y 2015: escribir sobre uno mismo, desde uno mismo y
para uno mismo.
El
valor agregado tendrá que ver con la disciplina en que me estoy capacitando: Coaching
Ontológico, de la que ya cursé la primera etapa. Quiero compartir algo de lo
que aprendí y vivencié, porque me hizo bien y me hizo crecer por dentro.
-
La idea es trabajar con la palabra escrita y el debate para ejercitar la
tolerancia, el respeto, la compasión y la actitud positiva frente a la realidad
que nos toca vivir o que generamos con nuestras acciones.
-
Vamos a profundizar la observación de lo que sucede y nos sucede, para ver más
allá de los juicios y prejuicios y tener una visión “panorámica” del entorno,
de nuestros afectos, de cuestiones que nos movilizan, nos conmueven, nos escandalizan
o nos intrigan.
-
A partir de los temas propuestos vamos a escribir, opinar, escuchar, compartir.
Con respeto, con amor, aprendiendo del otro, incorporando nuevos puntos de
vista para ampliar nuestro horizonte.
Mi
intención es que construyamos juntos, pensando y pensándonos, un espacio que
contenga y nos contenga, y hagamos un taller movilizador, orientado a enriquecer
la mente y el espíritu para ser mejores de lo que somos hoy.
Taller presencial:
Fecha
de inicio: 7 de abril de 2016
Lugar:
“Hilos del alma”, Av. San Martín 3705 (al lado del “Villegas”) - Río Ceballos.
Público
al que está dirigido: jóvenes, adultos y adultos mayores de
ambos sexos.
Conocimientos previos necesarios: saber leer y escribir.
Material requerido: cuaderno y lapicera.
Cuota mensual: $ 300.-
Horario: Jueves de 15:30 a 17:30 hs.
Conocimientos previos necesarios: saber leer y escribir.
Material requerido: cuaderno y lapicera.
Cuota mensual: $ 300.-
Horario: Jueves de 15:30 a 17:30 hs.
Informes
e inscripción: Graciela Fernández. TE 453096 / 15625981, o a
través de Facebook, o en “Hilos del alma”.
Taller on line:
Fecha de inicio: cuando quieras.
Informes e inscripción: grafer001@yahoo.com.ar
Medios de pago: MercadoPago (Argentina), Paypal (otros países)
domingo, 3 de abril de 2016
Regalar poesías II
A veces nos cuesta encontrar las mejores palabras para
expresarnos o comunicarnos. Por eso, entre otras cosas, es que compartimos en
las redes sociales tantos cartelitos con frases filosóficas, o de amor, o de
motivación, o de humor: no son nuestras, pero dicen lo que pensamos o sentimos.
O “plagiamos” a algún poeta. Ahora ya no es común, pero en
sus buenos tiempos las rimas de Becquer, o los 20 poemas de amor de Pablo
Neruda, fueron plagiados hasta el cansancio por enamorados que los usaban como
propios.
A veces nos cuesta encontrar las palabras exactas porque no
las tenemos; otras veces nos cuesta porque no nos salen, porque se nos quedan
atravesadas en la garganta por orgullo, por miedo, por timidez...
Pero cuando encontramos LAS PALABRAS, esas que nos hacían
falta para expresar lo que sentimos o pensamos, se nos abre el cielo y el
suspiro del alma nos sale por todos los poros.
Los que escribimos, lo sabemos porque lo vivimos cada vez
que al releer transitamos el texto sin tropiezos y nos suena como una sinfonía,
con cada nota en su lugar, y cada vez que nos desvelamos hasta el amanecer
persiguiendo un verbo, un adjetivo, que tenga el matiz justo (ni de más, ni de
menos) para engarzarlo en la frase como si fuera un diamante.
El poder de las palabras. El compromiso y la satisfacción de
que, tal vez, le sirvan a otro para expresar lo que quiere decir y no puede.
Por eso es que cada vez que alguien se para frente a mi puesto en la Feria de Microemprendedores de Río Ceballos (en el que vendo mi libro, Manual de instrucciones para recién separadas) y se anima a leer completa
una de mis tarjetas artesanales, siento que se produce un pequeño milagro. Por
empezar, no a todo el mundo le interesa leer poesías, aunque sean cortitas y
sencillas. Hay muchos que pasan de largo sin ver. No las ven. Uno ve lo que
quiere, o lo que puede ver, y hay personas que nos las registran, de la misma
manera que yo no registro muchísimas cosas que veo porque no me interesan.
Entonces, el primer milagro es que las miren y las vean. Las
registren. El segundo, es que se acerquen más y empiecen a leer. Ahí los saludo
y los invito a levantar las tarjetas, para que las puedan leer completas.
Algunos agradecen, pero no las leen. Otros sacan una, la
leen, la dejan, sacan otra, la leen, las mezclan, después dicen “muy lindas”, y
se van. Otros las leen y se quedan en silencio, pensando, o dicen: “¡qué
hermoso!”, hasta que eligen una (o dos, o tres) y las compran. ¡Magnífico! Encontraron
las palabras que les hacían falta, o que les tocaron el corazón, y se las
llevan, y yo se las vendo con todo mi amor, feliz de que se las lleven.
Pero hay otros que levantan la tarjeta con delicadeza, casi
con respeto, y leen con una sonrisa o serios... y cuando terminan, se les
llenan los ojos de lágrimas. Ahí, ahí, está el poder de las palabras en todo su
esplendor: han llegado a lo más profundo del corazón, han tocado sentimientos,
recuerdos, alegrías o dolores dormidos, o guardados celosamente, o tal vez
negados, sin que la persona lo pueda evitar.
Es muy fuerte presenciar esa emoción, porque siento como si
de alguna manera yo también, junto con las palabras, me estuviera metiendo en el
alma de esas personas.
Recuerdo una parejita. Muy jóvenes, unos veinte años. Él,
serio; ella con cara de aburrida. Se pararon frente al puesto, él empezó a leer
y ella miraba para otro lado. Él eligió una poesía: “Mañana”, me la pagó, se la
entregué... y sin decir nada, ni hacer ningún gesto (un beso, una sonrisa,
nada) se la dio a ella, se la tendió con esa torpeza del hombre que no sabe ser
tierno. Ella la tomó con la misma expresión aburrida que tenía antes. Me
conmovió tanto ese gesto del muchachito, regalar una poesía, que no pude evitar
decirles: “¡Qué dulce, cuidalo, hombres así no quedan muchos!”
Por ahí, el chico no era dulce para nada. Por ahí, estaban
enojados y él quiso romper el hielo regalándole una tarjeta. No sé. Sólo puedo
recordar la carita seria, grave, de él, leyendo las poesías, y la cara de aburrida
de ella. Y creo que un chico que se para a leer poesías, y que elige una, no
puede ser tan malo.
Otra reacción, muy distinta. Eran dos parejitas: ellas se
pusieron a leer las poesías y los chicos a esperar que terminaran. Una de las
chicas, muy entusiasmada, le dijo a su novio: “Me gusta esta, ¿me la regalás?”,
y él se hizo el desentendido. Ni siquiera miró la tarjeta. La chica no insistió,
y siguieron su recorrido. Y me quedé triste por el ninguneo del muchacho; no le
dijo que no tenía plata (la única razón que me parece lógica para no comprar
una tarjeta que cuesta lo mismo que un alfajor), simplemente ignoró el pedido,
que fue una manera de ignorarla a ella.
Parece mentira, pero atendiendo un puesto en una feria de
microemprendedores uno puede llegar a hacer verdaderos estudios sociológicos
sobre el comportamiento humano...
Continuará.
lunes, 28 de marzo de 2016
Regalar poesías I
Cuando yo era adolescente (1975, 76, 77...) estaban de moda
las tarjetas con poesías para regalar. Eran poemas como “Táctica y estrategia”,
de Mario Benedetti, y otros por el estilo: fáciles de comprender y con un
gancho directo al corazón. Poemas que ponían en palabras eso que muchos querían
decir, pero no les salía tan bonito.
El amor y la amistad se vestían de fiesta
en esas tarjetas, y también en afiches con imágenes de parejas abrazadas, o
paisajes, o animales, que servían de fondo para las poesías con que decorábamos
las paredes de nuestro cuarto.
Éramos románticos, todavía... y todavía la poesía era
sinónimo de sentimientos, y servía para expresar sentimientos.
Pero con el tiempo, las vanguardias fueron ganando terreno y
la poesía cambió. Los poetas se alejaron del amor, de las formas simples que
tanto le gustaban (y le siguen gustando) a la gente, y se volvieron
complicados.
El soneto, la métrica, la rima, quedaron obsoletos; en la
poesía moderna no hay moldes ni corsés, nada que obligue al autor al desafío de
jugar con sinónimos, metáforas, imágenes, para construir versos de ocho
sílabas, once, o catorce, que tengan sentido y conmuevan, o hagan pensar. El
hermetismo pasó a ser la regla de oro y la poesía se encogió, hasta convertirse
en un par de versos sin rima, ni ton, ni son, perdidos en medio de una página
que les queda grande.
De los miles de lectores que tenía en sus buenos tiempos la
poesía, hoy quedan cada vez menos y de los que quedan, la mayoría prefiere a
los poetas viejos, los que hablaban de amor, de emociones, del hombre y su paso
por la vida, del espíritu y sus grandezas y miserias.
Fue la nostalgia de esa época, y de aquellos poetas, lo que
me llevó a darle forma a mis tarjetas artesanales “Palabras de amor”.
Primero pensé en reciclar mis poesías, pero la mayoría son largas y necesitaba algo más corto, que pudiera entrar en una tarjeta. Además, ya no dicen lo que quiero decir hoy, porque las escribí cuando la frontera entre el amor, el dolor y la tristeza era indefinida y sufría más de lo que disfrutaba. Así que decidí escribir poesías nuevas, hechas a medida para las tarjetas, que cualquiera pudiera entender a la primera lectura y que pudieran servir para expresar sentimientos en estado puro, con amor y desde el amor.
Debían ser mensajes superadores: nada de celos, ni de dramas, ni de “sin vos mi vida no tiene sentido”, ni de “soy tuya, sos mío”. No, no y no. Quería que mis tarjetas fueran simples, sí, pero profundas, y que trasmitieran la idea de respeto por el otro, por la libertad del otro y por la propia libertad, que hablaran del perdón, de vivir el presente, del compromiso genuino.
Me enamoré de la idea, y la puse en marcha: papel Kraft grueso (color madera), flores de mi planta de lavanda, ramitas de pino de la casa de Pedro, mi vecino de enfrente, corazoncitos de lienzo o jean con un moñito de lana roja, sobres de papel madera... Diseñar el frente y el interior de las tarjetas y la portada del sobre, marcar el papel y cortar las tarjetas con tijera, secar las flores y las ramitas de pino durante unos cuantos días, hacer las muestras, imprimir la primera tanda, decorarlas, son tareas que a cualquier persona le hubieran llevado un tiempo lógico, pero que mi perfeccionismo casi vuelve eternas. Ochocientas pruebas de tipo de letra, márgenes, que la florcita acá, no, mejor allá, y le corto un milímetro del tallo, qué está largo, y este corazoncito es medio milímetro más grande, o más chico, y esta ramita de pino se la pongo a esta, no, a esta otra... Hasta que por fin, quedé conforme y estuvieron listas para llevarlas a la feria.
Y ahí vino lo mejor: la reacción de los que las leen, y lo que siento yo viendo la reacción de los que las leen.
Es largo, lo cuento en el próximo post.
Aquí están las tarjetas que tengo hasta ahora, a las que seguramente se irán sumando más.
De las poesías viejas conservé una sola, que todavía me estremece el alma cuando la leo.
De las poesías viejas conservé una sola, que todavía me estremece el alma cuando la leo. 



jueves, 10 de marzo de 2016
¡Bienvenido a mi vida, Coaching ontológico!
El año pasado no escribí casi nada, a pesar de que me
pasaron cosas importantes.
Es que a veces me ataca el complejo del escritor anómino y
pienso: ¿a quién le importa lo que escribo? ¿A quién le sirve, quién lo lee? Y
esas dos preguntas me quitan las ganas de escribir, me condicionan, porque lo
que tengo para contar no me parece lo suficientemente emocionante o genial como
para despertar el interés ajeno.
El complejo del escritor anónimo. Se me acaba de ocurrir
ahora esa definición, y creo que describe muy bien esa sensación de estar hablando
o escribiendo para nadie que me agobia cuando me comparo con escritores
famosos, esos que tienen blogs que leen miles de lectores. Bien hecho, eso me
pasa por andar comparándome con los demás.
Sea como sea, lo cierto es que el año pasado, el 2015, fue
un año intenso, que hubiera merecido muchos post en este blog. Pero no escribí
casi nada, y ahora me encuentro con que sí quiero escribir y no veo cómo
condensar en unas pocas líneas todo lo que viví, sentí y pensé, porque si me
explayo el resultado será un texto demasiado largo para un blog, por más que
sea el blog de una escritora.
Creo que voy a dividir todo lo que tengo para contar en
varias entradas, así los que lean no se duermen ni se cansan y yo no termino
con una tendinitis o una contractura en el cuello.
Primero lo primero. Desde abril a diciembre, cursé mi primer
año de capacitación en Coaching ontológico. Dicho así, suena solemne pero da
pie para que casi todo el mundo me pregunte: ¿coaching qué? ¿Odontológico?
¿Oncológico? ¿Qué es eso?
El entusiasmo me lleva a responder que es
algo que le hace mucha falta al mundo, algo que te abre la cabeza, el alma, el
corazón, que te hace descubrir cosas tuyas que no querías ver o no podías ver; es
una disciplina con un potencial impresionante para mejorar la calidad de vida
de la gente en todos los ámbitos, la familia, el trabajo, para ayudarla a
concretar sus sueños, lograr sus objetivos, comunicarse mejor con los demás y construir
vínculos más sanos; es una herramienta sensacional para mejorar el aprendizaje
y potenciar la creatividad y la curiosidad...
El coaching es eso y
más, mucho más. Durante el primer año de capacitación, hay que ponerle
el cuerpo para vivenciarlo y que se haga carne. No es fácil, porque implica
salir de la “zona de confort”, ese espacio personal que a veces no tiene nada
de confortable pero que nos resulta conocido y previsible. Cuesta abandonar la
orilla, el terreno seguro, para meterse en aguas profundas y a veces oscuras. Pero
vale la pena, porque después de atravesar tormentas uno puede llegar a
encontrar una playa paradisíaca, con arenas blancas y suaves y un mar increíblemente
azul.
Eso es lo que estuve haciendo en el 2015: navegando en aguas
profundas, metiéndome adentro de mi propio ser, sorprendiéndome, asustándome o
maravillándome con lo que encontraba en el fondo.
Pero no estaba sola. Durante todo el tiempo estuve
acompañada por otros navegantes tan inexpertos y temerarios como yo, y guiada
por un equipo de profesores-coaches que nos contuvieron con amor y firmeza.
Fue el inicio de un viaje extraordinario que me cambió la
vida, un viaje que recién empieza y que terminará cuando me muera. Un viaje de
ida, siempre de ida, un viaje imprescindible para ser la mejor versión de mí
misma y entregarle lo mejor de mí a quienes lo quieran recibir.
Durante el primer año incorporamos conceptos que nos
llevaron al autoconocimiento y la transformación personal. Temas como el poder,
el control, los enemigos del aprendizaje, el ego y sus trampas, el uso que
hacemos del lenguaje y cómo influye en la comunicación, en las relaciones
interpersonales y en los resultados que obtenemos (por citar sólo algunos, son
muchos más), fueron desmenuzados con la mente y asimilados con el cuerpo, los
sentidos, las emociones.
En el segundo año, aprenderemos a asistir a otros en su
transformación y en el logro de sus metas, y reforzaremos el marco ético y
filosófico dentro del que trabaja y vive el coach. Porque el coaching, más allá
de ser una disciplina o una profesión, es también un estilo de vida.
Será un año intenso, de eso no hay dudas... Pero cuando uno
le toma el gusto a la intensidad quiere más, quiere más desafíos,
más preguntas, más respuestas, más oportunidades de ser útil y de contribuir a
crear un mundo mejor.
¡Con mis compañeros vamos por todo, este año!
Por hoy, suficiente. Después sigo contando qué más hice en
el 2015, un año en el que escribí poco pero aprendí mucho...
Les dejo un video muy clarito de Elena Espinal, master coach, para que se entienda mejor que es el coaching y que hace un coach.
Les dejo un video muy clarito de Elena Espinal, master coach, para que se entienda mejor que es el coaching y que hace un coach.
sábado, 3 de octubre de 2015
Mamá
Mi
relación con ella no fue sencilla. Más allá del amor que nos tenemos
mutuamente, somos muy distintas y eso hizo que más de una vez no nos
comprendiéramos ni pudiéramos ponernos en el lugar de la otra.
Para
una madre taurina, con los pies fijos sobre la tierra y pocos pajaritos en la
cabeza, una hija pisciana soñadora, dispersa, medio hippie y sentimental es
como un rompecabezas al que le faltan piezas. Y a la mía no le alcanzó la vida
entera para comprender (porque no lo comprendió) que esa figura inconclusa, con
espacios vacíos pero llenos de algo que ella no podía ver, era sin embargo un
ser completo: yo, su hija, hecha no a su imagen y semejanza, sino a la mía, a
lo que yo quería y podía ser.
Un
día, no hace mucho, me lo dijo: “yo nunca te entendí”. Fue fuerte escuchar eso.
Y me dio pena por ella, más que por mí. No puedo imaginarme “no entender” a mi
hija. Porque una cosa es no estar de acuerdo, o no compartir una forma de vida
o de pensar, y otra muy distinta es no entender qué quiere el otro, qué busca,
qué sueña.
Yo
fui entendiendo, con los años, sus acciones, sus aciertos, su manera de pensar,
sus circunstancias. Pero me costó asimilar que siguiera aferrada a rencores
viejos, a ideas o prejuicios que le hacían mal, que le iban cerrando puertas a
medida que le ensanchaban heridas. Ella no sé si pudo comprender mi capacidad y
mi voluntad de perdonar, de olvidar lo malo y recordar lo bueno, de amar sin
condiciones. Creo que no, que no lo comprendió.
A
las dos nos costaba comunicarnos; sin peleas, sin discutir, simplemente nos
costaba, a mí me costaba bajar la guardia con ella y contarle mis cosas, a ella
le costaba escuchar sin opinar, sin manifestar su desacuerdo.
Hasta que la
vida nos enfrentó a las dos con su vejez, con la enfermedad, con el deterioro
del cuerpo y la mente.
Y empezamos a
hablar. Cuando ella quiso, y pudo, hablamos del pasado, de sus miedos, sus
dolores, sus rencores. Hablamos de la muerte. De la propia, de la ajena, de los
que ya no estaban. De cómo quisiéramos morir. De su cansancio, de sus ganas de
morirse. Es muy duro escucharle decir a la madre de uno que no quiere vivir,
que se quiere morir. Uno se siente tan impotente ante eso… Me costaba aceptar que
sus hijas, su nieta, no fueran motivos para vivir, que no le alcanzara con
nuestro amor, con tenernos vivas y sanas, cerca.
Los síntomas
del inicio de la demencia senil se fueron presentando de a poco, al principio
el médico decía que nos estaba manipulando, que “se hacía la loca”, pero después
nos dimos cuenta de que no se estaba “haciendo la loca” y la enfermedad era
real, y había que buscar cómo hacerle frente.
Llevar a la
madre a un geriátrico es duro, pero a veces es necesario. No todos tenemos los
mismos límites, las mismas capacidades, y hay que saber reconocerlo y
aceptarlo. Por uno, para evitar la culpa, y por el otro, para no verlo o
sentirlo como una carga cuando su cuidado se complica. Los geriátricos no son “depósitos
de viejos”; si la familia está presente, son un buen lugar para que un anciano
enfermo esté atendido según sus necesidades, supervisado y medicado
correctamente. Me llevó más de un año entenderlo y confiar en sus cuidadores,
hasta que entendí que si no confiaba, no tendría paz. Y entonces, decidí
confiar. Confiar no es desentenderse. Confiar es creer en la buena fe del otro,
aunque como hija siga supervisando la higiene, las comidas, la habitación, la
ropa, y si algo no me gusta, lo diga.
El geriátrico
de mamá es como una casa grande. Es un lugar hermoso, con ventanales que dan a
un jardín que siempre está verde. En el invierno, prenden el hogar y las
salamandras y da gusto llegar; en verano, nos sentamos afuera a disfrutar el
aire y el canto de los pájaros. Los horarios de visita son flexibles, y las
visitas siempre son bienvenidas. A la hora de comer hay olor a comida, como en
todas las casas. Los viernes a la tarde va Luis con su guitarra y se arma la
peña, y los abuelos acompañan con palmas y cantan. A la hora del mate, toman
mate. Llevan una vida tranquila, sin sobresaltos.
Casi todos
ellos están cruzando la barrera entre vivir en el mundo y vivir en su mundo. O
ya la cruzaron.
Mamá también. A
veces no habla cuando la visito, o cierra los ojos como si durmiera, aunque
está despierta. ¿Qué estará pensando, qué sentirá? Parece encerrada en un
laberinto del que ya no puede salir; si le pregunto algo dice que no quiere
pensar, que se le hace lío en la cabeza. Y se queda mirando por la ventana. Sólo
puedo tratar de que sienta mi amor, de alguna manera. Y le agarro la mano, y se
la acaricio, y hago fuerza para que mi tristeza no se note, no le llegue.
Porque es
triste verla así, no sé si sufre, si se siente sola, y quisiera saberlo, y
también me da miedo saberlo y no poder hacer nada para que esté mejor.
Es triste, y
da miedo: uno piensa en su propia vejez, y da miedo. Da miedo pensar que así
como no elegimos nacer, tampoco podemos elegir cómo morir, de qué morir, en qué
momento. Salvo que uno decida matarse, claro. Pero si uno elige seguir
viviendo, el final de la vida está fuera de control, es impredecible, a uno
puede tocarle morirse con la cabeza entera y el cuerpo destruido o al revés,
con el cuerpo entero y la cabeza, la mente, perdidas en el delirio
¿Dónde estará
el espíritu cuando la persona se queda sin recuerdos y no reconoce afectos? ¿Dónde
estará el espíritu cuando la mente está poblada de fantasmas, voces, imágenes
irreales?
Dicen que la
enfermedad, o la locura, son parte del karma, son caminos que debe recorrer el
alma para purificarse, para terminar de aprender lo que vino a aprender. Si
esto es cierto, entonces mamá está aprendiendo algo que debía aprender, y hasta
que no lo aprenda no se irá. No sé si es un consuelo pensar esto, pero de
alguna manera le da sentido al dolor, a la impotencia de no poder hacer nada para
que vuelva a ser la que era antes.
A veces, yo
tampoco quiero pensar, mamá. A mí también se me hace un lío en la cabeza.
domingo, 19 de abril de 2015
El miedo manda
El hambre desayuna miedo
y el miedo al silencio aturde las calles.
El miedo amenaza.
Si usted ama tendrá sida.
Si fuma tendrá cáncer.
Si respira tendrá contaminación.
Si bebe tendrá accidentes.
Si come tendrá colesterol.
Si habla tendrá desempleo.
Si camina tendrá violencia.
Si piensa tendrá angustia.
Si duda tendrá locura.
Si siente tendrá soledad.
(Eduardo Galeano)
Cuando iba al colegio
secundario, como teníamos clases en edificio prestado entrábamos después que terminaba el turno de la tarde de
la primaria y salíamos a las diez y media de la noche. Mis compañeros se
volvían a su casa el colectivo, pero a mí me fueron a buscar en auto hasta que
terminé quinto año. A mí, y a tres compañeras más; nuestros papás se turnaban
para ir un día a la semana cada uno. No sé si lo hacían por miedo, o para que
llegáramos más rápido a casa. Nunca lo pregunté, nunca me lo dijeron. Supongo
que era por comodidad de ellos y nuestra. Papá y mamá trataban de darnos a mí y
a mi hermana lo que no habían tenido de chicos: no querían que pasáramos frío,
que nos cansáramos en exceso, ni que corriéramos riesgos.
Pero a mí no me gustaba
sentirme tan protegida, y me daba algo así como vergüenza eso de volverme en
auto cuando los demás volvían en colectivo.
En cambio Miriam, una de
mis compañeras que también vivía en Unquillo, no sólo se volvía en colectivo
sino que para llegar a su casa tenía que caminar muchísimas cuadras a las 11 de
la noche, una hora en la que no se cruzaba ni un perro. Para cortar camino, se
metía por un senderito que atravesaba lo que por ese entonces era puro monte. Con
lluvia, con frío, iluminada sólo por la luz de la luna Miriam caminaba hasta su
casa sin ningún temor, como si fuera pleno día.
Las dos éramos asmáticas.
De chica yo nunca hice gimnasia, y en la secundaria me llevé a rendir Educación
Física en primer año porque falté un trimestre entero a las clases. Como
justificativo, papá me había hecho hacer un certificado médico que decía: “Se
muestra agitada y taquicárdica al menor esfuerzo”. Miriam, en cambio, jugaba vóley,
handball y se destacaba en atletismo. Y mientras yo en invierno era un atado
de mocos, ella tenía una salud envidiable.
Yo no viajo casi nunca, y
viajar me estresa. Miriam se calza la mochila y se va a Machu Pichu, a la
selva, a lugares salvajes, como si se tomara el colectivo para ir a Córdoba.
Mirian no tiene miedo. Yo
lucho contra el miedo, pero casi siempre, como bien lo dijo Eduardo Galeano, el
miedo manda, y gana.
El miedo de los padres es
el peor de los miedos, porque condiciona a los hijos.
Como lo viví en carne
propia, decidí no trasmitirle a mi hija ninguno de mis miedos y dejarla crecer
libre, y jugar, y trepar, y correr, y andar en bicicleta, y hacer todo lo que
debe hacer un niño normal.
Sólo yo sé lo que me
costó, pero valió la pena: hoy tengo una maestra que me da todos los días
cátedra de confianza en sí misma y en los demás, de audacia, de vida.
El mundo visto con sus
ojos es ese lugar maravilloso y amigable en el que todos deberíamos vivir. En
el que todos podríamos vivir, si no tuviéramos miedo a la inseguridad, a las
alturas, a las tormentas, a los bichos, a la gente, a las crisis.
Mi hija ama los rayos,
los truenos, la lluvia, el viento, la nieve, el mar, la montaña y todo lo que
tenga olor a riesgo y aventura. Yo veo todo eso a través de sus ojos y lo amo
también… pero de lejos, porque de cerca me sigue dando miedo.
Mi hija ama viajar,
conocer culturas y personas diferentes, tomarse una copa de vino en una ciudad
desconocida, entre gente desconocida, y ponerse a charlar con los mozos del
bar. Vive aquí, o allá, hoy y ahora, sin miedo al futuro ni al presente, sin
miedo a la escasez ni a la abundancia, sin miedo al qué dirán ni a lo que hacen
los demás.
Confía plenamente en su
capacidad para hacerle frente a lo que el destino le traiga, y triunfar. Confía
en su capacidad para generar dinero, concretar proyectos o cambiar de rumbo si
ya no se siente cómoda donde está.
Y creo que el secreto
para vencer los miedos es ese: la confianza. En uno, en los otros, en la vida.
Confiar como confía el
paracaidista en que su paracaídas se abrirá y lo sostendrá en el aire hasta que
toque el suelo. Como confía el trapecista en su compañero de rutina. Como confía
el médico en su instrumentista, el niño en sus padres, el creyente en su Dios.
Confiar en que somos de
verdad los artífices de nuestro propio destino, aunque haya pruebas y dolores
que no podamos evitar.
Entonces, no se trata de
dejar de tener miedo, sino de empezar a confiar.
lunes, 9 de febrero de 2015
Facebook: cualquier similitud con la realidad no es mera coincidencia
Si hay un espacio virtual donde las miserias y grandezas de
la vida conviven al desnudo y sin anestesia, ese espacio es Facebook.
Facebook es un gran “Cambalache” igual que el del tango, donde
el chisme feroz y malicioso, la violencia verbal, la agresión gratuita, el
fanatismo, la intolerancia, la discriminación, se muestran, o mejor dicho se
ostentan, con una total falta de respeto por el otro, el que mira, el que lee. Ese
otro que de repente, y sin comerla ni beberla, siente que le cae encima una
gran montaña de mierda verbal. No se me ocurre un término más preciso, ni más
gráfico, que ese: mierda verbal. Basura salida de cerebros pequeños, mezquinos,
alojados en la cabeza de personas que no tienen nada mejor que hacer con sus
vidas que vomitar inmundicias, maledicencias, sospechas, prejuicios.
Facebook es un gran ventanal sin cortinas desde el que se exhibe
la intimidad sin pudor, y sin tener en cuenta el riesgo de mostrar todo lo que
uno tiene y lo que uno hace: con quien se acuesta, con quien se emborracha, con
quién se va de vacaciones, a quién odia y a quién ama.
Facebook es un gran escenario en el que se representan vidas
de mentira, sentimientos de mentira: todos somos “amigos”, como si bastara con
mirar cómo vive el otro y mostrarle como vive uno para ser amigos.
Facebook es un gran depósito lleno de mensajes y respuestas
sin filtro, de pseudo discusiones donde la sinceridad es tan brutal que se
convierte en grosería y donde es muy difícil ponerse de acuerdo.
Facebook es un enorme catálogo de banalidades y estupideces.
Facebook, o mejor dicho lo peor de Facebook, es nefasto, y
hace que más de una vez me den ganas de cerrar mi cuenta y volver al anonimato.
Pero Facebook también tiene cosas buenas, como la vida.
Ahí están los amigos de siempre y los nuevos, y la familia,
y vemos las fotos del cumpleaños al que no pudimos ir porque la prima vive a
cientos de kilómetros, y vemos al bebé que tuvo el otro primo, que también vive
lejos, y sabemos en qué andan esos parientes o amigos que viven en otros países,
en otros continentes.
Ahí están los ex compañeros de curso, con los que formamos
un grupo privado para compartir recuerdos, fotos, y concertar encuentros. Y los
ex alumnos de nuestro colegio, con los que formamos otro grupo en el que las
distintas promociones publican fotos, comentan, todos unidos por el recuerdo
común de aulas, profesores, cenas de egresados…
Ahí están los grupos o páginas sobre intereses afines a los
nuestros: ecología, manualidades, arte, política, espiritualidad; pequeñas o
grandes comunidades en las que encontramos contención, apoyo, entretenimiento.
Ahí están las grandes causas, los aventureros que seguimos
en sus viajes por el mundo, los idealistas con sus mensajes de paz y amor que
siempre son bienvenidos.
Facebook es maravilloso, cuando quiere. O mejor dicho, cuando
nosotros queremos y ponemos nuestro granito de arena para que así sea.
¡Cuánto se puede hacer con Facebook! Se pueden organizar
marchas, manifestaciones, encuentros, debates, se pueden buscar y encontrar personas
y animales perdidos, se pueden conseguir dadores de sangre, se puede ofrecer o conseguir
trabajo, se puede divulgar información seria, se puede pedir y recibir ayuda,
se puede concientizar a mucha gente sobre tantas cosas… que es una lástima que
todo ese potencial se diluya entre la porquería y la pavada.
Hace dos años, fue gracias a Facebook que en mi cuidad
logramos frenar la venta de terrenos en la Reserva Hídrica La Quebrada, un
lugar donde las leyes dicen que no se puede desmontar ni construir. Un vecino
publicó una foto del cartel en el que aparecían detalles del loteo y el nombre
de la inmobiliaria que lo comercializaba, y en pocas horas, compartiendo esa
publicación logramos que muchísimos vecinos se enteraran de lo que estaba
pasando, que se enteraran los medios de prensa, y que las autoridades se vieran
obligadas a dar explicaciones. Enseguida también se formó un grupo abierto para
planificar actividades y difundir información. Y fuimos por más: conseguimos
casi 2000 firmas para presentar ante las autoridades, presentamos un recurso de
Amparo Ambiental… Todo gracias al puntapié inicial de una foto publicada y
compartida en Facebook contra reloj, porque el tiempo apremiaba.
Esta movida es un claro ejemplo de lo que se puede lograr
con Facebook, cuando se lo utiliza bien. Es útil, sirve, le sirve a la gente y
a la sociedad. Y podría servirnos mucho más, si hubiera más usuarios de la red
dispuestos a aprovechar su potencial y a separar la paja del trigo.
No digo que esté mal entretenerse en las redes sociales,
todos lo hacemos. Pero sería bueno que además aprendiéramos a usarlas con
responsabilidad, aprendiéramos a tener códigos, a respetar al otro, a debatir
sin insultar, a dejar de lado los chismes vacíos, a divulgar la información
importante en lugar de ponerle “me gusta” y nada más, como hace la mayoría.
Es por eso que, a pesar de que a veces me saque de quicio, sigo
dándole un voto de confianza a Facebook: porque comprobé su poder de
convocatoria en favor de las grandes o pequeñas causas. Ya sea para encontrar
al dueño de un perro perdido o luchar contra la trata de personas, Facebook es una
buena herramienta, sencilla de usar y con un efecto multiplicador que puede ser
impresionante. Y darle un uso más consciente, más comprometido, vale la pena.
domingo, 21 de diciembre de 2014
Pisar el pasado
Lo pasado, pisado.
¿Quién no escuchó esa frase alguna vez, mucho tiempo antes
de que la autoayuda, el coaching ontológico y otras disciplinas que hoy están
de moda nos empezaran a machacar que la vida es hoy, que lo único que tenemos
es el presente y que el pasado no se puede cambiar?
Pero cómo cuesta, a veces, pisar el pasado… Cómo cuesta a
veces dejar ir lo que se terminó, y también lo que no fue, lo que sólo existió en
nuestra imaginación, en nuestras ganas de que hubiera sido así. Lo que podría
haber sido. Lo que sigue teniendo el gusto amargo de las cuentas pendientes, o
el sabor agridulce de la nostalgia por lo que nunca más volveremos a ser.
No volveré a tener la piel ni el cuerpo de los veinte años.
A veces, me cuesta aceptarlo.
Otras veces, me pregunto si era más feliz entonces que ahora
y me respondo que no, porque a los veinte años sufría más de lo que disfrutaba.
Sufría por amor, como casi todos a esa edad. Y como espero no volver a sufrir
nunca, nunca más. Sufría porque era dramática o estúpida, o las dos cosas
juntas. Hoy, creo, soy algo menos estúpida, y al dramatismo le escapo como a la
peste porque sé que no vale la pena y que no lleva a nada bueno.
Me fui por las ramas. De lo que quería hablar era de pisar
el pasado y pisarlo ahora, en este final de 2014, que como todos los finales,
es el momento propicio para dejar ir dolores y penas, preservar los buenos
recuerdos y concentrarse en la esperanza de un mañana feliz que debemos
construir ladrillo a ladrillo, sin aflojar.
Quiero pisar, en primer lugar, la culpa. Esa culpa impiadosa
que me mortificó desde que mamá empezó a depender cada vez más de nosotras, sus
hijas, y que casi me destruye cuando decidimos llevarla a un geriátrico. Esa
culpa que me hizo llorar a mares, que no me dejó dormir, que me hizo sentir la
peor de las hijas por no haber tenido fuerzas para dedicarme las 24 horas a
atender a mamá. La culpa que sentí por haberme fastidiado con ella, por no haberme dado cuenta a tiempo de lo que le estaba pasando, por no haber buscado un médico mejor, por no haber sido más amorosa, por lo que no supe hacer. Quiero pisar fuerte, muy fuerte, a esa culpa, hasta
pulverizarla, hasta que se mezcle con la tierra y desaparezca para siempre de
mi vida.
Quiero pisar muchas cosas que he sido y no quiero seguir
siendo.
Quiero pisar mi afán de conformar a todo el mundo, mi
costumbre nefasta de decir que sí porque es lo primero que me sale, y que me
lleva a hacer cosas que me fastidian, o me aburren, o no van conmigo, o me
roban tiempo y energías.
Quiero pisar los miedos y las preocupaciones que tantas
veces me han atormentado o paralizado, que me han dejado a oscuras, que me han
cerrado puertas, que me impidieron disfrutar más y mejor todo lo bueno que he
tenido.
Quiero pisar el pesimismo ajeno que, aun contra mi voluntad, se me terminó pegando
como si fuera propio.
Quiero pisar ese sentimiento de último orejón del tarro que tantas
veces me embargó desde que tengo uso de razón. Es un sentimiento malsano, que
me lleva a privarme hasta de pequeñas cosas por un espíritu de sacrificio
absurdo y patético que no le sirve a nadie, y a mí menos que a nadie.
Quiero pisar la desmotivación, que me llevó tantas veces a
dejar de escribir porque sentía que no tenía nada importante que decir, porque
sentía que no valía la pena.
Quiero pisar las emociones y pensamientos negativos que no
me dejaron dar lo mejor de mí, que no me dejaron sentir alegría, placer, gratitud,
serenidad.
Quiero pisar tantas cosas, pisando el pasado…
Pero también quiero guardar las enseñanzas que el pasado me
dejó.
La enseñanza más grande de este año es que no soy
omnipotente. No soy Dios, no tengo en mis manos el destino, la salud, la felicidad
ni el bienestar de nadie. Soy apenas un manojo de contradicciones, genialidades,
buenas intenciones y voluntad, como todos.
Este año fui más débil de lo que hubiera querido ser, pero
tal vez más fuerte de lo que creo. Estuve a punto de quebrarme, pero finalmente
conseguí doblarme sin quebrarme y comprendí que doblarme o quebrarme depende de
mí, de cómo me cuide y me preserve. De cuánto me quiera y me valore yo, no de
cuánto me quieran y me valoren los demás.
Mi desafío para hoy, para mañana, para el 2015 y para el
resto de mi vida es grande: tengo que aprender a quererme más, a cuidarme más,
a tomar distancia de lo que me enferma el cuerpo y la cabeza… o conseguir que
no me afecte. Tengo que tenerme fe, confiar en mí, darme el lugar que me
merezco en mi propia vida porque si no me lo doy yo, no me lo va a dar nadie.
Tengo que aprender a bailar con mi sombra, si es necesario,
pero bailar, y dejar que la música me traspase y libere.
Y tengo que aprender a pisar el pasado y dejar atrás sueños
muertos, esperanzas rotas, ilusiones apolilladas, para hacerle lugar a lo que vendrá.
viernes, 31 de octubre de 2014
Cada día que comienza es un día más
Cada día que comienza es un día más
para amar, para ser felices, para perdonar y ser perdonados,
para sembrar y para cosechar.
Cada día que termina es un día menos
para amar, para ser felices, para perdonar y ser perdonados,
para sembrar y para cosechar.
Esa es la única verdad que todos tenemos en común,
la única certeza que no necesita comprobación
que no necesita leyes que la regulen
ni palabras certeras para nombrarla
porque la sabemos todos
y aunque nos empeñemos en negarla
en creernos inmortales
en creer que lo bueno durará para siempre
o en pensar que lo malo no se acabará nunca
sabemos
sentimos
con la piel, con las entrañas, con el alma,
que no,
que nada es eterno
salvo nuestro miedo a no ser eternos
a morir, a que mueran los seres que amamos.
Ese miedo es lo más parecido a la eternidad que tenemos.
Ese miedo, y la idea de que todo se puede hacer mañana,
cuando terminemos el trabajo pendiente,
cuando hayamos cumplido con ese compromiso impostergable,
cuando hayamos ganado suficiente dinero,
cuando ya no tengamos más nada para hacer por los demás,
por la comunidad, por la patria,
y podamos, por fin,
empezar a hacer algo por nosotros.
Tal vez el mañana siga esperándonos,
y tal vez lo alcancemos
y como quien llega a la cima de una montaña
podamos detener la marcha
y sentarnos a contemplar el paisaje desde allá arriba,
desde ese "mañana" al que nos ha costado tanto llegar.
Pero ya no seremos los mismos que soñamos con él.
No tendremos las fuerzas, la alegría ni la inocencia
de cuando soñamos nuestros sueños más locos.
Y desde allá arriba veremos el camino recorrido,
y lo que ha quedado en el camino
sin que nos diéramos cuenta de que lo dejábamos atrás.
Terrible paisaje, ese que veremos al llegar al "mañana"
después de perdernos el hoy día tras día.
Porque cada día que comienza es un día más...
pero cada día que termina es un día menos.
***
Hace mucho que no escribía poesía, pero me salió de una sentada. Ayudó el día gris, seguramente, sumado a lo que pasa y nos pasa... La vida. Y esa sensación que a veces, como hoy, se hace más consciente, de que estamos colgando de un hilo finito, finito, que en cualquier momento se puede cortar...
para amar, para ser felices, para perdonar y ser perdonados,
para sembrar y para cosechar.
Cada día que termina es un día menos
para amar, para ser felices, para perdonar y ser perdonados,
para sembrar y para cosechar.
Esa es la única verdad que todos tenemos en común,
la única certeza que no necesita comprobación
que no necesita leyes que la regulen
ni palabras certeras para nombrarla
porque la sabemos todos
y aunque nos empeñemos en negarla
en creernos inmortales
en creer que lo bueno durará para siempre
o en pensar que lo malo no se acabará nunca
sabemos
sentimos
con la piel, con las entrañas, con el alma,
que no,
que nada es eterno
salvo nuestro miedo a no ser eternos
a morir, a que mueran los seres que amamos.
Ese miedo es lo más parecido a la eternidad que tenemos.
Ese miedo, y la idea de que todo se puede hacer mañana,
cuando terminemos el trabajo pendiente,
cuando hayamos cumplido con ese compromiso impostergable,
cuando hayamos ganado suficiente dinero,
cuando ya no tengamos más nada para hacer por los demás,
por la comunidad, por la patria,
y podamos, por fin,
empezar a hacer algo por nosotros.
Tal vez el mañana siga esperándonos,
y tal vez lo alcancemos
y como quien llega a la cima de una montaña
podamos detener la marcha
y sentarnos a contemplar el paisaje desde allá arriba,
desde ese "mañana" al que nos ha costado tanto llegar.
Pero ya no seremos los mismos que soñamos con él.
No tendremos las fuerzas, la alegría ni la inocencia
de cuando soñamos nuestros sueños más locos.
Y desde allá arriba veremos el camino recorrido,
y lo que ha quedado en el camino
sin que nos diéramos cuenta de que lo dejábamos atrás.
Terrible paisaje, ese que veremos al llegar al "mañana"
después de perdernos el hoy día tras día.
Porque cada día que comienza es un día más...
pero cada día que termina es un día menos.
***
Hace mucho que no escribía poesía, pero me salió de una sentada. Ayudó el día gris, seguramente, sumado a lo que pasa y nos pasa... La vida. Y esa sensación que a veces, como hoy, se hace más consciente, de que estamos colgando de un hilo finito, finito, que en cualquier momento se puede cortar...
miércoles, 3 de septiembre de 2014
¿Jugar a ser feliz, o ser feliz?
No soy de engancharme con los juegos y propuestas de
Facebook, pero cuando hace un tiempo una amiga me invitó al desafío de
pensamientos positivos me sumé sin pensarlo dos veces.
La consigna era sencilla: durante siete días, había que publicar
tres pensamientos positivos relacionados con las cosas lindas o buenas que
hicimos o que nos pasaron cada día.
El primer día, cuesta un poco. Generalmente, uno está más
pendiente de lo negativo, de lo que no funciona como debería, del entorno, del
país, de la política, de las carencias, y hasta considera superficial o egoísta
conformarse con sus pequeñas felicidades cuando en el mundo pasan tantas cosas
tristes, dolorosas, aberrantes: injusticias, guerras, miserias.
El segundo, cuesta un poco menos. Un empieza a entender de
qué se trata y está más perceptivo, más abierto a descubrir esa experiencia
agradable que le alegró el día.
Para el séptimo y último día del desafío, uno se sorprende
al ver cuántas cosas buenas le pasan todos los días sin que se dé cuenta, y a
veces sin registrarlas como tales. Cosas que consideramos naturales,
previsibles, merecidas, pero que de pronto, vistas desde otra óptica, vemos que
son dignas de festejar.
Cosas tan simples como el sol, la lluvia, el aire fresco de
la noche después de un calor agobiante, el canto de los pájaros, un encuentro
con amigos, una satisfacción en el trabajo, el haber podido ayudar a alguien,
la sonrisa de un hijo, recuperan gracias a un simple juego su verdadera
dimensión y descubrimos, o comprendemos, que el mundo sigue ahí con sus
miserias, sus guerras, sus injusticias, pero en medio de ese caos hay un
universo personal en el que podemos elegir cómo vivir, cómo sentirnos, a qué
darle importancia y a qué no…
Y es un descubrimiento grandioso, maravilloso, que nos
empodera y nos vuelve más sensibles, más abiertos, más plenos.
Me levanto y voy al baño a ducharme. Abro la canilla, sale
agua caliente, me enjabono, me seco. ¿Puedo considerar mi ducha matinal algo
tan grandioso como para celebrarlo? Sé que muchos responderán que no, que así
debe ser, que cuando uno abre la canilla DEBE salir agua, que es un derecho,
que pagamos por ella y que así funcionan las cosas. Pero hay tanta gente que no
tiene agua, que esa ducha matinal con agua caliente es un lujo. Y la celebro
como tal, y siento el agua, y agradezco tener un baño con azulejos en las
paredes, y tener jabones perfumados, y shampú, y toallas, aunque no sean nuevas
y estén algo ásperas de tanto usarlas. Lo agradezco; es valioso, mucha gente no
lo tiene.
Salgo de casa y camino hasta mi trabajo. Son pocas cuadras,
hay sol, cantan los pájaros, y me siento feliz de estar aquí, en este pueblo — ciudad tan bello y querido
para mí. Para otros habitantes es apenas una ciudad dormitorio, e incluso, como
dicen algunos, “un pueblo de mierda” en el que nada funciona bien, en el que
hay calles de tierra intransitables, obras públicas mal hechas y funcionarios
inútiles. Algo de eso hay, no lo niego. Bastante. Pero es mi lugar en el mundo,
y lo amo, y valoro todo lo bueno que tiene, que para mí es mucho más que lo
negativo.
Cuando comencé el desafío de pensamientos positivos me
sentía desanimada y triste: hacía poco que habíamos llevado a mamá al
geriátrico y ese había sido un golpe muy duro, difícil de asimilar, y había
otras cosas dentro mío que tampoco estaban bien, dudas, miedos, culpas, ansiedad,
desmotivación, desvalorización… Yo soy optimista por naturaleza, soy de ver el
lado positivo de la vida, pero cuando caigo en un bajón siento que se me
cierran todas las puertas de golpe, y me encierro en mí misma. En ese estado,
no era fácil encontrar “felicidades” como para publicar. Las tuve que buscar
con lupa. Pero aparecieron, y una vez que encontré la primera, chiquita,
modesta, el resto vino solo y mi ánimo cambió como por arte de magia.
No jugué a ser feliz, no me inventé felicidades que no
tengo. Simplemente volví a redescubrir y valorar, una vez más (y van tantas…)
las pequeñas grandes cosas buenas que tiene la vida. Que son muchas y que están
ahí, al alcance de la mano, esperando que las sepamos ver y las disfrutemos.
domingo, 31 de marzo de 2013
El que anduvo en la mar...
En estos días, algunos cristianos recuerdan el martirio, la muerte y la resurrección de Cristo peregrinando por las iglesias mientras otros hacen turismo y se atiborran de chocolate sin siquiera un mísero padrenuestro, una mínima reflexión sobre el sentido espiritual de la pascua.
Cada uno aprovecha el feriado pascual como quiere, como puede o como más le gusta, y está bien, porque la fe no es algo que se impone: es algo
que se siente.
Y yo la siento a mi manera. Igual que en "La Saeta", el poema de Antonio Machado que hizo popular Juan Manuel Serrat y que me sigue poniendo la piel de gallina cada vez que lo escucho, yo tampoco le quiero cantar al Jesús del madero sino al que anduvo en la mar. Ese, el que anduvo en la mar, nos dejó enseñanzas de amor, de ética, que más de 2000 años después siguen teniendo tanta o más vigencia que cuando el vivía porque se las sigue trasgrediendo: seguimos tirando la primera piedra, seguimos siendo injustos, egoístas, vanidosos, seguimos sin comprometernos seriamente con la vida, con la humanidad, con la naturaleza y con nosotros mismos.
No le quiero cantar al Jesús de la cruz porque creo que a él no le sirven nuestros ritos, nuestros falsos mea culpas, nuestras procesiones. Puede que nos sirvan a nosotros para cobijarnos, para sentirnos acompañados en la lucha diaria o en el sostén de una fe que a veces tambalea, pero a él no, a él no le sirven, porque él, cuando necesitó fortalecer su fe, se fue al desierto solo, y oró, y se encontró consigo mismo en el silencio. Todo lo demás, es invento humano: para acercarse a Dios, para comunicarse con él, no hace falta más que un poco de silencio en cualquier parte, un bosque, un rincón de la casa. Y para sentirlo cerca alcanza con mirar el cielo, los árboles, maravillarnos con cada cosa que nos rodea, sea grande o pequeña, vibrar con sus creaciones y con nuestras creaciones humanas: la música, la poesía, la alegría de estar, o de haber estado alguna vez, con los que amamos. La alegría de estar vivos.
Navidad y Pascua, nacimiento, muerte y resurrección de Jesús, son para mí fechas de introspección, de intimidad conmigo misma y con mi Dios. Son fechas "fuertes", que me hacen pensar y me conmueven. Fechas en las que, además de saborear con pecaminosa gula los huevos de pascua que hace mi amiga Elsa, disfrutar alguna comida especial y brindar con los seres queridos, renuevo la esperanza de un mundo mejor para todos, un mundo sin guerras donde el amor y el respeto se propaguen con la misma rapidez y eficacia que los virus informáticos, un mundo en el que sea más importante SER que TENER. Fechas en las que renuevo la utopía y mi derecho a creer en lo que creo y a sentir lo que siento.
Desde este lugar, desde este creer esperanzado y convencido, es que les deseo a todos unas FELICES PASCUAS y les dejo como obsequio esta reflexión que no es mía, que anda dando vueltas desde hace mucho por internet, pero que refleja las enseñanzas de Jesús, mi querido Jesús, el que anduvo en la mar.
1. Dios no te preguntará qué modelo de auto usabas…Te preguntará a cuántas personas llevaste.
2. Dios no te preguntará los metros cuadrados de tu casa…Te preguntará a cuántos recibiste en ella.
3. Dios no te preguntará la marca de la ropa que usas…Te preguntará, a cuántos ayudaste a vestirse.
4. Dios no te preguntará cuál era tu sueldo…Te preguntará si vendiste tu conciencia para obtenerlo.
5. Dios no te preguntará cuál era tu título…Te preguntará si hiciste tu trabajo dando lo mejor de tus capacidades.
6. Dios no te preguntará cuántos amigos tenías…Te preguntará cuántos te consideraban su amigo.
7. Dios no te preguntará en qué lugar vivías…Te preguntará cómo tratabas a tus vecinos.
8. Dios no te preguntará el color de tu piel…Te preguntará si te importó el color de la de los demás.
9. Dios no te preguntará por qué tardaste tanto en buscarle…Te dirá lo feliz que está de que lo hayas hecho.
10. Dios no te preguntará que religión profesabas…Te preguntará Por qué no le abriste tu corazón.
martes, 1 de enero de 2013
Bienvenido, 2013...
Hoy, 1 de enero de 2013, somos los mismos que ayer, 31 de diciembre de 2012. El país es el mismo. El mundo es el mismo. No hay varita mágica que pueda cambiar la realidad a nuestro alrededor, ni dentro nuestro.
Y sin embargo... el año tiene olor a recién nacido, de alguna manera, y las esperanzas se han renovado también, junto con las intenciones.
"Año nuevo, vida nueva". Qué utopía. Lo único que cambia abruptamente al pasar de un año al otro es el calendario que cuelga en la pared, y eso porque ya no sirve; lo demás, sigue su curso imperturbable.
Y sin embargo... hay euforia en los saludos, en los deseos de amor, paz, salud y prosperidad que intercambiamos con los amigos, parientes, vecinos, y con todo el que se nos cruza, porque para estas fechas hasta el más arisco se reblandece y le suelta un "feliz año nuevo" a esos mismos a los que normalmente les gruñe. Hay unas ganas más imperativas de mirar hacia el futuro con ilusión, como quien se compra un billete de lotería y sueña con todo lo que hará si se gana el premio mayor.
El primer día del año nunca es extraordinario; casi siempre pasa sin pena ni gloria, porque entre la modorra del feriado, que nos ataca a todos, y las consecuencias de los excesos que sufren algunos, no le podemos pedir gran cosa. Mañana, 2 de enero, y el 3, y el 4, los más rezagados seguirán saludando pero cada vez con menos énfasis, después del 6 desarmaremos el arbolito de Navidad y el pesebre... y de ahí en más, ya estaremos inmersos de lleno en el nuevo año, confundiéndonos al poner la fecha y volviendo a mirar la realidad con ojos maravillados, ingenuos, escépticos o apocalípticos.
Y sin embargo... qué bien nos hace hacer de cuenta de que sí, de que hay varitas mágicas, y amarnos los unos a los otros aunque sea por media hora, y llenarnos de buenas intenciones, de promesas, de ilusiones. Nos hace mucho bien. Y nos haría todavía mejor si a medida que van transcurriendo los días, y el año nuevo deja de ser tan nuevo y empieza a envejecer, siguiéramos con la misma buena intención con que levantamos la copa para brindar, con que le enviamos mensajes de texto a nuestros amigos, con que nos saludamos en Facebook y Twitter, y pusiéramos el hombro para que, entre todos, pudiéramos hacer de este mundo, el mismo del año pasado, un mundo nuevo de verdad, en el que no necesitemos esperar el 1 de enero para reciclar las esperanzas.
Trabajemos juntos este 2013 para que aquello de "año nuevo, vida nueva" no sea una frase hecha, sino un compromiso con nosotros mismos, la familia, los amigos y la sociedad. No nos va a salir de un día para el otro, pero tenemos por delante 365 días completos para intentarlo...
Y sin embargo... el año tiene olor a recién nacido, de alguna manera, y las esperanzas se han renovado también, junto con las intenciones.
"Año nuevo, vida nueva". Qué utopía. Lo único que cambia abruptamente al pasar de un año al otro es el calendario que cuelga en la pared, y eso porque ya no sirve; lo demás, sigue su curso imperturbable.
Y sin embargo... hay euforia en los saludos, en los deseos de amor, paz, salud y prosperidad que intercambiamos con los amigos, parientes, vecinos, y con todo el que se nos cruza, porque para estas fechas hasta el más arisco se reblandece y le suelta un "feliz año nuevo" a esos mismos a los que normalmente les gruñe. Hay unas ganas más imperativas de mirar hacia el futuro con ilusión, como quien se compra un billete de lotería y sueña con todo lo que hará si se gana el premio mayor.
El primer día del año nunca es extraordinario; casi siempre pasa sin pena ni gloria, porque entre la modorra del feriado, que nos ataca a todos, y las consecuencias de los excesos que sufren algunos, no le podemos pedir gran cosa. Mañana, 2 de enero, y el 3, y el 4, los más rezagados seguirán saludando pero cada vez con menos énfasis, después del 6 desarmaremos el arbolito de Navidad y el pesebre... y de ahí en más, ya estaremos inmersos de lleno en el nuevo año, confundiéndonos al poner la fecha y volviendo a mirar la realidad con ojos maravillados, ingenuos, escépticos o apocalípticos.
Y sin embargo... qué bien nos hace hacer de cuenta de que sí, de que hay varitas mágicas, y amarnos los unos a los otros aunque sea por media hora, y llenarnos de buenas intenciones, de promesas, de ilusiones. Nos hace mucho bien. Y nos haría todavía mejor si a medida que van transcurriendo los días, y el año nuevo deja de ser tan nuevo y empieza a envejecer, siguiéramos con la misma buena intención con que levantamos la copa para brindar, con que le enviamos mensajes de texto a nuestros amigos, con que nos saludamos en Facebook y Twitter, y pusiéramos el hombro para que, entre todos, pudiéramos hacer de este mundo, el mismo del año pasado, un mundo nuevo de verdad, en el que no necesitemos esperar el 1 de enero para reciclar las esperanzas. Trabajemos juntos este 2013 para que aquello de "año nuevo, vida nueva" no sea una frase hecha, sino un compromiso con nosotros mismos, la familia, los amigos y la sociedad. No nos va a salir de un día para el otro, pero tenemos por delante 365 días completos para intentarlo...
miércoles, 26 de diciembre de 2012
Nochebuena al horno con ensalada Waldorf
La de anoche, creo, fue la nochebuena más tórrida de mi
vida, y no precisamente por una pasión incendiaria -algo que ya no existe ni en
mi imaginación-, ni por los calores menopáusicos que me desquiciaban. No señor.
Hacía calor en serio, demasiado calor, incluso para mí, que ante la más mínima
brisa corro a buscar un saquito. Un calor invalidante, desmayante, que me hizo desistir
de ponerme algo especial y fue una buena excusa para quedarme en ojotas, con la malla y una pollera hindú
livianita que llegado el caso hasta podía usar para apantallarme.
Con mi hija lejos, trabajando en Brasil, mi familia cercana
se reduce notablemente: sólo quedan mi hermana y mamá, que vive enfrente. Bien
enfrente. Íbamos a comer en casa de Madre, pero cuando estaba a punto de
cruzarme sonó el teléfono: era mi hermana, para decirme que mejor comiéramos en
mi casa.
Su propuesta me solucionó la vida. Explico. Desde hace tres
días tengo en casa, además de mi perra, dos cachorras callejeras que están en
celo y que deambulaban por la calle con un cortejo canino de todos los tamaños
y colores posibles. Como la jauría alzada ponía en riesgo la vida de mi gata y
no me dejaba dormir con sus peleas y corridas, opté por “desaparecer” a las
causantes para que sus efluvios no se desparramaran
por todo el pueblo: las encerré en mi baño, y las saco al jardín sólo para
que hagan sus necesidades y tomen un poco de aire. Con tres
perras a cargo, que había que mantener separadas y vigiladas para
que no me destruyeran lo poco que tengo, irme a pasar las fiestas a otra parte,
aunque fuera enfrente, me resultaba un incordio.
Así que vestí la mesa con el mantel navideño que uso dos
veces al año desde hace siglos, mi hermana trajo el cuarto de lechón al horno adobado
con salvia, romero y ajo que había cocinado durante tres horas y que todavía
estaba tibio, cortamos el pionono de palmitos que habíamos hecho a la siesta,
preparamos la ensalada Waldorf y los pinchecitos con queso y cerezas, con jamón
y ananá, y después la fuimos a buscar a Madre, que se había quedado mirando televisión.
Como no había luz en la calle, alumbré la entrada y la escalera con la
linternita del celular al mejor estilo acomodador de cine, y sujetándola de los
dos brazos conseguimos que llegara sana y salva.
Cenamos temprano, disfrutando el menú especial, nos quedamos
con la intriga de lo que había pasado con las pastillas para la diabetes de
Madre, si se las había tomado sin que la viéramos o se las había olvidado, y al
rato ya estábamos instaladas en el jardín para esperar la medianoche y ver los
fuegos artificiales. El aire parecía provenir de un calefactor gigantesco. Madre
quería volverse a su casa y mi hermana le dijo que si no se quedaba hasta las
12 no había regalos. Para ver si Madre se conmovía y decidía adoptarlas, liberé
a las callejeras: sus monerías lograron distraerla un rato, pero cuando
empezaron a ponerse cargosas y a saltarnos encima y lamernos las volví a llevar
al baño. Mi perra ni se enteró; estaba en la pieza de mi hija, con la puerta y
la ventana cerradas para que los ruidos no la afectaran tanto.
A las 12 en punto empezó la función, que fue más pobre que
otros años no sólo en cantidad, sino en calidad: hubo menos fuegos
artificiales, y veinte minutos después el ruido comenzó a ralear. Una de dos: o
estamos tomando conciencia, o la pirotecnia estaba muy cara...
El brindis, los regalos, Madre que se cansó de estar sentada
y quiere irse, y allá vamos, otra vez alumbrando con la linternita del celular,
intentando coordinar nuestros movimientos y los de ella, y rogando que sus piernas no le jueguen una
mala pasada y que no terminemos las tres rodando por la escalera.
Ya de vuelta en casa, me serví la sidra que había quedado en
un vaso grande con varios cubitos de hielo, salí al jardín, y solita mi alma brindé
con los que ya no están. Después brindé con los que sí están y me hubiera
gustado tenerlos más cerca, compartiendo esta noche conmigo, y pedí que haya
paz en la tierra para todos los hombres de buena voluntad y para el resto
también, así no joroban con sus fechorías. Y dándole gracias a Dios por una
Navidad más, por todo lo bueno que tengo y por haber podido quedarme en mi casa
en ojotas, me tomé la sidra aguada y fresquita mientras miraba los últimos
fuegos artificiales que, a lo lejos, todavía se empeñaban en mostrar su efímera belleza... y la ostentosa inutilidad de sus cinco segundos de fama.
Mi último pensamiento fue para los que, por la causa que
fuera, estaban sufriendo, y en lo bienvenido que hubiera sido para ellos un
silencio respetuoso, contenedor, que no los hiciera sentir excluidos ni avasallados.
Un silencio que nos ayudara a comprender el verdadero sentido de la navidad,
que está más allá de esa algarabía, muchas veces ficticia, con que nos empeñamos
en mostrarle al mundo que es obligación festejar, aunque no sepamos qué
festejamos.martes, 14 de agosto de 2012
Los placeres de mi vida

Todos hemos leído alguna vez sobre “los placeres de la vida”, presentados como las sensaciones o experiencias que debemos tener para ser felices. Y seguramente, también nos hemos identificado con algunos más que con otros, porque no a todos nos gustan las mismas cosas.
Hablar sobre “los placeres de la vida” es imposible: no hay una sola “vida”, hay muchísimas, y todas son distintas. Así que, después de leer una de esas listas donde figuraban placeres que a mí no me causan ni me causarían ningún placer, como por ejemplo bañarme con champagne, comprarme una cartera de Louis Buitton o hacer un crucero por el Caribe, decidí hacer mi propia lista de placeres. Que si bien son menos glamorosos, tienen que ver conmigo y con lo que de verdad disfruto.
Porque el placer es algo serio, es importante, y tiene que estar hecho a nuestra medida como la buena ropa de confección, la que hacían antes las modistas y los sastres.
Aquí va mi lista, incompleta pero representativa. Te invito a hacer la tuya, para que no te vendan placeres ajenos con los que después no sepas qué hacer.
Los placeres de MI vida
Conversar con mi hija té o café de por medio, largo, sin que nos importe la hora, como si el tiempo no existiera.
Abrazar a mi hija cuando se va de viaje, y abrazarla todavía más fuerte cuando vuelve.
Acostarme con sueño, bostezando, entregarme a la cama como si fuera un amante.
Dormir con la gata hecha una bolita en los pies de la cama.
Desayunar sin apuro, como si no tuviera nada que hacer durante el resto del día.
Apagar el despertador y seguir durmiendo un rato más.
Leer o escribir de noche, cuando todo está en silencio y no me interrumpen ni me interrumpo para hacer otras cosas.
Tener la casa toda, toda limpia, reluciente y con olor a limpio. (A este placer no lo disfruto tan seguido como debería, de puro masoquista que soy, nomás...)
Comprar cortes de tela, aunque sepa que después me tendré que poner a coser.
Tener ropa cómoda y abrigada para enfrentar el frío.
Juntarme con amigos, pocos y buenos, y de ser posible en una casa, no en un bar o restaurante.
Llegar de visita en invierno a una casa que esté calentita y donde haya olor a café, o a comida.
Releer algo que escribí hace mucho y sorprenderme por lo bien escrito que está.
Conmoverme con lo que escribo, y descubrir que los demás también se conmueven.
Caminar en otoño sobre un colchón de hojas secas. Preferentemente de plátano, enormes y crujientes.
El olor de los troncos de pino al arder.
El olor a sahumerio. Pachuli, maderas de oriente, cuanto más pesado, mejor.
El olor a sopa de verduras, la sopa de verduras.
El olor a tostadas, las tostadas.
Medio kilo de helado para mí sola.
Navegar por internet sin un orden establecido, dejándome sorprender por lo que voy encontrando.
Tener amigos fieles de toda la vida, que me quieren y valoran como soy, a los que no necesito explicarles nada.
Conocer personas amigables, inteligentes y dispuestas a compartir experiencias positivas y enriquecedoras.
Mi taller de escritura, sobre todo cuando cada uno lee lo que escribió para compartirlo con los demás y nos descubrimos mutuamente.
Leer un libro que me atrape y soltarlo sólo para comer o ir al baño.
Emocionarme con un libro o una película.
Estar entre gente sencilla, educada, sin vueltas, sin vicios y sin traumas.
Caminar por Río Ceballos en invierno a la siesta, cuando no hay gente en la calle.
El ocio creativo; estar sin hacer nada me produce ansiedad, necesito usar las manos o la mente para explorar o crear algo, por mínimo que sea.
Sentirme protegida por mis perras.
Aquietar mi mente meditando, o escuchando música.
Sentarme en un sillón cómodo, del que no me den ganas de levantarme.
Tomar agua pura cuando tengo sed.
Comer chocolate dejando que los pedacitos se disuelvan solos en la boca.
Recordar tiempos idos y sentir que tuve una buena vida, rodeada de afectos y sin más pérdidas que las previsibles, las que tarde o temprano nos tocan a todos: abuelos, padres, tíos...
Tener víveres en la alacena y papel higiénico de repuesto.
Entusiasmarme con un proyecto.
Hacer planitos en papel cuadriculado para reformar la casa, buscar ideas originales para decorar la casa y el jardín.
Saber que escribí un buen libro, que me lo editaron y que a todos los que lo leyeron les gustó, aunque eso no me haya alcanzado para convertirme en famosa.
Discutir por mail con mi amigo escritor, Julio Torres, sobre política o literatura y hacerlo enojar.
Encontrarme con mis compañeros de colegio y ver que más allá de las arrugas, y las canas, en el fondo seguimos siendo los mismos.
Los momentos tranquilos, sin discusiones ni malos humores, compartidos con la familia.
Comer pan caliente, si es casero, mejor.
Que valoren mi trabajo, y que me paguen lo que considero justo por él.
Usar un buen perfume. Y si no hay perfume, tener olor a limpio.
Como verán, son placeres de entrecasa. Nada de diamantes, vestidos de Versace ni paseos en limusina. Nada de cosas sofisticadas o inalcanzables que me quiten en sueño.
Soy feliz con poco. O con mucho, según cómo se lo mire, porque soy consciente de que esas “pequeñas cosas” que casi siempre ignoramos, o que consideramos como algo natural, para muchos son casi inalcanzables.
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